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Hilario Ascasubi

Hilario Ascasubi, cuya vida errabunda tiene mucho de novela y de poema a la vez, nació en una carreta, estando su madre de viaje, el 14 de enero de 1807 en la localidad de Fraile Muerto, luego de Bell Ville, Provincia de Córdoba. Era hijo del comerciante español don Mariano Ascasubi y de doña Loreta de Elía, argentina.

Ingenioso y andariego desde la adolescencia, viaja infatigablemente a través de su patria, América y Europa. Ejerce los más diversos oficios. En 1824 y 1825 trabaja como impresor en Salta, siendo el gobernador el general Arenales. Participa en la guerra contra el Brasil y en nuestras contiendas civiles, a las órdenes de Lamadrid y Lavalle. Rosas lo manda poner preso durante largos meses. En 1832 se evade a Montevideo, desafiando cantidad de riesgos.

Permanece en la vecina orilla veinte años. Se descubre panadero y fabricando pan amasa una sólida fortuna, que le permite mostrarse generoso con tantos compatriotas en desgracia y contribuir a costear las expediciones de los generales unitarios. Ascasubi, que ya cultivaba en suela argentino las letras, afirma sus grandes cualidades de poeta gauchesco. En 1846 da a conocer su Paulino Lucero, muy bien recibido por la crítica. Al pronunciarse Urquiza contra Rosas, se incorpora al Ejército Grande, como ayudante de campo y luego edecán del general entrerriano, quien lo asciende a coronel despupes de la batalla de Caseros. Ascasubi no solo pelea en esa campaña espada en mano; empuña, también la pluma festiva y gauchesca para animar y entretener a los soldados; obtiene rotundo éxito.

Cuando Buenos Aires se separa de la Confederación, Ascasubi ataca en verso a Urquiza. Desde 1860 hasta su muerte vive alternativamente en Buenos Aires y Europa, principalmente en París, donde ejerce fabtásticas profesiones y entra en amistosa relación con celebridades de la literatura y política, sin perjuicio de alimentar una activa correspondencia con figuras de primer plano en el Plata. En 1846 lleva desde nuestras orillas a Francia un sauce llorón y, cumpliendo con el voto expresado por Musset, lo coloca en el cementerio donde reposan los restos del insigne poeta europeo.

En 1871 se ausenta de nuevo a París. Allí se dedica a preparar la edición de sus obras, terminando y completando para ello la más orgánica y valiosa de sus producciones, el Santos Vega, o Los Mellizos en Flor, publicado en 1851. Cronológicamente hablando, Ascasubi es el primero de nuestros grandes poetas gauchescos y su labor escrita abre luminoso camino al bellísimo Fausto, de Estanislao del Campo y al poema cúmbre en el género, el Martín Fierro, de José Hernández. Destaca sus poemas La Escuchetada y Isidora, la generala y mazorquera.

LAs obras completas de Ascasubi aparecen en 1872 coleccionadas por el autor en 3 volúmenes. Poco después retorna a la patria, falleciendo en la capital el 17 de noviembre de 1875.

 

LA ENCUHETADA


Hoy hará una trasnochada
apretando el imprentero,
y allá al rayar el lucero
piensa acabar mi versada.

Siendo ansí, a la madrugada
le echaré en la población;
pero antes hago intención
(se lo alvierto por si acaso)
de ir a pegarle un albazo
llevándosela, patrón.

Por ahora voy a largar
solamente el primer trozo,
y hay otro más cosquilloso,
que después le he de atracar
hasta hacerlo corcoviar
a ese conde Palmetón;
y le asiguro, patrón,
que no desprecio a otro inglés,
más que a ese maula, y después
a otro de un zaíno rabón.

Conque, va sabe, temprano,
mañana al venir el día,
me cuelo en la imprentería
de Hernández el Valenciano,
y me agarro mano a mano
a cimarroniar con él:
y en cuanto acabe el papel
dándomelo, de ahi mesmito,
me guasquiaré, patroncito,
a su casa de tropel.

Verá, señor, con qué esmero
ha pintao la estampería,
que le ha hecho a mi versería
Musiú Lebas, el santero.

¡Ah, francés, lindo!, ansí quiero
pagarle muy rigular;
y ansí tienen que alumbrar
los que pretiendan libritos,
con diez y ocho vintencitos
al tiro y sin culanchear.
Su amigo, Luciano Callejas.



ADVERTENCIA a los uropeos cosquillosos

Van tres gauchos liberales
a quejarse, con razón,
de una floja y ruin aición
de dos gobiernos desleales.

Siendo gauchos, como tales,
se explicarán sin rodeos,
sin que dentre en sus deseos
ni un remoto pensamiento
de hacer en el fundamento
agravio a los uropeos.



Dedicatoria

Señor conde Palmetón:
a usté por lo bien portao,
y el haberse acreditao
¡tan lindo en su Intervinción!

Callejas, de refilón,
a nombre de la gauchada,
le dedica esta enflautada
celebrando entre otras cosas,
¡que en ancas le largue Rosas
por el Harpy una ensilgada!

¿Sabe lo que es ensilgada?
Es una vaina, patrón,
sin grano, y ¡con su perdón¿
que jiede a bosta quemada:

medio aceitosa, y buscada
en los pagos del Tandil
y propia para el candil
de cualesquier baladrón;
conque, atráquele, patrón,
esa mecha a Mistre Pil.




La encuhetada

Sorpresa del gaucho Morales al recibir a su amigo Olivera en su rancho junto a las trincheras de Montevideo.


Marcelo

¡Cristo!... ¿Si será verdá
lo que dudo en la ocasión?.
Cabal... no es una ilusión...
que es él mesmo... ¡voto-va!
lleguesé, amigo Olivera:
¿Diaónde sale? ¿Qué anda haciendo?

Olivera

¡Tristemente consumiendo
la vida, hasta que Dios quiera!
Así caigo a su presencia
dichosamente, aparcero,
pues acá soy forastero
sin la menor conocencia.

Marcelo

Debe serlo, me hago el cargo,
como que de Maldonao
presumo que habrá llegao,
y, habrá padecido largo...

Olivera

¡Largo y fiero!... mesmamente:
y toda laya de penas,
tanto mías como ajenas,
que es mejor que ni las mente
porque el corazón, lueguito
que dentro a considerar,
se me oprime de pensar
y se me hace chiquitito.

Marcelo

¡Infeliz viejo Olivera!
¡lagrimiando!... sientesé;
aunque no tengo, ya ve,
ni un triste tronco siquiera.

Ansí, amigaso, en el suelo
crucesé sobre este ijar,
a bien que no ha de extrañar...

Olivera

¡Qué he de extrañar, ño Marcelo!
después que me han baquetiao,
ocho años de sacrificios
tan crudos, que hasta los vicios
¡sin sentir he olvidao!

Marcelo

Dejuradamente lo creo:
porque yo en el mesmo caso
de infelicidá y atraso
con la familia me veo.

Ahora mesmo mi Pilar
cogió y fue desesperada
a vender una frezada,
ganosa de yerbatiar.

Olivera

¿Conque, Dios se la conserva
alentada?...

Marcelo

Y trajinista,
mientras la salú le asista:
ya verá como trai yerba,
y tabaco y aguardiente,
y en ancas puede que traiga
la frezada, sin que la haiga
ni empeñao siquieramente.

Por lo tanto, a prevención
voy a mandar hacer fuego,
cosa que, en llegando, luego
tomemos un cimarrón...
Con su licencia... ¡Agapito:
vení, llená la caldera!...

