San Martín - Indice / Historia Argentina del Siglo XIX / Literatura Argentina del Siglo XIX
La Independencia de Chile y Perú
A mediados de agosto llegan a Mendoza el 3º y 4º escuadrón que
habían intervenido en la campaña de la Banda Oriental.
Llegaban a los
bordes mismos de la cordillera, donde durante un año se prepararían para vencer,
no solamente al adversario realista, sino a aquella mole gigantesca que
aparecería imperturbable e imposible ante la audacia increíble de aquellos
hombres.
Mitre ha definido con palabras precisas todo ese planeamiento
realizado por San Martín para preparar la epopeya.
"La organización del
Ejército de los Andes - dice- es uno de los hechos más extraordinarios de la
historia militar. Máquina de guerra armada pieza por pieza, todas sus partes
componentes respondían a un fin, y su conjunto a un resultado eficiente de
antemano calculado. Arma de combate forjada por el uso diario se dobla
elásticamente, pero no se quiebra jamás."
Al terminar el año 1816 el
Regimiento de Granaderos se halla en perfectas aptitudes de comenzar la empresa.
Tonificados por la dura instrucción, persuadidos de su propio valor, sólo
esperan la orden de atravesar aquellas montañas inmensas, sabiendo que luchaban
por la libertad de otros pueblos hermanos y sin saber si volverían o quedarían
sus huesos jalonando los caminos de marcha.
El día 5 de enero de 1817,
ante el pueblo entero de Mendoza, los soldados del Ejército de los Andes juran a
la Virgen Generala y a la Bandera de los Andes, simbolizando con aquel solemne
acto el espíritu de la epopeya que iniciaban, conciliando la fe de un pueblo con
el pabellón de una empresa que amparaba, bajo los pliegues generosos, el
sentimiento fraterno de libertad que inspiraba a los soldados
argentinos.
En aquel solemne acto el General San Martín, después de
colocar el bastón de mando de general a la Virgen del Carmen de Cuyo, se dirige
a la tropa exclamando:
"Soldados, ésta es la primera bandera
independiente que se bendice en América."
El 17 de enero daba comienzo la
gran hazaña. El Regimiento forma parte de aquel glorioso Ejército de los Andes,
bajo las órdenes del Coronel Zapiola, integrado por 4 jefes, 55 oficiales y 742
hombres de tropa.
Conforme al plan preparado por San Martín el grueso
del Ejército de los Andes cruzaría por el paso de los Patos.
El 3º y 4
escuadrón del regimiento, juntamente con otros efectivos, formaban parte de la
vanguardia a órdenes del Brigadier Miguel Soler, que se pone en movimiento a
partir del 19 de enero, mientras que el resto del regimiento, a órdenes del
Coronel Zapiola, lo haría con el grueso de la columna a partir del 23 de
enero.
No habían terminado de desembocar al otro lado de la cordillera
cuando ya los nombres de Achupallas y Las Coimas ingresaban al historial de
glorias del regimiento.
La vieja preocupación del general San Martín
sobre el pasaje de los Andes, elocuentemente manifestada en aquella carta que
meses antes le había escrito a Guido: "Lo que no me deja dormir es, no la
oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos
montes...", quedaba superada al vencer con todo éxito las columnas del ejército
patriota los difíciles caminos cordilleranos.
La primera parte de la
hazaña estaba cumplida. Habían vencido a los elementos naturales: piedras, frío,
alturas, distancias, rigurosidades, señalando un hito en la historia mundial de
los grandes hechos. Adelante quedaba un ejército de bravos, intacto en sus
fuerzas, pronto a defender lo que creía sus derechos con la bizarría que
caracterizaba al hispano. Les cabría a los sables, lanzas y terceronas de
aquellos bravos escribir la página heroica de la libertad de
Chile.
El 12 de febrero de 1817, hace 150 años,
Chacabuco marca el primer jalón del largo camino de heroicidades que cumplirían
los granaderos en tierra americana.
La sencillez del parte de la victoria
de San Martín resume toda la valentía e importancia de los granaderos en la
batalla:" El Coronel Zapiola -expresa- al frente de los escuadrones 1º, 2 y 3 ,
con sus comandantes Melián y Medina rompe su derecha; todo fue un esfuerzo
instantáneo."
Y más adelante, agrega:
"Entre tanto los escuadrones
mandados por sus intrépidos comandantes y oficiales cargaban del modo más bravo
y distinguido, toda la infantería quedó rota y deshecha, la carnicería fue
terrible y la victoria completa y decisiva."
Persiguen al enemigo y al
frente de las tropas entran en Santiago de Chile. Pero el realista no estaba
vencido del todo y con encomiable espíritu sigue la lucha.
Comienza luego la
campaña del Sur de Chile, donde interviene primeramente el 3er. escuadrón, al
mando de Melián y Medina y, posteriormente con el 4 escuadrón, a órdenes de
Freyre, escriben nuevas páginas de honor.
Así en Curapaligüe, Gavilán, El
Manzano, Talcahuano y otros combates de menor monta, los bravos granaderos hacen
sentir al realista el filo de sus corvos, sin que por las características de la
zona de operaciones y las fuerzas en presencia se pueda librar la batalla
decisiva que consolide la libertad de Chile.
La situación a principios
del año 1818 no era, por cierto, nada halagüeña para los efectivos patriotas. El
ejército, fraccionado en dos grandes núcleos, uno en el Sur, a las órdenes de
O'Higgins y el otro en Las Tablas, bajo el mando directo de San Martín, podía
ser derrotado por partes, apenas el ejército español contase con efectivos
mayores.
El desembarco de importantes tropas realistas al mando de Osorio
en Talcahuano determinó al fin a San Martín a buscar la reunión de sus fuerzas y
derrotar en batalla decisiva a los españoles.
Los movimientos de ambos
ejércitos conducen a los llanos de Maipú, con el antecedente inmediato de la
sorpresa de Cancha Rayada, el 19 de marzo, que deja en difícil situación al
ejército de San Martín.
Sin embargo, el genio del organizador y del
estratego salva - caso único en la historia militar- la desventaja de la derrota
anterior conquistando en Maipú, el 12 de abril de 1818, la definitiva libertad
del Estado chileno.
En aquella batalla nuevamente los granaderos cargan
una y otra vez derrotando completamente a la caballería enemiga a la que
persiguen destrozándola totalmente.
Nada queda de aquel ejército de
bravos que derrotaron a las tropas napoleónicas, en situación de resistir el
embate de los patriotas.
La batalla está ganada y el bravo Brigadier
chileno O'Higgins llega, todavía sangrante de su herida de Cancha Rayada, para
abrazar a San Martín, mientras exclama: "Gloria al salvador de
Chile".
Les tocaría a los Granaderos a Caballo consolidar el notable
triunfo de Maipú que la valentía hispana se negaba a reconocer como definitivo,
esperanzada en la acción de insurgentes en el sur de Chile y los refuerzos que
podrían venir por mar desde el Perú.
A la persecución de los realistas,
luego del triunfo del 5 de abril, deben agregar la misión de iniciar una campaña
de limpieza de los restos del enemigo que apresuradamente se reorganizan en el
sur del territorio. Así cobran nuevamente valor los nombres de Parral, Quirihue,
Chillán, Arauco, Bio-Bio, Santa Fe, San Carlos y otros combates menores pero de
enorme gloria para los granaderos a caballo. Los nombres de Zapiola, su jefe,
O'Brien, Caxaraville, Brandsen, Viel, Escalada, Ramallo, Pacheco y muchos otros,
son nombrados con asiduidad en los partes de guerra.
Los sufrimientos
padecidos por el regimiento en ese año de 1818 son indescriptibles. No solamente
debieron luchar con un enemigo de carne y hueso, sino contra la naturaleza
difícil de ese teatro de operaciones.
El parte que el 18 de setiembre de
1818 eleva San Martín es elocuente pues el Libertador no era de los jefes que
acostumbraban quejarse o dejarse dominar por sentimientos o incomodidades del
servicio. "El Regimiento de Granaderos a Caballo que en todo el invierno se ha
mantenido sobre el sur del Maule, en observación del enemigo, se encuentra
enteramente desnudo...", sin que esa terrible situación pueda afectar el honroso
cumplimiento del deber.
Entre tanto, las noticias provenientes de la
Península no eran nada halagüeñas, ante la perspectiva del envío de una colosal
expedición destinada a aplastar definitivamente la revolución
sudamericana.
En el orden interno tampoco las cosas marchaban bien para
el gobierno nacional que, ante el cúmulo de hechos, resuelve el regreso de los
efectivos del Ejército de los Andes al propio territorio para reforzar su
posición ante la anarquía reinante en el país.
Esta resolución llena de
intranquilidad y consternación a argentinos y chilenos que veían, con esta nueva
variante, alejarse las posibilidades de la expedición al Perú, peligrar todo el
sur chileno aún convulsionado y terminar enfrascándose los efectivos del
ejército en una estéril lucha de facciones.
A pesar del retardo e
inconvenientes puestos por San Martín debe cumplimentarse el repaso de la
cordillera por determinados efectivos y entre los cuales se contaba el
Regimiento de Granaderos a Caballo.
Acantonado en Curimón inicia la
marcha de regreso con el 1º, 2º y 3er. escuadrón, el 27 de abril de 1819,
mientras el 4 escuadrón quedaba en Chile para escribir nuevas hazañas al
brillante historial del regimiento.
Después de diversas vicisitudes, el
regimiento establece su campamento en las chacras de Osorio, situado a dos
leguas de la ciudad de San Luis.
Allí permaneció desde principios de
junio de 1819 organizándose e instruyéndose hasta días después de la sublevación
de Arequito, el 8 de enero de 1820, en que se resuelve su marcha a Mendoza. La
reunión de los efectivos de la división finaliza el 25 de febrero, poniéndose
inmediatamente en marcha para repasar, otra vez, la cordillera de los
Andes.
El 12 de marzo llegaba el regimiento a la hacienda de Valenzuela,
distante una legua de Rancagua, donde se alojó hasta la primera quincena de
marzo. Es trasladado posteriormente a Quillota, donde queda hasta el 13 de
agosto, dirigiéndose luego a Valparaíso, donde habría de embarcarse con destino
al Perú.
Batalla
de Chacabuco
La noche era de luna. Al mismo
tiempo que la vanguardia realista se acordonaba sobre la cumbre de la "Cuesta
Vieja", el ejército argentino formaba al pie de ella en el orden de batalla
prescripto. Repartiéronse las municiones a razón de 70 cartuchos por hombre; los
soldados abandonaron sus mochilas para marchar al combate con más desembarazo, y
a las 2 de la mañana del 12 empezó a ascender la montaña en columna sucesiva. Al
llegar a la bifurcación de los dos caminos antes indicados, la división de Soler
tomó el de la derecha, precedida por el batallón de cazadores, y la de O'Higgins
el de la izquierda (rumbo sur ambas) siguiendo el general en jefe a retaguardia
de ellas con su estado mayor y la bandera de los Andes custodiada por el resto
del batallón de artillería, cuyos cañones de batalla no habían llegado aún. Ya
no era San Martín el sableador de Arjonilla o de Baylén y San Lorenzo; ganaba
las batallas en su almohada, fijando de antemano el día y el sitio preciso, y
justamente en ese mismo día estaba aquejado de un ataque reumático nervioso que
apenas le permitía mantenerse a caballo. Era su cabeza y no su cuerpo la que
combatía.
La división de Soler se internó silenciosamente en los
tortuosos desfiladeros de la derecha, cubierta por una larga cerrillada. La
división de la izquierda trepó la cuesta formada en columna. Una guerrilla del
núm. 8, con su correspondiente reserva, cubría su flanco izquierdo por un
sendero paralelo separado por una quebrada, con el doble objeto de llamar la
atención y reconocer la posición enemiga a la vez que precaverse de un ataque de
flanco. Un piquete de caballería exploraba los rodeos del camino a fin de
levantar las emboscadas en los recodos y descubrir si se habían construido
fortificaciones. La guerrilla flanqueadora se posesionó de unas breñas
inmediatas a la cumbre y rompió el fuego, que fue contestado por otra guerrilla
que salió a su encuentro; pero apenas habían cambiado algunos tiros cuando
inopinadamente apareció la cabeza de la columna de O'Higgins dando vuelta un
recodo a tiro de fusil, tocando los tambores a la carga. La vanguardia realista,
que no esperaba el ataque, y que había visto la columna de la derecha argentina
asomar por su flanco izquierdo al término de la cerrillada que hasta entonces la
enmascaraba, y que a la vez se veía acometida por el flanco y la retaguardia,
abandonó precipitadamente la posición sin pretender hacer resistencia. La cumbre
fue coronada por los atacantes con las primeras luces del alba al son de músicas
militares, y desde su altura pudieron divisar la vanguardia que se retiraba en
formación cuesta abajo, y al pie de ella al ejército enemigo formado en la
planicie de Chacabuco. El primer obstáculo estaba vencido, y la batalla se daría
punto por punto, con algunas variantes, según las previsiones de San
Martín.
El general realista, contando
disponer de dos días más y recibir en este intervalo mayores refuerzos, se había
movido en la madrugada de ese día de las casas de Chacabuco y establecido su
línea a cinco kilómetros hacia el Este al pie de la "Cuesta Vieja". La marcha
anticipada del ejército argentino y lo rápido y bien combinado del ataque no le
dieron tiempo ni para ocupar la cumbre como lo había proyectado, ni para
proteger siquiera su vanguardia que descendía en fuga, perseguida por la
caballería argentina. Las disposiciones que tomó en tan crítico momento fueron
acertadas, cooperando eficazmente a ellas el valeroso Elorreaga, que según la
tradición, fue el verdadero general en jefe. Tendió su línea de batalla plegada
a la falda de los cerros opuestos a la serranía de Chacabuco, extendiéndose por
su perfil que se elevaba como una plataforma sobre el llano, protegida en parte
por tapiales y cercos de espinos, de manera de cubrir la bajada de la "Cuesta
Vieja" y dominar con sus fuegos el lecho de un estero como de 400 metros de
ancho, por donde corría un arroyuelo que descendía de un profundo barranco del
este. Apoyó su derecha en este barranco, que era invulnerable, donde estableció
dos piezas de artillería que batían diagonalmente la boca de la "Quebrada de los
cuyanos", por donde debía asomar el ala izquierda argentina, y su izquierda en
un mamelón escarpado que coronó de infantería. Entre estos dos extremos formó
sus batallones en columnas cerradas, intercalando entre ellas sus tres piezas
restantes. La caballería fue colocada a retaguardia sobre el flanco izquierdo, y
parte de ella en guerrillas para proteger la retirada de la vanguardia. En esta
actitud esperó pasivamente pero con firmeza el ataque, no obstante el desaliento
visible de su tropa de que él mismo participaba, aun antes de sospechar el
movimiento de la columna que debía tomarlo por el flanco izquierdo y la espalda,
cerrándole la retirada del valle. Eran las 9 de la mañana cuando la vanguardia
realista, en fuga, pero no deshecha, alcanzó la planicie.
