Tomás
Guido
El general José Tomás
Guido, padre del no menos ilustre poeta Carlos Guido y Spano,
nació en Buenos Aires el 1º de septiembre de 1788. Proveniente
de un hogar de españoles afincados en la colonia recibió una
esmerada educación siendo discípulo del colegio de San Carlos.
Adolescente luchó contra las invasiones inglesas, luego tomó
parte en los sucesos de Mayo demostrando muy pronto sus
simpatías morenistas. Junto con el hermano de Moreno le tocó
acompañar al prócer en su fatal viaje a Inglaterra. De vuelta
en Buenos Aires coopera con la revolución que derriba al primer
triunvirato en octubre de 1812. Desempeña varios cargos, entre
ellos el del ministerio de la guerra. Pasa más tarde al interior
del país llevado por el general Ortiz de Ocampo, gobernador de
Charcas. Conoció por entonces a San martín trabando una amistad
honda y duradera que había de ser como el eje de sus futuras
actuaciones. Coincidiendo desde el primer momento con éste en su
idea de la campaña a través de los Andes, colaboró activamente
en su preparación. En abril de 1817 se incorpora al ejército de
San Martín en Chile con el grado de Teniente Coronel.
Fiel compañero del generalísimo ya en el campo de batalla, ya
no menos desde los no menos difíciles campos políticos y
administrativos, lo asistió siempre con inteligentes consejos y
cordiales palabras de aliento tanto como con su actividad puesta
al servicio del más acendrado patriotismo.
Sus dotes de escritor culto le han permitido legarnos uno de los
relatos más interesantes y autorizados de la magna gesta así
como la Reseña Histórica de la Revolución de Mayo.
Ocupó en el Perú importantes cargos, y ya retirado San Martín,
de quién recibiera las últimas confidencias, siguió
colaborando en la guerra de la independencia con el grado de
general.
Retornó a Buenos Aires en 1826; firmó en 1828 la paz con el
Brasil; desempeñó más tarde nuestra representación
diplomática en ese país y luego en el Paraguay; y todavía ya
septuagenario, tuvo destacada actuación en el Congreso de
Paraná.
Murió en Buenos Aires el 14 de septiembre de 1866 en medio del
afecto y respeto de todo el país.
Reseña
Histórica de los Sucesos de Mayo (relatada por el mismo Tomás Guido)
LINEA DIVISORIA ENTRE CRIOLLOS Y PENINSULARES
La preponderancia que adquirió el regimiento de
Patricios de Buenos Aires, el 1° de enero de 1809, sobre los
tercios españoles, bajo la dirección de don Martín de Álzaga,
decididos a deponer al pueblo de Buenos Aires la existencia de un
poder que hasta entonces no había tenido ocasión de ensayar, y
la autoridad del virrey vino a quedar bajo la única salvaguarda
de los batallones nacionales.
Resuelto así el tema que pendiera de este hecho, empezaron a
trabajar más desahogadamente, aunque en reuniones secretas, los
pocos ciudadanos preocupados de la idea grandiosa de la
emancipación de su patria. La casa del señor Vieytes en la
calle Venezuela, y la de don Nicolás Rodríguez Peña, en la
calle piedad tras de la iglesia de San Miguel, servían
frecuentemente de punto de reunión de los iniciados en el
pensamiento de formar un gobierno independiente de la antigua
metrópoli. Se inventaban excursiones al campo y partidas de caza
para disfrazar el verdadero intento de este figurado pasatiempo.
Los concurrentes a esos memorables paseos, apenas se encontraban
reunidos, sea bajo de los árboles ó al abrigo de una choza
campestre, se ocupaban exclusivamente de combinar los medios de
llevar a buen término la obra de sus sueños y de sus
esperanzas.
"El pueblo, decían ellos, no está preparado para un cambio
violento en la administración. La masa de los proletariados que
constituye la fuerza de la provincia, consagra una especie de
culto al general Liniers, en quien no ven el odioso instrumento
del absolutismo peninsular, sino al libertador de Buenos Aires,
al triunfador de la última invasión extranjera; atacar esta
autoridad, sería concitar contra nosotros una fuerza
invencible".
No carecían tampoco del sentimiento de la gratitud, los hombres
generosos dedicados a la libertad de su patria. En sus
combinaciones íntimas, en sus expansiones recíprocas, no asomó
jamás, ni el rencor, ni la ambición, ni la venganza. Una sola
pasión les dominaba: la de la independencia de su país; y a
ella sacrificaban sin reserva su vida y su fortuna.