Agapito

¡La bendición, ño Oliveral

Olivera

¡Que Dios te haga un santo, hijito!
¡Temeridá que ha crecido
el muchacho!... y memorista:
en cuanto me echó la vista
al golpe me ha conocido.

Vení, largáme un abrazo,
rubio amargo... ¿cómo estás?
Y decíme... ¿te acordás
de tu potrillo picazo?...

Agapito

¿Cuál?... ¿Aquel bellaco viejo?
Me lo ajeniaron cuantuá
en las puntas de Aceguá
junto con otro azulejo.

Que yo le puse collera
y se lo prendí al picazo,
porque como era malazo
presumí que se me juera.

Y ni bien se aquerenció
cuando cierta madrugada,
con la yunta y la manada
una partida se arrío.

Marcelo

Vaya un recuerdo prolijo
del tiempo de don Echagua
pero de calentar agua,
¿a que no te acordás, hijo?

Aunque... alvierto a ño Severo
ganoso de hablar con vos;
así, quédense los dos,
que voy y vuelvo ligero.

Olivera

Bueno, paisano... ¿Conque,
Agapito, ahora andarás
como andamos, a cual más
atrasao, pobre y a pie?

Agapito

Pobre, a veces suelo andar,
y ansí mesmo siempre yo
me amaño, creameló,
y agenceo qué ensillar.

Luego verá, ño Severo,
un potrillo pangaré,
lindo, que le trajiné
a un inglés, que fue chasquero:

Y salía cola alzada
ajuera continuamente,
y de ahi volvía caliente
a presumir en la Aguada:

Aonde se apea y se cuela
atrás de cualquier muchacha,
a pesar que tiene facha
de más zonzo que su agüela...

Olivera

¡La del inglés, Agapito!...
¡barajo!... no te turbés...

Agapito

¿Cuál quiere que sea, pues?
La del bisquete mesmito:
ese maula que cruzaba
lo mesmo que autoridá,
del Cerrito a la Ciudá,
y aquí nos menospreciaba...

Tanto, que a mí en la avanzada,
porque le pedí un cigarro,
si no ando vivo, en el barro
me arronja de una pechada.
¡Ahijuna!... y se la juré.
Ansí un día que salió
de manabita y volvió
trayendo el tal pangaré,

Dije entre mí... "si te pillo
hoy en pedo lo verás,
matucho, si te me vas
golpio y sin el potrillo!"

Olivera

¡La Purísima, el muchacho,
que es propio para un descuido!
Me alegra que haigás salido
alentao y vivaracho.

Proseguí, no te parés,
que recién me va gustando.

Agapito

Pues, como le iba contando,
resolví dende esa vez
no darle alce ni cuartel,
y sobre el rastro ahí no más
largármele por atrás,
¡y que se me iba el infiel!

Advierta, señó Severo,
que dende que lo seguí,
y aun antes, ya conocí
que el pingo era pajarero.

De suerte que en cuanto entró
en el pueblo esa mañana,
le dio al potrillo la gana
de espantarse, y se tendió;

Y ya por el costillar
lo echó al hombre de cabeza,
y en colmo de la maleza
medio lo empezó a arrastrar.

Porque al cair, en la estribera
de una pata lo enredó,
fortuna que reventó
el ojal de la arcionera.

Entonces echó el caballo
a disparar como flecha
por esa calle derecha
del Veinticinco de Mayo.

Y yo atrás dél me largué,
hasta que allá entre las tiendas
se enredó fiero en las riendas,
se sofrenó y lo agarré.

Severo

Mira el diablo ...¡de manera
que en cuanto lo asiguraste,
de ahí mesmo ya enderezaste
a media rienda hasta juera!

Agapito

Al contrario, le aflojé
la cincha, y bajo la silla
el tronco de una costilla
de punta le acomode.

Luego le cinché flojito,
dejando el cuhete tapao,
y el pingo, por de contao,
comenzó a lomiar lueguito.

Últimamente, tirando
volví a trairselo al inglés,
al cual lo encontré otra vez
aliento y renegando.

Y después que le arreglé
el estribo como pude,
dije entre mí: ¡Dios te ayude!...
y el potrillo le arrimé.

Conque, patrón... ¿cómo se halla?
le pregunté medio en broma;
y él me contestó en su aidioma:
"¡Marchi diabli la caballa!"

Y al verlo en disposición
de montar, cuasi me río;
porque... cuándo... ¡Cristo mío,
se aguantaba el chapetón!

Mesmamente la acerté.
El hombre apenas montó,
y ni bien se acomodó,
¡la gran... punta el pangaré!

Cuando le asentó la nalga
a la inglesa, y con el peso
le hizo tomar gusto al güeso,
se encogió, y ¡Cristo le valga!

Conoció al jinete tierno,
y al pingo se le hizo robo
aliviarse, y de un corcovo
echó la carga al infierno...

Olivera

¡Oiganlé al matucho inglés!
¡Cómo aflojó de un tirón...
y tan altivos que son
en sus barcos!... y ¿después?

Agapito

Hasta frente a un conventillo
que le llaman de Pozolo,
siguió guasquiándose solo
y corcoviando el potrillo:

Tanto, que al fin se quedó
en pelos completamente,
y como era consiguiente
entonces se sosegó.

Ahi mesmito lo agarré;
y... "¡ahora sí, lo verás, laucha,
si has de pelar esta chaucha!"
le dije, y me le senté.

Y dende allí cachetiando
y meniándole talón,
me fui a golpiar del tirón
a la Aguada disparando.

Y como hasta hoy en el pago
ni el inglés me lo ha cobrao,
que lo habrá descogotao
es la cuenta que yo me hago.

Conque ansí, señó Olivera,
supuesto que se halla a pie,
disponga del pangaré
como guste y cuando quiera...

Marcelo

Pero, hijito, ¿todavía
estás meniándole taba?
¿Y usté soltando la baba,
aparcero? ¡Virgen mía!

Olivera

¡Voto alante, ño Marcelo!
por su tardanza ha perdido
de oir cómo me ha divertido
su Agapito, que es un cielo,
y gaucho crudo y a macho.

Marcelo

Y prosista más que todo;
si no, repare del modo
con que a mí me largó el guacho
de hacer fuego y calentar
la agua que yo le mandé.
¡Ah, diablito!... pero... che,
¡velay, acá está Pilar!...

Pilar

¡Aparcero ño Olivera,
gracias a Dios que lo veo!
¿y ña Petrona, y Mateo?...

Olivera

A su mandao, aparcera.

Marcelo

¡María Santísima! Amigo,
perdone si he olvidao
el haberle preguntao
por su mujer... pucha digo.

Olivera

Recién se acaba de apiar,
y ya quería venir;
pero no puede salir
hasta medio pelechar.

Pilar

¡Por vida!... y ¿cómo les ha ido
en tanto apuro o redota?

Olivera

¡Hágase cargo!... en pelota,
y en montón hemos venido.

Pues mandaron embarcar
de un modo tan redepente,
que fue rejuntar la gente,
y al momento de mandar,

como aguacero a la costa
la botería acudió,
y el criollaje ahí se juntó
como manga de langosta.

De ahí empezaron a echar
viajes al barco a menudo,
y en el bordo como pudo
nos hizo desparramar...

Del pértigo a la culata
de un barcazo roncador,
ñato viejo y rodador
a impulsos de una fogata:

Cosquilloso a una ruedita
que de atrás un marinero
se le prendió a lo carnero,
como haciéndole colita.