Al
tiempo de coronar la cumbre el ala izquierda argentina, los tres escuadrones de
Granaderos mandados por el coronel Zapiola tomaron la vanguardia y picaron la
retirada de lo s realistas , sosteniendo un fuerte tiroteo; pero lo escabroso
del terreno no permitía a la caballería maniobrar con ventaja, y su avance hubo
de ser lento, de manera que sólo pudo llegar a la boca de la quebrada a eso de
las 10 de la mañana cuando la división de O'Higgins se hallaba todavía a media
cuesta. La boca de esta quebrada, que da acceso a la parte más estrecha del
valle de Chacabuco, se desenvuelve en un suave plano inclinado al tocar el
llano, y está flanqueada por un elevado cerro al este y por un morro destacado
al oeste, que desde entonces se llamó de "Las tórtolas cuyanas". Si los enemigos
hubiesen ocupado esta fuerte posición, habrían dificultado la marcha de
O'Higgins; pero el avance de los Granaderos no les dio tiempo para ello, aunque
lo intentaron. En un principio destacaron una guerrilla sobre el morro del oeste
o de las Tórtolas, que puede contornearse por barrancos que son como caminos
cubiertos; pero fue contenida por una compañía dispersa en tiradores, mientras
un escuadrón impedía el aproche (sic) del cerro del este y los dos escuadrones
restantes ocupaban el espacio intermedio. En ese momento las dos piezas situadas
sobre la derecha realista, rompieron un vivo fuego a bala, y el coronel Zapiola,
considerando inútil exponer su tropa a descubierto, tomó una posición más segura
a retaguardia. Eran las 11 de la mañana. En ese momento llega el ala izquierda
con O'Higgins a su cabeza, ocupa a paso de trote la boca de la quebrada y
despliega en línea de masas sus batallones dejando en reserva los Granaderos
plegados en columna. Éste fue el preliminar de la batalla.
O'Higgins,
al ver retirarse la vanguardia realista perseguida por los Granaderos, pidió
autorización para esforzar la persecución a fin de impedir se reorganizase al
pie de la cuesta, y el general se la dio, pero recomendóle que no empeñase la
acción, pues su papel era meramente concurrente y sólo debía comprometerla
cuando la columna de Soler hubiese ejecutado el movimiento decisivo que le
estaba asignado. O'Higgins era un héroe en el combate, pero carecía de las
cualidades del general y de la sangre fría de un jefe divisionario, estando
además animado de pasiones tumultuosas que lo precipitaban, como él mismo lo ha
dicho disculpándose; así es que, arrastrado por el movimiento impetuoso que
imprimió a sus tropas, olvidó lo acordado en la junta de guerra y las
prevenciones del general en jefe, y tomó imprudentemente la ofensiva no obstante
la inferioridad numérica de su fuerza.
Apenas la columna de infantería
argentina hubo pisado el último plano de la "Cuesta Vieja", desplegó su línea
sobre la boca de la quebrada, según queda explicado. Enseguida se adelantó hasta
el llano buscando campo para desplegar, y trabóse inmediatamente un combate de
fuegos de posición a posición dentro del tiro de fusil, que se prolongó por más
de una hora. A las primeras descargas cayó muerto Elorreaga, que mandaba el ala
derecha del ejército realista y que constituía su nervio, experimentando por su
parte algunas pérdidas los argentinos. La acción estaba parcialmente empeñada, y
el ataque concurrente se convertía en principal, pero sin prometer un resultado
inmediato. La situación era crítica, pues si la retirada tenía sus peligros, el
avance era temerario, y cuando menos inútil aun triunfando, pues según el plan
combinado, los realistas estaban irremisiblemente perdidos desde que habían
aceptado la batalla dentro de un recinto sin retirada. Si el general español
hubiese tenido iniciativa, habría podido llevar en aquel momento un ataque
ventajoso; pero se limitó a amagar débilmente los flancos de su contrario con
guerrillas que fueron rechazadas, sosteniendo pasivamente el fuego de fusil y de
cañón. Por su parte O'Higgins, con sus instintos heroicos, y deseoso tal vez de
decidir por sí solo la victoria sin el concurso de Soler con quien estaba
enemistado, ordenó el avance repitiendo las históricas proclamas del Roble y de
Rancagua: "¡Soldados! ¡Vivir con honor o morir con gloria! ¡E1 valiente siga!
¡Columnas a la carga!" Los tambores dieron la señal con el toque estremecedor de
calacuerda, y lanzóse a paso acelerado en columnas de ataque con 900 bayonetas,
de los batallones 7 y 8 mandados por Conde y Crámer contra 1.500 infantes bien
posesionados y sostenidos por artillería, ordenando a Zapiola que con los
Granaderos procurase penetrar por su derecha sobre la posición
enemiga.
Los batallones argentinos marcharon valerosamente a la carga sin
disparar un tiro, inflamados por las palabras y el ejemplo del general; pero
antes de llegar a la falda de los cerros que ocupaban los enemigos,
encontráronse con el obstáculo del arroyo que baja del barranco en que éstos
apoyaban su derecha, a la vez que las piezas situadas en este punto los tomaban
por el flanco y la fusilería los quemaba dentro de la zona peligrosa del punto
en blanco por el frente. A pesar de esto, hicieron tenaces esfuerzos para
arrebatar la posición; pero no pudiendo salvar el perfil de la barranca en que
estaban acordonados los realistas, hubieron de retroceder en desorden a su
primera posición de la boca de la quebrada en que se rehicieron fuera del
alcance de los fuegos. Por su parte los Granaderos habían intentado en vano
penetrar por entre el flanco izquierdo del centro enemigo y el mamelón en que
apoyaba este costado, que era un verdadero castillo, y volvieron en orden a
situarse tras el morro de "Las tórtolas cuyanas".
San Martín, contando
llevar la victoria en el bolsillo y a la espera del desenvolvimiento de su plan,
que no sólo se la aseguraba sino que le prometía la rendición del enemigo, llegó
a temer por la suerte de la división de O'Higgins al verla imprudentemente
comprometida contra sus órdenes, y extendiendo el brazo hacia la "Cuesta Nueva",
en la actitud en que lo representa su estatua ecuestre, gritó a su ayudante de
campo Álvarez Condarco: "Corra usted, y diga al general Soler, que cargue lo más
pronto posible sobre el flanco del enemigo". Enseguida, lanzó su caballo cuesta
abajo con toda la velocidad que permitía lo escabroso del terreno, y llegó a la
boca de la quebrada en circunstancias en que O'Higgins se había adelantado otra
vez sobre el llano con el propósito de renovar el combate, y ya no podía
retroceder. Era la una y media del día. A esa hora notóse que la línea enemiga
vacilaba, y que algo extraordinario pasaba en sus filas. Era que la vanguardia
del ala derecha argentina, cuyo movimiento no había alcanzado Maroto,
desembocaba al valle de Chacabuco y avanzaba a paso de trote y al galope sobre
la izquierda de la posición. E1 momento decisivo había
llegado.
Lanzadas de nuevo las columnas de
O'Higgins al ataque, San Martín ordenó a los tres escuadrones de Granaderos
mandados por los comandantes Melián, Manuel Medina y mayor Nicasio Ramallo, con
Zapiola a su cabeza, dieran una carga a fondo hasta chocar con la caballería
realista situada a la izquierda de la retaguardia enemiga. El escuadrón de
Medina, pasando atrevidamente por un claro de la línea de infantería en marcha,
cayó sobre la izquierda del centro enemigo acuchillando a sus artilleros sobre
sus cañones, mientras Zapiola con los otros dos penetraba por su costado
derecho, al mismo tiempo que los batallones núm. 7 y núm. o encabezados por
O'Higgins tomaban a la bayoneta la posición. Los fuegos del mamelón se habían
apagado, y la infantería realista formaba cuadro en el centro de su campo.
Simultáneamente el coronel Alvarado, que con el batallón núm. 1 llevaba la
vanguardia del ala derecha argentina, desprendía dos compañías al mando del
capitán Lucio Salvadores, y teniente Zorrilla que se apoderaban del mamelón,
matando a Marqueli que lo sostenía. Necochea con el escuadrón Escolta, sostenido
por el 4. de Granaderos de Escalada, penetraba por la retaguardia y arrollaba a
la caballería realista por la izquierda a la vez que Zapiola ejecutaba idéntica
maniobra por el otro extremo.
Todas las fuerzas vencedoras convergieron
sobre el cuadro, que en menos de un cuarto de hora fue hecho pedazos,
retirándose sus últimos restos dispersos a la hacienda de Chacabuco por entre
los cerros de su espalda. Allí encontraron cortada su retirada por la división
de Soler que ya ocupaba el valle, y pretendieron hacer resistencia parapetados
tras las tapias de la viña y del olivar contiguo, pero fueron rendidos a
discreción. Los que buscaron su salvación huyendo por el estero y en la
prolongación del valle hacia el sur, fueron exterminados en la persecución,
quedando el camino sembrado de muertos desde Chacabuco hasta cerca del
portezuelo de Colina. Los sables afilados de los Granaderos hicieron estragos:
en el campo de batalla encontróse un cráneo dividido en dos partes y el cañón de
un fusil tronchado como una vara de sauce.
Los
trofeos de esta jornada, fueron: 500 muertos, 600 prisioneros, su mayor parte de
infantería; la artillería, un estandarte y dos banderas; el armamento y parque
de los vencidos y la restauración de la revolución chilena. Las pérdidas de los
argentinos fueron: 12 muertos y 120 heridos; lo que demuestra numéricamente, que
si el plan de San Martín se hubiese ejecutado punto por punto, como pudo y debió
hacerse, la batalla habría terminado por una rendición del enemigo, sin la
inútil aunque escasa efusión de sangre que causó la temeridad de O'Higgins,
quien sin embargo fue el héroe del día, como combatiente.
El
Boletín
E1 general
vencedor al dar cuenta de esta victoria compendiaba su memorable empresa en
estos concisos términos: «Al ejército de los Andes queda la gloria de decir: EN
VEINTICUATRO DIAS HEMOS HECHO LA CAMPANA, PASAMOS LAS CORDILLERAS MÁS ELEVADAS
DEL GLOBO, CONCLUIMOS CON LOS TIRANOS Y DIMOS LA LIBERTAD A
CHILE"
Resultados:
El mérito militar de la batalla de Chacabuco consiste
precisamente en lo contrario de lo que constituye la gloria de las batallas.
Resultado lógico de las hábiles combinaciones estratégicas de la invasión,
estaba ganada por el General antes que los soldados la dieran, respondiendo a un
plan metódico en que hasta los días estaban contados y los resultados previstos.
Fue una sorpresa a la luz del día en que nada se libró al acaso. El hecho de
batir a una fuerza menor con otra mayor, - que es el primer resultado que se
busca en la guerra para triunfar con seguridad -, fue la consecuencia necesaria
de los ardides y movimientos calculados que la precedieron, dando a ciencia
cierta al enemigo un golpe de muerte y apoderándose en un solo día del
territorio invadido, y esto con la mayor economía de tiempo, de medios, de
sangre y de esfuerzos. Con más precisión táctica que la batalla de Hohenlinden -
que en algo se le parece -, tiene la originalidad de un plan que se adapta a un
terreno, en que las operaciones se encierran dentro de líneas matemáticas, a la
manera de un problema geométrico con su método riguroso de solución. Habría dado
por resultado - como se ha visto -, una rendición completa, tal vez con una sola
carga, si el plan hubiese sido ejecutado puntualmente, bastando asimismo que él
se desenvolviese en parte en las condiciones más desventajosas para asegurar una
victoria decisiva. Por lo tanto, puede presentarse como un modelo clásico del
arte militar, en que la habilidad debilita al enemigo y lo desmoraliza, la
previsión asegura el éxito final, y la inteligencia es la que combate en primera
línea, interviniendo la fuerza como factor accesorio.
Como acontecimiento
político y en relación con los destinos americanos, su importancia es mayor aún,
como lo han reconocido los primeros historiadores y hasta los mismos adversarios
vencidos. Ella dio la primera señal de la guerra ofensiva de la independencia
sudamericana, y conquistó para siempre su sólida base de operaciones en el mar y
las costas del Pacífico. Dio sobre todo, el ejemplo del plan de campaña
continental a la revolución del nuevo mundo emancipado, aislando al poder
español en sus colonias dentro del estrecho recinto del Perú, donde había de ser
vencido en palenque cerrado por efecto de su impulsión inicial. Salvó a la
revolución argentina de su ruina y contuvo la invasión que la amenazaba por el
Alto Perú, suprimiendo un enemigo peligroso que la amenazaba por el flanco, y
dióle expansión, sin lo cual habría tal vez sido sofocada en su cuna. Fue la
primera batalla americana con largas proyecciones históricas. El virrey del
Perú, Pezuela, confiesa que marcó el momento en que la causa de España empezó a
retrogradar en América y su poder a ser conmovido en sus fundamentos. "La
desgracia que padecieron nuestras armas en Chacabuco, poniendo el reino de Chile
a discreción de los invasores de Buenos Aires, trastornó enteramente el estado
de las cosas, fue el principio de restablecimiento para los disidentes, y la
causa nacional retrogradó a gran distancia, proporcionando a los disidentes
puertos cómodos donde aprestar fuerzas marítimas para dominar el Pacífico.
Cambióse el teatro de la guerra: los enemigos trasladaron los elementos de su
poder a Chile, donde con más facilidad y a menos costa podían combatir al
nuestro en sus fundamentos".
Un historiador español, general que a la sazón
militaba bajo las banderas del rey, sintetiza sus resultados generales con tanta
tristeza como concisión. "La fácil pérdida del reino de Chile fue un suceso de
inmensa trascendencia para las armas españolas"
El 14
hizo su entrada triunfal el ejército vencedor en la ciudad redimida,
sustrayéndose modestamente el General libertador a las ovaciones populares. Como
lo ha dicho un historiador chileno con este motivo: Ocupado en realizar sus
vastos planes, miraba en menos esas fútiles manifestaciones que a nada conducen,
y aun en esos mismos momentos, pensaba sólo en los recursos que debía
proporcionarle la victoria para llevar adelante la grandiosa obra a que estaba
empeñado. E1 día antes, 13 de febrero de 1817, Yapeyú, la aldea en que naciera
San Martín, era reducida a cenizas por una invasión esclavizadora
portuguesa.
Al apearse del caballo cubierto aún con el polvo del combate,
su primer pensamiento fue por los pueblos cuyanos que le habían proporcionado
los medios de realizar su empresa, y escribió al Cabildo de Mendoza: "Gloríese
la admirable Cuyo de ver conseguido el objeto de sus sacrificios. Todo Chile es
ya nuestro". A los Cabildos de San Juan y San Luis, les decía: "Las armas
victoriosas del Ejército de la Patria ocupan ya el reino de Chile, rompiendo la
fatal barrera que antes los separaba de sus hermanos y vecinos los habitantes de
Cuyo. Me apresuro a felicitar a V.S. y a ese benemérito pueblo, manifestándole
la expresión más tierna de mi gratitud a su patriotismo y constantes esfuerzos,
que sin duda fue el móvil más poderoso que contribuyó a la formación del Exto.
de los Andes". Al día siguiente expidió un bando convocando una asamblea de
notables a fin de que designasen tres electores por cada una de las provincias
de Santiago, Concepción y Coquimbo para que éstos nombraran al jefe supremo del
Estado.
