LA CONFESIÓN DE
AUGSBURGO
(Traducción de la versión alemana)
Prefacio al Emperador Carlos V
(de la edición latina)
A
nuestro muy invencible Emperador, Cesar Augusto, señor compasivo y piadoso.
Como
Vuestra Majestad ha convocado una dieta del Imperio aquí en Augsburgo para
deliberar sobre las medidas que se deben tomar contra los Turcos, el enemigo
mas antiguo y atroz de la religión y el nombre de los cristianos, y en que
manera contestar y contraponer su furor y asaltos por medio de una provisión
militar fuerte y definitiva; asimismo deliberar sobre las disensiones en lo
concerniente a nuestra santa
religión y fe cristiana, de manera tal
que las opiniones y juicios de las partes puedan ser oídas en la mutua
presencia. De esta manera, consideradas y sopesadas entre nosotros en mutua caridad y respeto, podamos, luego de
haber removido y corregido las cosas que hemos tratado y entendido diversamente,
volver a la única verdad y concordia cristiana y de esta manera abrazar y
mantener la única y pura religión, estando bajo el único Cristo y presentar
batalla bajo El, de manera que podamos también vivir en unidad y concordia en
la única Iglesia Cristiana.
Y ya
que nosotros, el subscrito Elector y Príncipe, con otros que se nos han unido,
hemos sido convocados a la dicha Dieta, como también otros electores, príncipes
y estados, en obediencia del Imperial mandato, hemos prontamente acudido a
Augsburgo y -sin querer jactarnos por ello- hemos estado entre los primeros en
llegar.
Acordemente,
también aquí en Augsburgo al principio mismo de la Dieta, Vuestra Majestad
Imperial propuso a los Electores, Príncipes y otros estados del Imperio, entre
otras cosas, que varios estados del Imperio, debieran presentar sus opiniones y
juicios en idioma germano y latino. El miércoles fue dada contestación a
Vuestra Majestad diciendo que para el siguiente miércoles, ofreceríamos los artículos de nuestra
confesión. Por lo tanto, obedeciendo los deseos imperiales, presentamos en esta
cuestión sobre la religión, la Confesión de nuestros predicadores y la nuestra,
mostrando qué doctrina de las Sagradas Escrituras y la pura Palabra de Dios ha
sido enseñada en nuestras tierras, ducados y dominios y ciudades y enseñada en
nuestras iglesias.
Y si
los otros Electores, Príncipes y estados del Imperio presentan, siguiendo la
dicha proposición Imperial, escritos similares en latín y alemán, dando sus
opiniones en materia de religión, nosotros, juntos con los dichos príncipes y
amigos, estamos preparados para conferir amigablemente delante de ti nuestro
Señor y Majestad Imperial, acerca de los caminos y medios para llegar a la
unidad, tanto como pueda honorablemente hacerse. De esta manera, discutiendo
pacíficamente sin controversias ofensivas, podamos alejar con la ayuda de Dios
la disensión y ser devueltos a la única
religión verdadera. Puesto que todos estamos bajo un solo Cristo y damos
batalla por El, deberíamos confesar al único Cristo según el tenor del edicto
de Vuestra Majestad Imperial y todo debe conducirse de acuerdo a la verdad de
Dios; y esto es lo que con fervientes oraciones pedimos a Dios.
Sin
embargo, en relación al resto de los Electores, Príncipes y Estados, que
constituyen la otra parte, si ningún progreso se llegara a hacer, o algún
resultado se obtuviera por medio de este diálogo en la causa de la religión,
siguiendo la manera en que Vuestra Majestad Imperial ha sabiamente dispuesto,
es decir mediante la presentación de escritos y discutiendo pacíficamente entre
nosotros, dejamos al menos claro testimonio que de ninguna manera nos estamos
oponiendo a ninguna cosa que pudiera traer la concordia cristiana -tal como
puede realizarse con Dios y por medio de una buena conciencia- como también
Vuestra Majestad Imperial y los otros Electores y Estados del Imperio y todos
los que estuvieran movidos por un sincero celo y amor por la religión y que
tuvieran una visión imparcial sobre el tema, podrán graciosamente dignarse a
tomar nota y entender esto por medio de esta Confesión nuestra y de nuestros
asociados.
Vuestra
Majestad Imperial, no una vez, sino frecuentemente ha graciosamente hecho saber
a los Electores, Príncipes y Estados del Imperio y en la dieta de Espira
celebrada el año del Señor de 1526, de acuerdo a la forma de vuestra
instrucción y comisión Imperial dada y proclamada allí, que V. M. en tratar con
este asunto de la religión, por ciertas razones que fueron alegadas en nombre
de V. M., no estaba dispuesto a decidir y no podía determinar nada por si, sino
que V. M. usaría de su oficio para con el Romano Pontífice para convocar un
Concilio General.
