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Ricardo Gutiérrez

 

Ricardo Gutiérrez, miembro de una familia de distinguidos intelectuales, nació en el pueblo de Arrecifes, Provincia de Buenos Aires, el 10 de noviembre de 1836. Después de terminar sus estudios secundarios decidió cursar la carrera del derecho. Llevaba salvada la mitad de la misma cuando la abandonó, para inscribirse en la facultad de medicina. Así satisfacía su verdadera vocación.
Es galeno novel el año en que estalla la guerra del Paraguay. Se alista en el ejército; llena como profesional una bella página en esa terrible contienda entre hermanos de América. Allí nace su invencible repugnancia a la guerra, reflejada íntegra y valientemente en algunas de sus mejores composiciones.
En 1870 se embarca hacia el viejo continente con el propósito de perfeccionarse en sus estudios médicos. A su vuelta funda el hospital de Niños (1875), cuya dirección ejerce hasta su muerte. Se considera a Gutiérrez como el principal iniciador de esa especialidad entre nosotros. En la atención de la infancia vuelca toda su abnegación de cristiano de los mejores tiempos y su inmensa ternura de poeta. En las penosas jornadas de fiebre amarilla (1871) y de cólera (1887) se porta como un héroe. Gutiérrez médico es un ídolo de Buenos Aires.
Sus pesadas tareas profesionales no le impiden cultivar la poesía. A temprana edad (1860) publica su primer poema. la fibra salvaje y, más tarde, Lázaro, en el cual evoca la pampa y el gaucho; los dos trabajos son saludados cariñosamente por la crítica.
Sigue luego desparramando su producción en diferentes periódicos hasta que la recoge en volumen en 1878. No cabe duda de que sus composiciones más loables se encuentran en El libro de las lágrimas y en El libro de los cantos. El poeta romántico se emancipa bastante de las influencias notorias de su primera juventud y encuentra acentos personales, de íntima melodía. Gutiérrez es un poeta constantemente triste y dolorido, a veces desgarrador, pero siempre lleno de piedad humana y de sinceridad religiosa.
Después de los 42 años no cantó sino ocasionalmente. Falleció en Buenos Aires, el 23 de
septiembre de 1896

La Hermana de Caridad

El Cadáver

Las dos Almas

Meteoro

 

LA HERMANA DE CARIDAD

 

¿Quién eres tú, celeste criatura,

que descansas el vuelo

sobre la cárcel del linaje humano,

para abrir una fuente de ternura

y una puerta del cielo

donde se posa tu bendita mano?

 

¿Quién eres tú, que oras

junto al desierto lecho del que expira?

¿quien eres tú, que lloras

por la desgracia ajena?

¿quién eres tú, que arrulla y quien suspira

al infeliz que arrastra su cadena?

 

Quién eres tú, que en el estrago horrendo

de la feroz matanza,

el rastro de la muerte vas siguiendo

por el ¡ay! que se lanza,

y entre la sangre y el dolor perdida,

donde se da la muerte das las vida?

 

Madre del desvalido,

ángel del moribundo,

bálsamo misterioso del herido

y patria, en fin, del huérfano y el triste.

¿De qué estrella caíste

para enjugar las lágrimas del mundo?

 

¿Qué una piedad tu pecho anida

para que quepan en tu amor sagrado

todas las desventuras de la vida?

¡Oh, qué caudal de abnegación encierra.

que no acaba, regado

sobre todas las llagas de la tierra!

 

No pisa sobre el mundo

más que un ser, nada más, que templa y calma

tanto dolor profundo

con el insomne afán de su ternura...

¡Te adivina mi alma!...

¡eres mujer, sublime criatura!

 

Eres mujer, lo eres,

y no te abisma la borrasca humana

al mágico festín de los placeres

y los vivos albores

de la ilusión galana,

no alumbran el Edén de tus amores.

 

Y tu rostro tan bello

no es flor del mundo en el jardín viviente,

y tu blondo cabello,

en ondas melancólicas caído,

no es tesoro de un labio enardecido

ni espléndida corona de tu frente.

 

Y la angélica lumbre de tus ojos

tan sólo a Dios y al moribundo mira,

y la frescura de tus labios rojos

sólo se va perdiendo y marchitando,

la helada cruz besando

y la pálida frente del que expira.

 

¡Oh! ¿qué profundo encanto

en la divina abnegación se encierra?