O`higgins
Reunida la asamblea en número de 100, bajo la presidencia del
gobernador don Francisco Ruiz Tagle, elegido interinamente por el pueblo al
tiempo de la fuga de Marcó, los concurrentes protestaron contra el proceder
indicado por San Martín y declararon por aclamación que ala voluntad unánime era
nombrar a don José de San Martín gobernador de Chile con omnímoda facultad, y
así lo hicieron constar en el acta que se levantó y todos firmaron ante
escribano público. El general, como el hombre antiguo de Plutarco, rehusó el
premio y sólo aceptó una hoja de laurel sagrado para su patria. Fiel a sus
instrucciones y a su plan político, negase a aceptar el mando que se le ofrecía,
y convocó por intermedio del Cabildo una nueva asamblea popular a que
concurrieron 210 vecinos notables. E1 auditor del ejército de los Andes, Dr.
Bernardo Vera, reiteró públicamente la renuncia de San Martín, y fue aclamado en
el acto el general O'Higgins Director Supremo del Estado de Chile, declarando
Vera que la elección era del agrado del General. E1 nuevo Director nombró por
ministro del interior a don Miguel Zañartú, carácter entero y decidido
partidario de la alianza chileno-argentina, y en el departamento de guerra y
marina al teniente coronel don José Ignacio Zenteno, secretario de San Martín.
Su primer acto de gobierno fue dirigirse al pueblo declarando solemnemente:
"Nuestros amigos, los hijos de las Provincias del Río de la Plata, de esa nación
que ha proclamado su independencia como el fruto precioso de su constancia y
patriotismo, acaban de recuperarnos la libertad usurpada por los tiranos. La
condición de Chile ha cambiado de semblante por la gran obra de un momento, en
que se disputan la preferencia, el desinterés, mérito de los libertadores y la
admiración del triunfo. ¿Cuál deberá ser nuestra gratitud a este sacrificio
imponderable y preparado por los últimos esfuerzos de los pueblos hermanos?
Vosotros quisisteis manifestarla depositando vuestra dirección en el héroe. Si
las circunstancias que le impedían aceptar hubieran podido conciliarse con
vuestros deseos, yo me atrevería a jurar la libertad permanente de Chile". A1
dirigirse a las naciones extranjeras, anunciando su elevación al mando bajo los
auspicios de la reconquista, les decía: "Ha sido restaurado el hermoso reino de
Chile por las armas de las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo las
órdenes del general San Martín. Elevado por la voluntad del pueblo a la suprema
dirección del Estado, anuncia al mundo un nuevo asilo en estos países a la
industria, a la amistad y a los ciudadanos todos del globo. La sabiduría y
recursos de la nación Argentina limítrofe, decidida por nuestra emancipación, da
lugar a un porvenir próspero y feliz con estas regiones."
Don
Francisco Casimiro Marcó del Pont
Como atributo cómico de su corona de triunfador, fuele
presentado a San Martín entre los trofeos, al Thersites de la campaña, el
presidente y capitán general de Chile por el rey, don Francisco Casimiro Marcó
del Pont. Al evacuar la capital, sus tropas se le dispersaron, y una parte de
ellas se embarcó despavorida en el puerto de Valparaíso con el general Maroto a
su cabeza dejando más de la mitad en tierra. Marcó, tan afeminado en la derrota
como soberbio en el poder no tuvo alientos ni aun para huir, y separándose
furtivamente con la comitiva de sus compañeros de desgracia, por esquivar la
fatiga de una marcha rápida, no alcanzó a embarcarse a tiempo, y fue hecho
prisionero.
Llevado a presencia del vencedor (22 de febrero) éste lo
recibió de pie, y extendiéndole la mano derecha, le dijo con semblante risueño:
"¡Oh, señor general! ¡Venga esa blanca mano!" Enseguida lo introdujo en su
gabinete de trabajo y conferenció a solas con él por cerca de dos horas,
despidiéndolo cortésmente. Esta fue toda su venganza contra el que le había
quemado por mano de verdugo sus comunicaciones, ahorcado a sus agentes y puesto
a talla su cabeza.
Batalla
de Maipú
El teatro en que se desenvolvieron las
operaciones, es una llanura, limitada al este por el río Mapocho que divide la
ciudad de Santiago; al norte, por la serranía que la separa del valle de
Aconcagua, y al sur por el Maipú que le da su nombre. Hacia el oeste se levanta
una serie de lomadas y algunos montículos que corren de oriente a poniente, y se
destacan en monótonas líneas prolongadas en el horizonte, rompiendo la
uniformidad del paisaje algunos grupos de arbustos espinosos en un campo
cubierto de pastos naturales, y en lontananza, las montañas que circundan el
valle y le dan su perspectiva. Al sur de Santiago, se prolonga por el espacio
como de diez kilómetros, en la dirección antes indicada, una lomada baja de
naturaleza caliza que por su aspecto lleva el nombre de Loma Blanca. Sobre la
meseta de esta lomada evolucionaba el ejército patriota. En su extremidad oeste
y a su frente, se alza otra lomada más alta, que forma un triángulo, cuyo
vértice sudoeste se apoya en la hacienda de "Espejo", antes mencionada,
conduciendo a ella un callejón en declive como de veinte metros de ancho y
trescientos de largo, cortado por una ancha acequia en su fondo, y limitado a
derecha e izquierda por viñas y potreros que cierran altos tapiales. Esta era la
posición que ocupaba el ejército realista. Las dos lomadas están divididas por
una depresión plana del terreno u hondonada longitudinal como de un kilómetro en
su parte más ancha y doscientos cincuenta metros en la más angosta. Al este del
vértice o puntilla de las lomas del sur se extiende un grupo de cerrillos
aislados, y entre ellos uno más elevado, en forma de mamelón, que hace sistema
con el triángulo ocupado por los realistas. El vértice este de esta posición,
que era su parte mas elevada, se destacaba como un baluarte, y hacía frente a un
ángulo truncado fronterizo de la Loma Blanca, que lo flanqueaba por una parte y
lo enfilaba por otra. En este campo iba a decidirse la suerte de la
independencia sudamericana.
El general San Martín, situado en la
extremidad este de la Loma Blanca a diez kilómetros de Santiago, dominaba en su
conjunción los tres caminos que comunican con los pasos del Maipú y amagaba el
de Valparaíso, asegurándose una retirada, a la vez que cubría la capital por sus
dos únicos puntos vulnerables, la cual para mayor garantía hizo atrincherar,
guarneciéndola con 1.000 milicianos y un batallón bajo la dirección de
O'Higgins, a quien su herida (producto de la refriega de Cancharrayada) impedía
asistir al campo de batalla. Su plan era atacar al enemigo sobre la marcha, sin
darle tiempo a combinaciones, si se presentaba por los caminos del frente;
correrse por su flanco derecho si tomaba el de la Calera, e interceptarle el de
Valparaíso, maniobrando a todo evento con seguridad sobre la meseta de la loma
en terreno ventajoso para dar y recibir la batalla. Al efecto, dividió su
ejército en tres grandes cuerpos formados en dos líneas: el primero a órdenes de
Las Heras, cubriendo el ala derecha; el segundo, a las de Alvarado a la
izquierda; y un tercero en reserva en segunda línea a cargo del coronel Hilarión
de la Quintana.
Confió a Balcarce el mando general de la infantería,
reservándose el de la caballería y de la reserva. El primer cuerpo lo formaban
los batallones núm. 11 de Las Heras (argentino), los Cazadores de Coquimbo,
comandante Isaac Thompson (chileno); los Infantes de la Patria, comandante
Bustamante, (chileno), el regimiento de caballería argentino Granaderos a
caballo, a que se había agregado un escuadrón provisional de artilleros montados
del ejército argentino por no tener piezas que servir, y la artillería chilena
compuesta de 8 piezas de campaña a cargo del mayor Blanco Encalada. El segundo
cuerpo lo componían: los batallones núm. 1 de Cazadores (argentino), de
Alvarado; el núm. 8 de los Andes (argentino), comandante Enrique Martínez; el
núm. 2 de Chile, comandante Cáceres; los Cazadores y Lancero s de Chile
(argentinos y chilenos), a órdenes de Freyre y Bueras, con nueve piezas ligeras
de artillería chilena a cargo del mayor Borgoño. La reserva constaba de: los
batallones núm. 1 y núm. 3 de Chile, comandantes Rivera y López; núm. 7 de los
Andes, (argentino) comandante Conde, y cuatro piezas de batir de a 12, mandadas
por de la Plaza, y servidas por los artilleros argentinos que habían perdido su
artillería en Cancharrayada.
Contando con el triunfo, el General de
los Andes supo infundir a todos su confianza, y en este concepto, dio
instrucciones detalladas a sus jefes en vísperas de la batalla, a ejemplo de
Federico. En ellas disponía que, la dotación de municiones de cada soldado sería
cien tiros y seis piedras; que anotes de entrar en pelea se les daría una ración
de vino o aguardiente, y los jefes perorarían con denuedo a sus tropas,
imponiendo pena de la vida al que se separase de las filas avanzando o
retrocediendo y advertirían a la vez, de un modo claro y terminante, que si
veían retirarse algún cuerpo, era porque el general en jefe lo mandaba así por
astucia, según su plan.
Preveníales que los batallones de las alas debían
siempre formar en columna de ataque, desplegando sólo en caso de necesidad o con
expresa orden suya; y que todo cuerpo de infantería o caballería cargado al arma
blanca, no esperaría la carga a pie firme, y a la distancia de cincuenta pasos
debía salir al encuentro a sable o bayoneta. No se recogería ningún herido
durante el fuego, porque decía: "necesitándose cuatro hombres para cada herido,
se debilitaría la línea en un momento".
La enseña del cuartel general sería
una bandera tricolor, y cuando se levantasen tres banderas "la tricolor de
Chile, la bicolor argentina y una encarnada, gritarán todas las tropas ¡Viva la
Patria! y en seguida cada cuerpo cargará al arma blanca al enemigo que tuviese
al frente". Indicaba los uniformes y banderas de los cuerpos del ejército
realista, y al referirse al "Burgos", agregaba: "A este regimiento se le debe
cargar la mano, por ser la esperanza y apoyo del enemigo". Recomendaba a los
jefes de caballería, tomar siempre la ofensiva, por ser ésta la índole del
soldado americano, y llevar a su retaguardia un pelotón de veinticinco hombres
para sablear a los que volvieran cara y perseguir al enemigo. Por último les
decía: "Esta batalla va a decidir de la suerte de toda la América, y es
preferible una muerte honrosa en el campo del honor a sufrirla por manos de
nuestros verdugos. Yo estoy seguro de la victoria con la ayuda de los jefes del
ejército a los que encargo tengan presente estas
observaciones".
Tomadas estas disposiciones y dictadas estas prevenciones,
formó su ejército en dos líneas: en primera línea las divisiones 1ra. y 2da.,
con sus respectivas baterías desplegadas a cada uno de los flancos y su
caballería escalonada, poniendo la reserva en segunda línea y su artillería de
batir, al centro de la primera. En este orden permaneció los días 2, 3 y 4 de
abril, con una vanguardia volante mandada por Balcarce, en observación de la
línea del Maipú. Al tener noticia de que el enemigo vadeaba el río inclinándose
hacia el poniente, desprendió toda su caballería con orden de atacar sus puestos
avanzados, hostilizar sus columnas en la marcha y mantenerlo durante la noche en
constante alarma. El fuego de las guerrillas, aproximándose cada vez más, y los
repetidos partes, anunciaban que los realistas seguían avanzando. La noche del 4
se pasó así en alarma, rodeando los soldados patriotas grandes fogatas de
huañil, que iluminaban todo el campo. San Martín dormía mientras tanto en un
molino a la orilla del camino, envuelto en su capote militar.
Al amanecer
del día 5 de abril, las guerrillas patriotas al mando de Freyre y Melián se
replegaban, dando parte que el enemigo avanzaba en masa, en rumbo al camino que
entronca con el de Santiago a Valparaíso. San Martín, que lo había previsto por
su dirección en el día anterior, pensó que no podía tener por objeto sino
cortarle la retirada sobre Aconcagua, o efectuar un movimiento de circunvalación
interponiéndose entre él y la capital, o reservarse una retirada más segura en
caso de contraste, pues la larga distancia y los ríos que tendría que atravesar,
la hacían dificilísima hacia el sur. Lo primero estaba previsto y se
neutralizaba por un simple cambio de frente; lo segundo era impracticable, pues
tenía que describir un arco, de cuya cuerda era dueño; y lo último, una promesa
más de triunfo completo. Para cerciorarse por sus propios ojos de este error
estratégico y concertar sus movimientos tácticos, disfrazóse con un poncho y un
sombrero de campesino, y acompañado por su inseparable ayudante O'Brien y el
ingeniero D´Albe, seguido de una pequeña escolta, se dirigió a gran galope al
ángulo truncado de la Loma Blanca señalado antes. Desde allí pudo observar a la
distancia de cuatrocientos metros con el auxilio de su anteojo, la marcha de
flanco que en perfecto orden ejecutaban las columnas españolas a tambor batiente
y banderas desplegadas, al posesionarse de la lomada triangular fronteriza
prolongando su izquierda sobre el camino de Valparaíso. "¡Qué brutos son estos
godos!" -exclamó con esa mezcla de resolución y buen humor que caracteriza a los
héroes en los momentos supremos-. Y agregó: "Osorio es más torpe de lo que yo
pensaba". Dirigiéndose luego a sus acompañantes, les dijo: -" El triunfo de este
día es nuestro. El sol por testigo!" El sol asomaba en aquel momento sobre las
nevadas crestas de los Andes.
La mañana estaba serena; ninguna nube
empañaba el cielo, el aire estaba cargado de perfumes, y las aves cantaban entre
los espinos en florescencia. SAN MARTIN Y BRAYER A las diez y media de la mañana
el ejército argentino-chileno rompió una marcha de flanco en dos columnas
paralelas, caminando rumbo al oeste por encima de la meseta de la Loma Blanca.
En el curso de la marcha, ocurrió un episodio, que la historia debe recoger por
la espectabilidad de los personajes, y da idea del temple de alma del General en
ese momento. A medio camino, presentóse el mariscal Brayer solicitando licencia
para pasar a los baños (termales) de Colina. San Martín le contestó fríamente:
"Con la misma licencia con que el señor general se retiró del campo de batalla
de Talca, puede hacerlo a los baños; pero como en el término de media hora vamos
a decidir la suerte de Chile, y Colina está a trece leguas y el enemigo a la
vista, puede V.S. quedarse si sus males se lo permiten". El mariscal contestó:
"No me hallo en estado de hacerlo, porque mi antigua herida de la pierna no me
lo permite". San Martín le repuso en tono airado: "Señor general, el último
tambor del Ejército Unido tiene más honor que V.S.". Y volviendo su caballo, dio
orden a Balcarce sobre la marcha, hiciese saber al ejército, que el general de
veinte años de combates quedaba suspenso de su empleo por indigno de ocuparlo.
Después de este incidente, que hizo el efecto de una proclama, el ejército
continuó su marcha hasta enfrentar la posición enemiga. Allí desplegó en batalla
en dos líneas de masas por batallones, con la artillería de batir al centro de
la primera; la volante a sus dos extremos y la caballería cubriendo las dos alas
en columnas por escuadrones, situándose la reserva plegada en columnas paralelas
cerradas a 150 metros a retaguardia.