El
mismo asunto fue hecho público más extensivamente hace una año en la última
Dieta que se reunió es Espira. Allí Vuestra Majestad Imperial, a través de su
Excelencia Fernando, Rey de Bohemia y Hungría, nuestro amigo y Señor, como
también a través del Orador y los Comisarios Imperiales, hizo saber que V. M.
había tomado nota y ponderado la resolución del representante de V. M. en el
Imperio y del presidente y consejeros Imperiales y los legados de otros estados
reunidos en Ratisbona, concerniente a
la convocación de un Concilio, y que V. M. había también juzgado ser necesario
convocar un Concilio y que también V. M.
no dudaba que el Romano Pontífice podría ser inducido a celebrar el
Concilio General porque los asuntos que debían acomodarse entre V. M. y el
Romano Pontífice estaban llegando a un acuerdo y cristiana reconciliación. Por
lo tanto V. M. por sí mismo expresó que buscaría asegurarse el consentimiento
del Pontífice para convocar dicho Concilio General tan pronto como fuera
posible, mediante cartas que deberían ser enviadas.
Por
lo tanto, si el resultado de nuestro encuentro fuera tal, que las diferencias
entre nosotros y las otras partes en lo concerniente a la religión, no pudiera
ser enmendado caritativamente y amigablemente, entonces aquí, ante Vuestra
Majestad Imperial, nos ofrecemos en toda obediencia, además de lo que ya hemos
hecho, que nos haremos presentes en dicho Concilio Cristiano libre para
defender nuestra causa de acuerdo a la concordia que siempre ha habido de votos
en todas la Dietas Imperiales celebradas durante el Reino de V. M. por parte de
los Electores, Príncipes y otros estados del Imperio. A la asamblea de este
Concilio General y al mismo tiempo a Vuestra Majestad Imperial, nos hemos
dirigido, aún antes de esta Dieta y en manera propia y forma legal, y hecho
demanda sobre este asunto, lejos el mas importante y el mas grave. A esta
demanda, dirigida tanto a V. M. como al Concilio seguimos adhiriendo; no sería
posible, ni estaría en nuestra intención dejarla de lado por medio de este u
otro cualquier documento, a menos que el asunto entre nosotros y la otra parte,
de acuerdo al tenor de la última citación Imperial, fuera amigable y
caritativamente solucionado y traído a cristiana concordia. Con respecto a esto
último nosotros solemnemente y públicamente damos fe.
Dios
El pecado original
El Hijo de Dios
La justificación
El oficio de la predicación
La nueva obediencia
La Iglesia
Qué es la Iglesia
El Bautismo
La Santa Cena
La Confesión
El arrepentimiento
El uso de los sacramentos
El gobierno eclesiástico
Los ritos Eclesiásticos
El estado y el gobierno Civil
El retorno de Cristo para el juicio
El libre albedrío
La causa del pecado
La Fe y las buenas obras
El culto de los Santos
Las dos especies en el Sacramento
El matrimonio de los Sacerdotes
La misa
La confesión
La distinción de las comidas
Los votos monásticos
La potestad de los obispos
Conclusión
Introducción Histórica
Al pie de este documento(después del
Art. XXVIII y la conclusión), hallará una "Introducción Histórica".
I. DIOS
En primer lugar, se enseña y se sostiene unánimemente,
de acuerdo con el decreto del Concilio de Nicea, que hay una sola esencia
divina, la que se llama Dios y verdaderamente es Dios. Sin embargo, hay tres personas en la misma esencia divina,
igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo.
Todas las tres son una esencia divina, eterna, sin división, sin fin, de
inmenso poder, sabiduría y bondad; un Creador y Conservador de todas las cosas
visibles e invisibles. Con la palabra persona no se entiende una parte ni una
cualidad en otro, sino que subsiste por sí mismo, tal como los padres han
empleado la palabra en esta materia.
Por lo tanto, se rechazan todas las herejías
contrarias a este artículo, tales como la de los maniqueos, que afirmaron dos
dioses, uno malo y otro bueno; también la de los valentinianos, los arrianos,
los eunomianos, los mahometanos y todos sus similares. También la de los
samosatenses, antiguos y modernos, que sostienen que solo hay una persona y aseveran sofísticamente que
las otras dos, el Verbo y el Espíritu Santo, no son necesariamente personas distintas, sino que el Verbo
significa la palabra externa o la voz, y que el Espíritu Santo es una energía
engendrada en los seres creados. (Alemán).
Nuestras
Iglesias enseñan, en perfecta unanimidad la doctrina proclamada por el Concilio
de Nicea: a saber, que hay un solo Ser Divino que llamamos y que es realmente
Dios. Asimismo que hay en el tres personas, igualmente poderosas y eternas:
Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; todos los tres un solo ser divino,
eterno, indivisible, infinito, todopoderoso, infinitamente sabio y bueno,
creador y conservador de todas las cosas visibles e invisibles. Por el término
de Persona no designamos una parte ni una cualidad inherente a un ser, sino lo
que subsiste por si mismo. Es así que los padres de la Iglesia han entendido
este término.