¿Qué hondo placer se anida

en el consuelo del dolor y el llanto,

que el placer de la tierra

a cambio de él, el corazón olvida?

 

¡Ángel de la caridad! ¡alma templada

del mismo Dios en el amor fecundo,

tórtola de Noé desamparada!

eres flor bendecida,

bajo la sombra de la cruz nacida,

donde expiraba el Salvador del mundo.

 

Tu enternecido corazón sublime

es el arca del pobre:

allí busca consuelo el que gime,

allí pide lágrima el que llora,

y allí un pan y allí un cobre

aquel que con el hambre se devora.

 

Allí, los muertos de frío,

van a llamar el huérfano y la viuda,

con la carne desnuda

y el pie despedazado

bajo la noche del invierno impío,

sobre la nieve del invierno helado.

 

Y allí, cuando la muerte

se para junto al lecho de la vida,

lleva su mano inerte

el que está solo en su dolor horrendo,

para besar tu mano bendecida

y morir sonriendo!

 

Así tu vida en la piedad se encierra,

así la viertes sobre el lodo inmundo

sin pedir una lágrima a la tierra.

Así tu noble corazón sincero

sin patria sobre el mundo...

patria es del mundo entero.

 

¿Por qué levantas la mirada al cielo?

Yo también sólo allí busco mi palma:

voy donde el diente del dolor se encarne,

seco también las lágrimas del suelo

y cierro las heridas de la carne

como tú las del alma!

 

Alumbra mi destino

sobre la cárcel del linaje humano.

¡Ay! sólo pide mi ambición precaria

que en el último asiento del camino

ponga en mí tu mano

y levantes mi vida en tu plegaria.

 

 

EL CADÁVER

 

Sí; todo es vanidad, todo es mentira,

todo es dolor en la existencia humana,

porque la vida de la tierra triste

no es más que el paso a la inmortalidad jornada.

¡Ay! del que al mundo

su dicha amarra...

El cadáver del hombre es el sudario

donde a la eternidad la vida pasa.

 

Sí; todo es ilusión, todo es delirio;

sólo es verdad la voz de la esperanza

con que en el corazón cada latido

a la esfera de Dios la vida llama.

Sólo es eterna,

eterna el alma:

el cadáver del hombre es el sudario

que a la inmortalidad la vida salva.

 

Allí ya para siempre, para siempre

unió el Señor mi alma con tu alma

que la existencia fúnebre del mundo

separó con estúpida muralla.

¿Qué es ya en la tierra

la angustia humana?

El cadáver del hombre es el sudario

donde la eternidad la vida pasa.

 

La luz celeste de la fe sublime

me alumbró el universo en tu mirada:

he visto a su fulgor la vida eterna;

me ha tocado el Señor con la esperanza.

¡Ah, y en mis ojos

no hay más lágrimas!...

¡Oh, pasajera muerte en la tierra,

cúbreme con la sombra de tus alas!

 

LAS DOS ALMAS

 

Huérfana como el águila del cielo,

errante como el céfiro del alba,

triste como el destierro del proscrito,

sola como la flor de la montaña,

como el lucero

de la mañana,

así vivió tu alma sin mi alma,

así vivió mi alma sin tu alma!

 

Como el cuerpo y la sombra de su cuerpo

como el mar y la onda de sus aguas,

como el canto y el eco de su canto,

como el sol y la lumbre de su llama,

como los ojos

y la mirada

así se unió tu alma con lamía,

así se unió mi alma con tu alma!

 

Sobre la tierra de extranjeras olas,

bajo el cielo sublime de la patria,

en las risueñas horas de la dicha,

en la noche fatal de la desgracia,

como dos ruedas

como dos alas,

no se apartó tu alma de la mía,

no se apartó mi alma de tu alma!

 

Cuando el tremendo golpe de la muerte,

la misma tierra a nuestros cuerpos abra,

tu alma en sus alas alzará mi vida,

mi alma la tuya subirá en sus alas

hasta ese mundo

de la esperanza,

patria inmortal de tu alma y de la mía,

patria inmortal de mi alma y de tu alma!

 

 

METEORO

 

Fué la celeste imagen de la dicha

que rozó la existencia con sus alas,

el corazón se resignó a perderla

y levantó una cruz en su esperanza.

Fué como un astro

que errante pasa:

dejó un surco de luz en la memoria

y se perdió en la noche desolada.

 

 

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