Eduardo Wilde
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Pertenece Wilde a
esa brillante generación de los ochenta que consolidó las bases
del liberalismo engrandecido al país. Pero si tuvo las virtudes
de aquellos varones ilustres, adoleció también del defecto más
común a todos ellos: la dispersión de un innegable y vigoroso
talento en actividades demasiado múltiples.
Provenía Wilde de noble ascendencia inglesa. El abuelo, don
Santiago Wilde, llegó de Inglaterra para radicarse entre
nosotros señalándose como periodista y funcionario; el padre,
Coronel Diego Wellesley Wilde, también inglés de origen pero
naturalizado y al servicio de nuestro país, luchó contra los
caudillos y en la guerra del Paraguay; la madre, doña
Visitación García fue una distinguida dama tucumana de
filiación unitaria. No es extraño pues, que el nacimiento de
Wilde - 15 de junio de 1844 - ocurriera accidentalmente en
Tupiza, ya que sus padres estuvieron varios años desterrados en
Bolivia durante la tiranía. Pero lo mismo que Lucio V. López y
otros, fue considerado argentino según una posterior resolución
legal. Transcurrió allí su infancia, cuyos recuerdos relata en
el libro Agua abajo, y vuelto a la patria fue enviado a hacer los
estudios secundarios al Colegio Nacional de Concepción del
Uruguay. Pasó luego a Buenos Aires donde se graduó de médico
en 1870 siendo laureada su tesis sobre El hipo, primer intento en
el cual se adivina ya el estilo del futuro escritor. Entra de
inmediato a ejercer como cirujano interno del Hospital Militar
durante la guerra del Paraguay, teniendo asimismo una
destacadísima actuación en la lucha contra la epidemia de
fiebre amarilla que devastó Buenos Aires en 1871. En 1873 dicta
la cátedra de Anatomía en la facultad y más tarde la de
Higiene, haciéndose famoso como expositor claro y ameno.
Desempeña también la presidencia del Departamento Nacional de
Higiene y de las Obras de Salubridad. Al mismo tiempo lo ha
reclamado la política y se ha afiliado al Partido Autonomista.
Es electo diputado a la legislatura provincial y luego, por dos
veces consecutivas, al Congreso nacional. El 11 de febrero de
1882 Roca lo nombra ministro de justicia, culto e instrucción.
Como tal lleva la voz cantante del gobierno en la monumental ley
de educación laica siguiendo las direcciones sarmientistas, y en
la no menos importante, y en la no menos importante de matrimonio
civil. Ambas leyes suscitaron violentos debates en que Wilde
debió enfrentarse con los oradores de más renombre
parlamentario. Los más crueles ataques y calumnias del sector
conservador se cebaron en él. Habiendo continuado en el
ministerio del interior durante el gobierno de Juárez Celman
corrió la suerte de éste hasta 1889. Todo lo sobrellevó con
entereza y su imborrable sonrisa cubría de elegante escepticismo
una honda sensibilidad. La profesión de médico le había
enseñado a contemplar las miserias humanas con cierta bonhomía
comprensiva que le da aires de indiferencia, quizá mal
interpretada por el público.
Después de prolongado lapso vuelve a la vida pública y durante
la segunda presidencia de Roca. Actúa esta vez en la diplomacia.
Enviado extraordinario a los estados Unidos y Méjico, propugna
la reunión de un Congreso sanitario internacional que
efectivamente se celebró más tarde en Cuba. Era ministro
plenipotenciario nombrado para España y Portugal cuando murió
el 5 de septiembre en la ciudad de Bruselas.
Pese a la proficua actuación política y profesional Wilde debe
sus lauros más duraderos a la pluma. De estilo no muy cuidado
pero espontáneamente fluido, las cualidades señaladas del
escritor son los rasgos de ingenio, la gracia chispeante y la
auténtica originalidad. Desparramadas todas ellas en artículos
periodísticos que aunque reunidos en libros no logran constituir
la obra orgánica y madurada que revele al escritor en toda su
integridad; divertir en los cuentos en que se mezcla la picardía
criolla y el humor inglés, y aún conmover en algunos pequeños
cuadros muy humanos.