Rechazamos
pues, todas las herejías contrarias a este artículo: condenamos a los Maniqueos
que han establecido a dos dioses uno bueno y uno malo; a los Valentinianos, los
Arrianos, los Eunomianos, los Mahometanos y otros. Condenamos asimismo a los
Samosatienses antiguos y modernos que no admiten mas que una sola persona y que,
usando sofismas impíos y sutiles, pretenden que el Verbo y el Espíritu Santo no
son dos personas distintas sino que el “Verbo” significaría una palabra o una
voz y que el “Espíritu Santo” no sería otra cosa que un movimiento producido en
las criaturas. (Latín).
II. EL PECADO
ORIGINAL
Además, se enseña entre nosotros que desde la caída de
Adán todos los hombres que nacen según la naturaleza se conciben y nacen en
pecado. Esto es, todos desde el seno de la madre están llenos de malos deseos e
inclinaciones y por naturaleza no pueden tener verdadero temor de Dios ni
verdadera fe en él. Además, esta enfermedad innata y pecado hereditario es
verdaderamente pecado y condena bajo la ira eterna de Dios a todos aquellos que
no nacen de nuevo por el Bautismo y el Espíritu Santo.
Al respecto se rechaza a los pelagianos y otros que
niegan que el pecado hereditario sea pecado, porque consideran que la
naturaleza se hace justa mediante poderes naturales, en menoscabo de los
sufrimientos y méritos de Cristo.
Enseñamos
que a consecuencia de la caída de Adán, todos los hombres nacidos de manera
natural son concebidos y nacidos en el pecado. Esto es, sin temor de Dios, sin
confianza en Dios y con la concupiscencia. Este pecado hereditario y esta
corrupción innata y contagiosa es un pecado real que lleva a la condenación y a
la cólera eterna de Dios a todos los que no son regenerados por el Bautismo y
por el Espíritu Santo.
Por
consiguiente rechazamos a los Pelagianos y otros que han menospreciado los
méritos de la pasión de Cristo haciendo buena la naturaleza humana por su
propias fuerzas naturales y que sostienen que el pecado original no es un
pecado.
III. EL HIJO DE
DIOS
Asimismo se enseña que Dios el Hijo se hizo hombre, habiendo nacido de la virgen María, y que las dos naturalezas, la divina y la humana, están tan inseparablemente unidas en una persona de modo que son un solo Cristo, el cual es verdadero Dios y verdadero hombre, que realmente nació, padeció, fue crucificado, muerto y sepultado con el fin de ser un sacrificio, no solo por el pecado hereditario, sino también por todos los demás pecados y así expiar la ira de Dios.
Enseñamos
también que Dios el Hijo asumió la naturaleza humana en el seno de la bienaventurada Virgen María, de
manera que hay dos naturalezas, la divina y la humana, inseparablemente unidas
en una Persona, un Cristo, Dios verdadero y verdaderamente hombre, que nació de la Virgen María, verdaderamente sufrió, fue
crucificado, muerto y sepultado, para reconciliarnos
con el Padre y ser sacrificio,
no solamente por el pecado original, sino también por todos los pecados
actuales de los hombres.
El mismo Cristo descendió al infierno, al tercer día
resucitó y está sentado a la diestra de Dios, a fin de reinar eternamente y
tener dominio sobre todas las criaturas; y a fin de santificar, purificar,
fortalecer y consolar mediante el Espíritu Santo a todos los que en Él creen,
proporcionándoles la vida y toda suerte de dones y bienes y defendiéndolos y
protegiéndolos contra el diablo y el pecado. El mismo Señor Jesucristo
finalmente vendrá de modo visible para juzgar a los vivos y a los muertos, de
acuerdo con el Credo Apostólico.
También
descendió a los infiernos y verdaderamente resucitó al tercer día, luego subió
a los cielos para sentarse a la derecha del Padre y reinar para siempre y tener
dominio sobre todas la criaturas y santificar a aquellos que creen en Él,
mandando al Espíritu Santo a sus corazones, para reinar, consolar y
purificarlos y defenderlos contra el demonio y el poder del pecado.
El
mismo Cristo vendrá visiblemente de nuevo para juzgar a los vivos y a los
muertos, etc., según el Credo de los Apóstoles.
Además, se enseña que no podemos lograr el perdón y la
justicia delante de Dios por nuestro mérito, obra y satisfacción, sino que
obtenemos el perdón del pecado y llegamos a ser justos delante
de Dios por gracia, por causa de Cristo mediante la fe, si creemos que Cristo
padeció por nosotros y que por su
causa se nos perdona el pecado
y se nos conceden la justicia y la vida eterna. Pues Dios ha de
considerar e imputar esta fe como justicia delante de sí mismo, como San Pablo
dice a los Romanos en los capítulos 3 y 4.
Enseñamos
también que no podemos obtener el perdón de los pecados y la justicia delante
de Dios por nuestro propio mérito, por nuestras obras o por nuestra propia
fuerza, sino que obtenemos el perdón de los pecados y la justificación por pura
gracia por medio de Jesucristo y la fe. Pues creemos que Jesucristo ha sufrido
por nosotros y que gracias a Él nos son dadas la Justicia y la vida eterna.
