San Martín - Indice / Historia Argentina del Siglo XIX / Literatura Argentina del Siglo XIX
San Martín Gobernador de Cuyo
Con motivo de
las derrotas que en Vilcapugio y Ayohuma sufrió el Ejército del Norte comandado
por Belgrano, el Triunvirato decidió reemplazarlo por el coronel San Martín,
jefatura que no era del agrado de éste. El triunviro Nicolás Rodríguez Peña le
escribió: "Tenemos el mayor disgusto por el empeño de usted en no tomar el mando
de jefe, y crea que nos compromete mucho la conservación de Belgrano." San
Martín obedeció y Belgrano recibió con alborozo la noticia. En Tucumán, San
Martín encontró unos tristes fragmentos de un ejército derrotado, oficiales
desmoralizados que se niegan a todo lo que es aprender. Belgrano le ayudó con su
habitual abnegación y patriotismo y San Martín expresó al gobierno que de
ninguna manera es conveniente la separación del general Belgrano de este
ejército. Lo considera el mas metódico y capaz de los generales de Sudamérica,
lleno de integridad y talento natural y no hay - agrega -"ningún jefe que pueda
reemplazarlo." En la misma comunicación dice: "me hallo en unos países cuyas
gentes, costumbres y relaciones me son absolutamente desconocidas y cuya
topografía ignoro; y siendo esos conocimientos de absoluta necesidad, sólo el
general Belgrano puede suplir esta falla, instruyéndome y dándome las noticias
necesarias de que carezco como lo ha hecho hasta aquí."
El 22 de abril,
San Martín escribió a su amigo Rodríguez Peña una carta publicada por Vicente
Fidel López, cuyo original no se conoce: "no se felicite, mi querido amigo, de
lo que yo pueda hacer en esta; no haré nada y nada me gusta aquí. No conozco los
hombres ni el país, y todo esta tan anarquizado que yo se mejor que nadie lo
poco o nada que pueda hacer. Ríase usted de esperanzas alegres. La Patria no
hará camino por este lado del norte, mas
que no sea una guerra permanente,
defensiva y nada más; para eso bastan los valientes gauchos de Salta, con dos
escuadrones buenos de veteranos. Pensar en otra cosa es echar al pozo de Airón
hombres y dinero. Así que no moveré ni intentaré expedición alguna. Ya le he
dicho mi secreto. Un ejército pequeño y bien disciplinado en Mendoza, para pasar
a Chile y acabar con los godos, apoyando un gobierno de amigos sólidos, para
acabar también con los anarquistas que reinan. Aliando las fuerzas, pasaremos
por el mar a tomar Lima; ese es el camino y no este, mi amigo. Convénzase usted
que hasta que no estemos sobre Lima, la guerra no se acabará." Más adelante le
dice que está bastante enfermo y quebrantado y agrega: "lo que yo quisiera que
ustedes me dieran cuando me restablezca, es el gobierno de Cuyo. Allí podría
organizar una pequeña fuerza de Caballería para reforzar a Balcarce en Chile,
cosa que juzgo de grande necesidad, si hemos de hacer algo de provecho, y
confieso que me gustaría pasar mandando ese cuerpo."
San Martín enfermó
en Tucumán y por consejo de su medico, doctor Colisberry, se trasladó a Córdoba
donde recibió la muy grata noticia de haber sido nombrado Intendente de Cuyo a
solicitud suya - le decía el Director Supremo Gervasio Antonio Posadas- con el
doble objeto de continuar los distinguidos servicios que tiene hechos al país, y
el de lograr la reparación de su quebrantada salud en aquella deliciosa
temperatura.
Fueron decisivos los trabajos
realizados por San Martín en el gobierno y administración de Cuyo, en particular
en Mendoza donde residió, desde el 7 de setiembre de 1814, día en que llegó,
hasta el 23 de enero de 1817, día en que salió para Chile. Aquí, en realidad,
forjó la independencia de tres naciones.
Muchos de los emigrados chilenos
fueron alojados en casas de familia, otros en cuarteles, algunos soldados
quedaron en Mendoza y los demás siguieron a Buenos Aires, donde ya estaban los
Carrera.