El general
realista, que había ocupado el promedio de la meseta de la loma triangular del
sur al observar el movimiento de los independientes desprendió sobre su
izquierda una gruesa columna compuesta de ocho compañías de granaderos y
cazadores con cuatro piezas de artillería al mando de Primo de Rivera, que ocupó
el mamelón destacado por aquella parte, con el doble objeto de amagar la derecha
patriota y tomar por el flanco sus columnas si avanzaban, a la vez que asegurar
su retirada por el camino de Valparaíso según su idea persistente.
El
intervalo entre el mamelón y la puntilla norte del triángulo, fue cubierto por
Morgado con los escuadrones de "Dragones de la Frontera". Sobre la loma formó en
batalla en la proyección noroeste sudoeste, en línea quebrada con el mamelón,
pero sin cubrir todos los perfiles de la altura por el nordeste. Colocó los
batallones "Infante Don Carlos" y "Arequipa" formando división, al mando de
Ordóñez; y sobre la izquierda, el "Burgos" y el "Concepción", a órdenes del
comandante Lorenzo Morla, con cuatro piezas de artillería adscriptas a cada una
de las dos divisiones. La extrema derecha fue cubierta por los "Lanceros del
Rey" y los "Dragones de Concepción"
En esta disposición se
hallaron frente a frente los ejércitos beligerantes al sonar las doce del día,
separados únicamente por la angosta hondonada que promedia entre los dos
cordones de lomas que ocupaban independientes y realistas. Los dos ejércitos
permanecieron por algún tiempo inmóviles, en sus respectivas posiciones, como
esperando que el adversario tomase la iniciativa. Todas las probabilidades
parecían estar contra el que llevase la ofensiva: tenía que atravesar un bajo
descubierto sufriendo el fuego de la fusilería y el cañón que lo barría, y
trepar las alturas del frente para desalojar de ellas al enemigo. Para los
patriotas la desventaja era aún mayor, pues su derecha tenía que desalojar
previamente las fuerzas que ocupaban el mamelón avanzado o recorrer un espacio
de mil metros flanqueados por los fuegos de sus cañones. Ambas posiciones eran
fuertes, y bien calculadas para la defensiva, y la de los realistas más
ventajosa aún. En cuanto a las fuerzas físicas y morales, estaban casi
equilibradas, siendo igual la decisión de parte a parte, si bien la de los
realistas era numéricamente mayor. Por lo que respecta a las armas, la
superioridad de los independientes era incontestable en artillería y caballería
en número y también en calidad, y aún cuando éstos tenían nueve batallones de
infantería, en algunos de ellos no formaban sino 200 hombres, mientras los
cuatro gruesos batallones con que contaban los primeros, divididos en ocho
compañías, levantaban cerca de mil bayonetas cada uno. Lo único que inclinaba la
balanza de las probabilidades, era el peso de las cabezas de los generales; pero
ya se había visito cómo, en Cancharrayada, las más hábiles combinaciones que
aseguraban el triunfo, dieron por resultado la derrota.
El plan de
San Martín no era precisamente el de una batalla de orden oblicuo, y sin
embargo, resultó tal por el atrevimiento, el arte consumado y la prudencia con
que fue conducida. Fue una inspiración del campo de batalla, sugerida por
errores del enemigo y peripecias de la acción en el momento decisivo, y esto
realza su mérito como combinación táctica. El mismo San Martín jamás se atribuyó
otro, y desdeñando con orgullosa modestia adornarse con laureles prestados,
insinúa incidentalmente, que al orden oblicuo se debió en parte la victoria, sin
agregar que, más que todo, se debió al uso oportuno que hizo de su reserva, como
se verá luego. Los relieves de las respectivas posiciones y las proyecciones de
las dos líneas de batalla, eran casi paralelas; pero los realistas habían
retirado su derecha formando en el promedio de la loma, sin cubrir sus perfiles,
como queda dicho, y de aquí resultaba que la izquierda independiente desbordase
la derecha realista en su posición y en su formación, y que teniendo que
recorrer por esa parte la menor distancia de la hondonada intermedia, pudiese
llevar con ventaja un ataque oblicuo o de flanco con el apoyo de la reserva. Tal
es la síntesis táctica de la batalla de Maipú en sus preliminares.
El
general en jefe que había levantado su enseña en el centro de la primera línea,
observando la inacción del enemigo, mandó romper el fuego con las cuatro piezas
de batir servidas por los artilleros argentinos, con el objeto de descubrir sus
fuegos de artillería y sus planes. Una de las balas mató el caballo del general
en jefe español. En el acto, la artillería española contestó ese fuego con el
suyo, manteniendo su formación, y suministró a San Martín el dato que
necesitaba. Era evidente que Osorio se preparaba a una batalla defensiva y lo
indicaba claramente, además de su formación, la circunstancia de no haber
ocupado el perfil de las lomas de su posición, a fin de utilizar por más tiempo
los fuegos de su infantería y aprovechar el espacio para dar con ventaja en su
oportunidad una carga a la bayoneta con sus gruesos batallones, así que aquéllos
hubiesen diezmado los de los independientes. El general San Martín, tuvo
entonces la intuición de la victoria, que debía decidir de los destinos de la
América independiente. Dio audazmente la señal del ataque, mandando levantar en
alto la bandera argentina y chilena, y en medio de ellas, la bandera encarnada
como una llamarada sangrienta. Su ojo penetrante había descubierto el flanco
débil del enemigo, que era su derecha. Las "columnas se descolgaron", según la
pintoresca expresión del mismo general en su parte, y "marcharon a la carga,
arma al brazo sobre la línea enemiga", con entusiasmo, a paso acelerado. La
reserva y la artillería permanecieron en su puesto, esperando las órdenes del
general.
El movimiento se inició por la derecha; pero no era éste el
verdadero punto de ataque. Su objeto era doble: desalojar la izquierda del
enemigo destacada sobre el mamelón y amenazar el frente o la izquierda de su
centro, concurriendo así al ataque de la izquierda, que tenía que recorrer la
menor distancia entre las alturas para cargar sobre el flanco más desguarnecido.
Según el éxito de una u otra ala, la batalla se empeñaría por la derecha o por
la izquierda, interviniendo convenientemente la reserva en sostén de la que
llevase la ventaja o la desventaja: en el primer caso, sería una batalla de
frente, cortando la izquierda y desbordando la derecha enemiga, y en el segundo,
un verdadero ataque oblicuo de la derecha flanqueando o tomando por retaguardia
Las Heras las columnas realistas, y esto era lo que se proponía San Martín, al
aprovechar el error cometido por Osorio, que iba a verse obligado a entrar en
combate con todas sus fuerzas alterando su formación. En estas condiciones el
secreto de la victoria estaba en el uso oportuno de la reserva.
Las Heras
avanzó gallardamente sin disparar un tiro, a la cabeza del núm. 11 de los Andes,
que era el nervio de la infantería del ejército, sostenido por los dos
batallones que formaban su brigada, y lanzó al llano los escuadrones de
Granaderos montados, amenazando la posición del mamelón. La batería de cuatro
cañones del mamelón rompió el fuego sobre el núm. 11 así que éste se presentó a
la vista, causándole bastantes estragos en sus filas, pero siguió avanzando con
rapidez seguido por los Cazadores de Coquimbo y los Infantes de la Patria de
Chile, mientras la artillería de Blanco Encalada, que había quedado en posición
sobre la loma, apoyaba el ataque lanzando sus proyectiles por encima de las
columnas patriotas que marchaban por el terreno bajo. Primo de Rivera, que
comprendió que el propósito de Las Heras era aislarlo de su línea de batalla,
lanza a su vez su caballería situada entre el mamelón y la lomada triangular.
Morgado carga con ímpetu a la cabeza de los "Dragones de la Frontera". Las Heras
se cierra en masa y espera, dando órdenes a Zapiola que cargue por su derecha
con la caballería. Los dos primeros escuadrones de Granaderos a órdenes de los
comandantes Manuel Escalada y Manuel Medina, salen al encuentro sable en mano, y
hacen volver caras a los jinetes realistas, que reciben en su huida los disparos
de la artillería de Blanco Encalada, y se ven obligados a refugiarse tras de su
anterior posición. Escalada y Medina son recibidos por los fuegos de fusilería y
de metralla del mamelón; remolinean, pero se rehacen con prontitud; dejan a su
derecha la altura fortificada, y apoyados con firmeza por los dos escuadrones de
reserva mandados por Zapiola, siguen adelante en persecución de los derrotados,
que se dispersan o se repliegan en desorden a la división de Morla sobre la
loma. Las Heras se establece sólidamente con el núm. 11 en un cerrillo
intermedio, fronterizo al mamelón y al ángulo nordeste del triángulo, en actitud
de atacar el mamelón y concurrir al ataque de la izquierda. El ala izquierda de
los realistas quedaba así aislada, y la izquierda de su centro
amagada.
Casi simultáneamente con la carga de los Granaderos a la
derecha, el ala izquierda trepaba las alturas de la posición realista por el
ángulo este, iniciando un movimiento envolvente sin divisar todavía los cuerpos
enemigos. Los realistas, apercibidos del error de haber retirado su derecha
perdiendo las ventajas que les daba el terreno, o arrastrados por su ardor, se
decidieron a tomar la ofensiva. Ordóñez, a la cabeza de los batallones "Infante
don Carlos" y "Concepción", con dos piezas de artillería, salió atrevidamente al
encuentro de los patriotas en dos columnas de ataque paralelas, quien fue
seguido muy luego por los batallones "Burgos" y "Arequipa", mandados por Morla,
en la misma formación y escalonados por su izquierda. Osorio, que llegó a temer
por su derecha y notando que quedaba sin reserva, mandó reconcentrar al centro
de la línea la columna de granaderos destacada sobre el mamelón con Primo de
Rivera. Ordóñez, al encimar con su división una de las colinas del campo, se
encontró a distancia como de cien metros al frente de la de Alvarado, trabándose
inmediatamente un combate de fusilería que causó estragos en ambas filas. Por
desgracia para los independientes, dos de sus batallones, -el núm. 8 de los
Andes y el núm. 2 de Chile, - que ocupaban en un bajo la zona peligrosa de los
fuegos contrarios, sufrieron considerables bajas en los primeros momentos: el
núm. 8, compuesto de los negros libertos de Cuyo, mandado por Enrique Martínez,
se desordena después de perder la mitad de su fuerza, y se retira en dispersión;
el núm. 2 intenta cargar a la bayoneta para restablecer el combate, y al
ejecutar esta operación se dispersa también. Alvarado, que cubría la izquierda
con el núm. 1 de Cazadores de los Andes, despliega en batalla y rompe el fuego;
pero a su vez se ve obligado a ponerse en retirada para evitar una total
derrota. La victoria parecía declararse en aquel costado por las armas
españolas.
Ordóñez y Morla, con sus cuatro gruesos batallones escalonados
en dos líneas de masas, levantando como 3.500 bayonetas, se lanzan en
persecución del ala izquierda independiente casi deshecha, y sus cabezas de
columna descienden impetuosamente los declives de la lomada, con grandes
aclamaciones de triunfo. En ese momento la artillería chilena de Borgoño, que
con sus nueve piezas ligeras había quedado ocupando el perfil opuesto en la Loma
Blanca, rompe sobre los vencedores un vivo fuego a bala rasa, que los hace
vacilar; reaccionan éstos inmediatamente, pero al pisar el llano son recibidos
por una lluvia de metralla que rompe sus columnas, haciéndolas retroceder, a
pesar de los valerosos esfuerzos de Ordóñez y Morla. Al observar estas
peripecias, Las Heras ordena a los Infantes de la Patria de Chile, que carguen
sobre el flanco de la división de Morla; pero son rechazados y retroceden en
algún desorden. Hacía veinte minutos que la lucha se mantenía en este estado
incierto, cuando se oyó el toque de carga de la reserva independiente, y vióse a
sus columnas moverse a paso acelerado hacia el ángulo este de la posición
enemiga.
San Martín, que se había mantenido en la altura de la Loma
Blanca, en observación de los primeros movimientos de su derecha, dictando con
sangre fría sus órdenes según las circunstancias, adelantóse con el cuartel
general hasta la proximidad de la posición avanzada ocupada por Las Heras, para
dirigir de más cerca las operaciones de su línea.
Al notar desde este
punto el rechazo de su izquierda, dio orden a la reserva que cargase en su
protección, dirigiéndose con su escolta al sitio donde iba a decidirse la acción
por un último y supremo esfuerzo. El coronel Hilarión de la Quintana, a la
cabeza de los batallones núm. 1 y 7 de los Andes, y el núm. 3 de Chile,
descendió la loma, atravesó la hondonada efectuando con sus columnas una marcha
oblicua sobre su izquierda, y llegó al ángulo este de la posición enemiga, en
circunstancias que las columnas españolas se habían replegado a ella rechazadas
por los certeros fuegos de la artillería de Borgoño. A vista de la reserva, los
batallones 8 de los Andes y 2 de Chile se rehacen y sobre la base de los
Cazadores de los Andes, que no habían perdido del todo su formación, entran en
línea, mientras Quintana trepa la altura del triángulo un poco a la derecha del
punto por donde lo había efectuado antes Alvarado. El ataque oblicuo se
iniciaba, y la batalla iba a cambiar de aspecto.
Aislada
la izquierda realista, privada del apoyo de la caballería que la ligaba con su
línea de batalla y debilitada de las compañías de granaderos que por orden de
Osorio habían acudido a formar la reserva general, Las Heras se disponía a
arrebatar su posición, cuando Primo de Rivera que la mandaba, emprendió su
retirada, dejando abandonados en el mamelón sus cuatro cañones. El núm. 11 de
los Andes y los Cazadores de Coquimbo, convergen entonces hacia el centro,
persiguiendo activamente a las fuerzas de Primo de Rivera, y toman la
retaguardia enemiga, mientras el batallón Infantes de la Patria de Chile,
rehecho, vuelve a concurrir al ataque de la izquierda. La batalla se concentraba
en breve espacio sobre la meseta triangular de la lomada de "Espejo", donde iba
a decidirse.
Casi simultáneamente, el combate se renovaba con más
encarnizamiento por una y otra parte en la extremidad opuesta de la línea. Para
despejar el ataque por este lado, San Martín ordena a los Cazadores montados de
los Andes y a los Lanceros de Chile, que arrollen la caballería de la derecha
enemiga. Bueras y Freyre cumplen bizarramente la orden: llevan una irresistible
carga a fondo a los "Lanceros del Rey" y los "Dragones de Concepción" que salen
a su encuentro, los hacen pedazos y los persiguen largo trecho en desbande hasta
dispersarlos completamente. Bueras muere en la carga, atravesado de un balazo.