Sus primeras producciones abarcan trabajos de medicina. Tales las
lecciones de Higiene y de Medicina Legal y Toxicología. Vienen
luego Memorias Administrativas, Discursos sobre Obras de
Salubridad y Educación Laica. Y por fin tenemos el verdadero
escritor en Tiempo perdido, Prometeo & Cía. y el mencionado
Aguas Abajo, relatos y cuentos de diversos matiz, a veces
autobiográficos, mas siempre de personalísimo sello. Esto
último vale también para Viajes y Observaciones y Por Mares y
por Tierras, encantadoras descripciones salpicadas aquí y allá
de un juicio audaz o una reflexión picante.
La
Carta de Recomendación
Buenos Aires
está enfermo.
Lo han dejado las epidemias de cólera y fiebre amarilla, pero lo
aqueja otra enfermedad interna.
Este pueblo padece de una afección moral, de un trastorno
funcional de las pasiones.
La causa de esta afección es la necesidad, pero no la necesidad
imperiosa de vivir y de poder emplear los elementos necesarios
para mantener en función los organismos.
Generalmente hablando, los habitantes de Buenos Aires, tienen
qué comer, con qué vestirse, aire para respirar, terreno en
qué caminar, luz para ver y todos y todos los demás elementos
que utilizan los órganos para mantener sus funciones.
Las necesidades estrictas de la vida pueden, pues, ser llenadas
sin gran esfuerzo, en este pequeño centro de población.
Pero no sucede lo mismo con las necesidades ficticias que no por
ser menos reales, son menos apremiantes.
Existe entre nosotros la necesidad imperiosa por parecer.
Ningún hombre se contenta ahora con tener con qué cubrirse la
cabeza; si hay que cubrirla es necesario hacerlo con un sombrero
a la moda y perpetuamente nuevo.
Ninguna mujer usa su pañuelo para guardarse del aire frío de
las noches y de la humedad de la atmósfera; no señor, para
obtener ese propósito se necesita una gorra y no una simple
gorra, sino una gorra con flores. Si a más de esto la mencionada
gorra tiene la sobresaliente cualidad de haber sido comprada en
la calle Florida, la necesidad de cubrirse la cabeza queda
enteramente satisfecha.
Para tener un sombrero siempre a la moda y siempre nuevo, es
necesario comprar muchos sombreros y para poseer una gorra
siempre servible, es necesario comprar gorra para iglesia, gorra
para teatro, gorra para paseo, gorra para verano, gorra para
invierno, gorra para levantarse, gorra para estar despierto,
gorra para dormir, en fin, es necesario tener un cargamento de
gorras de todas las clases, tamaños, formas y colores.
Excusado es decir que para llenar la necesidad de no resfriarse,
se necesita actualmente una pequeña renta de quinientos
patacones al año.
No quiero irme de la cabeza a los pies por no dar un salto sobre
los órganos intermedios, que tienen también sus necesidades y
no quiero hablar de las necesidades de esos órganos, por que ha
de resultar que para vestir a un hombre y satisfacer sus
pasiones, se emplearía sin desperdicio las rentas de una aduana.
Felices tiempos aquellos en que comer sopa con tocino los
domingos constituía el supremo de los goces y en que cuidar las
cabras a caballos era la más loca e increíble de las
ambiciones.
De su peso cae aquí la reflexión de que para satisfacer las
necesidades de un individuo de nuestro tiempo, se necesita mucha
plata.
Trabajar y lucir son dos cosas que se excluyen. El obrero que
trabaja toda la semana, viste de blusa por el interés de
conservar su paletó para el domingo.
¿Por qué se diría de un hombre conocido que usara sombrero los
más de los días y de felpa y alto solamente los domingos y
días de guardar?