Pero ¿cómo procurarse prosélitos para derribar el poder
español, sin aventurar el sigilo, y arriesgar sin fruto la
propia existencia de los confabulados, una vez que llegase a
descubrirse por la autoridad el designio secreto de sus trabajos?
¿Cómo iniciar en el misterio al corones don Cornelio Saavedra,
jefe del regimiento de Patricios, sin cuyo concurso fuera inútil
y temeraria toda tentativa cuando tenía de su parte el favor de
Liniers y cuando blasonaba de su lealtad probada, sosteniéndole
contra las intrigas de los españoles?
La desacordada política de la corte de España se encargó de
sacar a los patriotas de este amargo conflicto. El general
Liniers, de origen francés, denunciado subrepticiamente a la
corte por el cabildo de Buenos Aires, como connivente con el
emperador de los franceses, y acusado de haberse entendido con su
comisario imperial, para traicionar la causa del rey, fue
depuesto súbitamente y sustituido del mando del virreynato por
el general de marina don Baltazar Hidalgo de Cisneros.
Esta medida inconsiderada del gobierno de España vino a
satisfacer de cierto modo a los magnates españoles, derrotados
en la asonada del 1º de enero, pero descontentó al mismo tiempo
a los Patricios, lastimó su lealtad, y desairó a los que fieles
a sus deberes militares, habían sostenido al virrey, atacados
por aquellos mismos a quienes más importaba la conservación de
la autoridad peninsular.
Por otra parte la vida entera del general Liniers, sus eminentes
servicios a la corona de España, su índole caballeresca y
noble, protestaban contra la calumnia de que era víctima, y
despertaba en los hijos del país, aversiones y desprecio a los
instigadores y sostenedores de una intriga. El mismo gobierno
español tan débil para contemporizar en América, con las
preocupaciones bastardas de los enemigos de su fiel servidor,
hubo de limitarse empero, á exonerar al virrey sin destituirlo
de su rango en la marina de guerra.
Demarcóse, pues, fácilmente la línea divisora entre los
naturales y los españoles, siquiera no fuese para la generalidad
sino el resultado de rivalidades locales, no habiendo aun cundido
entre el pueblo las ideas que agitaban a los promovedores de la
revolución de Mayo. De un lado está el número y la confianza
en las propias fuerzas: del otro lado los peninsulares
enardecidos contra el agresor de la España, y engreídos de la
aquiescencia de la metrópoli a un cambio personal en la
administración del virreynato.
PROGRESOS DEL
ESPÍRITU REVOLUCIONARIO
No escapó esta circunstancia feliz a los que velaban por
aprovechar todos los elementos favorables á su grande empresa.
Con menos recelos se aproximaron entonces a los jefes de los
cívicos, para tentar su ánimo, explotando su resentimiento
contra los que, no habiendo podido triunfar a mano armada,
habían socavado por manejos sombríos el prestigio de los
Patricios. Ninguno de aquellos jefes negó su simpatía a la
reacción premeditada.
Con habilidad y cautela se predisponía el ánimo de los
ciudadanos a favor del derecho inconcuso de América para cuidar
de su propia suerte, desde que la prisión del rey y la
ocupación de la península por tropas francesas, había
desquiciado la máquina gubernativa y dejando a los pueblos a
merced de sus propios instintos. La España había dado el
ejemplo erigiendo sus juntas y proclamando en la mayor parte de
sus provincias una especie de soberanía independiente, hasta que
se instaló la junta central, cuya legitimidad, sin embargo, fue
disputada y contrariada por algunas de las secciones de la misma
España.
A nombre de esa junta de representantes del rey cautivo, se
presentó en Buenos Aires el virrey Cisneros, haciéndose
preceder del general Nieto como delegado, mientras él se
desembarazaba de algunas atenciones en la Banda Oriental.
Faltaban a Nieto todas las condiciones para fijar una situación,
y mucho menos para detener ó neutralizar el progreso de la
propaganda de las nuevas ideas presentadas por las doctrinas de
la prensa española.
El general Nieto, de inteligencia estrecha, fascinado por los
errores de consejeros apasionados y meramente agente transitorio
de la política de España, alarmado también por falsas ó
exageradas denuncias, puso en movimiento los resortes de una
política inhábil más a propósito para enajenar partidarios
que por alcanzar por tales medios la afección del pueblo.
