San Martín - Índice / Historia Argentina del Siglo XIX / Literatura Argentina del Siglo XIX
San Martín en España
Las
campañas del Rosellón ejercieron gran influencia sobre la preparación militar de
San Martín para combatir y operar en ambientes montañosos y lo prepararon para
su hazaña en el escenario gigantesco de los Andes.
Los Pirineos
constituyen la frontera natural entre España y Francia. Varios caminos
principales superan los Pirineos y convergen hacia Perpiñán, la capital del
Rosellón. En su itinerario, cruzados por diversas vías transversales, se tocan
numerosas localidades pirenaicas, de las que destaca Boulou, que controla los
accesos principales del área. Desde Perpiñán y a lo largo del río Tet y desde
Boulou y a lo largo del río Tech, discurren sendos caminos hacia otros pasos de
los Pirineos. El primero llega a un tercer acceso que une Bourg Madame, en
Francia, con Puigcerdá, en España.
En este escenario el cadete San
Martín, del segundo batallón del regimiento Murcia "El Leal", hizo sus primeras
armas en la guerra y conquistó los primeros ascensos de su carrera de oficial.
Expondremos sintéticamente el desarrollo de las operaciones de guerra
hasta la paz de Basilea, indicando la presencia que, en cada caso, tuvo la
unidad en que revistaba San Martín.
Los españoles desplegaron,
inicialmente, tres ejércitos sobre la línea de los Pirineos. El principal, de
50.000 hombres, llamado Ejército de Cataluña, se escalonaba desde Barcelona
hacia el norte, hasta Figueres, al mando del general Antonio Ricardos. Debía
operar ofensivamente sobre el Rosellón, a favor de la superioridad numérica con
que contaba inicialmente. En el oeste, un ejército de 15.000 hombres debía
proteger las fronteras de Navarra y Guipúzcoa y se hallaba a las órdenes del
general Ventura Caro, marqués de la Romana. Cubiertas las dos zonas principales
de acceso transpirenaico, se destacó un cuerpo de 5.000 combatientes al mando
del general príncipe de Castelfranco, para proteger los flancos y actuar como
reserva del Ejército de Cataluña.
San Martín, de guarnición en Málaga,
es trasladado, en 1793, con su batallón a Zaragoza, donde entra inicialmente en
jurisdicción y autoridad del Ejército de Aragón. Poco después su compañía, la
cuarta, es adelantada a La Seu d'Urgell, en dirección norte hacia
Andorra.
Mientras tanto los franceses se habían desplazado a su vez a
Puigcerdá, bajo el mando del general Dagobert. Por su parte, Ricardos debe
operar sobre el Rosellón, defendido por el general La Oulière. Para ello eludió
lo que Lidell Hart llama la "línea de menor espera" y escogió la "aproximación
directa", evitando penetrar en territorio francés por La Junquera-Le Perthus.
Para asegurar su flanco oeste, ocupó la margen del río Tech y operó en dirección
a Le Boulou con toda la masa de sus fuerzas, logrando su captura en una semana.
De esta forma quedó en manos del jefe español el nudo de las comunicaciones
terrestres que, rápidamente, se convirtió en un campo atrincherado. Finalmente
decide, el general Ricardos, eliminar las amenazas que en el otro flanco, el
este, significaban los fuertes de Collioure, Saint Elme y Port Vendrés, ya sobre
el Mediterráneo. El 17 de junio de 1793, en el palacio de Aranjuez, el rey
Carlos IV de Borbón, firmaba el despacho de ascenso a segundo subteniente de la
4ta. compañía de fusileros, del 2 batallón del Regimiento de Murcia, del hasta
entonces cadete José Francisco de San Martín. El 8 de julio, en su cuartel
general de Thuir, el general Ricardos dispone el cúmplase de la real voluntad.
El futuro Libertador es así, a los quince años, oficial en el famoso ejército de
los grandes caudillos militares.
A fines de octubre el general Ricardos
dispone que el 2 batallón del Murcia se desplace a Prats de Molió, sobre el río
Tech, para subordinarse al conde de Molina. El nuevo agrupamiento debía atacar
en dirección a Torre Batera y La Creu de Ferro, eludiendo por el oeste las
posiciones enemigas de Peraldá y Mont Boulou. En estas acciones interviene con
todo éxito San Martín.