Pero, paisana... ¡qué cosa
de barco tan maquinal!
y grandote el animal
de una manera asombrosa.

Oiga, le relataré
la laya de barco que era,
que no es fácil, aparcera;
pero, en fin, me amañaré.

Era un barco... ¡tamañazo!
de madera de mi flor,
y tendría de largor
como dos tiros de lazo.

En la barriga tenía
un pozo, donde se apiaba
la gente que trajinaba
en pura carbonería.

Arriba los comendantes
rodeaos de la oficialada,
y mucha marinerada,
con sombreros relumbrantes,

Abajo había cuarteles
y corrales y galpones;
y encima grandes cañones
con rondanas y cordeles.

Y un cañuto ¡temerario!
enterrao yo no sé cómo
en lo más ancho del lomo,
y más allá un campanario.

Y luego en cada costao
una rueda con aletas,
que no he visto ni en carretas
de esa laya de rodao.

Viese, aparcera, al montar,
¡qué julepe y qué jabón
nos pegó una quemazón
que abajo entró a reventar!...

Y ver salir apuraos
como avestruces corridos...
los hombres, que a unos chiflidos
subían todos tiznaos.

Yo me empecé a refalar
el poncho para aliviarme,
y estuve por azotarme,
como carpincho, a la mar.

Pero supe que de intento
prendían abajo el fuego,
y vi a un oficial que luego
se puso a vichar atento.

Y en cuanto por el cañuto
vido salir la humadera,
le aflojaron, aparcera,
y echó a correr ese bruto.

A dos laos, y relinchando,
campo ajuera salió al mar,
aonde empezó a bellaquiar:
y ya nos juimos echando.

Luego nomás, en tendales
quedó todito el hembraje,
y atrasito entró el machaje
a rodar como costales.

Al momento una fatiga
y un asco tal nos entró,
que a todos nos revolvió
tan de-una-vez la barriga...

Que con los ojos saltaos,
haciendo juerza bramaban
los criollos, y gomitaban
quedando despatarraos.

Y sin poder aguantar
a semejante alboroto,
hasta el último poroto
nos hizo desembuchar.

Ansí he cruzao el camino
con todito ese trabajo,
y he venido cuesta abajo
a entregármele al destino.

Marcelo

¿Ha visto cuán rigoroso
el nuestro nos ha salido,
que a todos nos ha sumido
en un abismo espantoso?

¿Y cuánta sangre y estrago
aun devora nuestra tierra?
sin terminarse esta guerra,
porque hay hombres...

Pilar

Eche un trago;
y arme, aparcero: velay
papel, tabaco y facón,
pues alvierto en la ocasión
que usté ni cuchillo trai.

Olivera

Cabal, paisana: ni quiero
negarle que traigo apenas
muy poca sangre en las venas,
y ojales por todo el cuero.

Marcelo

¿Y cuándo, amigo, al remate,
de esta custión llegaremos?
¡Por Cristo! que ya debemos
tener juicio y...

Agapito

Velay mate.

Marcelo

¿Será posible que siendo
tan poquitos los paisanos,
como fieras entre hermanos
nos sigamos destruyendo?

Usté que tiene experencia
profunda, y conocimiento,
y en cada razonamiento
el poder de una sentencia,

Diga, si por desventura
nos ha condenao el cielo
a tener el desconsuelo
de cair a la sepultura.

Sin que logremos jamás
bendecir a cualesquiera
que a nuestros hijos siquiera
les ponga su tierra en paz...

Olivera

Sí, amigo: no desespere
de que esta calamidá
puede terminarse ya
si la Virgen y Dios quiere.

Pues ya sabe que en la vida
no hay cosa que no termine,
por más que el hombre imagine
de que no tiene medida.

Marcelo

Con todo eso, van ocho años
de ruina que hemos tenido;
¡y en la guerra hemos sufrido
tan amargos desengaños!...

De ambición en los de acá
hasta asigurar el mono,
y a lo último de abandono
y perfidia en los de allá...

¿No ha visto de Ingalaterra
y de Francia lo que han hecho
con nosotros, que hasta el pecho
nos han metido en la guerra?

Haciendo al principio roncha
con tanta alianza y promesa,
y a lo último con vileza
juir y meterse en la concha...

Queriéndonos entregar
después de sacrificaos
por esos mesmos aliaos
que nos han hecho matar

¡Malditos sean... ahijuna,
ciertos monarcas del mundo,
a quienes odio profundo
les juro y piedá ninguna!

Y de corazón, quisiera
que cierto rey reculao
algún día ande arrumbao
y con las tripas de juera.

Pues, si algún criollo no sale
a sacarnos de este infierno,
será nuestro mal eterno,
¡y cairse muerto más vale!
Olivera
Dejuro, tiene razón
de quejarse y renegar;
pues a eso ha dado lugar
la ruinosa entrivención:

Que la figura más ñata
con fantástico poder,
es lo que ha venido hacer
en el Río de la Plata.

Ansí es, paisano Marcelo,
que me alegro de que Rosas
a esas potencias famosas
hoy las humille hasta el suelo.

Sin que ninguno le ladre
de esos diablos coronaos,
que de miedo y sobajeaos
lo están haciendo compadre:

Y le quitan el bocleo
como diciendo: "nos vamos,
y velay que te entregarnos
por junto a Montevideo".

Aonde nos echan bravatas
a nosotros, pero a aquél,
al tirano Juan Manuel
lo saludan con fragatas.

En fin, usté me ha templao,
y malo es que me caliente;
pero... déme el aguardiente,
y luego me oirá, cuñao.

Marcelo

¡Ah, viejo terne!... de balde
lo traquea la vejez,
se conserva cada vez
con más letras que un alcalde.

Sí, amigo: me ha de gustar
oirlo a usté, y oir a Callejas;
casualmente hacen parejas
en el modo de pensar.

Olivera

¿Conque, mi amigo Luciano,
también anda por acá?
me alegro. Y ¿cómo le va?

Marcelo

Rigularmente, paisano.
Hoy ha venido un ganao
que lo están desembarcando,
y allí lo dejé enlazando
por seis pesos y un asao.

Y ahí mestizo me asiguró
que viene a hacer medio día
conmigo, y que me trairía
vino duro, ¡y qué sé yo!

De suerte que comeremos;
y luego con mi patrona
a traer a será Petrona
al cuartel nos largaremos.

Pero... ¿usté está cabeciando?
Mal dormido.. ya se ve...

Olivera

Es verdá...

Marcelo

... Pues echesé
vaya medio dormitando.

Y... andá, Pilar, por favor,
mientras duerme ño Severo,
ve si te empriesta el pulpero
un vaso y el asador.

Y en cuanto llegue Luciano,
la venida de Olivera
celebraremos siquiera
con un pedo soberano.

Ansí, aprontáte, mujer,
como para cocinar;
que yo voy a trajinar
más leña, que es menester.

Vos, Agapito, por la olla
andá al muelle, ya sabés...

Agapito

¿Y si me topa el inglés?

Pilar

Sumíle, hijito, la bolla.

Agapito

Entonces, por si lo pillo,
y me atropella Balija
para irme más a la fija
voy a llevar mi cuchillo.

Pues, si me atraviesa el zaino
en que ahora anda, y con la tranca
me ataja, y volea la anca
ahi mesmo le desenvaino...

Marcelo

Salí... maula... farolero:
si te ronca, ¿qué has de hacer?