Freyre, tomando el mando de todos los escuadrones, trepa la altura y amaga el
flanco derecho de Ordóñez. La caballería realista de ambos costados ha
desaparecido. El combate final se traba entre la infantería argentino- chilena y
la española. Los tres batallones de la reserva mandados por Quintana, forman en
línea de masas: el núm. 7 de los Andes más avanzado a la izquierda; el núm. 3 y
núm. 1 de Chile al centro y la izquierda, un poco más a retaguardia. Al trepar
la altura, encuéntranse casi a quemarropa con las columnas de Ordóñez y Morla,
que ocultas por un pliegue del terreno oblicuaban en aquel momento sobre su
izquierda para hacer frente al nuevo ataque, sin cuidarse de la deshecha
división de Alvarado. El "Burgos", que no había entrado en pelea en el primer
encuentro, hace flamear su secular bandera, laureada en Baylén y sus soldados
entusiasmados gritan: "¡Aquí está el Burgos! ¡Diez y ocho batallas ganadas!
iNinguna perdida!". La batalla se empeña con nuevo ardor a los gritos de "¡Viva
la Patria! ¡ Viva el Rey!" Independientes y realistas hacen esfuerzos heroicos
para alcanzar la victoria. Las distancias se estrechan. Los independientes
atacan con impetuosa intrepidez. Los realistas resisten tenazmente, sin
retroceder un solo paso. "Con dificultad," dice San Martín en su parte, "se ha
visto un ataque más bravo, más rápido y más sostenido, y jamás se vio una
resistencia más vigorosa, más firme y más tenaz."
La división de
Alvarado, rehecha en gran parte, entra al fuego por el mismo punto por donde
había trepado antes la lomada, y concurre al ataque de la reserva, a la vez que
Borgoño con ocho piezas marcha al galope a ocupar la puntilla del este. La
derecha patriota con la artillería de Blanco Encalada avanzada, converge al
centro y toma la retaguardia de los realistas. La caballería de Freyre
vencedora, amaga su flanco derecho. El "Burgos" agita su bandera, y pelea como
un león. El batallón "Arequipa", mandado por Rodil, mantenía impávido su
posición. Los batallones "Infante don Carlos" y "Concepción", dirigidos
personalmente por Ordóñez, se baten con desesperación. En esos momentos, el
general en jefe del rey, abandona el campo de batalla y se entrega a la fuga.
Ordóñez, el más digno de mandar a los realistas en la victoria y en la derrota,
toma la dirección de la formidable columna de la infantería española, e intenta
desplegar sus masas; pero el terreno le viene estrecho, y se envuelve en sus
propias maniobras. El núm. 7 de los Andes y el núm. 1. de Chile cargan a la
bayoneta, a los gritos de "¡Viva la libertad!" y la escolta de San Martín, al
mando del mayor Angel Pacheco, juntamente con Freyre cargan sobre su flanco
derecho. El "Burgos" forma cuadro, y rechaza las cargas, aunque con grandes
pérdidas. Hacía media hora que duraba el porfiado combate. Los realistas,
circundados, sin caballería que los apoye y exhaustos de fatiga, vacilan y
empiezan a cejar, pero sin desordenarse. La última esperanza, es la reserva de
granaderos desprendida de la izquierda que no pudo llegar a tiempo, y los
cazadores de Morgado que perseguidos de cerca por Las Heras, quedan cortados y
se precipitan en fuga sobre el callejón de "Espejo". Ordóñez, con sus filas
raleadas emprende con serenidad la retirada hacia la hacienda de "Espejo",
formado en masa compacta. San Martín redobla sus órdenes para que la persecución
se haga vigorosamente a fin de impedir toda reacción, y condensa su ejército.
Ordóñez continúa impávido su movimiento retrógrado, y con sus últimos restos se
refugia en la hacienda de "Espejo".
La batalla estaba decidida por los
independientes. San Martín, con el laconismo de un general espartano, dicta
desde a caballo el primer parte de la batalla, y el cirujano Paroissien lo
escribe, con las manos teñidas en la sangre de los heridos que ha amputado:
"Acabamos de ganar completamente la acción. Un pequeño resto huye: nuestra
caballería lo persigue hasta concluirlo. La patria es libre". Los enemigos del
gran capitán sudamericano han dicho, que San Martín estaba borracho al escribir
este parte. Un historiador chileno lo ha vengado de este insulto con un enérgico
sarcasmo: "Imbéciles! ¡Estaba borracho de gloria!".
En ese instante
oyéronse grandes aclamaciones en el campo. Era O´Higgins que llegaba. El
Director, al saber que la batalla iba a empeñarse, devorado por la fiebre
causada por su herida, monta a caballo y al frente de una parte de la guarnición
de Santiago, se dirige al teatro de la acción. Al llegar a los suburbios, oye el
primer cañonazo y apresura su marcha. En el camino, un mensajero le da la
noticia que el ala izquierda patriota ha sido derrotada, y sigue adelante sin
vacilar; pero al llegar a la loma tuvo la evidencia del triunfo. Adelantóse a
gran galope con su estado mayor, y encuentra a San Martín a inmediaciones de la
puntilla sudoeste del triángulo, en momentos que disponía el último ataque sobre
la posición de "Espejo": le echa al cuello desde a caballo su brazo izquierdo, y
exclama: "¡Gloria al salvador de Chile!". El general vencedor, señalando las
vendas ensangrentadas del brazo derecho del Director, prorrumpe: "General: Chile
no olvidará jamás su sacrificio presentándose en el campo de batalla con su
gloriosa herida abierta." Y reunidos ambos adelantáronse para completar la
victoria. Eran las cinco de la tarde, y el sol declinaba en el
horizonte.
Ordoñez
La batalla no estaba terminada.
Ordónez, sin desmayar, se había posesionado del caserío de "Espejo", dispuesto a
salvar el honor de sus armas con la resistencia, o la vida de sus soldados en
una retirada protegida por la oscuridad de la noche. Reconcentró allí las
compañías de granaderos y cazadores casi intactas, y los restos del "Burgos", el
"Concepción" y el "Infante don Carlos", habiéndose el "Arequipa" retirado del
campo con su comandante Rodil. El valeroso general español, con una admirable
sangre fría, lo dispone todo personalmente con habilidad y decisión. Coloca en
el fondo del callejón, tras una ancha acequia frente de un puentecillo, los dos
únicos cañones que le quedaban, sostenidos por cuatro compañías de fusileros.
Forma el grueso de su infantería sobre una pequeña altura fronteriza a las
casas, dando cara a los dos frentes vulnerables; reconcentra en el patio de las
casas su reserva, pronta a acudir a todos los puntos amenazados; cubre con
destacamentos los callejones laterales, y extiende en contorno, protegidos por
las tapias y emboscados en las viñas, un círculo de cazadores. En esta actitud
decidida espera el último ataque.
Las Heras es el primero que persiguiendo
a los cazadores de Morgado, llega a la puntilla sudoeste, fronteriza a la boca
alta que domina el callejón de "Espejo". Dióse cuenta inmediatamente de la
situación, y prudentemente dispuso que el batallón descendiera al llano y se
ocultase tras de un pequeño mamelón al oriente del caserío (izquierda española)
y esperase la señal de un toque de corneta para coronarlo y romper el fuego. A
medida que fueron llegando otros batallones, les señaló sus puestos, y
estableció convenientemente la artillería en la parte alta de la puntilla, a fin
de cañonear la posición antes de dar el asalto. En esos momentos se presenta el
general Balcarce, y ordena imperiosamente que el batallón Cazadores de Coquimbo
ataque sin pérdida de tiempo por el callejón. El comandante Thompson, da la
señal y penetra resueltamente en columna al desfiladero. Allí es recibido por la
metralla de las dos piezas que lo defendían. Pretende avanzar; pero nuevas
descargas de fusilería del frente y de los flancos, lo detienen, y al fin lo
hacen retroceder en derrota, dejando en el sitio 250 cadáveres, salvando con
todos sus oficiales heridos. Volvióse entonces al bien calculado plan de Las
Heras. Los comandantes Borgoño y Blanco Encalada rompieron el fuego con
diecisiete piezas, que en menos de un cuarto de hora desconcertó las
resistencias, obligando a los realistas deshechos por el cañoneo, a refugiarse
en las casas y en la viña del fondo. La señal de asalto se da: el núm. 11,
sostenido por dos piquetes del 7. y 8. de los Andes, carga por el flanco
rompiendo tapias, y pasa a la bayoneta cuanto se le presenta. La batalla estaba
terminada. Los realistas se dispersan en pelotones en las encrucijadas, viñas y
potreros adyacentes. En ese momento hace su aparición en la lucha final, un
regimiento auxiliar de milicias de Aconcagua, que lazo en mano se apodera de
centenares de prisioneros como de reses en el aprisco. Los vencedores irritados
por el sacrificio del Coquimbo, continuaban matando, cuando se presentó Las
Heras, y mandó cesar la inútil carnicería. Pocos momentos después le entregan
sus espadas como prisioneros, el heroico general Ordóñez, el jefe de estado
mayor Primo de Rivera, el jefe de división Morla, los coroneles de la caballería
Morgado y Rodríguez, y con excepción de Rodil, todos los oficiales de la
infantería realista, Laprida, Besa, Latorre, Jiménez, Navia y Bagona, y multitud
de oficiales. Las Heras alargó ambas manos a Ordóñez, y lo saludó como a un
compañero de heroísmo, ofreciéndole noblemente su amistad, y amparando con su
autoridad a sus compañeros de infortunio.
Los trofeos de
esta jornada fueron, doce cañones, cuatro banderas, 1.000 muertos contrarios; un
general, cuatro coroneles, siete tenientes coroneles, 150 oficiales y 2.200
prisioneros de tropa; 3.850 fusiles, 1.200 tercerolas, la caja militar, el
equipo y las municiones del ejército vencido. Esta victoria, la más reñida de la
guerra de la independencia sudamericana, fue comprada por los independientes a
costa de la pérdida de más de 1.000 hombres entre muertos y heridos, pagando el
mayor tributo los libertos negros de Cuyo de los cuales quedó más de la mitad en
el campo.
Más que por sus trofeos, Maipú fue la primera gran batalla
americana, histórica y científicamente considerada. Por las correctas marchas
estratégicas que la precedieron y por sus hábiles maniobras tácticas sobre el
campo de la acción, así como por la acertada combinación y empleo oportuno de
las armas, es militarmente un modelo notable si no perfecto, de un ataque
paralelo que se convierte en ataque oblicuo, por el uso conveniente de las
reservas sobre el flanco más débil del enemigo por su formación y más fuerte por
la calidad y número de sus tropas, inspiración que decide la victoria, siendo de
notarse, que San Martín, como Epaminondas, sólo ganó dos grandes batallas, y las
dos, por el mismo orden oblicuo inventado por el inmortal general griego. Por su
importancia trascendental, sólo pueden equipararse a la batalla de Maipú, la de
Boyacá, que fue su consecuencia inmediata, y la de Ayacucho que fue su
consecuencia ulterior y final; pero sin Maipú, no habría tenido lugar Boyacá ni
Ayacucho. Vencidos los independientes en Maipú, Chile se pierde para la causa de
la emancipación, y con Chile, probablemente la revolución argentina, encerrada
dentro de sus fronteras amenazadas por dos ejércitos vencedores por sus dos
puntos más vulnerables, desde entonces inmunes. Sobre todo, sin Chile, no se
obtiene el dominio naval del Pacífico, la expedición al Bajo Perú se hace
imposible, y Bolívar no hubiera podido converger hacia el sur, aún triunfando en
el norte de los ejércitos españoles con que luchaba, y de hacerlo, se habría
encontrado con 30.000 hombres que le hicieran frente y el mar cerrado. Además,
Maipú quebró para siempre el nervio militar del ejército español en América, y
llevó el desánimo a todos los que sostenían la causa del rey desde Méjico hasta
el Perú, dando nuevo aliento a los independientes. Chacabuco había sido la
revancha de Sipe-Sipe: Maipú, fue la precursora de todas las ventajas sucesivas.
Tuvo además, el singular mérito de ser ganada por un ejército derrotado e
inferior en número a los quince días de su derrota, ejemplo singular en la
historia militar.
Osorio
Sólo salvaron del campo de batalla, el
batallón de "Arequipa", que mandado por Rodil se retiró en formación
dispersándose al pasar el Maule, y los dispersos de la caballería. El general en
jefe español atribulado, había abandonado el campo a las tres de la tarde,
seguido por su escolta, así que vio que su derecha y centro se replegaban
vencidos, sin pensar más que en la seguridad de su persona.
Señalada su
fuga a San Martín, por un poncho blanco que llevaba, desprendió a su ayudante
O'Brien con una partida para que lo persiguiese sin descanso. Osorio se pudo
salvar tomando el camino de la costa, pero dejando en poder de O´Brien su
equipaje y toda su correspondencia oficial y reservada. El vencido general llegó
a Talcahuano al frente de catorce hombres (14 de abril), y allí se le reunieron
como 600 más escapados a la derrota, último resto del ejército vencedor en
Cancharrayada.
El
error:
El general San Martín reincidió, como
después de Chacabuco, en el error de no activar la persecución sacando de su
victoria todos los resultados inmediatos. Se ha dicho en su disculpa, que el
gobierno chileno se hallaba en la imposibilidad de suministrar prontamente los
recursos para la continuación activa de una nueva campaña al sur, siendo lo
probable, que ocupado de más vastos planes, sobre todo, del armamento naval que
proyectaba para dominar el Pacífico y embargaba toda su atención, descuidó esto
completamente, sin darle la debida importancia. Limitóse en los primeros
momentos a desprender a Freyre con un destacamento de caballería de línea, y
sólo cuando las partidas de milicianos que perseguían a los fugitivos empezaron
a cometer depredaciones, dio orden al coronel Zapiola para que al frente de 250
Granaderos montados se dirigiese al sur y se mantuviera en observación del
enemigo sobre la línea de Maule, acantonándose en Talca. La victoria era tan
grande, que daba para todo, hasta para cometer y corregir errores. Por su parte,
Zapiola desempeñó su cometido con inteligencia y actividad. Desarmó las
guerrillas irregulares que deshonraban la causa de la independencia, creándole
resistencias en el sur del país. Extrajo todo el material de guerra de los
depósitos de Talca, que los enemigos en su fuga habían arrojado al río Maule.
Estableció un servicio de vigilancia y de espionaje sobre la línea del Maule y
el territorio dominado por el enemigo al sur del Ñuble, y por último, dio
organización a las milicias de la localidad, preparándose a tomar la ofensiva
parcial. Era todo cuanto podía hacerse con tan escasos
elementos.