Dios quiere que esta fe nos sea imputada por justicia delante de Él como lo
explica pablo en los capítulos 3
y 4 de la carta a los Romanos.
Para conseguir esta fe, Dios ha instituido el oficio
de la predicación (Predigtamt). Es
decir, ha dado el Evangelio y los Sacramentos.
Por medio de
éstos, como por instrumentos, él otorga el Espíritu Santo, quien obra la fe, donde y cuando
le place, en quienes oyen el Evangelio. Éste enseña que tenemos un Dios lleno
de gracia por el mérito de Cristo, y no por el nuestro, si así lo creemos.
Se condena a los anabaptistas
y otros que enseñan que sin la palabra
externa del evangelio obtenemos
el Espíritu Santo por disposición, pensamientos y obras propias.
Para
obtener esta fe, Dios ha instituido el Ministerio de la palabra y nos ha dado el Evangelio y los Sacramentos. Por
estos Medios recibimos el Espíritu Santo que produce en nosotros la fe donde y
cuando Dios quiere en aquellos que escuchan el Evangelio. Este Evangelio enseña
que tenemos, por la fe, un Dios que nos justifica, no por nuestros méritos,
sino por el mérito de Cristo.
Condenamos
pues a los Anabaptistas y otras sectas similares que piensan que el Espíritu
Santo llega a los hombres sin el instrumento de la Palabra exterior del
Evangelio, sino por medio de sus propios esfuerzos, por la meditación y por las
obras.
VI. LA NUEVA
OBEDIENCIA
Se enseña también que tal fe debe producir buenos frutos y buenas obras y que se deben realizar toda clase de buenas obras que Dios haya ordenado, por causa de Dios. Sin embargo, no debemos fiarnos en tales obras para merecer la gracia ante Dios. Pues recibimos el perdón y la justicia mediante la fe en Cristo, como él mismo dice: “Cuando hayáis hecho todo esto, decid: Siervos inútiles somos”. Así enseñan también los Padres, pues Ambrosio afirma: “Así lo ha constituido Dios; que quien cree en Cristo sea salvo y tenga el perdón de los pecados no por obra, sino sólo por la fe y sin mérito”.
Enseñamos
también que esta fe debe producir frutos y las buenas obras mandados por Dios
por amor de Él, pero que no debemos apoyarnos en estas obras para merecer la justificación. Porque la remisión de
los pecados y la justificación
nos vienen por la fe en Cristo, como él mismo dice: “Cuando
hayáis hecho todo esto, decid: Siervos
inútiles somos.” Luc. 17, 10. Lo mismo es enseñado por los padres. San Ambrosio dice: “Está
ordenado por Dios que quien crea en Cristo sea salvo, no por las obras, sino
por la fe sola, recibiendo así la remisión de los pecados gratuitamente y sin
mérito".
VII. LA IGLESIA
Se enseña también que habrá de existir y permanecer para siempre una santa iglesia cristiana, que es la asamblea de todos los creyentes, entre los cuales se predica genuinamente el Evangelio y se administran los Santos Sacramentos de acuerdo con el Evangelio.
Para la verdadera unidad de la iglesia cristiana es
suficiente que se predique unánimemente el evangelio con toda pureza y que los sacramentos se administren de acuerdo a
la palabra divina. Y no es
necesario para la verdadera unidad de la iglesia cristiana que en todas partes
se celebren de modo uniforme ceremonias de institución humana. Como Pablo dice
a los efesios en 4: 4-5: “Un
cuerpo y un Espíritu, como fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra
vocación; un Señor, una fe, un Bautismo”.
Enseñamos
también que hay una Iglesia Santa y que ha de subsistir eternamente. Ella es la
asamblea de todos los creyentes en medio de los cuales el Evangelio es enseñado
claramente y donde los Sacramentos son administrados conforme al Evangelio.
Para
que haya una verdadera unidad de la Iglesia Cristiana, es suficiente que todos
estén de acuerdo con la enseñanza de la doctrina correcta del Evangelio y con
la administración de los sacramentos en conformidad con la Palabra divina. Sin
embargo para la verdadera unidad de la
Iglesia Cristiana no es indispensable que uno observe en todos lados los mismos
ritos y ceremonias, que son de institución humana. Esto es lo que dice San
Pablo: «Un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis
llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un
Bautismo» Ef. 4, 5-6.
VIII. QUÉ ES LA
IGLESIA
Además, si bien la iglesia cristiana en verdad no es otra cosa que la asamblea de todos
los creyentes y santos, sin embargo, ya que en esta vida muchos cristianos falsos, hipócritas y aún
pecadores manifiestos permanecen entre los piadosos, los sacramentos son igualmente eficaces,
aun cuando los ministros que los administran sean impíos. Es como Cristo mismo
nos indica: "En la cátedra de Moisés se sientan los fariseos". Por
consiguiente, se condena a los donatistas y a todos los demás que enseñan de
manera diferente.