Agapito

Nadita... aunque... puede ser
¡que le haga sonar el cuero!





ISIDORA, LA FEDERALA Y MAZORQUERA

Relación que del embarque, del viaje y del fin trágico de la Arroyera le fue remitido desde el campamento de Oribe al gacetero Jacinto Cielo, por su amigo Anastasio el Chileno, el cual andaba de bombero de los patriotas entre los sitiadores de Montevideo.


PRIMERA PARTE

La Isidora regordeta
se va a embarcar al Buseo:
¡vieran con qué zarandeo
va arrastrando una chancleta!

Que lleva un pie desocao
de resultas de un fandango,
en que le rompió el changango
en la cabeza a un soldao;

Y en esa noche con Brun
bailando la refalosa,
anduvo poco mañosa
queriendo hacerle el betún.

Sabrán que esta moza al fin,
no es porteña, es arroyera,
pitadora y guitarrera
y cantora del Tin tin.

Que vino de la otra banda
junto con los invasores,
y que sabe hacer primores
por todas partes donde anda;

Y que hace mucho papel
como güeña federala,
pues se refriega en su sala
con la hija de Juan Manuel.

En fin, dicen que esta dama
del Miguelete se aleja,
y a mis paisanas les deja
los recuerdos de su fama.

También dicen de que al borde
ha estado de perecer,
y se quiere reponer
porque ha perdido el engorde

Pues no le asientan los pastos,
y luego con la escasez
que hay por ajuera, esta vez
se ha fundido en hacer gastos.

Así es que bien trasijada
se retira la infeliz,
echando por la nariz
como suero de cuajada.

Un ojo le lagrimea,
del aire, dice Garvizo;
que para él es un hechizo
otro que le centellea.

El Andaluz se hace almiba
por agradar a Isidora,
que es muchacha seguidora
y nunca se muestra esquiva.

Así es que a la despedida
la acompaña una patrulla,
marchando sir, hacer bulla
come gente dolorida.

Pero la Isidora marcha
sin demostrar sentimiento,
con un semblante contento
y más fresca que la escarcha.

Lleva el rebozo terciao,
airoso, a lo mazorquera,
y en la frente de testera
luce un moño colorao.

Marcha con aire gitano,
y una mano en la cadera,
que sacude sandunguera
con un garbo soberano.

Para lucir los encajes,
viste a media pantorilla
un vestido de lanilla
colorao y sin follajes.

Ella no gasta bolsita
como gasta una pueblera;
pero carga una jueguera
y también su barajita.

Todo el cortejo se empeña
en complacerla al partir,
pero ella se quiere dir
y a todo bicho desdeña.

Casi se cai de barriga
el cirujano, en mala hora
se le clavó a la Isidora
el cuchillo de la liga...

Que lo levanta el galán
trompezando, y cariñoso
se lo presenta gustoso
a la prenda de su afán.

La Isidora lo recibe,
y exclama: - ¡Cristo me valga!
antes perdiera una nalga
que no esta prenda de Oribe.

Con la cual he de volver
y a todas las unitarias,
de balde han de ser plegarias,
yo las he de componer.

¿Ha visto, dotor tuertero,
estas zonzas de orientalas,
que a todas las federalas
nos tratan como a carnero?

Esas mesmas que ahi están
faroliando en el Cerrito,
y haciéndole asco al moñito,
no sé lo que pensarán.

Pues mire, ¡a fe de Isidora,
me voy con sangre en el ojo!
y, he de volver por antojo
con mi comadre Melchora;

Y a toda la que se piensa
que me ha de andar con diretes,
le he de cruzar los cachetes
y le he de cortar la trenza.

¡Moño grande! que se vea,
se han de poner a la juerza:
y a la que medio se tuerza
se lo he de pegar con brea.

¡Caray! si me da una rabia
el ver que a mí ¡a la Isidora!
quieran ganarle a señora
porque tienen mejor labia.

¡Y porque gastan corsé,
y gorras a la francesa,
ni levantan la cabeza
a saludar! -Ya se ve...

Aun no están acostumbradas
a la mazorca y tin tin,
pero de todas, al fin,
me he de reír a carcajadas.

Deje nomás que entre Oribe
y tome a Montevideo,
que hemos de tener bureo
como Rosas me lo escribe.

Conque ansina, dotorcito,
a todas digamelés,
que he de volver otra vez,
¡que me anden con cuidadito!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En esta conversación
hasta la playa llegaron,
y en el momento mandaron
los rosines un lanchón.

Era preciso llevarla
cargada para embarcarse,
por no dejarla mojarse,
que eso podía resfriarla.

Entonces de la cadera
se la prendió el Andaluz,
y ella le gritó: ¡Jesús!
¡No me ruempa la pollera!

Con todo se la echó al hombro,
y hasta el lanchón la llevó;
y al dejarla suspiró
el tal Garvizo, ¡qué asombro!

Conque ansina desde ahora
es bueno que se prevengan,
y las orientalas tengan
¡cuidado con la Isidora!


SEGUNDA PARTE

Por un duende que ha venido
y que estuvo en lo de Rosas,
ésta y otras muchas cosas
diz que Anastasio ha sabido;

Porque me escribe el Chileno,
con respeuto a la Isidora,
de que tuvo la señora
un viaje pronto y muy güeno;

Pues la tarde del embarque
alzó moño la Palmar,
y a Güenos Aires fue a dar
con la Arroyera y su charque.

Y con viento rigular
amaneció la Boleta,
frente de la Recoleta
aonde empezó a sujetar.

Por supuesto, en la cruzada,
la muchacha se almareó,
y cuasi, cuasi largó
la panza y la riñonada.

Pero le dieron giniebra
que cura la indigestión;
y diz que sopló el porrón,
y se lo limpió de una hebra.

Luego le ofrecieron té;
pero ella dijo: -No quiero
ningún remedio extranjero,
como no sea el culé...
O mate de manzanilla
junto con flor de mosqueta,
que cuando estoy indigesta
¡me asienta a la maravilla!

Quién sabe al fin si tomó
a bordo esa medicina;
pero luego en la cocina
de golpe se amejoró:

Comiéndose allí una tripa
que le brindó el cocinero,
con más de medio carnero
y de galleta una tipa.

Últimamente llegaron
hasta dentro con el barco,
y en lo más hondo del charco
a soga larga lo ataron.

Y al echar un bote al río
le dijeron a Isidora:
Venga a embarcarse, señora,
con su petaca y su avío.

Mesmamente la embarcaron
en la culata del bote,
y más ligero que al trote
hasta la orilla llegaron.

De allí la montó a babucha
un marinero fornido,
que llegó a tierra rendido
y soltó a la camilucha:

Cuando llegó un adecán
flauchoncito y muy viejazo,
que al soltarle ella un abrazo,
le dijo: ¡Che, Corbalán!

¿Cómo estás? ¿Y Juan Manuel?
¿siempre con salú? contáme,
o más bien acompañáme,
voy a platicar con él.

¡Isidora de mi vida!
díjole el viejo moquiando;
¡pues no! vamos disparando
y que sea bien venida.

Y ya también la sacó
de bracete acollarada;
que salió medio trabada
desde el punto en que partió.

¡Qué de noticias traerás
-le dijo- de esos parajes!
Y ¿se aguantan los salvajes
Rivera y el manco Paz?

Nada te puedo contar
ahora, dijo la Arroyera,
pues se me anda la vedera
y ya me voy por echar.

