DICCIONARIO
DEL ARGENTINO EXQUISITO de ADOLFO BIOY CASARES
NUEVOS
CUENTOS DE BUSTOS DOMECQ de ADOLFO BIOY CASARES Y JORGE LUIS
BORGES
DE
JARDINES AJENOS de ADOLFO BIOY CASARES
LA
INVENCION DE MOREL de ADOLFO BIOY CASARES
DIARIO
DE LA GUERRA DEL CERDO de ADOLFO BIOY CASARES
DESCANSO
DE CAMINANTES de ADOLFO BIOY CASARES
EL
HEROE DE LAS MUJERES de ADOLFO BIOY CASARES
NOS
PARECE CUENTO QUE ADOLFITO SE HAYA IDO
Por
Ricardo E. Brizuela PASAJEROS DE LA HISTORIA
http://comunidad.ciudad.com.ar/argentina/capital_federal/ricardobrizuela/
Tuvo
todas las características del transgresor, pero conservando
aquel estilo que lo relacionaba con una clase social que mantenía
su lustre de elite, aunque en franca retirada desde mediados de
este siglo. Sin embargo nunca hizo ostentación de ello: su
señorío se adivinaba en sus modales y en sus gestos
descuidados.
Se adaptó a las circunstancias cambiantes en los avatares
de la subsistencia y cuando tuvo que prestarse al juego del márketing
para vender sus libros, se escudaba divertido detrás de respuestas
vagas o frases como cuchillos filosos, que desnudaban en su ironía
toda la crítica de un observador agudo.
Descubrió el interés de sus seguidores en las pequeñas
anécdotas de su larga vida; por eso se prestó resignado
a contar retazos de ella sabiendo que también mostraba pedazos
de nuestra historia.
El escenario lo configuraba todos los años la Feria del Libro,
donde con la complicidad de María Esther Vázquez,
explicaba cómo Charly Menditegui lo sacaba de juergas nocturnas
cuando apenas tenía once años.
Seguramente no habría sido ajeno a esto su padre, escritor
y estanciero, por aquella casi obligación del patriarca de
facilitarle al hijo varón el acceso a los misterios del sexo
femenino: “Me enamoré de una bataclana, le robé
el coche a mi padre y la fui a buscar al día siguiente a
la salida del teatro. Cuando se dio cuenta que apenas tenía
mas
de diez años me dejó plantado. La volví a ver
muchos años después y me confesó que se había
enamorado de mí, pero ya no era lo mismo”, contaba
risueño.
Aparentemente, las lecciones de Menditegui fueron exitosas: Adolfito
nunca pudo quejarse de su suerte con las mujeres. Con las propias
y con las ajenas.
Relataba sus experiencias en sus inicios como escritor y se burlaba
de sí mismo. Confesó que el padre se hizo cargo del
pago de la primera edición de su primera obra. Luego vinieron
cuatro libros de los que nunca quiso hablar porque sostenía
que eran muy malos. “Escribí la Invención de
Morel con frases cortas, para no correr riesgos”, dijo en
una oportunidad muerto de risa.
Con Borges encarnaban la complementación: Adolfo se aferró
a la vida hasta el último minuto, como disfrutando de una
copa hasta la gota final. Su amigo, en cambio, confió tempranamente:
“Confieso que he cometido el peor de los pecados: no fui feliz”.
Juntos dieron vida a Bustos Domecq y a B. Suarez Lynch, dos seudónimos
con los que firmaron obras de antología. La simbiosis que
los unió perduró más allá de la muerte.
Extrañamente, a medida que transcurrieron los años,
los rasgos de Borges se fusionaron en la cara de Adolfito.
También compartieron observaciones en tiempos distintos:
“El hombre tiene la costumbre de morirse”, dijo alguna
vez, jocosamente, el primero. “Noto que la gente de mi edad
se muere”, sostuvo Adolfito cuando un periodista le hizo saber
que una Enciclopedia de Personalidades lo dio por muerto en 1982.
Después confesó que entonces había tenido “un
ligero sobresalto”.
Veía cuanto lo rodeaba con una curiosidad de niño
y, a veces, lo mismo que un niño podía ser cruel en
sus observaciones: “Gracias a los políticos cada vez
hablamos peor”, dijo al presentar “Breve diccionario
del Argentino Exquisito”. Resaltó entonces la “vía
cursi y esforzada de quienes quieren quedar como personas cultas
o instruidas”.
Algunas observaciones suyas tenían el valor de un estudio
sociológico: “Casi todos esperan un tren que ya pasó.
Yo también. A mí me encantan las causas perdidas”.
Practicó deportes y se relacionó en ambientes diversos.
Integró de esta manera el grupo de argentinos que podían
actuar en escenarios tan disímiles como un palacio europeo
o la fonda orillera del arrabal porteño, como Jorge Newbery,
Ricardo Güiraldes o el mismo Menditegui.
Su vida de escritor fue prolífica y rica en distinciones:
“Me dieron todos los premios demasiado pronto”, se justificaba
Adolfito.
Ayer no más, nos sorprendió muriéndose en Buenos
Aires.
Hoy, parafraseando un poema de su amigo Borges solo atinamos a decir:
“Se nos hace cuento que Adolfo Bioy Casares haya muerto. Lo
juzgamos tan eterno como el agua o el viento”.
Buenos aires, 9 de marzo de 1999 - Publicado por
diarios de Argentina - Columna distribuída por INFOSIC Agencia
de Noticias.
OTROS TITULOS
El
autor: Ricardo E. Brizuela
es periodista, escritor (SADE 6283) y especialista en comunicación,
de nacionalidad argentina.
Se especializó en trabajos de investigación histórica, habiendo
publicado hasta la fecha mas de 200 monografías con diversos
temas de esta disciplina y economía, en diferentes medios
de varios países.
La primera edición de Pasajeros de la Historia
se publicó en Buenos Aires en 1993.
Actualmente el autor se desempeña como consultor de empresas
en comunicaciones, al frente de su estudio, en toda el área
de Latino América.
Su lugar de residencia permanente es Santiago de Chile.
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