Enseñamos también que la Iglesia no es otra
cosa que la congregación de los santos
y los verdaderos creyentes. Sin embargo en este mundo, muchos falsos cristianos
e hipócritas y mismo pecadores manifiestos están mezclados entre los fieles.
Ahora bien, los sacramentos son
eficaces, aun si son administrados por ministros impíos, como Cristo mismo ha
dicho: «Los escribas y los Fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés
etc.» Mat. 23,2.
Condenamos
por lo tanto a los Donatistas y a todos los que enseñan lo contrario.
IX. EL BAUTISMO
Respecto al Bautismo
se enseña que es necesario, que por medio de él se ofrece la gracia, y que
deben bautizarse también los niños, los cuales mediante tal Bautismo son encomendados a Dios y
llegan a serle aceptados.
Por este motivo se rechaza a los anabaptistas, que enseñan que el Bautismo de párvulos es ilícito.
Enseñamos
que el Bautismo es necesario para la salvación y que por el Bautismo se nos da
la gracia divina. Enseñamos también que se deben Bautizar los niños y que por
este Bautismo son ofrecidos a Dios y reciben la gracia de Dios.
Es
por esto que condenamos a los Anabaptistas que rechazan el Bautismo de los
niños.
X. LA CENA DEL
SEÑOR
Respecto a la Cena del Señor se enseña que el verdadero
cuerpo y la verdadera sangre de Cristo están realmente presentes en la Cena
bajo las especies de pan y vino y que allí se distribuyen y reciben.
Por lo tanto, se rechaza toda enseñanza
contraria.
En
cuanto a la Santa Cena del Señor, enseñamos que el verdadero cuerpo y la
verdadera sangre de Cristo están realmente presentes, y son distribuidos y
recibidos en la Cena bajo las especies del pan y del vino. Rechazamos,
pues, la doctrina contraria.
XI. LA CONFESIÓN
Respecto a la confesión se enseña que la Absolución privada debe conservarse en
la iglesia y que no debe caer en desuso,
si bien en la confesión no es necesario relatar todas las transgresiones y
pecados, por cuanto esto es imposible. Sal. 19: 12: “Los errores, ¿quién los
entenderá?”.
Con
respecto a la Confesión, enseñamos que se debe mantener la Absolución privada en la Iglesia, aunque no sea
necesaria la enumeración de todos los pecados, ya que esto es imposible -como
lo dice el Salmo 19,12: “Los errores, ¿quién los entenderá?”
Respecto al arrepentimiento se enseña que
quienes han pecado después del Bautismo
pueden obtener el perdón de los pecados toda vez que se arrepientan y que la iglesia no debe negarles la Absolución.
Propiamente dicho, el arrepentimiento no es otra cosa que contrición y dolor o
terror a causa del pecado y, sin embargo,
a la vez creer en
el evangelio y la
Absolución, es decir, que el pecado ha sido perdonado y que por Cristo se ha
obtenido la gracia. Esta fe, a su vez consuela el corazón y lo apacigua.
Después deben seguir la corrección y el abandono del pecado, pues
éstos deben ser los
frutos del arrepentimiento
de que habla
Juan en Mat. 3: 8: “Haced frutos dignos
del arrepentimiento”.
Se rechaza a los que enseñan que quienes una vez se
convirtieron ya no pueden caer.
Por otro lado se rechaza también a los novacianos, que
negaban la Absolución a los que habían pecado después del Bautismo.
También se rechaza a los que enseñan que no se obtiene
el perdón de los pecados por la fe, sino mediante nuestra reparación.
En
lo que concierne al arrepentimiento, enseñamos que aquellos que han pecado
después del Bautismo pueden obtener el perdón de sus pecados todas las veces
que se arrepientan y que la Iglesia no debe rechazar su Absolución. El
verdadero arrepentimiento comprende en primer lugar la contrición, es decir el
dolor y terror que uno siente a causa del pecado; en segundo lugar la fe en el
Evangelio y en la Absolución, es decir, la certeza que los pecados nos son
perdonados y que la gracia nos llega por los méritos de Jesucristo. Es esta fe
la que consuela los corazones y que da paz a la conciencia. Luego de esto se
debe enmendar la vida y renunciar al pecado. Ya que tales deben ser los frutos
del arrepentimiento, como lo dijo Juan el Bautista (Mt. 2,8) « Haced
frutos dignos del arrepentimiento ».
Condenamos
pues a los Anabaptistas que niegan que los justificados pueden perder el
Espíritu Santo. Igualmente a los que enseñan que una vez convertido, el cristiano no puede volver a caer en el
pecado. Condenamos también a los Novacianos que niegan la Absolución a los que
pecaron después del Bautismo. Finalmente rechazamos a los que enseñan que se
obtiene el perdón de los pecados, no por la fe, sino por nuestras
satisfacciones.
XIII. EL USO DE
LOS SACRAMENTOS
En cuanto al uso de los sacramentos se enseña que éstos fueron instituidos no sólo
como distintivos para conocer exteriormente a los cristianos, sino que son señales y testimonios de la voluntad
divina hacia nosotros para despertar y
fortalecer nuestra fe. Por esta
razón los sacramentos exigen fe y se emplean debidamente cuando se reciben con
fe y se fortalece de ese modo la fe.