Apuráte por favor:
vamos ligero, viejito,
y lleguemos, hermanito,
a lo del Restaurador.

Llegó la yunta, y adentro,
en la puerta de la sala
ya tuvo la federala
su primer feliz encuentro.

Pues salió la Manuelita,
y en cuanto la divisó;
luego vino y se abrazó
de firme con su amiguita,

Queriéndola comer
con los besos que le dio,
hasta que le preguntó:
-¿De dónde salís, mujer?

¡Mirá que sos una ingrata!
pues ni de mí te acordás
queriéndote mucho más
que lo que me quiere tata.

-Salí, porteña pintora,
federala zalamera;
que si yo no te quisiera,
velay, ¡dijo la Isidora!...

No te trujera esta lonja
que le he sacao a un francés,
para vos, ahi la tenés:
esto es querer, no lisonja.

Ansí es que me acuerdo yo,
tomá, y dejáte de quejas;
juntalá con las orejas
que Oribe te regaló.

-Ya no las tengo, hermanita,
le respondió la pichona
pues como eran cosa mona
se las regalé a tatita.

Ahora mesmo las verás
en su cuarto, adonde tiene
todo lo que lo entretiene:
vení, mujer, te reirás.

Entonces se despidió
Corbalán de Isidorita:
que a un tirón de Manuelita
para el cuarto cabrestió.

Se colaron, ¡Virgen Santa!
en ese cuarto que espanta
de pensar que vive en él
el tirano Juan Manuel,
restaurador de las leyes,
entre jeringas y fuelles,
puñales, vergas, limetas,
armas, serruchos, gacetas,
bolas, lazos maniadores
y otra porción de primores;
pues lo primero que vió
Isidora en cuanto entró,
fue un cartel,
con grandes letras sobre él,
y una manea colgada
de una lonja bien granada:
y el letrero
decía así: "¡Esta es del cuero
del traidor Berón de Astrada!
lonja que le fue sacada
por unitario salvaje,
en el paraje
del Pago Largo afamado,
donde fue descuartizado!"

-Con razón:
por malvao y salvajón,
dijo la recién venida.
Y en seguida,
miró encima de una mesa,
y entre un nicho, una cabeza
cortada,
y con la lengua apretada
mordida,
y la vista ennegrecida
y con rastros de llorosa.

Al pie tenía una losa
escrita, y decía así:
" Zelarrayán
Los salvajes temblarán
cuando se acuerden de ti".

¿Pues no?
la Arroyera dijo: y vio
ahi nomás, en seguidita,
colgada en una estaquita
una cola o cabellera:
y al preguntar de quién era
pudo ver sobre un papel
esta letra: "¡De Marciel!
Esta es la barba y bigote,
que con lonja del cogote
le manda al Restaurador:
Oribe, su servidor".

- ¡Qué bonito,
dijo Isidora, el versito!
Y agarró
un puñal, que reparó
en diez o doce que había,
que sobre el cabo tenía
en la chapa este letrero:

"Yo soy el verdadero
recuerdo en homenaje
del infame salvaje
Manuel Vicente Maza.

Si salgo de esta casa,
¡tiemble algún Presidente
que no sea obediente,
y, altanero se oponga,
cuando Rosas disponga!".

-¡Qué receta para Oribe,
dijo Isidora, que vive
sirviéndole a Juan Manuel,
y queriendo hacer papel
de Presidente legal,
cuando en la Banda Oriental
tan sólo el restaurador
debe ser amo y señor,
aunque el diablo se sacuda
las orejas!... ¡Ah, mujer!
hacéme al momento ver
las de Borda: ¿dónde están?
¿Qué sequitas no estarán?

Entonces la Manuelita
las sacó de una cajita,
y cuando se las mostró,
la gaucha las escupió,
y pensó hacer otras cosas:
pero en esto dentró Rosas
en camisa y calzoncillos
golpiándose los tobillos,
con la cabeza amarrada,
una cara endemoniada,
y en la cintura una verga.

Tendió en el suelo una jerga,
puso al lado una botella,
y se acostó cerca de ella
sin soltar una expresión...
y cuál fue la confusión
de Isidora y Manuelita
al sentir que su tatita
redepente dio un bramido
como tigre enfurecido,
y echando espuma se alzó,
y estas palabras soltó:
"¡En la Horqueta del Rosario!
¡Flores, salvaje unitario!
¡Núñez, salvaje traidor!...

Entonces le dio un temblor,
y rechinando los dientes,
y con gestos diferentes:
"¡Asesina!" le gritó
a Isidora; y la mandó
degollar con sus soldaos,
que acudieron asustaos.

Cayó entonces desmayada
la Arroyera, y arrastrada
fue por dos indios; y al rato
degollada como un pato.

Cuando la iban a matar,
Manuela se echó a llorar
a los pies de Juan Manuel,
suplicándole, pero él
dijo: "¡Muera la ovejona!
pues, si no, sale y pregona,
que ya tengo convulsiones,
de ver que los salvajones,
se lo limpian a Alderete;
y después, que lo sujete
el demonio al Pardejón,
que viene, y en un cañón
de taco me hace meter,
y ahí nomás lo hace prender;
cosa que en cuanto reviente
¡a los infiernos me avente
donde con vergas y fuelles
vaya a restaurar las leyes!...

Luego pidió una botella
de bebida, y se arrimó
a Isidora; la miró,
y de ahí se sentó sobre ella.

¡Fría estaba y desangrada!
Pero Rosas, con todo eso,
se agachó, le pegó un beso,
y largó una carcajada.

Luego acabó de beber
muy ufano, y se paró,
y a los indios les gritó:
"Saquen de aquí esta mujer;
llevenlá a la sepultura;
vamos, prontito, al instante,
y que venga y la levante
el carro de la basura".

Ansí la triste Arroyera
un fin funesto ha tenido,
sin valerle el haber sido
federala y mazorquera.

PAULINO LUCERO
O
LOS GAUCHOS DEL RÍO DE LA PLATA...


Martín Sayago recibe en el palenque de su casa a su amigo Paulino Lucero.

En la siguiente composición Paulino Lucero es un gaucho correntino, enemigo acérrimo de la tiranía de Rosas, que acompañó constantemente al general Lavalle, en clase de soldado, y fue uno de los bravos que salvaron el cadáver de su general de las impías manos del feroz D. Manuel Oribe, que, cual chacal hambriento y rabioso, escarbaba los sepulcros buscando la cabeza descarnada de aquel valiente infortunado. Después que sus fieles y esforzados compañeros pudieron, en tierra extranjera, darle la cristiana sepultura que les negaron los tiranos de su patria, aquel puñado de héroes escapados del puñal de los verdugos de Rosas se dispersó buscando su salvación en los países limítrofes. Lucero se refugió al fin en los campos del Cuaró, donde vivía a monte, siempre con la esperanza de que amaneciese un día de libertad para su patria. Así que supo que el general Urquiza había levantado su espada contra los tiranos, voló a la Provincia de Entre Ríos a ofrecerle sus servicios. En estas circunstancias es cuando se encuentra con su antiguo amigo Martín Sayago. La primera edición de este diálogo se hizo en Montevideo el año de 1846. En la segunda, publicada en 1851, salió enteramente refundido y aumentado. Y ahora se reproduce así corregido.


Martín

¡Amigo! De aquella loma
que atrás del monte se ve,
apenas lo devisé,
dije: aquel mozo que asoma
se me hace por la presencia
ser el paisano Lucero;
y felizmente, aparcero,
me ha salido...