Sus
consecuencias:
Osorio aprovechó el respiro que le daba
el vencedor para allegar algunos elementos militares y sostenerse en Concepción
y Talcahuano, tomando por línea de defensa el Ñuble. Reunió las guarniciones de
la frontera de Arauco y ordenó al coronel Sánchez que se mantuviese firme en
Chillán, consiguiendo a mediados de mayo contar con un a fuerza organizada de
1.200 hombres; pero con sólo 600 fusiles. En esta actitud pidió nuevas
instrucciones y auxilios al Perú. El virrey Pezuela había dado por perdido
definitivamente a Chile después de Maipú, y sólo pensaba en proveer a la defensa
de su territorio amenazado. A la primer noticia de la derrota, convocó en Lima
una junta de corporaciones, y en una arenga que les dirigió, dio a la batalla la
importancia continental que tenía, y que da testimonio de la profunda impresión
que ella causó en los ánimos de los realistas en América. "Nuestros cálculos
ulteriores, -dijo-, deben partir del segurísimo concepto de que los enemigos
siempre activos, atrevidos y emprendedores, no desperdiciarán momento para poner
en ejecución planes agresivos, cuyo éxito favorable les facilitarán sus
recientes ventajas. Estos planes no son otros que de apresurarse a mandar una
expedición a estas dilatadas costas para introducir el desorden y la revolución
en los pueblos, y propagarla de unos en otros hasta lograr hacer sucumbir a esta
misma capital (Lima), objeto de sus perpetuas miras, por cuanto de su inagotable
seno han salido desde el principio de la revolución, y para todos los puntos
contaminados, las disposiciones y medios contra los cuales tantas veces han
escollado sus obstinados esfuerzos. Me consta que tales han sido sus
aspiraciones en todos tiempos, y me hallo cerciorado que se agitan actualmente
con el más extraordinario empeño por realizar cuanto antes este su favorito
proyecto. Para prometerse un próspero suceso en sus tentativas, sé que cuentan
con algunos adictos a sus ideas que ocultos existen en los pueblos más fieles; y
cuentan con mayor fundamento con la pronta concurrencia de la numerosa
esclavatura que hay aquí, deseosa de libertad, así como lo han practicado en
Buenos Aires. Sé también, que para realizar lo proyectado han comprado dos
navíos, que su intención era batir nuestra escuadra, y en seguida, hechos dueños
de la mar, mandar con mayor desahogo sus expediciones de desembarco a los puntos
de la costa. Las providencias defensivas del gobierno han debido abrazar por
tanto dos distintos medios de resistencia". Fue tal el pavor que la derrota de
Maipú produjo en el Perú, que Pezuela, para aquietar los temores de las tropas
del país reunidas en los alrededores de Lima, entre las cuales se anunciaba una
nueva expedición a Chile, viose obligado a dirigirles una proclama
aquietándolas: "Ha llegado a mi noticia que muchos de vosotros vienen
disgustados, creyendo que han de marchar para Chile a incorporarse al ejército
del rey que allí ha quedado. Yo os aseguro, que el objeto de vuestra venida a la
capital, no es otro que mantener la tranquilidad pública". El orgulloso virrey,
vencedor en Vilcapugio, Ayohuma y en Sipe-Sipe tres años antes, al ponerse a la
estricta defensiva solicitaba en los términos más angustiosos prontos auxilios
del virrey Sámano y de Morillo en Venezuela y Nueva Granada. "El tenor de las
comunicaciones ha reagravado la dolorosa impresión del fatal suceso (de Maipú),
resistiéndose la imaginación a convencerse cómo pudo suceder que un ejército
completamente dispersado en un punto se rehiciese a los quince días en otro,
ochenta y más leguas distante, en disposición de batir a sus vencedores, que no
dejaron de perseguirlos de muy cerca por el mismo hecho del corto número de días
que medió entre ambas acciones. Pero es demasiadamente cierto el final del
funesto resultado, y que Osorio después de perdido todo habiendo emprendido su
retirada con mil hombres, únicos del ejército que pudieron salvarse, pudo llegar
a Concepción con sólo catorce, por haber sido muertos o dispersados por la
caballería enemiga que los persiguió acuchillando en tan larga distancia. Por de
pronto, mis incesantes fatigas tienen por objeto la colectación e instrucción de
los reclutas destinados a la defensa de la capital y costas del distrito para
resistir a cualquier agresión marítima, cuya diligencia presenta no pocas
dificultades. Reitero, pues, mi súplica sobre cuanto pedí en mi último oficio,
persuadiéndose que mis apuros han llegado hasta el grado sumo". El virrey de
Nueva Granada le contestaba: "La fatal derrota que han sufrido la tropas del
rey, nuestro señor, cerca de Santiago de Chile pone a aquel virreinato (del
Perú), y a todo este continente por la parte del sur en consternación y
peligro", y junto con estas palabras la enviaba el batallón "Numancia", fuerte
de 1.200 plazas que a la sazón se hallaba en Popayán, refuerzo que a la vez que
debilitaba a los realistas en este punto, facilitaba la invasión de Bolívar a
Nueva Granada. Era un nuevo contingente a la causa de la independencia
americana, como más adelante se verá. El general Morillo, que al frente de una
expedición peninsular de diez mil hombres había arribado a Costa Firme, a la
sazón extenuada en Venezuela, al conocer los detalles de la batalla de Maipú,
pronunciaba palabras melancólicas que hacían presentir la derrota fatal: "El
desgraciado suceso de las armas de S.M. cerca de Santiago de Chile, me llena del
más amargo pesar. Yo entiendo que el ejército del rey victorioso en Lircay con
5.000 hombres sobre 10.000 enemigos, habría sido batido igualmente contando con
55.000, por las mismas tropas y los mismos jefes que lo han destruido en el
llano de Maipú". Así, el plan de campaña continental, cuya intuición tuvo San
Martín en 1814 en Tucumán, era al fin comprendido en todas sus consecuencias por
el enemigo, que al anuncio de su segunda etapa, ya no se consideraba seguro ni
en la tierra ni en los mares, y presentía su total derrota en toda la extensión
de la América meridional. Jamás una concepción militar tuvo tan decisiva
influencia moral en los acontecimientos, hiriendo de pavor al adversario con
sólo su amago, aún antes de experimentar de cerca sus efectos finales. Son estas
concepciones de largo alcance, metódicamente ejecutadas, las que caracterizan el
verdadero genio militar.
La Independencia de Chile
La fuerza ha sido la razón suprema que por más de trescientos
años ha mantenido al Nuevo Mundo en la necesidad de venerar como un dogma la
usurpación de sus derechos y de buscar en ella misma el origen de sus más
grandes deberes. Era preciso que algún día llegase el término de esta violenta
sumisión, pero entretanto era imposible anticiparla: la resistencia del débil
contra el fuerte imprime un carácter sacrílego a sus pretensiones y no hace más
que desacreditar la justicia en que se fundan.
Estaba reservado al siglo
XIX el oír a la América reclamar sus derechos sin ser delincuente y mostrar que
el período de su sufrimiento no podía durar más que el de su debilidad. La
revolución del 18 de setiembre de 1810 fue el primer esfuerzo que hizo Chile
para cumplir esos altos destinos a que lo llamaba el tiempo y la naturaleza: sus
habitantes han probado desde entonces la energía y firmeza de su voluntad,
arrostrando las vicisitudes de una guerra en que el gobierno español ha querido
hacer ver que su política con respecto a la América sobrevivirá al trastorno de
todos los abusos. Este último desengaño les ha inspirado naturalmente la
resolución de separarse para siempre de la monarquía española y proclamar su
independencia a la faz del mundo.
Mas no permitiendo las actuales
circunstancias de la guerra la convocación de un Congreso Nacional que sancione
el voto público, hemos mandado abrir un gran registro en que todos los
ciudadanos del Estado sufraguen por sí mismos, libres y espontáneamente, por la
necesidad urgente de que el gobierno declare en el día la Independencia o por la
dilación o por la negativa; y habiendo resultado que la universalidad de los
ciudadanos está irrevocablemente decidida por la afirmativa de aquella
proposición, hemos tenido a bien, en ejercicio del poder extraordinario con que
para este caso particular nos han autorizado los pueblos, declarar solemnemente
a nombre de ellos, en presencia del Altísimo, y hacer saber a la gran
confederación del género humano que el territorio continental de Chile y sus
islas adyacentes forman, de hecho y por derecho, un Estado Libre Independiente y
Soberano, y quedan para siempre separados de la monarquía de España, con plena
aptitud de adoptar la forma de gobierno que más convenga a sus
intereses.
Y para que esta declaración tenga toda la fuerza y solidez que
debe caracterizar la primera Acta de un Pueblo Libre, la afianzamos con el
honor, la vida, las fortunas y todas las relaciones sociales de los habitantes
de este nuevo Estado: comprometemos nuestra palabra, la dignidad de nuestro
empleo y el decoro de las armas de la Patria, y mandamos que con los libros del
gran registro se deposite el Acta original en el archivo de la Municipalidad de
Santiago y se circule a todos los pueblos, ejércitos y corporaciones para que
inmediatamente se jure y quede sellada para siempre la emancipación de
Chile.
Dada en el Palacio Directorial de Concepción, al 1 de enero de
1818, firmada de nuestra mano, signada con el de la nación y refrendada por
nuestros Ministros y Secretarios de Estado en los Departamentos de Gobierno,
Hacienda y Guerra.
San Martín - Índice / Historia Argentina del Siglo XIX / Literatura Argentina del Siglo XIX
Con la independencia de Chile
se había cumplido con singular éxito la primera etapa del plan sanmartiniano. Si
difícil había sido el cruce de la mole imponente de los Andes y la derrota del
realista, allende la cordillera, no iba a ser menos ardua la ejecutoria de la
campaña en tierras del Perú. Era necesario vencer primero la bravura del océano
Pacífico y la escuadra realista para recién empezar a moverse en una zona de
disímiles características y donde el español contaba con importantes y veteranas
tropas de combate. Atrás, la patria empezaba a desangrarse a causa de las
disensiones internas, mientras la anarquía devoraba esfuerzos que debían estar
sólo al servicio de la libertad de América.
La indeclinable voluntad e
inteligente percepción del Gran Capitán iba a salvar con su decisión el destino
del nuevo mundo.
La expedición libertadora al Perú, fuerte en 4.430
hombres, se hacía a la mar el 20 de agosto de 1820, en 8 buques de guerra, 16
transportes y 11 lanchas cañoneras.
Formando parte de la división de los
Andes iba el Regimiento de Granaderos a Caballo al mando del Coronel don
Rudecindo Alvarado con un efectivo de 1 coronel; 2 tenientes coroneles; 1
sargento mayor; 3 ayudantes; 2 abanderados; 6 capitanes; 11 tenientes primeros;
4 subtenientes; 20 sargentos primeros; 12 trompetas; 29 cabos primeros y 330
soldados, siendo en total 391 hombres.
Desembarcados en la bahía de
Paracas, a partir del 8 de setiembre, los efectivos de granaderos toman
inmediata posesión de los dos pueblos de Alto y Bajo Chincha. Conforme al plan
de operaciones dispuesto por el Libertador, el Coronel Mayor Alvarez de Arenales
inicia, con efectivos aproximados a los 1.200 hombres, la Primera Campaña de la
Sierra por Huancavélica a Jauja, a partir de los primeros días de octubre de
1820. Participa en ella una compañía de 50 granaderos, al mando del Capitán Juan
Lavalle, la cual se bate con increíble denuedo en las acciones de Nazca, Jauja y
Paseo, terminando con las fuerzas realistas del Brigadier O'Reilly, después de
cubrir 203 leguas por zonas y caminos desérticos.
Mientras tanto, San
Martín se hace nuevamente al mar con su ejército, desembarcando en el puerto de
Huacho (unos 150 kilómetros al norte del Callao) para dirigirse al interior del
país con la intención de tomar contacto con la división de Arenales, luego de
haber cortado las comunicaciones de los españoles en el Norte.
A fines de
noviembre el Regimiento de Granaderos al mando de Alvarado inicia la marcha
hacia el Sur. Una partida de 18 granaderos al mando del Teniente don Pascual
Pringles es adelantada hacia Chancay a efectos de tomar contacto con el Batallón
Numancia, del cual se había recibido informes que se pasaría a las filas
patriotas en razón de estar integrado en su mayor parte por americanos.
Sorprendido Pringles por tres escuadrones que le cierran los caminos, luego de
cargarlos infructuosamente, hecho en que tiene tres muertos y once heridos,
antes de caer prisionero resuelve arrojarse al mar seguido por cuatro
granaderos.
El general Mansilla, en emotivas palabras, capta aquel
tremendo momento en que el joven Teniente no vacila en dar su vida ante la
vergüenza de ser copado. "No les importa a Pringles ni a sus fieles compañeros
-dice- la derrota sufrida; tienen la conciencia de que han combatido con una
osadía homérica".
Es la idea de caer prisioneros lo que se les presenta
como un baldón eterno. Pero no quieren concederle al enemigo ni la satisfacción
de tomarlos, ni el orgullo de matarlos. ¿Qué hacer, pues? Arrojarse con sus
cuatro granaderos a las profundidades del mar. Así lo hicieron sin vacilar un
punto siquiera cuando el instante solemne llegó. Las olas recibieron a los cinco
granaderos montados en sus incansables corceles.
La providencia los
salvó, y los españoles, a fuerza de gentiles, mandaron acuñar cinco medallas que
más tarde enviaron a Pringles. Leíase en ellas esta inscripción: «La patria a
los vencidos, vencedores de Pescadores».
Entre tanto, el ejército colombiano
al mando de Sucre en Guayaquil, pide refuerzos a San Martín para poder resistir
con éxito la acción de las tropas españolas. El Libertador, cuya única mira es
la independencia total de los nuevos Estados americanos, ordena la concurrencia
de una división al mando del Coronel Andrés de Santa Cruz en la que forma un
escuadrón de granaderos a caballo al mando del Sargento Mayor don Juan Lavalle.
El 21 de abril de 1821 noventa y seis granaderos escriben una de las páginas más
heroicas en la historia de la caballería.
La llaneza del parte elevado
por Lavalle es demostración elocuente del temple moral y de la fibra humana de
aquellos héroes. Dice, en su parte principal, lo siguiente:
"RÍO BAMBA,
Abril 25 de 1822.
"Excmo. Sr. el día 21 del presente se acercaron a esta
villa las divisiones del Perú y Colombia y ofrecieron al enemigo una batalla
decisiva. El primer escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo de mi mando
marchaba a la vanguardia descubriendo el campo y observando que los enemigos se
retiraban, atravesé la villa y a la espalda de una altura, en una llanura me vi
repentinamente al frente de tres escuadrones de caballería fuerte de ciento
veinte hombres cada uno, que sostenían la retirada de su infantería; una
retirada hubiera ocasionado la pérdida del escuadrón y su deshonra y era el
momento de probar en Colombia su coraje, mandé formar en batalla, poner sable en
mano, y los cargamos con firmeza.
"El escuadrón que formaba noventa y
seis hombres parecía un pelotón respecto de cuatrocientos hombres que tenían los
enemigos; ellos esperaban hasta la distancia de quince pasos poco más o menos
cargando también, pero cuando oyeron la voz de degüello y vieron morir a
cuchilladas tres o cuatro de sus más valientes, volvieron caras y huyeron en
desorden, la superioridad de sus caballos los sacó por entonces del peligro con
pérdida solamente de doce muertos, y fueron a reunirse al pie de sus masas de
infantería.
"El escuadrón llegó hasta tiro y medio de fusil de ellos y,
temiendo un ataque de las dos armas, lo mandé hacer alto, formarlo y volver
caras por pelotones; la retirada se hacía al tranco del caballo cuando el
general Tobra puesto a la cabeza de sus tres escuadrones los puso a la carga
sobre el mío. El coraje brillaba en los semblantes de los bravos granaderos y
era preciso ser insensible a la gloria para no haber dado una segunda
carga.
"En efecto, cuando los cuatrocientos godos habían llegado a cien
pasos de nosotros, mandé volver caras por pelotones, y los cargamos por segunda
vez: en este nuevo encuentro se sostuvieron con alguna más firmeza que en el
primero, y no volvieron caras hasta que vieron morir dos capitanes que los
animaban. En fin, los godos huyeron de nuevo arrojando al suelo sus lanzas y
carabinas y dejando muertos en el campo cuatro oficiales y cuarenta y cinco
individuos de tropa. Nosotros nos paseamos por encima de sus muertos a dos tiros
de fusil de sus masas de infantería hasta que fue de noche y la caballería que
sostenía antes la retirada de su infantería fue sostenida después por
ella."