Sobre
los Sacramentos enseñamos que no han sido instituidos solamente para ser signos
visibles mediante los cuales se reconoce a los cristianos, sino también que son testimonios de la buena
voluntad de Dios hacia nosotros, instituidos para despertar y afirmar nuestra
fe. Por esto exigen la fe y solamente
son empleados correctamente si uno los recibe con fe y para consolidar
la fe.
Condenamos,
pues, a los que enseñan que los Sacramentos
“ex opere operato” justifican y no enseñan la necesidad de la
fe para recibirlos.
XIV. DEL ORDEN
ECLESIÁSTICO
Respecto al orden eclesiástico se enseña que nadie
debe enseñar públicamente en la iglesia ni predicar ni administrar los
Sacramentos sin un llamado legítimo.
En cuanto
al orden en la Iglesia, enseñamos
que nadie debe enseñar o predicar públicamente
en la Iglesia, ni administrar los Sacramentos, a menos que halla recibido una
llamamiento regular (rite vocatio).
XV. RITOS
ECLESIASTICOS
De los ritos eclesiásticos de origen humano se enseña
que se observen los que puedan realizarse sin pecado y sirvan para mantener la
paz y el buen orden en la iglesia, como ciertas celebraciones, fiestas y cosas
semejantes. Sin embargo, se alecciona
no gravar a las conciencias con esto, como si tales
cosas fueran necesarias para la salvación. Sobre esta materia se enseña que
todas las ordenanzas y tradiciones instituidas por los hombres con el fin de
aplacar a Dios y merecer la gracias son contrarias al evangelio y a la doctrina acerca de la fe en Cristo. Por
consiguiente, los votos monásticos y otras tradiciones relacionadas con la
distinción de las comidas, los días, etc. por medio de las cuales se intenta
merecer la gracia y hacer satisfacción por los pecados, son inútiles y
contrarias al evangelio.
En
cuanto a los ritos eclesiásticos establecidos por hombres, enseñamos que uno
debe observar lo que pueda realizar sin pecar y que contribuya a la paz y al
buen orden en la Iglesia, como por ejemplo, ciertas fiestas y otras
solemnidades. Sin embargo, exhortamos a no cargar las conciencias, como si esta
suerte de instituciones humanas fueran necesarias para la salvación. Antes bien
enseñamos que todas
las ordenanzas y las
tradiciones instituidas por los hombres para reconciliarse con Dios y
merecer su gracia, son contrarias al Evangelio y a la doctrina de la salvación
por la fe en Cristo. He aquí por lo que tenemos por inútiles y contrarios al
Evangelio los votos monásticos y otras tradiciones que establecen diferencias
entre alimentos, días, etc. por las cuales se piensa merecer la gracia y ofrecer
satisfacción por los pecados.
XVI. EL ESTADO Y
EL GOBIERNO CIVIL
Respecto al estado
y al gobierno civil se enseña que toda autoridad en el mundo, todo gobierno y
las leyes fueron creadas e instituidas por Dios para el buen orden. Se enseña
que los cristianos, sin incurrir
en pecado, pueden tomar parte en el gobierno y en el oficio de príncipes y
jueces; asimismo, decidir y sentenciar según las leyes imperiales y otras leyes
vigentes, castigar con la espada a los malhechores, tomar parte en guerras justas,
prestar servicio militar, comprar y vender, prestar juramento cuando se exija,
tener propiedad, contraer matrimonio, etc.
Al respecto se condena a los anabaptistas, que enseñan que ninguna de las cosas susodichas es cristiana.
Se condena también a aquellos que enseñan que la
perfección cristiana consiste en
abandonar corporalmente casa y hogar, esposa e hijos y prescindir de las cosas
ya mencionadas. Al contrario, la verdadera perfección consiste sólo en genuino
temor a Dios y auténtica fe en él. El evangelio
no enseña una justicia externa ni temporal, sino un ser y justicia interiores y
eternos del corazón. El evangelio
no destruye el gobierno secular, el estado y el matrimonio. Al contrario, su
intento es que todo esto se considere como verdadero orden divino y que cada
uno, de acuerdo con su vocación, manifieste en estos estados el amor cristiano
y verdaderas obras buenas. Por consiguiente, los cristianos están obligados a someterse a la autoridad civil y
obedecer sus mandamientos y leyes en
todo lo que pueda hacerse sin pecado. Pero si el mandato de la autoridad civil
no puede acatarse sin pecado, se debe obedecer a Dios antes que a los hombres.
Hechos 5: 29.