Lucero

A la evidencia:
porque como nunca juyo
de esta causa en el afán;
y como dice un refrán,
en un pie a tu tierra, grullo,
cuanto el general Urquiza
¡a quien lo conserve Dios!
pegó el grito: "Vamonós
contra Rosas", a la prisa,
como es justa la contienda,
por lo justo, al grito yo,
decidido, del Cuaró
me vine a tirar la rienda
frente de Cualeguaychú
y al Uruguay me azoté
y lueguito me largué,
a saber de su salú.
¿Y mi aparcera?

Martín

Buenaza,
siempre mentándolo a usté.
Vaya, aparcero, apiesé;
ya sabe que está en su casa,
y no precisa...

Lucero

Al momento:
velay refalo el recao
y me pongo a su mandao.

Martín

Adelante: tome asiento.

Lucero

Pues, mire, amigo Sayago,
yo al venir me presumía
que no me conocería
al volver por este pago.
Pero si usté a la fortuna
es igual en la memoria,
ya puede hacer vanagloria
de conocedor: ¡ahijuna!

Martín

Lo que yo estoy conociendo
es que usté viene templao
y, como siempre, alentao.
Conque, váyame diciendo:
¿Diadónde sale?

Lucero

¡Chancita!
De lejas tierras, cuñao,
después de haberme troteao
media América enterita.
De suerte que de mulita
ya nada tengo, ¡qué Cristo!
pues con las cosas que he visto
en tanto como he andao,
de todo estoy enterao
y para todo estoy listo.

Pero, paisano Martín,
yo creiba que su amistá
con mi larga ausiencia ya
hubiese aflojao al fin.
Ya ve que ¡siete años largos
sin vernos hemos pasao!
¡Y cómo estoy de arrugao
por tantos ratos amargos!...
Así, yo hubiera apostao
a que me desconocía,
y que ni mentas haría
de mí.

Martín

Se había equivocao:
y lejos de eso, aparcero,
tan presente lo he tenido
que lo hubiera distinguido
en el mayor entrevero.
Digo esto, en la persuasión
que usté en la otra tremolina
habrá andao de garabina,
por supuesto, y de latón;
sobre el pingo noche y día
peliando al divino ñudo,
medio en pelota o desnudo
y con la panza vacía.

Pero ya por estos pagos,
lo mesmo que por su tierra,
se anda por concluir la guerra
y las matanzas y estragos,
bajo la suposición
de que no corcoviará
Rosas, y se allanará
a organizar la nación
por el orden federal,
que Entre Ríos y Corrientes
han proclamado valientes,
y han de sostener... ¿qué tal?

Lucero

¡Muy lindo!... pero... veremos;
porque ese Rosas, amigo,
¡es tan diablo... pucha, digo!
¡Cuántos males le debemos!
Y aunque usté haiga forcejeao
en otro tiempo por él,
éste no es el tiempo aquél,
y se habrá desengañao...

Martín

¿Forcejeao, dijo? Se engaña:
por un deber he seguido,
siempre medio persuadido
que Rosas es un lagaña.

Lucero

¿Medio no más, aparcero?
¿O se le hace rana el sapo?
¿A que si se lo destapo
se persuade por entero?
¡Es un tigre hasta morir,
con unas garras que asusta!
Y a ese respeuto, si gusta,
le explicaré mi sentir.

Martín

¡Pues no!, amigo: desde luego
prosiga, y déle por ahi:
y arme un cigarro, velay,
también voy a darle fuego.

Lucero

No... deje estar... ¡Voto a bríos!
¡Maldito sea el rosín!
¡Por Cristo! amigo Martín,
he perdido los avios.
¡Ah, bruto! ¡si ha corcoviao
hasta cortarme la cincha,
y todavía relincha;
y mire, se ha revolcao!

Martín

Tiene laya de buenazo
y bellaco...

Lucero

Sin piedá,
pero de conformidá,
que luego es ¡superiorazo!

Hoy cuasi me descompuso,
porque en pelos me dejó,
y ya también se bolió,
pero salí, ¡como un huso!

Martín

¡Ah, gaucho!... Vení, Ramón;
velay, agarrá ese overo,
y acollarálo ligero
al zaino viejo rabón.
¿No será algún pescuecero
su redomón, ño Paulino,
que saque por el camino
a la rastra a mi aguatero?
No le hace: andá y del tirón
traite el mate y la caldera;
vaya, hijito, y de carrera
cebenós un cimarrón.

Lucero

Pues, yo crei que usté viviera
siempre en la otra población,
y hoy al darle el madrugón
me encontré con la tapera.
Luego me pude informar
de su salú y paradero,
y en la cruzada al overo
se le antojó retozar.

Martín

¡Voto alante! En fin ya ve,
después de tanto rodar,
me he conseguido afirmar
siempre en la costa del Clé:
donde en otro tiempo, amigo,
cuanto rancho he levantao,
lueguito me lo han quemao,
como si fuera castigo;
hasta hoy que, como la rosa,
vivo y puedo trabajar
con miras de adelantar,
si Dios no manda otra cosa.

Pues acá de varios modos,
siendo los hombres honraos,
todos viven sosegaos
y ganan su vida todos,
mediante la protección
que el gobernador Urquiza
al pobre que la precisa
le presta de corazón.
Así, el hombre es bendecido,
como bajado del cielo,
después de tanto desvelo
y atraso que hemos sufrido.

Lucero

Que dure es lo menester,
y pronto, amigo, verá
que esta provincia será
feliz como debe ser,
porque la naturaleza
y Dios mesmo se ha esmerao
en darle como le ha dao
en su suelo su riqueza.

Corriendo la agua a raudales
por sus ríos caudalosos,
y de ahi sus montes frondosos,
sus campos y pastizales.
Luego sus puertos y haciendas
su trajín y produciones...
¿No valen más estos dones,
que ejércitos y contiendas
sin término? ¿Y para qué?
Para que al fin el tirano
llegue a ser el soberano
de estos pagos.

Martín

Riasé
del Supremo y de su antojo,
pues, para tal pretender,
Rosas no debía ser
tan ruin, tan malo, y tan flojo;
ni debía ese asesino
apoyarse en el terror,
ni ser tan manotiador
como tacaño y mezquino.

Así condición ninguna
tiene, sino fantasía;
pero, ya se allega el día
de que se le acabe, ¡ahijuna!...
¡Qué distinto proceder
tiene acá el gobernador,
a quien el restaurador
le debe todo su ser!

Usté lo verá, paisano;
por supuesto, lo verá,
y si ha visto ¡me dirá!
hombre más liso y más llano.
Y verá con el empeño
que proteje al hombre honrao,
sin fijarse en lo pasao,
ni en si es de Uropa o porteño.

Porque su único sistema
es perseguir los ladrones,
pero que por opiniones
ya ningún hombre le tema.
También verá el adelanto
de nuestra provincia entera,
y al cruzar por aonde quiera
le parecerá un encanto:

Ver la porción de edificios
que se alzan en todas partes
para proteger las artes
y diferentes oficios.
Luego en los campos verá
las escuelas que sostiene
la Patria, en las cuales tiene
a hombres de capacidá:

Enseñando satisfechos
y con esmeros prolijos
a que aprendan nuestros hijos
a defender sus derechos.
Y últimamente, paisano,
si hay gobiernos bienhechores,
quizá uno de los mejores
es el gobierno entrerriano.