Consecuencia de
ello el gobierno del Perú, en honor de estos valientes decretó que todos los
jefes, oficiales y soldados del primer escuadrón del Regimiento Granaderos a
Caballo de los Andes, que tuvieron parte en la gloriosa jornada del 21 de abril
pasado en Río Bamba llevarán en el brazo izquierdo un escudo celeste entre dos
palmas bordadas, con esta inscripción en el centro: "El Perú al Heroico Valor en
Río Bamba".
Este escudo y el nombre de Río Bamba lo lleva actualmente el
primer escuadrón del Regimiento. Así mismo, por decreto del Poder Ejecutivo
Nacional Nº 1782, del 20 de febrero de 1962, se impuso a los restantes
escuadrones del regimiento las siguientes denominaciones que ya venían usando
conforme a la tradición, conquistadas en los campos de batalla. Así, se denomina
Junín al 2º escuadrón, San Lorenzo al 3º; Maypo al 4º; Chacabuco al 5º y
Ayacucho al 6º.
Estos escuadrones llevan en su brazo izquierdo los
siguientes escudos, oportunamente otorgados en el campo de batalla: el escuadrón
Junín el "Escudo de Mirabe"; el escuadrón San Lorenzo el "Escudo de
Caranpangue"; el escuadrón Maypo el "Escudo de Maypo"; el escuadrón Chacabuco el
"Escudo de Chacabuco" y el escuadrón Ayacucho el "Escudo de Junín y
Ayacucho."
Siguen los granaderos peleando con todo fervor por la libertad
de tierras hermanas. Se encuentran en la victoria de Pichincha y entran en Quito
como un año antes lo habían hecho en Lima. Intervienen en la Primera Expedición
a Puertos Intermedios con un escuadrón al mando del Sargento Mayor José Soler, y
también en la segunda e infortunada expedición donde a fuerza de valor salvan el
honor argentino en los desastres de Torata y Moquegua.
Producida la
abdicación y retiro del General San Martín del escenario americano aquellos
valientes que formara a su imagen y semejanza combaten al lado de colombianos y
peruanos, bajo las órdenes de Bolívar, en las dos últimas grandes batallas de la
emancipación continental.
Están presentes en las pampas de Junín, en
agosto de 1824, bajo el mando de Bruix, acompañando con su galope furibundo la
carga gloriosa de Isidoro Suárez, como también lo están, aunque no se los nombre
expresamente en el parte de la victoria, cargando en Ayacucho, en diciembre de
ese mismo año, en el epílogo del dominio español en América.
Ya nada más
quedaba por hacer. Habían hecho tres naciones y contribuido a la formación de
otros tantos Estados, sin alardes ni posturas, con la misma sencillez con que
ensayaban los movimientos de combate en el viejo y lejano cuartel del Retiro.
Volverían anónimamente, como cuando emprendieron el camino de la epopeya. Muchos
quedaron sin saber dónde murieron, teniendo como mortaja el cielo azul y como
sepulcro la tierra fragosa de los Andes.
Los hombres pronto los
olvidarían pero nunca esa América que había vitalizado su nacimiento con aquella
sangre generosamente derramada, para ofrecerse al mundo como esperanza de fe y
de libertad.
¿Cómo se financió?
Culminada la
campaña de Chile, San Martín se apresuró a viajar de nuevo a Buenos Aires y el
13 de abril salía de Santiago para repasar la cordillera y realizar de nuevo la
larga travesía. Debería replantear ante Pueyrredón y los prohombres de la Logia
en Buenos Aires los planes elaborados después de Chacabuco, que la invasión de
Osorio había postergado y la gestión de Manuel Aguirre y Gregorio Gómez,
enviados a Norteamérica para adquirir navíos, demoraba todavía
más.
Pueyrredón le esperaba dispuesto a recibirle con los grandes honores
que reclamaba la gloria del vencedor de Maipú: "Sin embargo de que usted me dice
que no quiere bullas ni fandangos -le escribió en una carta que recibió en el
viaje- es preciso se conforme a recibir de este pueblo agradecido las
demostraciones de amistad y ternura con que está preparado". Pero San Martín.
siempre esquivo, evitaba las aclamaciones y el 11 de mayo entraba a la ciudad
sin aviso previo, a la hora del alba. yendo directamente a su casa donde le
aguardaban María de los Remedios y su hijita, a quienes no veía desde aquella
mañana de Mendoza, hacía más de un año, cuando se despidió de ellas para
conducir su ejército a través de la cordillera.
Estuvo en Buenos Aires
poco más de un mes. Pero si pudo evitar la efusión popular del recibimiento le
fue imposible substraerse a los honores oficiales. El 17 de mayo debió asistir a
la sesión extraordinaria que el Congreso acordó celebrar para expresar
públicamente la gratitud de la Nación al vencedor de Maipú.
La ciudad se
había engalanado para adherir a la solemne ceremonia y se volcó sobre las calles
del breve recorrido que haría la comitiva desde el Fuerte hasta la Casa
Nacional, sede de la Soberanía, en el antiguo local del Consulado sobre la misma
calle que ahora se llama de San Martín.
El general de los Andes, de gran
uniforme. adelantaba su figura marcial al lado del Director Supremo. y la
multitud que lo contemplaba aplaudiendo su paso debió comprender enternecida, en
aquella hora de emoción y de gloria, el significado cabal de la misión que ese
hombre estaba realizando con un fervor tan intrépido e indeclinable en el propio
sacrificio como tenaz e intransigente en el reclamo con que llamaba a
compartirla. Porque en el corazón del pueblo era ya San Martín algo más que el
extraordinario ejecutor de las proezas militares y veía en él al símbolo de los
grandes ideales que le habían movilizado, al héroe que encarnaba la esperanza y
los anhelos de la Revolución.
Ahora su sola presencia era un llamado a
proseguir la obra todavía inconclusa y casi un reproche que hacía acallar las
disidencias y pasiones que la retardaban, pues todos sabían que en el éxito de
su empresa estaba la aspiración más auténtica y profunda del pueblo. Por eso
alcanzaron vigorosa expresión las palabras con que saludó a San Martín en la
reunión de la Asamblea el presidente de turno don Matías Patrón: "La Patria se
gloria por la victoria obtenida y sus consecuencias, y no es menor su
satisfacción al esperar de vuestro valor y vuestra constancia, iguales y mayores
glorias sobre los peligros que restan arrostrar".
San Martín estaba
ansioso por terminar rápidamente el cometido que le. había traído a Buenos
Aires. Tenía ante el gobierno y los "amigos" de la Logia un inmenso prestigio y
no hay duda que supo aprovecharlo. Su autoridad pesó decididamente en los
acuerdos que se adoptaron para cooperar en el plan continental. Era necesario
acelerar la formación de la escuadra para librar de enemigos al Pacífico y hacer
posible la expedición a Lima: debían ser reforzados los efectivos del ejército
con nuevos reclutas y oficialidad competente; había que suministrar armamentos,
vestuarios, caballadas; y todo eso requería urgente financiación. San Martín
expuso concretamente sus demandas, allanó objeciones, explicó de nuevo la
trascendencia de su empresa, enfrentó al ceñudo doctor Tagle y convenció a
todos, primero a los amigos, y después a Pueyrredón en su chacra de San
Isidro.
Había dificultades indudables, que se irían complicando cada vez
más y, en primer lugar, estaba la penuria financiera que desesperaba a Gascón,
ministro de Hacienda, y amargaba la vida del Director Supremo, que debía
multiplicarse para atenderlo todo. El gobierno tenía que responder a las
exigencias del frente del Norte continuamente amenazado por La Serna, y estar a
la mira de la situación creada en la Banda Oriental por la invasión portuguesa,
que en cualquier momento a pesar de su actual actitud pasiva podía plantear una
crisis de atención inmediata. Además, se venía temiendo con fundamento la
realización de la gran amenaza de Fernando VII, que preparaba en Cádiz un
ejército a órdenes del conde del Abisbal para invadir el Río de la
Plata.
Pero San Martín fue perentorio y convincente. El 16 de junio
tomaba la galera para volver a Mendoza, esta vez en compañía de Remedios y
Merceditas. Llevaba además las promesas del gobierno de realizar un empréstito
forzoso de quinientos mil pesos durante los próximos cuatro meses destinado a
las necesidades de la expedición.
En realidad, desde al año anterior
habían comenzado las gestiones para la adquisición de la escuadra. San Martín
comisionó a Álvarez Condarco, primero y después a Álvarez Jonte para que fueran
a Londres con ese objeto, Manuel Aguirre y Gregorio Gómez por otra parte,
viajaron a Norteamérica para contratar barcos de guerra por cuenta de los
gobiernos argentino y chileno. Se irían adquiriendo, además, algunas naves que
se ofrecieran en el Río de la Plata o en Valparaíso. Buscábase también un
almirante para la futura flota: desde Europa vendría lord Cochrane. En cuanto a
los preparativos militares, San Martín confiaba en O'Higgins y en la terminación
de la guerra en el sur de Chile, donde prolongaban su resistencia los realistas,
ahora a órdenes del general Sánchez: sabía también cuánto habría de rendirle,
para remontar su nuevo ejército, el inextinguible celo de su amada provincia de
Cuyo, siempre en manos de sus adictos Luzuriaga, La Rosa y Dupuy. En Buenos
Aires había comprado armas y pertrechos de guerra.
Volvía, pues,
satisfecho de su viaje. Comprendía las razones del gobierno y los aspectos
diversos de la situación general, pero ya había hecho su opción frente a esos
problemas y por eso la había auspiciado con tanto empeño.
La expedición a
Lima significaba resolver el máximo problema; era la conquista de la
independencia de América, que por añadidura daría al gobierno la fuerza y los
medios de resolver las otras cuestiones. No sólo el patriotismo y la fidelidad a
los principios adoptados indicaban este camino sino también el buen senado y las
conveniencias del mismo gobierno. Por eso, con optimismo estimulante, había
escrito a O'Higgins antes de partir: "El empréstito de los quinientos mil pesos
está realizado. Hágase por ese Estado otro esfuerzo y la cosa es hecha. Sobre
todo auméntese la fuerza lo menos hasta nueve mil hombres, pues de lo contrario
nada se podrá hacer. Prevengo que en los quinientos mil pesos va inclusa la
cantidad del valor de cuatro mil quinientos vestuarios destinados para el
ejército de los Andes. Póngase usted en zancos y dé una impulsión a todo para
que haya menos que trabajar. De lo contrario yo me tiro a muerto".
La
cordillera estaba cerrada cuando llegó a Mendoza y debió aguardar allí la buena
estación. Pero a fines de agosto Pueyrredón le escribía una carta desoladora. El
empréstito fracasaba. "No hay numerario en plaza - agregaba el 2 de septiembre-,
es imposible el medio millón aunque se llenen las cárceles y cuarteles". Ante la
primera noticia, San Martín que conocía cuánto debía jugar en la emergencia
reaccionó con violencia inesperada: envió su renuncia de Director Supremo. Si el
ejército no era socorrido no solamente no podría emprender operación alguna sino
que estaba muy expuesto a su disolución. Además su salud era muy mala y su
médico, el doctor Colisberry, no le daba ni seis meses de existencia, y habiendo
variado las circunstancias rogaba se le admitiera la renuncia. Y a Guido, a su
entrañable Guido, que seguía la negociación desde Chile, le explicaba que el
Director como jefe del Estado y como amigo había sancionado el auxilio pedido .
El incumplimiento era cuestión de honor: "Yo no quiero ser juguete de nadie",
terminaba. La renuncia cayó en Buenos Aires como una bomba. Volvieron a reunirse
los prohombres del Congreso y los amigos. Pueyrredón, recapacitando sobre su
actitud anterior tal vez un poco débil frente a los comerciantes, metió a todos
en un puño, apretó terriblemente y consiguió exprimir hasta 300.000 pesos.
Zañartú, ministro de Chile, le explicaba a O'Higgins la situación: "El
empréstito se lleva a cabo porque la Logia no se detendría por consideración
alguna que se oponga a la realización del fin. San Martín ha dado un golpe
maestro". Y es que la autoridad de San Martín seguía siendo incontrastable. Le
volvió a escribir a Guido: "Todo eso ha mejorado mi salud y sólo espero un poco
más de tiempo para que venga todo el dinero y marcharme a ésa aunque sea
muriéndome".
La idea:
Y ya estaba al pie de su mula, con el
fiel padre Bauzá, su capellán y administrador privado que le acompañaría hasta
Santiago, cuando a fines de octubre recibió una visita importante: nada menos
que el prominente logista Julián Álvarez venía a verle en persona de parte de
los amigos, tan delicada era la nueva que debía participarle. Se había decidido
en los consejos de Buenos Aires enviar a Europa al talentoso canónigo Valentín
Gómez, como diputado del gobierno para gestionar ante el Congreso de los
Soberanos, reunido en Aix-la-Chapelle, el reconocimiento de la independencia del
país sobre la base del establecimiento de una monarquía constitucional en el Río
de la Plata. Pueyrredón le había escrito también, el 24 de septiembre, con
ingenuo entusiasmo, sobre este negocio de cuyo éxito a su juicio dependía la
salvación del país: "Él sólo va a terminar la guerra y asegurar nuestra
independencia de toda otra nación extranjera; por él haremos que al momento
evacuen los portugueses el territorio oriental". San Martín escuchó con mucha
atención al secretario de la Logia: tampoco le disgustaba a él una solución
monárquica siempre que tuviera por base la independencia: sobre ello habían
conversado los amigos en la chacra de Pueyrredón, durante la reunión de junio.
Pero sin duda pensó que si esa solución podía adoptarse en el Río de la Plata,
para hacerla viable en toda América debía conquistarse antes la libertad del
Perú. Además, algo le dejó una espina mordiente. Cuando Álvarez viajaba para
Mendoza divisó en lontananza al cruzar la frontera de Santa Fe a una partida de
jinetes, que, a no dudarlo, venían a registrar su galera. "Eran los montoneros -
explicó con el lenguaje de los doctores de Buenos Aires- y no había tiempo que
perder". Y el buen don Julián, antes de que llegaran, había hecho detener el
carruaje y con los documentos de la negociación monárquica hizo una pira y los
quemó. ¿No era ése un proceder semejante al de quien destruye la prueba de un
delito? ¿Estaría acaso esta negociación destinada a ahondar la gran crisis
abierta por la divergencia del Litoral?
San Martín con el buen
franciscano siguió viaje a Chile. Dejaba a su Remedios convaleciente de un nuevo
contratiempo tenido a poco de llegar a Mendoza. En Santiago tuvo una excelente
noticia. La naciente escuadra chilena -habían llegado ya varios de los buques
contratados- daba los frutos esperados. El coronel Blanco Encalada, improvisado
almirante, acababa de apresar en Talcahuano a una fragata española, la Reina
María Isabel, magnífica presa que venía a engrosar la flota.
En su
atareado bufete de la casa del Obispado, San Martín recomenzó su actividad. La
minuciosa, concreta y permanente faena de la empresa peruana. Hacia tiempo,
desde antes de su viaje a Buenos Aires, habíala iniciado con sus métodos
habituales. Iban y venían mensajes hasta Lima o Arequipa o al Callao;
informaciones, libelos, cartas misteriosas, anónimos. Todo pasaba bajo su mirada
infatigable. Las cosas iban bien. Quizá pudiera comenzarse en esta estación,
apenas llegara el famoso lord Cochrane.