El virrey Cisneros no tardó en subrogar á Nieto y posesionarse
del mando. Su delegado marchó al Perú con órdenes de sofocar
por las armas la explosión generosa de los patriotas de
Chuquisaca en el año anterior. El período de la administración
hubiera sido ventajoso a su casa si las preocupaciones graves en
que le traían la política y la guerra, no le hubieran desviado
de la moderación, y calma con que empezó su gobierno. Hízose
entender al virrey que se fraguaba una conspiración, a que
estaba afiliado don Juan Martín de Pueyrredón, reputado entre
los españoles por partidario acérrimo de la independencia.
Decretóse su prisión y transporte a España. Desde entonces
ningún patriota se consideró seguro. Para que se forme idea de
la impresión que produjo la conducta del virrey, bueno será
recordar la importancia del personaje sobre el cual habían
recaído sus sospechas. La popularidad de aquel distinguido
argentino venía desde su intrépida decisión a levantar un
cuerpo de caballería para concurrir con él a la reconquista de
su ciudad natal, sorprendida en 1806 por una división
británica. Además de eso sus maneras afables y su gentil porte
dábanle un ascendiente entre sus patriotas, que Cisneros, por
inspiración propia o ajena, creyó deber cortar enviándole a
España bajo partida de registro.
Y aquí es el caso de narrar un acontecimiento que a la par de
una grande acción, revela juntamente los progresos del espíritu
revolucionario, que en vano se pretendía ahogar en germen.
Apenas circuló la noticia de hallarse preso Pueyrredón en el
cuartel de Patricios su hermana doña Juana Pueyrredón de Sáenz
Valiente, matrona de altas prendas, se le presentó a las guardas
que le custodiaba, y que con la elocuencia del alma, y con
palabra fácil é insinuante, rodeada de oficiales y soldados,
increpóles de servir de instrumentos de la tiranía contra un
paisano, sin otro crimen que su entusiasmo por la libertad de su
patria. "Consentiréis - les dijo - que se sacrificado
vuestro compatriota y amigo por la cruel injusticia de un
gobernante? ¿Consentiréis que sea expulsado de su país, tal
vez para siempre, sin hacerle un cargo, sin oírle y sin
juzgarle? ¡No, Patricios! ¡Dejad que huya mi hermano, si no
queréis haceros cómplice de una iniquidad que amenguaría
vuestra fama!"
La tropa escuchaba silenciosa éstas y otras razones; los
oficiales hablábanse en secreto, fijando la vista llenos de
admiración y de respeto en aquella ilustre argentina. En sus
semblantes traslucían fácilmente la impresión del espíritu y
su resolución tomada de libertar al prisionero. Dos horas
después de esta escena, evadíase el comandante Pueyrredón por
una de las ventanas del cuartel, sin ser detenido por ningún
centinela. La amistad se encargó enseguida de ofrecerle un
refugio. Cúpole al señor horma esta noble misión.
Los patriotas que acechaban todas las circunstancias que pudiesen
favorecer sus intentos, apresuráronse a sacar partido de estos
incidentes. Las simpatías por la desgracia subían a punto de
que se exagerasen las violencias del mandón español, y la
opinión de los naturales se predisponía gradualmente contra un
orden de cosas que empezaba a irritarse.
REUNIONES DE
LOS JEFES REVOLUCIONARIOS.
Entretanto el puñado de patriotas que habían tomado a su cargo
dirigir la revolución, reuníase frecuentemente en los parajes
que llevo mencionados. Es tiempo ya de indicar aquí los nombres
de los más insignes de aquellos varones fuertes, nombres para
siempre venerables, que no escribe mi pluma jamás sin que mi
memoria se ilumine a la luz de su gloria y sus recuerdos, sin que
mi corazón les tribute su homenaje más puro de reconocimiento,
de admiración y de afecto.
Los principales son:
D. Nicolás Rodríguez peña, D. Manuel Belgrano, D. Juan José
Paso, D. Miguel Irigoyen. D. Francisco Paso, D. Hipólito
Vieytes, D. Agustín Donado, D. Antonio Luis Beruti y otros
argentinos de feliz recordación.