Lucero

¡Qué primor! Así debía
proceder todo gobierno,
veríamos que al infierno
iba a parar la anarquía.
Pero, desgraciadamente,
Rosas es tan envidioso,
y tan diablo y revoltoso,
que ya pretende al presente
largarnos un buscapié
para hacernos chamuscar,
porque no le ha de agradar
esta quietú; creamé.

Pues la Libertá y la paz
son dos cosas que aborrece,
a punto que se estremece
de oírlas nombrar nada más.
A bien que le he prometido
destapárselo enterito,
y voy hacerlo lueguito;
¿quiere atender?...

Martín

Decidido
le prometo mi atención:
que un hombre de su razón
merece ser atendido.

Lucero

Pues bien, amigo Sayago,
debajo de una amistá
oirá con la claridá
y la franqueza que lo hago.

No hablo como lastimao;
menos como correntino:
hablaré como argentino,
patriota y acreditao,
que nunca ha diferenciao
a porteños de entrerrianos,
ni a Vallistas de puntanos,
porque todos para mí,
desde este pago a Jujuí,
son mis queridos paisanos.

Y en el rancho de Paulino
puede con toda franqueza
disponer de la pobreza
cualquier paisano argentino,
pues nunca ha sido mezquino,
y a gala tiene Lucero,
el que cualquier forastero
llegue a golpiarle la puerta,
siguro de hallarla abierta
con agrado verdadero.

Sólo aborrezco a un audaz
que piensa que la Nación
es él solo en conclusión,
y su familia, a lo más:
y ese malevo tenaz,
matador, morao y ruin,
que ha promovido un sinfín
de guerras calamitosas,
no es una rana... ¡ése es Rosas!
mesmito, amigo Martín,

Que grita ¡federación!
y degüello a la unidá,
mientras que a su voluntá
manotea a la Nación;
y en veinte años de tesón
que mata y grita audazmente
¡federación! que nos cuente,
¿que provincia ha prosperao
o al menos se ha gobernao
de por sí federalmente?

Ninguna, amigo: al contrario,
hoy miran su destrución
v que en la Federación
Rosas se ha alzao unitario,
porque. a lo rey albitrario,
desde San José de Flores
fusila gobernadores,
niñas preñadas y curas,
y comete en sus locuras
otra máquina de horrores.

¡Vea qué Federación
tan gaucha! Y yo le respondo
que, aunque soy medio redondo,
conozco su explicación,
que consiste en mi opinión,
en que los pueblos unidos
vivan, y no sometidos
a tal provincia o caudillo
que les atraque cuchillo
y los tenga envilecidos...

Martín

¡Ahijuna!...

Lucero

No se caliente:
deje estar que le relate.

Martín

Siga, amigo: velay mate;
velay también aguardiente.
¡Barajo!... ¡Qué relación!
¡Ah, Rosas, si en este istante
te topara por delante!
Si hasta me da comezón...

Lucero

¡Viera, aparcero Sayago,
por esos pueblos de arriba,
como he visto yo cuando iba,
redotao por esos pagos!
¡Qué mortandades, qué estragos!
¡Cuánta familia inocente
hasta hoy llora amargamente
la miseria y viudedá
que deben a la crueldá
de Rosas únicamente!

Luego, el encarnizamiento
con que a los hombres persigue,
y los rastrea, y los sigue
lo mesmo que tigre hambriento.
Así es que he visto un sin cuento
de infelices desterraos,
y hombres que han sido hacendaos
rodando en tierras ajenas
y viviendo a duras penas
pobres y desesperaos.

¡Y así pretende el tirano
que el país esté sosegao,
habiéndolo desangrao
de un modo tan inhumano!
Ahora, dígame, paisano,
si a usté también lo saquiara,
lo persiguiese y rastriara
así con un odio eterno,
usté, desde el quinto infierno,
¿con Rosas no se estrellara?

Martín

Siguro, hasta el fin del mundo
como a pleito lo seguía,
y hasta lo perseguiría
de la mar en lo profundo.
Y a la prueba me remito
en la presente patriarda,
yendo a darle una sableada
allá en Palermo mesmito.

Y siendo tan revoltoso
el paisano Juan Manuel,
preciso es librarnos de él
lo mesmo que de un rabioso;
y entre todos sin reposo
dejándonos de pelear,
lo debemos corretear,
que dispare a lo ñandú
y se vaya a la gran-pu
y nos deje sosegar.

Lucero

Y que deje de amolarnos
con tanta guerra al botón
que arma allá ese baladrón
con miras de exterminarnos.
Que acá para gobernarnos
federal y lindamente,
sin hacer matar la gente,
pero haciendo prosperar
la patria no han de faltar
gobiernos como el presente.

Martín

¡Ah, gaucho sabio y ladino!
si es la cencia consumada,
y patriota más que nada;
eche un trago, ño Paulino.

Lucero

Vaya, amigo, ¡a la salú
de sus pagos y los míos,
y el gobierno de Entre Ríos
que nos ha de dar quietú!
¡Y por la Federación!

Martín
¿La gaucha?...

Lucero

No: ¡la entrerriana!
la linda, la veterana,
que hará feliz la Nación,
hoy que su proclamación
alza el general Urquiza,
diciendo: "¡Aquí finaliza
todo el poder de un tirano,
que el ejército entrerriano,
va a reducir a ceniza!"

Martín

Amigo, ahi tengo un changango
que pasa de rigular,
y ahora mesmo hemos de armar
para esta noche un fandango.
Aunque ya no me acordaba
que ayer, cuando iba al arroyo,
mi Juana Rosa en un hoyo
medio se sacó una taba;

Y hoy de mañana salió
con la Nicasia en las ancas,
y en aquellas casas blancas
debe estar, presumo yo,
haciéndose acomodar
la pata que se le ha hinchao:
pero así mesino, cunao,
esta noche ha de bailar.
Y usté templando el changango
saquemelé hasta la frisa,
a salú de don Urquiza
federal lindo y de rango!

Lucero

Lo haré por él, lo prometo;
pues, si antes fui su enernigo,
ahora de veras le digo,
me ha cautivao el afeto.
viendo el empeño completo
con que llama a los paisanos
para que se den las manos
y se dejen de matar;
así es que lo han de apreciar
todos los americanos.

Y así, yo de corazón
rendiré la vida a gusto
en las filas de don Justo,
sosteniendo su opinión
de organizar la nación,
hoy que el caso se presenta,
para ajustarle la cuenta
a ese tirano ambicioso,
causal de tanto destrozo
que nuestra patria lamenta.

Y a quien el mesmo Entre Ríos
le debe tantos atrasos,
por las trabas y embarazos
que antes le puso a estos ríos;
creyendo en sus desvaríos
Juan Manuel que el Paraná
era de su propiedá;
y cuando le daba gana
no entraba ni una chalana.
¡Mire qué barbaridá!

Y a todo barco atajaba,
sin más razón ni derecho
que sacarle hasta el afrecho
en tributos que cobraba;
de otro modo no largaba
a ningún barco jamás
y sólo a San Nicolás
cuando más podían dir,
pues si quería subir
los hacía echar atrás.

¡Qué diferencia hoy en día
es recostarse a estos puertos,
y verlos siempre cubiertos
de purita barquería!
con tanta banderería
y tanta gente platuda
que al criollo que Dios lo ayuda
se arma rico redepente;
lo que antes cuasi la gente
andaba medio desnuda.