Entre tanto, el 13 de noviembre.
escribió un manifiesto a los peruanos en que se presentaba como su Libertador:
"Mi anuncio no es el de un conquistador que trata de sistematizar una nueva
esclavitud. Yo no puedo ser sino un instrumento accidental de la justicia y un
agente del destino. El resultado de la victoria hará que la capital del Perú vea
por la primera vez reunidos a sus hijos eligiendo libremente su gobierno y
apareciendo a la faz de las naciones del globo entre el rango de las
naciones".
Pocos días después, el 28 de noviembre, llegaba a Valparaíso
lord Alejandro Cochrane. precedido por la fama resonante de sus acciones navales
en la guerra contra Napoleón. Álvarez Condarco, en Boulogne-sur-Mer, habíalo
convencido fácilmente a enrolarse en la gran aventura que para él significaba
participar en la contienda americana. Servía de esta manera a sus propios
ideales y a las conveniencias de su país a quien sabía interesado en la libertad
de la América española. Era una nueva ocasión para el noble lord e iguales
motivos habían decidido a otros marinos ingleses - Wilkinson, De Guise, O'Brien,
Forster- a comandar los barcos de la armada independiente.
Mecíanse ya en
el puerto de Valparaíso, en airoso conjunto, las fragatas, corbetas y
bergantines, y el 14 de enero de 1819 Cochrane saldría rumbo al Callao para
hacer su primer crucero por el Pacífico y combatir a la flota española que hasta
entonces no había tenido oposición alguna. La iniciación de la guerra marítima
era la etapa indispensable de la expedición al Perú.
Pero en algunos
aspectos las cosas no marchaban bien. Prolongábase la guerra en el sur. adonde
se había enviado al general Balcarce, que debía habérselas a un mismo tiempo con
realistas y montoneros. Además, el gobierno de O'Higgins era jaqueado por una
oposición creciente y se hallaba prácticamente paralizado por falta de recursos
o de energía para conseguirlos; incluso podía acusarse algún desgano en la
realización de los aprestos del ejército, que San Martín urgía sin descanso.
Advertíase en ciertos círculos notoria animadversión hacia determinados
elementos del gobierno que fue necesario desplazar; y reaparecían peligrosamente
algunos restos del partido carrerino cuyas aspiraciones promovía desde
Montevideo José Miguel Carrera, que clamaba venganza por la ejecución de sus
hermanos Luis y Juan José realizada en Mendoza poco después de la batalla de
Maipú, triste final de una funesta aventura.
El Director Supremo de
Chile, fraternalmente unido a San Martín, sufría más que ninguno estas
dificultades, pero se veía obligado a considerarlas a pesar de ser. por otra
parte, el primer interesado en cooperar con la fuerza que era su más firme
sostén. San Martín pintaba a Pueyrredón esta situación con sombríos colores y le
instaba a aumentar sus auxilios.
La
Crisis de las Provincias Unidas
En este final
del año 1818 era mucho peor la crisis política en las Provincias Unidas. El
gobierno y el Congreso se habían embarcado decididamente en la negociación
monárquica cuyos detalles refirió Julián Álvarez a San Martín en la entrevista
de Mendoza. Pero adoptaban esa determinación en plena lucha con las provincias
del Litoral, que el Directorio había reabierto con imprudencia incalculable, sin
parar mientes en sus consecuencias ni en el pábulo que daba a la política de
Artigas, pertinaz en su postura federalista y en su exigencia de no aprobar
ningún avenimiento mientras el gobierno de Buenos Aires no declarara la guerra a
Portugal, invasor del territorio nacional desde 1816. En realidad, el proceso
federalista estaba abierto en el Litoral desde antes de la revolución de 1816 y
Álvarez Thomas primero y después Pueyrredón se empeñaban en sofocarlo. Mucho
había maniobrado el Director Supremo con comisionados y tropas sobre Santa Fe y
Entre Ríos, durante los dos últimos años, pero el resultado, entre otras
consecuencias adversas a sus fines, había sido promover la aparición de dos
fuertes caudillos, Estanislao López y Francisco Ramírez, que ahora se
presentaban como abanderados de un auténtico programa federal y, sobre todo,
como intérpretes de la oposición de los pueblos a la actitud del gobierno
central ante el invasor portugués y al plan monarquista que era una
claudicación.
Santa Fe era la posición clave y por eso resultaba
indispensable dominarla para vencer en la nueva campaña, que Pueyrredón decidió
abrir en agosto de 1818 enviando contra su territorio al general Juan Ramón
Balcarce, que avanzó hasta el Rosario; y al general Belgrano, que desde Tucumán
destacó una división al mando de Bustos para amagar desde Córdoba a la rebelde
provincia. Pero ni Balcarce ni Bustos pudieron hacer nada efectivo contra el
caudillo santafesino. que les hizo una guerra de montonera. terriblemente eficaz
aunque debiera retroceder casi siempre ante las tropas regladas, que sólo
encontraban ante sí la tierra asolada y la airada protesta campesina.
Así
comenzó, en medio de esta guerra civil, el año 1819. Belgrano había debido
trasladarse a la frontera de Córdoba para asumir personalmente el mando del
ejército, mientras Balcarce era reemplazado por Viamonte en la dirección de las
fuerzas de Buenos Aires.
Entre tanto llegaban de Europa noticias
alarmantes sobre la expedición española que proyectaba enviar Fernando VII, y
con el pretexto de este peligro e invocando las cartas que recibía de San Martín
sobre la inacción del gobierno chileno, demorado en su cooperación a la
expedición sobre Lima, el Directorio envió a San Martín, el 27 de febrero, la
orden de repasar la cordillera con el ejército de los Andes y situarse en
Mendoza a la espera de nuevas instrucciones.
Pero cuando esta orden
viajaba para Santiago el general se había trasladado a Mendoza desde su
acantonamiento en Curimón, enviándole antes una nota a O'Higgins en la que le
decía: "La interrupción de correos que hace más de un mes se experimenta con la
capital de las Provincias Unidas, las noticias que me suministra el gobernador
intendente de la Provincia de Cuyo con respecto a la guerra de anarquía que se
está haciendo en las referidas provincias por parte de Santa Fe, me han movido
como un ciudadano interesado en la felicidad de la América, a tomar una parte
activa a fin de emplear todos los medios conciliativos que están a mis alcances
para evitar una guerra que puede tener la mayor trascendencia a nuestra
libertad. A ese objeto he resuelto marchar a dicha provincia de Cuyo, tanto para
poner a ésta al cubierto del contagio de anarquía que la amenaza, como de
interponer mi corto crédito, tanto con mi gobierno como con el de Santa Fe, a
fin de transar una contienda que no puede menos que continuada ponga en peligro
la causa que defendemos. El general Balcarce queda encargado del mando del
ejército de los Andes. V.E. podrá nombrar para el de Chile el que sea de su
superior agrado; tendré la satisfacción de volver a ponerme a la cabeza de ambos
ejércitos luego que cesen los motivos que llevo expuestos y que los aprestos
para las operaciones ulteriores que tengo propuestas y confirmadas por V.E.
estén prontos".
Evidentemente San Martín veía cada vez más claro en las
causas y en las consecuencias de la guerra civil argentina; en la guerra de
anarquía como él y los amigos la llamaban. ¿Cómo no había de inquietarse ante la
tremenda perspectiva de una lucha en la que el Directorio de Buenos Aires no
vacilaba en dejar desguarnecida la frontera del Norte, siempre amenazada por el
ejército de La Serna? ¿Cómo no había de ver el peligro que ella implicaba para
la causa americana?
Su decisión fue terminante y, como siempre. puso el
interés de la patria por encima de sus propias convicciones, comprometidas sin
duda con los amigos de la Logia de Buenos Aires en más de uno de los capítulos
enrostrados por "los anarquistas". Y desde Mendoza, el 13 de marzo, se dirigió a
Estanislao López pidiéndole aceptara la mediación que el gobierno de Chile, a
indicación suya, había interpuesto entre el Director Supremo de las Provincias
Unidas y el gobernador de Santa Fe, a fin de llegar a un acuerdo que hiciera
cesar la guerra. El mismo día y con igual instancia se dirigía al general
Artigas.
Le decía a Estanislao López en esta carta famosa: "Unámonos,
paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan; divididos seremos
esclavos; unidos estoy seguro que los batiremos; hagamos un esfuerzo de
patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra
con honor: la sangre americana que se vierte es muy preciosa y debía emplearse
contra los enemigos que quieren subyugarnos".
Y es a López, e igualmente
a Artigas, a quienes dirigió en esta misma carta aquella advertencia: "Mi sable
jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas". Esta actitud de San Martín
ante los caudillos del Litoral ha de contarse sin ambages entre las decisiones
más notables de su intervención en el problema político argentino y por ello
corresponde señalar su trascendencia en la crisis final del régimen y medirla
por la significación nacional de quien tuvo la extraordinaria entereza de
producir un acto que era una clara definición histórica. Por mucho que San
Martín estuviera vinculado al equipo gobernante; por más que compartiera la
responsabilidad de sus planes como gran dirigente de la Logia, y por poco que le
gustara, según expresó más de una vez, la solución federativa, no pudo
permanecer indiferente ni sordo ante la guerra civil, ni su visión penetrante de
las cosas podía dejar de advertir la realidad y características del drama
político y social que se estaba desarrollando en su tierra y que los ideólogos
se empeñaban en no ver. Por eso hizo cuestión de patriotismo al promover y
favorecer la mediación chilena entre los partidos en lucha. E hizo más:
desahució rotundamente a quienes contaban con el prestigio de su espada para
dirimir la contienda. Se ha dicho que estas cartas no llegaron con oportunidad
ni a López ni a Artigas porque las interceptó Belgrano en la frontera de
Córdoba; pero sin duda alguna por esta misma causa llegaron a conocimiento del
gobierno de Buenos Aires, que era en definitiva el verdadero destinatario. Es
seguro que desde entonces comenzó a pensar el doctor Tagle en el relevo de San
Martín; y de todos modos el Director Supremo no había querido ni siquiera
recibir a la comisión mediadora del gobierno chileno formada por el coronel Cruz
y el regidor Cavareda. La mediación, advirtióles Pueyrredón, "es desagradable a
este gobierno y da al caudillo de los orientales una importancia que él mismo
debe desconocer por su situación apurada".
Pero lo cierto es que las
cartas de San Martín a Estanislao López y a José Artigas son del 13 de marzo y
que el 5 de abril se acordaba entre las fuerzas de López y Viamonte un
armisticio, que era ratificado formalmente en San Lorenzo el día 12 de abril por
los representantes de Santa Fe y el delegado del gobierno central, Ignacio
Álvarez Thomas. Belgrano comunicó la firma del armisticio a San Martín y éste le
contestó el 17 de abril: "Este pueblo ha recibido el mayor placer con su
noticia, esperanzados todos en que se corte una guerra en que sólo se vierte
sangre americana".
En Buenos Aires no pensaban de la misma manera; y el
equipo directorial no habría de perdonarle nunca su actitud.
La
desobediencia
Cuando San Martín tomó esta resolución trascendental había ido
a Mendoza desde su campo en Curimón con el propósito de llegar hasta San Luis
para cerciorarse de las verdaderas proporciones de una sublevación promovida por
los prisioneros españoles allí confinados y entre los cuales se contaban los
jefes que se habían rendido en Maipú: Ordóñez, Morla, Primo de Rivera, Morgado y
otros. Se habían alzado contra el gobernador Dupuy y estuvieron a punto de
matarle; pero fracasaron y la represión fue terrible y sangrienta, fueron todos
ellos muertos o ajusticiados.
Tenía motivos para sospechar una conexión
entre aquel hecho y la reaparición de José Miguel Carrera y Carlos Alvear, que
se había unido al caudillo chileno en la actividad difamatoria contra el
Directorio y especialmente contra él y O'Higgins. Ahora se hallaban ambos en el
campo de Ramírez, en Entre Ríos, esperando sacar cada uno su especial provecho
de la guerra civil, porque la lucha de los gobernadores del Litoral contra la
política del gobierno de Buenos Aires envolvía en la intención siniestra de
aquéllos a San Martín y O'Higgins que se hallaban comprometidos en ella.Con
anterioridad se había descubierto en Buenos Aires una conjuración fraguada por
Carrera y su círculo, en la que se mezclaron algunos aventureros franceses que
fueron detenidos cuando emprendían viaje a Chile, y el plan era asesinar a
O'Higgins y a San Martín e insurreccionar el país para entregarlo a la facción
de Carrera. Pero los franceses y sus cómplices pagaron con la vida la intentona
y poco después de la sublevación de San Luis fueron fusilados en Buenos Aires,
mientras O'Higgins perseguía con mano dura a los carrerinos exiliando a muchos
de ellos a la isla de Juan Fernández.
Y fue en Mendoza, disipados los
presuntos peligros que estos hechos configuraban, donde San Martín recibió
aquella orden que el Directorio había enviado el 27 de febrero para que el
ejército de los Andes repasara la cordillera. El general la trasmitió a
Balcarce, el cual adoptó enseguida disposiciones para cumplirla ante la gran
alarma de O'Higgins y del Senado chileno que se apresuraron a escribir a Buenos
Aires pidiendo su revocación.
Además el gobierno estaba alarmado con la
situación en el Norte e insistía el 25 de abril ante San Martín, ordenándole que
una vez llegado su ejército a Mendoza pasara sin dilación a Tucumán a defender
esa frontera. Pero el 1º de mayo había contraorden: se disponía ahora suspender
la marcha, el ejército quedaría en Chile, se activarían los preparativos sobre
Lima.
Puede ser tedioso pero es necesario puntualizar esta cronología.
¿Qué significaba todo esto? ¿Qué motivaba estas órdenes y contraórdenes, estos
cambios de rumbo al parecer precipitados? Así habría de suceder en todo el año
1819 y ellas no sólo enunciaban la vacilación provocada por la crisis interna
sino la real incertidumbre sobre la tremenda amenaza de la invasión española.
Los hombres del gobierno vivían sin duda una dramática situación y aquel peligro
se abatía constantemente en los consejos del Director Supremo como un fatídico
fantasma. Sabíase positivamente que en el ejército de Cádiz había fuertes focos
de rebeldía y el propio Directorio tenía allí agentes que contribuían
pródigamente a fomentarlos; los liberales españoles preparaban un movimiento
contra Fernando para obligarle a deponer su absolutismo y aceptar la
constitución de 1812; pero la esperada sublevación no se producía y llegaban de
pronto a Buenos Aires noticias alarmantes que ponían en tensión los espíritus,
aunque muy luego fueran desvirtuadas por las siguientes informaciones. Y por
cierto era fundado el temor que debía producir una fuerza atacante de 20.000
hombres para cuyo tranquilo desembarco en Montevideo ni siquiera podía
descartarse la complicidad de Portugal.
Pero no hay duda que el
armisticio de San Lorenzo contribuyó tanto como la última noticia halagüeña
recibida de Cádiz, a la suspensión de la orden dada a San Martín de repasar los
Andes y, por otra parte, la amenaza de verse des