Discutíase en la reunión de estos ilustres patriotas la
cuestión de oportunidad de una revolución, cuando fui
presentado y recomendado a ellos por el Dr. D. José Darregueira,
su confidente íntimo y muy digno colaborador. Decíase a la
sazón: "cuando el monarca español ha abdicado su corona y
todos los derechos dinásticos en la persona de un príncipe
extranjero; cuándo el territorio español se halla invadido de
tropas vencedoras, y cuando apenas la ciudad de Cádiz ha quedado
como refugio de los infortunados españoles, ¿debemos permanecer
sometidos a la voluntad de un mandón irresponsable después de
caducado el poder de que emanó su voluntad? ¿Permaneceremos a
merced de la fortuna de la guerra, resignados a pasar de colonos
de España a colonos del imperio francés? ¿Nuestros derechos
naturales y políticos no nos autorizan a lo menos a imitar ni
aun a la última de las provincias de España, que en la
conflagración común de la monarquía, se ha organizado
separadamente? ¿Será delito en nosotros practicar en resguardo
de nuestros derechos, lo que se aplaudiría en el último ángulo
de España?..."
No era posible vacilar sobre el partido señalado por los
sucesos, sin estar privado de sentido común. La hora ha sonado,
dijeron todos de tomar a nuestro cargo nuestro destino. La
providencia que rige los imperios, ha predispuesto los
acontecimientos de manera, que la separación del nuevo mundo
venga a ser la obra de la generación presente. ¿Nos faltará
valor para obedecer a su voz y para lanzarnos al sacrificio que
la patria exige de nosotros? ¡Quién dudará de la resolución
de aquellos hombres eminentes!
Su deber era arrostrar todos los peligros, allanar todos los
obstáculos para llegar al término deseado y lo cumplieron con
firmeza y denuedo.
En ésta y otras reuniones semejantes la fe y el entusiasmo se
mezclaban en todos los discursos. Ninguno titubeaba: -
contábanse a menudo y reconocían su importancia para resistir a
un golpe de una autoridad alarmada ya. Pero a la presencia de su
patria esclava se retemplaba el ánimo de todos, fiados en la
excelencia de su causa y la cooperación de sus conciudadanos,
cuando llegase el momento de invocar su aprobación.
Adolescente aun, apenas salido del colegio, sentía latir mi
corazón de gozo al escuchar por primera vez la expresión
calurosa de los autores de la independencia y libertad de mi
país. Sentía ir borrándose una en una las impresiones de la
educación doméstica y escolar, amoldada a las prácticas de un
dominio inveterado y mi imaginación fascinada con las gratas
ilusiones de la primera edad, se transportaba llena de esperanza
a la república de Platón.
Mientras corrían así las cosas, flaqueaba y empalidecía la
autoridad del virrey y la de la audiencia, a medida que se
debilitaba la metrópoli con los reveses de su heroica lucha
contra el conquistador francés. No obstante, los hábitos del
coloniaje, la influencia de los magistrados peninsulares, las
poderosas relaciones mercantiles y políticas con España, el
gran número de empleados españoles, una extensa población del
mismo origen ciegamente orgullosa de su dominio tradicional, la
veneración supersticiosa del monarca, la indiferencia o inercia
inseparables en los naturales de una servidumbre secular y por
último, dos cuerpos de línea del Fijo y de Dragones, levantaban
una barrera al parecer insuperable, para un círculo pequeño de
hombres, que, si bien animosos, apenas contaban con el apoyo de
una parte de la fuerza armada.
Sin embargo entrábase en relaciones con los jefes. D. Cornelio
Saavedra, D. Eustaquio Díaz Vélez, hoy benemérito general de
la República; el comandante don Esteban Romero, D. Feliciano
Chiclana, y otros de menos graduación. Catequizábanse
individuos de diversas clases; consultábase secretamente algunos
miembros del alto clero, cuyo sufragio fue siempre propicio a
nuestras libertades, y procurábase el mayor número de adictos
para exigir por un movimiento imponente un cambio en la
administración y una junta de gobierno, por voto popular.
¿Impondríase por programa de cambio proyectado la declaración
inmediata de la independencia del territorio del virreinato?
¿Convendría desafiar las preocupaciones y los intereses
compactos, de una oposición fundada en la conciencia de los unos
y en la conveniencia de los otros? Por íntimo que fuese este
deseo en los promotores de la resolución, ninguno tuvo por
sensatez la idea de una separación absoluta. Se convino aplazar
un hecho que la vista menos perspicaz divisaba en el horizonte, y
se acordó promover la instalación de una junta que gobernase al
virreinato en nombre de Fernando VII, los votos profundos de los
autores de la revolución no quedaron cumplidos sino el 9 de
julio de 1816, con la solemne declaración de la independencia
nacional.