En
lo que concierne al Estado y al gobierno temporal, enseñamos que todas las autoridades
en el mundo, lo gobiernos y
las leyes civiles
que mantienen el orden
público, son instituciones excelentes, creadas y establecidas por Dios. Un cristiano es libre de ejercer las
funciones de magistrado, soberano o juez. Puede recurrir a los juicios
basados en las leyes imperiales y las
otras leyes en vigencia,
castigar a los malvados, emprender una
guerra justa, ser soldado, hacer contratos legales, tener propiedad,
hacer juramentos cuando
le sean requeridos, casarse etc. Condenamos a los Anabaptistas que
prohíben todas estas cosas a los creyentes.
Condenamos también a aquellos que enseñan que la
perfección cristiana consiste en renunciar a las cosas mencionadas mas arriba,
mientras que la verdadera perfección consiste en el temor en Dios y la fe. El
Evangelio no enseña una justicia temporal y exterior, sino que insiste en la
vida interior, en la justicia del corazón que es eterna. No se opone al
gobierno civil ni al estado, ni al matrimonio, sino que quiere que se observen todas esas cosas como instituciones divinas. Por lo
tanto, los Cristianos están necesariamente obligados a obedecer a sus
magistrados y leyes, salvo en el caso
de que éstas lo conduzcan al pecado. En este caso deben obedecer a Dios antes
que a los hombres; Cf. Hechos 5, 29.
XVII. EL RETORNO
DE CRISTO PARA EL JUICIO
También se enseña que nuestro Señor Jesucristo vendrá en el día postrero para juzgar y que resucitará a todos los muertos. Dará a los creyentes y electos vida y gozo eternos, pero a los hombres impíos y a los demonios los condenará al infierno y a castigo eterno.
Consiguientemente, se rechaza a los anabaptistas, que enseñan que los
demonios y los hombres condenados no sufrirán pena y tormento eternos.
Asimismo se rechazan algunas doctrinas judaicas, y que
actualmente aparecen, las cuales enseñan que, antes de la resurrección de los
muertos, sólo los santos y piadosos ocuparán un reino mundano y aniquilarán a
todos los impíos.
Enseñamos
que Nuestro Señor Jesucristo aparecerá
en el último día para juzgar a vivos y
muertos. Resucitará a todos los muertos.
A los justos les dará la vida eterna y
la felicidad. A los impíos y a los demonios los condenará al infierno y
los tormentos eternos.
Reprobamos
pues a los Anabaptistas que enseñan que las penas de los condenados y los
demonios tendrán un fin. Rechazamos asimismo algunas doctrinas judías que
algunos enseñan hoy en día , pretendiendo que antes de la resurrección de los
muertos, los justos dominarán la tierra y destruirán a los impíos.
XVIII. EL LIBRE
ALBEDRIO
Se enseña también que el hombre tiene, hasta cierto
punto, el libre albedrío que lo capacita para llevar una vida exteriormente
honrada y para escoger entre las cosas que entiende la razón. Pero sin la
gracia, ayuda u obra del Espíritu Santo el hombre no puede agradar a Dios,
temer a Dios de corazón, creer, ni arrancar de su corazón los malos deseos
innatos. Esto sucede por obra del Espíritu Santo, quien es dado mediante la palabra de Dios. Pablo dice en I Cor.
2: 14: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios”.
Para que se pueda apreciar que en esto no se enseña nada nuevo, se citan a continuación del tercer libro de
Hipognosticon las palabras claras de Agustín acerca del libre albedrío:
“Confesamos que en todos los hombres existe un libre albedrío, porque todos
tienen por naturaleza entendimiento y razón innatas. Esto no quiere decir que
sean capaces de hacer algo para con Dios, por ejemplo: amar de corazón y temer
a Dios. Al contrario, sólo en cuanto a las obras externas de esta vida tienen
la libertad de escoger lo bueno o lo malo. Con lo 'bueno' quiero decir que la
naturaleza humana puede decidir si trabajará en el campo o no, si comerá o
beberá o visitará un amigo o no, si se pondrá o quitará el vestido, si
edificará casa, tomará esposa, si se ocupará en algún oficio o si hará
cualquier cosa similar que sea útil y buena. No obstante, todo esto no existe
ni subsiste sin Dios, sino que todo procede de él y se realiza por él. En cambio,
el hombre puede por elección propia emprender algo malo, como por ejemplo
arrodillarse ante un ídolo, cometer homicidio, etc.”.
En
lo que respecta al libre arbitrio, enseñamos que el hombre posee una cierta
libertad para elegir una vida exteriormente justa y que puede elegir entre las
cosas accesibles a la razón. Pero sin
la gracia, la asistencia y la operación del Espíritu Santo no le es posible al
hombre agradar a Dios, arrepentirse sinceramente y poner en El su confianza y remover de su corazón la maldad
innata que posee. Esto no es posible
sino mediante el Espíritu Santo que nos ha sido donado por la Palabra,
ya que San Pablo dice en 1 Cor 2,14: « El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios ».
Esto
es dicho de mucha maneras bien claras por San Agustín al hablar sobre el libre
albedrío en su libro Hipognosticon,
L. 3: «Confesamos que todos los hombre tienen un libre albedrío, ya que todos
tienen por naturaleza una razón y una inteligencia innatas. No es que sean
libres en el sentido de que sean capaces de relacionarse con Dios, como por
ejemplo amarlo y temerle con todo el corazón; sino que lo son en el sentido de
que pueden elegir entre el bien o el mal en las obras exteriores de esta vida.