Ahora necesitaba el gobernador redoblar su atención al gobierno
civil y militar. Era indispensable recuperar Chile, la "ciudadela de América" y
poco podía esperar entonces del gobierno de Buenos Aires urgido por las
necesidades del Ejercito del Norte. Entre bromas y veras, el Director Posadas le
aconsejaba arreglarse como pudiera, "ínterin acá me peleo para mandar
tercerolas, sables viejos, o demonios coronados para que se ponga la cosa en pie
de defensa." Era indispensable obtener los recursos de Cuyo que, a pesar de su
pobreza, con el sacrificio y la abnegación de las tres provincias, dio vida al
Ejercito de los Andes.
San Martín desempeñó todas las funciones de
gobierno: fue poder ejecutivo, legislador, juez, edil y jefe militar; además,
diplomático y político. No obstante la extensión de su poder, no lo desempeñó
como déspota. En todas las funciones demostró las características de su
personalidad: previsor, disciplinado, virtuoso, infatigable, apasionado por la
libertad. Tuvo excelentes colaboradores que supieron interpretarlo, entre otros,
los tenientes gobernadores Toribio de Luzuriaga en Mendoza, José Ignacio de la
Rosa en San Juan y Vicente Dupuy en San Luis. Más de una vez exigió
contribuciones y ayudas extraordinarias. "El pueblo derrama a borbotones toda
clase de ayuda", dice Luzuriaga. Prueba de la estimación popular fue la adhesión
que le demostró el Cabildo Abierto cuando en 1815 el Director Alvear le aceptó
la renuncia y designó en su reemplazo al coronel Perdriel. "¡Queremos a San
Martín!", fue el grito unánime de los mendocinos y el voto de los Cabildos de
San Juan y San Luis. Y fue el Cabildo mendocino quien le donó doscientas cuadras
en Los Barriales, donde él hubiera deseado vivir siempre. Ese mismo Cabildo lo
declaró "Ciudadano Honorario y Regidor Perpetuo" en 1821, cuando ya no era
gobernador y estaba lejos de Mendoza. Durante su gobernación, entre otras
iniciativas y realizaciones, San Martín difundió la vacuna antivariólica;
embelleció y extendió la vieja Alameda, paseo habitual de la sociedad mendocina;
abrió canales de riego; delineó la Villa Nueva; impulso la industria y el
comercio; dispuso el blanqueo de las casas; prohibió la construcción de balcones
y ventanas voladas que obstruían el paso de los transeúntes. Era asiduo lector y
escribía con elevación y cierta elegancia, pero deplorable ortografía. Por él se
fundó la primera biblioteca mendocina y más tarde la del Perú; fomentó la
instrucción y educación en Cuyo, dictó instrucciones a los maestros de escuela,
prohibió los castigos corporales a los escolares y contribuyó a la creación del
colegio de la Santísima Trinidad, primer establecimiento educacional mendocino
de enseñanza secundaria. No pudo asistir a su inauguración, que estuvo a cargo
de Luzuriaga, pero ha dejado un mensaje inolvidable que está transcripto en el
Acta funcional de la Universidad Nacional de Cuyo del 27 de marzo de 1939:
"Ningún hombre nacido en esta tierra debe tener a menos o creer que hace un
sacrificio viniendo a esta ciudad excelente a fundar estudios hasta que ellos
puedan marchar por sí solos..."
"El gobierno de San Martín en Cuyo se
parece un poco al de Sancho Panza en la ínsula Barataria", dice Mitre. Y es
verdad, porque el juzgó y sentenció con criterio humano, de acuerdo con la
verdad sabida, el buen juicio y la clemencia, sin invocación de leyes ni
intervención de abogados y procuradores. Fue juez como un buen padre de familia
y hay muchas anécdotas que lo atestiguan y demuestran sensibilidad. Cuando supo
que a los presos en la cárcel de Mendoza les daban de comer cada 24 horas, se
dirigió al Cabildo para que se incluyera cena en la alimentación
diaria.
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