Luego, en ganar amistades,
¿acaso se pierde nada?...
¿Y con gente bien portada
que nos trae comodidades,
cayendo de esas ciudades
de Uropa tantos naciones,
a levantar poblaciones
en nuestros campos disiertos,
que antes estaban cubiertos
de tigres y cimarrones?

¿O debemos ahuyentar
la gente que habla en la lengua?
No, amigo, porque no hay mengua
en que vengan a poblar;
pues nos pueden enseñar
muchas cosas que inoramos
de toda laya: ¿a qué andamos
con que naides necesita,
si hay tanto y tanto mulita
entre los que más pintamos?

Dicen que "la extranjerada
¡algunos no dicen todos!
nos han de comer los codos".
¿Qué nos han de comer? -¡Nada!
Podrán comer carne asada,
cuando apriendan a enlazar;
y no se puede negar
que son muy aficionaos
a echar un pial, y alentaos
si se ofrece a trabajar.

Allá en mi pago tenemos
un nacioncito bozal,
muchacho muy liberal
con quien nos entretenemos;
y al lazo le conocemos
mucha afición de una vez.
Y, ni sé qué nación es,
pero cuando entre otras cosas
le grito: "Pialáme a Rosas".

Martín

¡Será el diablo! Pues aquí
anda otro carcamancito
que contesta a lo chanchito,
y a todo dice: "güi, güi",
y ayer peló un bisturí
de dos cuartas, afilao,
y yo que estaba a su lao
le dije: "¿Para qué es eso?"
y él señalando el pescuezo
nombró a Rosas, retobao

Lucero

¡Pero, si es temeridá
lo que el hombre es mal querido
y putiao y maldecido
en todo pago y ciudá!
Ya le dije, yo he corrido
muchas tierras, y embarcao
desde la mar del Callao
hasta la Esquina he venido,
y en Bolivia he conocido
a hombres que no morirán
de antojo, y le pegarán
al Supremo una sumida,
si Dios le presta la vida,
al general Ballivián.

Éste anda por Chuquisaca,
y allá en Lima anda un Castilla,
general, que si lo pilla
a Rosas le arrima estaca;
porque es libertal de a placa
ese general limeño;
y a todo gaucho abajeño
que anda infeliz por allá
en cualquier necesidá
lo proteje con empeño.

Así, yo vine prendao
de otro general Torrijo.
¡Ah, mozo! un día me dijo,
viéndome medio atrasao;
"¿Muchacho, sos emigrao?"
"Sí, señor", le respondí;
"Pues tomá", -y le recebí;
y como quien no da nada
ahi me largó una gatiada
que luego la redetí.

Después en Chile, paisano,
también me puse las botas,
con muchos mozos patriotas
que detestan al tirano;
y el gobierno es tan humano,
que a todos nos compadece,
y dice que no merece
Buenos Aires esa suerte,
en que hoy se mira, y de muerte
a Juan Manuel lo aborrece.

¿Y el general Virasoro?
¿Y el ejército que manda?
¡Por Dios! Le asiguro que anda
contra Rosas, como un toro;
y antes en manos de un Moro
caiga ese bruto asesino,
que no en las de un correntino.
Así, que ande Rosas listo,
pues si lo pillan ¡ah, Cristo!
¡Infeliz de su destino!

Luego, en colmo de sus males,
al Presidente su aliao,
ya lo tienen apretao
veintidós mil imperiales,
todos mozos ternejales
que lo han de sacar muriendo,
y todos, estoy creyendo
como una cosa sigura,
que por sacarle una achura
a Rosas se andan lambiendo.

Y en todo el género humano,
no crea, ni le parezca
que hay hombre que no aborrezca
a Juan Manuel por tirano.
¿Y en el Paraguay, paisanos?
¡Viera a los paraguayitos
todavía mamoncitos
que apenas andan gatiando,
y ya se largan gritando:
¡Ah hijitos!

Y además el Presidente
es un quiebra, sigún veo,
pues le ha pedido rodeo
al Héroe del Continente.

Lucero

Sí, amigo, muy suavemente
al principio lo ha palmeao,
y ya lo ha redomoneao,
hasta el verano que viene,
que puede ser que lo enfrene
y lo haga de su recao.

Martín

¡Ah, cosa! Dios lo bendiga,
y le dé su santa gracia.
¡Che! mire: ahi viene Nicasia
con mi china. Pero, diga:
¿se acuerda de Sandoval
el payador?

Lucero

¡Cómo no!

Martín

Un chumbo lo desnucó.

Lucero

¿Dónde?...

Martín

En la Banda Oriental:
donde también por mi mal
andando por esa tierra,
cuando la maldita guerra
en que Rosas nos metió,
cuasi, cuasi, quedé yo
estirao en una sierra.

Lucero

Velay otra guerra, amigo,
que hace Rosas al botón,
de cuya desolación
usté habrá sido testigo.
Y ¿qué oriental enemigo
tiene Entre Ríos? pregunto.
¿A qué cargas, a qué asunto
mandó allá a la paisanada?
¿Sabe a qué, aparcero? A nada;
a peliar por él, por junto.

Cierto es que Frutos Rivero
vino acá la vez pasada,
porque allá la entrerrianada
a él lo atropelló primero
con don Pascual, que altanero
se guasquió a Santa Lucía,
pues de terne presumía,
hasta que en una mañana
y que vuelva, ¡y qué volvía!

Y de ahi, Rosas se ha propuesto
destruir la Banda Oriental
que no le ha hecho ningún mal,
¡mire si es hombre funesto!
Y no alega otro pretexto
que mudarle presidente.
¿Qué le importa que Vicente,
o Pedro, o Juan o Tadeo
gobierne en Montevideo?
¿No digo bien?

Martín

Mesmamente.

Lucero

Pues ya ve a los orientales
matándose con horror,
lo que es, amigo, un dolor,
¡porque son tan liberales!
Y hay mozos tan racionales
entre uno y otro partido,
que si ya no se han unido
no es por rencor, creamé,
es solamente porqué
ahi anda Rosas metido.

Lo que antes, los orientales
se daban cuatro sabliadas,
y al tiro de camaradas
quedaban todos iguales;
mas hoy, con los federales
que Rosas les ha injertao
tan fiero los ha trenzao,
que algunos ya lo coligen,
y Dios permita y la Virgen
que le hagan el cuerpo a un lao.

Dios lo permita, repito,
que se abracen como hermanos;
porque, sin ser mis paisanos
los apreceo infinito;
pues ya sabe, aparcerito,
que yo me crie por allá,
y así es con temeridá
lo que esa gente me agrada,
y esas hembras más que nada,
porque son una deidá.

Martín

¡Oiganle al cantor Lucero
cómo se explica y se amaña!
Pues bien, una media caña
conciérteme, compañero.
Toda de amor enterita,
que se alborote el hembraje
con las coplas, y le faje
hasta la madrugadita.

Lucero

Media caña y cielo junto,
será más lindo, aparcero,
y que yo duerma primero,
porque... ya me siento en punto...

Martín

Echesé, aunque Juana Rosa
venía y se ha entretenido,
y si lo pilla dormido
quizá se muestre quejosa.
Pero ya que está templao,
no hay que hacer caso, echesé,
que yo lo dispertaré
con un buen cordero asao...
Aunque, amigo, la patrona
lo ha querer agradar:
dejemé, voy a carniar
con cuero una vaquillona.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Y ya enderezó Martín
rumbiando para el rodeo
y Paulino a su deseo,
hizo estas coplas por fin.

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