Afortunadamente los talentos del Dr. Castelli fueron llamados a
consejo de virrey en distintas ocasiones habiendo en ellas
cautivádose su estima. Este jurisconsulto consumado, patriota
entusiasta, consiguió persuadirle de la necesidad de atemperar a
la opinión creciente de la población entreteniendo su esperanza
con la perspectiva de un nuevo orden de cosas, que afianzaría
los vínculos del virreinato con la metrópoli española.
Un acto de energía del virrey hubiera podido frustrar por
entonces, toda y cualquiera alteración. Llegábanle noticias
frecuentes de los amaños empleados para conmover la población.
Indicábase el taller donde se complotaban los patriotas y
nombrábansele no pocos de ellos. Faltole valor para un golpe de
mano para que le autorizaban todas las circunstancias, y dejó
correr los acontecimientos sin previsión de sus alcances.
EL CABILDO
ABIETRTO DEL 22 DE MAYO
Amaneció por fin el 22 de mayo de 1810 y la campana del Cabildo
y una citación especial a vecinos notables convocaban al pueblo
para resolver sobre su suerte, en medio de la agitación excitada
por los fautores de la revolución. La multitud atraída más
bien por la curiosidad, que por la tendencia a innovaciones que
no comprendía, servía grandemente a los agentes
revolucionarios, para imponer con su presencia, al propio tiempo
que seguidos de corta clientela trataban de excitársela con sus
instigadores.
En la tarde del mismo día fue publicado por bando el acuerdo
clasificado de popular, proclamando una junta gubernativa
compuesta del virrey Cisneros presidente, y de los Sres.
Saavedra, Castelli, Sola e Inchaurregui.
El pueblo pareció satisfecho de esta elección y los españoles
se felicitaban de haber salvado del peligro de un trastorno
fundamental viendo triunfante la autoridad del virrey. Muy
diferente sensación produjo tan inesperado desenlace en el club
reunido a las ocho de la noche en casa del Sr. Peña. Allí se
analizó el carácter de los elegidos; se descubrió el origen de
la candidatura de Cisneros; se reconoció por unanimidad que dos
de los miembros de carácter ascético y tímido, se plegaría
sin violencia a la política del presidente y hasta llegó a
dudarse de la firmeza del corones Saavedra, bajo la presión e
influjo de un jefe superior. Contábase solamente con la persona
del Dr. Castelli: pero ninguno de sus amigos descubiertos como
conspiradores, se reputo seguro continuando en el mando el
general Cisneros.
Era pues necesario deshacer lo hecho, convocar nuevamente al
pueblo, y obtener del Cabildo se prestase a considerar ante otra
reunión popular la sanción de la víspera.
Pasóse parte de la noche en deliberar y ponerse de acuerdo con
los jefes de patricios y otros cuerpos de la guarnición y con
los jefes que llevaron la voz el 22 en la plaza de la Victoria y
en las galerías del Cabildo. A todos estos trabajos andaba
noblemente asociado el Dr. D. Manuel Moreno, uno de los pocos
patriotas que restan de aquellos tiempos de perdurable recuerdo.
Los honrados ciudadanos, French, Cardoso y otros de menos nota,
bien que muy dignos de alabanza; los comandantes militares, el
honrado benemérito D. Feliciano de Chiclana, Romero y Díaz
Vélez, contribuyeron eficazmente por su ardor patriótico, por
su firmeza y perseverancia al mejor éxito de la jornada. Cada
uno de ellos reunió a los suyos entre los oficiales subalternos
de la guarnición, hallaron la cooperación más enérgica,
circunstancia que no se debe olvidar, pues es un timbre honroso
para la gallarda juventud entonces dada al ejército de las
armas.
Entre esos militares distinguíase el hoy brigadier general D.
Enrique Martínez, a quien entonces como en el curso de la
revolución debió su patria señalados servicios.
Asegurado el club de la aquiescencia y del apoyo prometido,
llamose al Dr. Castelli para inducirlo a informar al virrey de la
agitación pública, y del peligro del tumulto si no se
consultaba otra vez en Cabildo abierto al pueblo, descontento con
las elecciones del 24. Castelli explanó las dificultades de este
encargo; y procuró aquietar los ánimos, esperando en la
influencia saludable de su persona sobre los complotados. Pero su
raciocinio desmayó ante la resolución del club de obtener a
todo trance un cambio, y acabó prometiendo que se entendería
con el presidente Cisneros.