Pasado un período de inactividad, por la
inclemencia del tiempo, Ricardos se sintió asediado por efectivos franceses cada
vez más numerosos. La movilización "en masa" les había proporcionado 300.000
ciudadanos para marzo, y 500.000 para agosto de ese año. Frente a estas fuerzas
el general español opera con sus 40.000 hombres con acciones ofensivas, apoyadas
en el área atrincherada de Boulou.
A la sazón, el ministro Godoy propuso
al monarca español un plan, que había sido inspirado por Doumouriez al zar
Pablo, destinado a desembarcar en Normandía, Francia, un ejército aliado ruso-
dinamarqués de 36.000 hombres, con el apoyo naval inglés y español. Siguiendo
estos propósitos estratégico-operacionales y con el fin de asegurar el control
del litoral marítimo del Mediterráneo, que permitiera aprovechar el poder naval,
el general Ricardos resolvió adueñarse de los fuertes de Banyuis-sur-Mer, Port
Vendrés y Saint Elme. Con tal fin se constituyó una agrupación de combate bajo
las órdenes del general Curten con el resultado de la captura de las alturas de
Mont Boulou, Saint Marsall y las baterías de Villalonga. En todas estas acciones
San Martín revistó en la 4a columna del general Carbajal.
El mariscal de
campo De la Cuesta, que había de ganar sólida reputación en las luchas contra
Napoleón, reemplaza ahora al general Curten y toma a su cargo las acciones a
lanzar contra los fuertes de Port Vendrés, Collioure y Saint Elme. En sus
fuerzas están los batallones del Regimiento de Soria y también los del Murcia:
en ellos revistan, precisamente, los tres hermanos San Martín. Nuevamente el
ejército español conquista sus objetivos y obtiene una
victoria.
Simultáneamente se desarrollan otras acciones que empujan a las
fuerzas francesas a encerrarse en Perpiñán, cambiando radicalmente la situación:
los ejércitos franceses han vuelto a sus fronteras del norte y del
este.
Ante esta realidad, el ministro francés Carnot arroja
constantemente nuevos contingentes en la balanza militar, en la que se juega la
suerte de Francia y de Europa, y donde ya luchan nueve ejércitos franceses con
750.000 hombres. Tolón había sido recuperada, en otro frente, por el acierto
táctico de un joven y desconocido capitán de artillería llamado a ser el "hombre
del destino": Napoleón Bonaparte. En Madrid las estructuras reales crujen
agitadas por la corrupción, la cortesanía, las nuevas ideas y la acción de la
masonería. El comandante victorioso, Ricardos, acaba de fallecer y toma el
comando el conde de la Unión, su lugarteniente. Obviamente las perspectivas, al
recomenzar las operaciones, ya no eran las mismas.
Integran ahora el
Ejército de Cataluña, junto con las tropas españolas, una legión francesa de
voluntarios legitimistas, al mando del duque de San Simón, y un cuerpo de
portugueses a órdenes del general Forbes. Los franceses, como queda dicho,
habían reforzado considerablemente sus efectivos comandados, en esa zona, por el
general Dugoumier. Ello obligará al conde de la Unión a repasar los Pirineos,
abandonando la masa de su artillería. No obstante, ocupará al sur de la cadena
montañosa, ya en territorio español, la línea general de San Lorenzo a la Moga-
Llausa, apoyada en su centro sobre la fortaleza de Figueres. De tal modo el
frente quedará sustancialmente estabilizado. Simultáneamente, en los Pirineos
occidentales, se desarrollaron diversas acciones a cargo del virrey de Navarra,
Martín Alvarez de Sotomayor, por el lado español, y del general Muller, del lado
francés, y en las que se distinguió un joven general que sería luego mariscal
del Imperio: Moncey.
Corría el año 1794 y el conde de la Unión ya había
decidido replegar sus fuerzas hacia España. Una de estas acciones de retirada es
la salida del 2 batallón contra la ermita de Sant Lluc, ataque en el que
participa San Martín, según consta en su foja. Más tarde los batallones del
Murcia, a órdenes del general Navarro, defienden las plazas de Port Vendrés y
Collioure. Se lee en la foja del emancipador que lo hacen "resistiendo el ataque
que dan los enemigos al oeste, en mayo de 1794". Luego participa San Martín en
el ataque a las baterías francesas del general Dugoumier, en proximidades de San
Telmo. Finalmente, los efectivos del Murcia se constituyen en guarnición en
Collioure, hasta que el general Navarro capitula, el 26 de mayo de 1794, cesando
toda resistencia en la región. San Martín es ahora prisionero de
guerra.