El qué dirán, importa, pues, una nueva necesidad, la necesidad
de trabajar poco.
Y si se pone esta necesidad al lado de la de ganar mucho, resulta
lo que todos sabemos, es decir, que los más desean un buen
acomodo.
Un buen acomodo quiere decir en castellano, un empleo en el cual
se trabaje poco y se gane mucho.
De aquí la ingente suma de pretendiente que tiene cada puesto
vacante.
Para alcanzar un empleo se necesita empeño, buenas relaciones.
Cualquiera diría que para ocupar un puesto se necesita aptitud,
pero esto que parece verdad a primera vista, es un sofisma en
Buenos Aires.
Las aptitudes son las cualidades en que menos se piensa.
El favor, la recomendación y la condescendencia, germinan de un
modo alarmante y han dejado enfermiza a esta sociedad.
Verdaderamente, en Buenos Aires, el valor del mérito ha
desaparecido o se ha desvirtuado.
Tener amigos (¡quién no tiene amigos en un país en que todos
somos iguales!) es la mayor de las ventajas.
Los puestos en que se gana dinero circulan en un grupo de amigos.
No se pregunta cuál es el más apto sino cuál es el mejor
recomendado.
De esto resulta que la vida de las entidades políticas,
financieras, comerciales, literarias e industriales, es
insoportable, por los tiempos que corremos.
Ser ministro o capitalista es lo mismo que ser mártir o
condenado en la vida.
Cada entidad en este pueblo recibe diariamente, veinte cartas de
recomendación y escribe veinticinco.
Se necesita una renta para sólo papel y plumas.
Como en todas las cosas, la necesidad de dar cartas de
recomendación, ha traído el abuso.
Ya no son solo los hombre eminente quienes las dan y las reciben.
Desde el presidente hasta el basurero, todos tienen a quien
recomendar y quienes les haya sido recomendado.
Yo también recibo cartas de recomendación y las escribo por
docenas.
Felizmente, he dado con la luminosa idea de contestar en los
sobres, lo que me produce una pequeña economía.
A proceder de otro modo, la profesión no me daría para mis
gastos.
La carta de recomendación se ha hecho una contribución, un
tributo que todos pagamos por el solo hecho de usar el nombre que
nos pusieron en la pila.
Por esto las cartas de esta clase han perdido su valor y se
necesitan muchas para que valgan como una.
A estas cartas le ha sucedido lo que al papel moneda.
Primero un peso valía ocho reales de plata; ahora se necesitan
veinticinco pesos para hacer un patacón.
El abuso ha traído el descrédito y la baratura de la
mercancía.
Cono todos recibimos cartas de recomendación, todos las damos
sin escrúpulo.
Todo el que tiene un oficio las da, todo el que usa un nombre que
siquiera esté en algún almanaque, las da también.
Para este propósito, las mujeres hacen un incalculable consumo
de papel timbrado y no son estos billetes los menos eficaces.
La belleza, la posición y el sexo, abren las puertas para todo.
Es muy difícil decir no a una mujer bonita que dice sí.
Mucho más, es muy difícil decir no a cualquier mujer que dice
sí.
Todavía me acuerdo que tratándose de una solicitud en que yo
tenía razón, el gobernador castro me dejó de una pieza
diciéndome que había unas cuantas señoras que no querían la
cosa.
Es incalculable el poder de las mujeres.
Una de las cuales que me inducirían a quedarme soltero, sería
el temor que hostigaran a mi mujer para pedirle cartas de
recomendación. Si ella era desairada, el desairado era yo, y si
era atendida ¿por qué atenderían una recomendación de mi
mujer, más bien que una mía?
Hay indudablemente peligrosas maneras de hacer el bien.
Por serio que sea el conflicto en que nos hallamos y mientras
salimos de él, no dejan de presentarse casos curiosísimos y
ridículos en esta forma de distribuir puestos; el siguiente, por
ejemplo:
Hace poco se presentó en casa, el señor don Pedro Romualdo
Mosqueira, que era portador de una carta de recomendación para
mí.