Al mismo tiempo se enviaba emisarios en todas direcciones; y a
las doce de la noche, una comisión de club a la que acompañé,
se encaminó a la casa de síndico procurador del cabildo. Dr.
Leiva, tocándome presenciar el diálogo que muy luego se
entabló entre los enviados y el respetable anciano.
El procurador saltando de su cama acudió a los golpes dados a la
ventana de su habitación, y abriéndola oyó la notificación de
la voluntad de los patriotas, hecha en el lenguaje de una
intimación perentoria. La prudencia y la circunspección del Dr.
Leiva, no podrían reconciliarse llanamente con la iniciativa a
otro llamamiento del pueblo para destruir lo que pocas horas
antes se había sancionado con su beneplácito. Luchaban en él
notoriamente sus sentimientos patrióticos y la responsabilidad
de sus deberes oficiales. Negose a la solicitud. Vencido empero
por reflexiones calurosas, ofreció en fin que invitaría al
cabildo a convocar al pueblo una vez más.
Era ya la alta noche, cuando se tuvo la certeza de la citación a
un nuevo cabildo popular, y la probabilidad de una nueva
elección en la mañana siguiente, de acuerdo con los intereses
del pueblo. Pero ¿quiénes serían los candidatos de la nueva
junta? Quienes satisfarían las mitas de aquellos hombres
generosos, empeñados con rectitud de espíritu en fundar un
gobierno ilustrado y patriota? Ninguno de los asociados se
prestaba a ocupar puestos públicos. El desinterés de los
pudientes, llevado hasta la prodigalidad de su fortuna, en
servicio de la causa que abrazaron de corazón, se había
concertado en una religión común. Ninguno de ellos ambicionaba
más que la ventura de la patria.
En tal perplejidad redactaron varias listas, en que se leía uno
a uno nombres aceptables; pero nadie completaba el número
previsto para integrar la junta. Ansiábase pues por salir de
unas vacilaciones que podrían ser funestas, si la elección
caería en personas discordes con el fin de la revolución.
Se aproximaba el alba sin que aún se hubiese convenido sobre los
elegibles. Hubo un momento en que se desesperó de encontrarlos.
¡Gran zozobra y desconsuelo para los congregados en ese gran
complot de donde nació la libertad de la República! La
situación cada vez presentaba un aspecto más siniestro. En
estas circunstancias el Sr. D. Manuel Belgrano, mayor del
regimiento de Patricios, que vestido de uniforme escuchaba la
discusión en la sala contigua, reclinado en un sofá, casi
postrado por largas vigilias observando la indecisión de sus
amigos, púsose de pié y súbitamente y a paso acelerado y con
el rostro encendido por el fuego de su sangre generosa, entró en
la sala del club (el comedor de la casa del Sr. Peña) y lanzando
una mirada altiva en rededor de sí, y poniendo la mano derecha
sobre la cruz de su espada: "¡Juro, dijo, a la patria, y a
mis compañeros, que si a las tres de la tarde del día inmediato
el virrey no hubiese sido derrocado; á fe de caballero, yo le
derribaré con mis armas!"
Profunda sensación causó en los circundantes, tan valiente y
sincera resolución. Las palabras del noble Belgrano fueron
acogidas con fervoroso aplauso.
Desde luego volvieron todos á ocuparse de los candidatos, y
cuando parecía agotada la esperanza de poderse concretar, D.
Antonio Luis Beruti, pidió se le pasase papel y tintero, y como
inspirado de lo alto, trazó sin trepitar los nombres de los
miembros que compusieron la primera junta. Enseguida leyendo la
lista por él confeccionada, dirigióse a sus colegas
diciéndoles: "He ahí, señores, los nombres de que
necesitamos". La aprobación y el contento de los asociados
no pudo ser más unánime. Todos demostraban un grato asombro por
el acierto de la elección propuesta por el Sr. Beruti. Era éste
un empleado antiguo y probo de la contaduría del tesoro, fogoso
proclamador de los principios liberales, y uno de los agentes
más activos de la libertad de su país.