Por bien entiendo lo que la naturaleza humana es capaz de llevar a cabo: por
ejemplo trabajar en un campo, comer, beber, visitar un amigo o no hacerlo,
vestirse o desvestirse, casarse, ejercer un oficio y hacer otras cosas
parecidas que son buenas y útiles. Y sin embargo, todo esto no se hace sin Dios
y no subsiste sin Él, ya que de Él y
por Él son todas las cosas. Por otra parte el hombre puede por su propia
decisión elegir el mal, como por ejemplo adorar un ídolo, cometer un asesinato,
etc.».
Condenamos
pues a los Pelagianos y otros, que enseñan que sin el Espíritu Santo, por el
poder propio de la naturaleza, el hombre puede amar a Dios sobre todas las
cosas, cumplir sus mandamientos como tocando “la substancia del acto”. Ya que,
aunque la naturaleza puede ejercer un acto externo (por ejemplo puede impedir
que las manos del ladrón se posen sobre lo que quiere robar o matar), sin
embargo no puede producir mociones internas, como el temor de Dios, la
confianza en Dios, la castidad, la paciencia, etc.
XIX. LA CAUSA DEL
PECADO
Sobre la causa del pecado se enseña entre nosotros
que, si bien Dios omnipotente ha creado y sostiene toda la naturaleza, sin
embargo, la voluntad pervertida -es decir,
la del diablo y de todos los impíos- produce
el pecado en
todos los impíos
y en quienes desprecian a Dios. Esta voluntad, tan pronto como Dios ha
quitado la mano, se vuelve de Dios al mal, como Cristo dice en Juan 8: 4: “El
diablo habla mentira de lo suyo”.
Con
respecto al origen del pecado, he aquí lo que enseñamos: Dios ha creado y
preserva a la naturaleza entera; sin embargo la causa del pecado es la voluntad
de los malvados, esto es, de los hombres impíos que, sin la ayuda de Dios se
apartan de Dios, como dice Cristo en Jn. 8, 44: «El diablo habla mentira de lo suyo».
Se nos acusa falsamente de prohibir las buenas obras.
Pues nuestros escritos acerca de los Diez Mandamientos y otros semejantes han
proporcionado buenas y útiles exposiciones y exhortaciones respecto a las
profesiones y obras verdaderamente cristianas.
Acerca de esto se enseñó poco anteriormente; al contrario, mayormente se
recalcaban en todos los sermones obras pueriles e innecesarias, como el rezo
del rosario, el culto a los santos, el monacato, peregrinaciones, ayunos,
fiestas, cofradías, etc. Nuestros adversarios ya no alaban tales obras
innecesarias con tanta exageración como antes. Además, han aprendido ahora a
hablar de la fe, sobre la cual en tiempos pasados no predicaban absolutamente
nada. Ahora enseñan que no somos justificados ante Dios solamente por las
obras, sino que añaden a ello la fe en Cristo. Dicen que la fe y las obras nos
hacen justos delante de Dios. Tal enseñanza posiblemente proporcione algo más
de consuelo que la enseñanza de que se confíe únicamente en las obras.
Es falsa la acusación que se nos hace de prohibir las buenas
obras. Los escritos sobre los diez Mandamientos y otros por el estilo, dan
testimonio de que hemos enseñado todo los concerniente a las buenas obras de
todos los estados de vida y lo que se necesita para agradar a Dios. Con
respecto a estas cosas los predicadores ordinariamente enseñan poco, exhortando
a obrar cosas infantiles e innecesarias como la observancia de feriados,
ayunos, hermandades, peregrinaciones, servicios en honor a los santos,
rosarios, vida monástica etc. Como nuestros adversarios han sido amonestados
sobre estas cosas, han comenzado ahora a dejarlas de lado y no predican sobre
estas obras como antes. Han comenzado ahora a mencionar a la fe, de la cual
anteriormente había un admirable silencio. Enseñan de que no somos justificados
solamente por las obras, sino por una unión de fe y obras. Dicen también que
somos justificados por la fe y las obras. Esta doctrina es mas tolerable que la
antigua y produce mayor consolación que la anterior.
Ya que la doctrina de la fe, que es la principal de la
existencia cristiana, dejó de
acentuarse por tanto tiempo (como es forzoso admitir), y sólo se predicaba en
todas partes la doctrina de las obras, los nuestros han enseñado lo siguiente
respecto a estas cosas:
Primeramente, nuestras obras no pueden reconciliarnos con Dios ni merecer la gracia, sino que esto sucede sólo mediante la fe al creer que se nos perdonan los pecados por causa de Cristo, quien es el único mediador que reconcilia al Padre. Ahora bien, quien piense realizar esto mediante las obras y merecer la gracia, desprecia a Cristo y busca su propio camino a Dios en contra del Evangelio.
y