Dicen las Ordenanzas Militares Españolas que "ser prisionero sin
menoscabo del honor militar, es un acto de servicio". La capitulación permite a
San Martín, según era la práctica en la época, el regreso a España, junto con
sus compañeros, bajo el compromiso de no hacer armas hasta la firma de la
paz.
En julio de 1794 San Martín es ascendido a primer subteniente y en
mayo del año siguiente, antes de la firma del Tratado de Paz de Basilea, es
nuevamente ascendido a 2 teniente. Su "cursus honorum" militar nos lo muestra a
los 17 años como un soldado en brillante tránsito profesional.
La paz,
con honor, se hizo. España sólo perdió el actual territorio de Haití, en la isla
Santo Domingo, y recuperó todo lo ocupado por los franceses en la península. Al
mismo tiempo el Tratado de Basilea constituía al monarca español en árbitro de
las cuestiones de Francia con Portugal, Nápoles, Cerdeña y los Estados Papales.
La consecuencia decisiva para la marcha de la historia fue, en cambio, que
España se convirtió en satélite de Francia.
En la relación de causas y
efectos que determinan los procesos históricos, queda también como consecuencia
relevante de esta guerra, la promoción de Godoy, ahora Príncipe de la Paz, a un
nivel de autoridad importantísima. Su influencia habrá de ser uno de los
factores negativos y de deterioro determinantes en los sucesos que llevaron
primero, al motín de Aranjuez y luego, a la abdicación de Carlos IV y,
consecuentemente, a los sucesos de Bayona. Estos traerán la guerra llamada de la
Independencia de España y, necesaria y naturalmente, los graves problemas
políticos y militares en América que provocarán, al final, su emancipación.
La alianza con Francia significará la lucha contra Inglaterra y, después
del 2 de mayo de 1808, y al enfrentarse entonces España contra Napoleón, el
poder naval inglés, dueño de los mares desde Trafalgar, tendrá fundamental
importancia en el apoyo a la insurrección americana.
Cuando San Martín
arribe al Plata llegará un hombre maduro plenamente, y forjado en muchas,
difíciles y muy complejas vicisitudes; con claras y sólidas ideas y con la
experiencia vital sensible, recogida como actor de conflictos desarrollados con
la violencia de las armas. Traerá también en el espíritu las lecciones que da el
conocimiento de muchas de las figuras del drama bélico en Europa, a quienes
conoció y admiró el joven oficial San Martín. Surgen así los nombres de
Wellington, Antonio Malet, el marqués de Coupigny; los generales Ricardos,
Urrutia y Castaños; el brigadier Francisco Solano y Ortiz de Rosas, de quien
fuera edecán militar y testigo de su vil asesinato en Cádiz. Aparecen,
igualmente, los nombres de los mariscales de Francia: Augereau, duque de
Castiglione, de quien dijo Desaix que "era un soldado como pocos"; Moncey, duque
de Conegliano, de quien afirmó Napoleón que "era un hombre honesto, respetado,
experto montañés, firme y metódico comandante"; Lannes, duque de Montebello y
príncipe de Sieves, de quien opinó también el emperador "cuando lo hallé era un
espadachín, cuando lo perdí, un paladín; el más bravo entre los bravos, el ideal
de un comandante de la vanguardia."
San Martín combatió largos años
contra los ejércitos que cantaban "La Marsellesa": en la guerra de la
Independencia española combatió contra Bessieres, aquel que vivió como Bayardo y
murió como Turena; contra Soult el de la mano de hierro y contra el famoso
Ney.
San Martín llegará al Río de la Plata siguiendo "el destino que lo
llama", cuando a la colosal empresa de Conquistadores y Adelantados la
sustituyen simples funcionarios que ya no llegan a América para fundar,
civilizar y ganar honras ni conquistar nuevos pueblos para la fe y para el
provecho y grandeza de la corona española. El trono de los Reyes Católicos será
sólo una simple metrópoli y una frívola corte y, finalmente, será ocupado por un
rey usurpador. Entonces, el pueblo español, aquel 2 de Mayo de 1808, se pondrá
de pie, tizona en mano, para recoger sus estandartes caídos en el polvo; para
asumir sus derechos y recuperar su independencia, su honor y su
gloria.
También eso ocurrió el 25 de Mayo de 1810, a orillas del Plata,
cuando el pueblo de Buenos Aires, hermano de los pueblos de Madrid, de Cádiz o
de Sevilla, asumió como ellos el poder que revertía al pueblo para que éste
ejerciera sus propios derechos políticos.
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