Atendiendo a ella, pregunté a son Romualdo en qué podía serle
útil.
- Me han dicho, señor, me contestó, que usted es algo
relacionado aquí y quería que me diera una cartita para alguno
de sus amigos.
- Perfectamente; ¿en qué desearía ocuparse?
- En una empresa de diarios, por ejemplo.
- Muy bien ¿Sabe usted leer?
- No, señor.
- Perfectamente; tome asiento un instante.
Dicho y hecho, tomo la pluma y escribo:
Señor don Eduardo Dimet, director y propietario del
"Nacional".
Estimado amigo:
Le presento a usted al señor don Pedro Romualdo Mosqueira que me
ha sido calurosamente recomendado por nuestro común amigo
Héctor Varela. Desea ocuparse en su imprenta y yo creo que se
contentará con un módico sueldo de ocho mil pesos, si usted lo
pone al frente de la administración de su establecimiento.
Saluda a usted atentamente.
N.N.
Haría de esto un mes, cuando una mañana recibo una carta que
decía:
Señor don N.N.
Querido amigo:
Usted que tiene tanta relación con Dimet, hágame el favor de
darle al portador de ésta. Don Rómulo Mezquita, una cartita de
recomendación que le sirva a los menos, para presentarse. Este
señor desea ocuparse en algún diario y como me ha sido muy
recomendado, no vacilo en pedirle a usted un servicio a favor de
un extranjero necesitado.
Soy su afectísimo.
Juan A. Golfarini
Quién será éste Rómulo Mezquita, decía yo, cuando alzando la
vista, percibí en el patio la simpática de mi amigo y conocido
don Pedro Romualdo Mosqueira que en sus tribulaciones por
emplearse en un diario, hasta su nombre había perdido.
La cosa era sencilla. El círculo de amigos se cerraba. El hombre
volvía al punto de que había partido, después de haber andado
a pie por las calles de Buenos Aires, doscientas setenta y cinco
leguas en un mes, tras de una o más cartas de recomendación.
- ¿Cómo es esto, señor Romualdo? Exclamé abriendo tamaña
boca.
- Cómo ha de ser, me contestó, todo el mundo me ha recibido
bien, pero cada cual me despedía con una carta y muchos
ofrecimientos.
Como usted supondrá, llevé su carta a Dimet, Dimet me dijo que
el puesto pretendía estaba ocupado, pero que en el empeño de
servirme, me recomendaría a Luis varela, como lo hizo; Varela me
recomendó a Bilbao, Bilbao me recomendó a Walls, Walls me
recomendó a Cordgien, Cordgien me recomendó a Gutiérrez,
Gutiérrez me recomendó a Cantilo, Cantilo a Quesada, Quesada a
Balleto, Balleto a del Valle, del Valle a Goyena, Goyena a Paz,
Paz a Mallo, Mallo a Golfarini y Golfarini a usted, y aquí me
tiene otra vez al principio de mi carrera.
Excusado es decir que yo solemnicé tan original peregrinación,
con toda la hilaridad de que pude disponer.
- ¿Y este cambio de nombre, señor don Romualdo?
- Ese cambio de nombre. Es que a fuerza de repetir "Pedro
Romualdo Mosqueira" el nombre me parecía vulgar y largo y
pensando que era más cómodo para las cartas de recomendación
uno más corto, lo acorté llamándome Rómulo Mezquita.
- Pues señor don Rómulo Mezquita, conforme ha cambiado de
nombre, cambie también de aspiraciones y en lugar de buscar un
empleo en diarios, acepte cualquier trabajo, de cobrador por
ejemplo.
- Don Pedro Romualdo Mosqueira tiene actualmente una agencia de
cobranzas, vive sin lujo, pero cómodamente y sólo tiene una
enfermedad que amarga su vida: sufre de epilepsia cuando ve una
carta de recomendación.
Agosto
1872.
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