EL 25 DE MAYO
Aceptada la lista de este ciudadano, mandóse circular
rápidamente entre los llamados á cooperar para su triunfo. En
la mañana del 25 de mayo la campana del Cabildo llamaba al
pueblo, y la municipalidad citaba los notables para su salón de
despacho. Los ciudadanos de todas condiciones acudían de tropel
atraídos por la novedad. Las tropas permanecían en sus
cuarteles y los invitados tomaban asiento en la sala capitular.
El alcalde de primer voto anunció a los espectadores el objeto
de aquel llamamiento. Se entablaron debates animados entre los
adictos del antiguo régimen y entre los propugnadores de la
revolución. El pueblo aguardaba impaciente, no pocas veces fue
interrumpida la grave sesión por la vocería popular animada por
tribunos ardientes. La multitud no abandonó la plaza,
corredores, aposentos del antiguo cabildo, sino cuando se
anunció el acuerdo, y se proclamó la nueva junta.
A la tres de la tarde un bando solemne, publicaba el acuerdo del
cabildo abierto, instalando una nueva junta gubernativa en nombre
de don Fernando VII, compuesta de los preclaros ciudadanos
citados á continuación:
Presidente: D. Cornelio Saavedra.
Vocales: los señores Azcuénaga, Castelli, Belgrano, Larrea,
Matheu y Alberti.
Se habían cumplido los votos de los verdaderos patriotas. El
destino futuro de la patria pendía de la capacidad y virtudes de
los elegidos del pueblo. A estos denodados campeones incumbía la
difícil tarea de encaminar la opinión pública hacia el sagrado
fin promovido por un puñado de ciudadanos intrépidos.
A la primera junta tocaba el deber de descorrer el velo de la
política opresora de la Metrópoli europea; y de despertar el
espíritu de independencia en una población aletargada por el
abatimiento congenial a los pueblos despotizados por tres
centurias. A ella incumbía la tarea de propagar los primeros
elementos de los derechos sociales y políticos ignorados para la
mayoría de los colonos, y echar los fundamentos de una futura
nación.
Para tan intrincada labor no bastaban intenciones puras,
patriotismo exaltado y aventajada ilustración, era necesario el
auxilio de las inspiraciones del genio elevado a la altura de las
necesidades y peligros de la época.
La Junta eligió para sus secretarios á los eminentes
jurisconsultos D. Mariano Moreno y don Juan José Paso. El
primero encargado del departamento de gobierno, el segundo de
hacienda, ambos nombres simpáticos a los promotores de la
revolución, ambos ciudadanos eruditos y dignos de la confianza
popular. Pero estaba reservado al Dr. Moreno simbolizar en su
persona el espíritu de una grande regeneración. Elocuente como
Mirabeau, ardiente como Camilio Desmoulins, republicano como
Junio Bruto, gozaba de una facilidad sorprendente para la
expedición de los negocios de la administración. Su vasta
inteligencia abrazaba todas las peripecias de una situación
erizada de dificultades. Luz del gabinete, aclaraba todas las
dudas y formulaba sin excitación las más atrevidas reformas.
La prensa bajo la dirección de su sobresaliente talento y
copiosa instrucción derramaba profusamente principios y nociones
elementales sobre todo los ramos a que los pueblos de América
eran llamados a intervenir al desligarse del dominio español.
Obrero infatigable en la organización; familiar con la historia
de los tiempos modernos y enriquecido con la filosofía de los
antiguos, comprendió su misión sublime y con firmeza
incontrastable arrostró las preocupaciones, atacó los abusos, y
asentó las bases de la República Argentina.
Para ventura de la Patria la Junta encerraba en su seno altas
inteligencias, y las concepciones felices de su ministerio,
hallaban en ella casi siempre ilustrados intérpretes y un
acuerdo perfecto de sentimientos.
La Junta iniciaba a la vez otros importantes trabajos
administrativos y del concurso mutuo de vidas y de voluntades
levantábase la formidable potencia a cuyo impulso fueron
derrotados los ejércitos alzados contra ella fuera de la
provincia, deshechas las conjuraciones, vencidas todas las
resistencias, y fundada la República. ¡Oh! Si esa santa unidad
no hubiese sido turbada en los días críticos por las arterias
de la envidia, de la ambición y la ignorancia.
Graben los argentinos en el corazón y en su memoria los
preclaros nombres de los autores y fundadores de la independencia
de la patria, y pase su recuerdo imperecedero de generación en
generación bajo las bendiciones de la República, de del respeto
que les tributa la historia.
Montevideo, Mayo de 1855