Juan María Gutiérrez
Justamente llamado el primer crítico y maestro de nuestra literatura, nación en Buenos Aires en 6 de mayo de 1809, su padre, comerciante de origen español, tomó parte en la defensa contra la invasiones inglesas y casó con una dama porteña, doña Concepción Granados Chiclana.
Gutiérrez hizo sus estudios primarios en una escuela particular completándolos más tarde en la universidad donde cursó humanidades y matemáticas recibiéndose de agrimensor. Tempranamente se distinguió entre la pléyade de sus ilustres compañeros de patrióticas inquietudes, Sarmiento, López, Alberdi, Echeverría, por su inteligencias clara y equilibrada y su seria afición a las letra. En 1837 participa en la fundación del Salón Literario y en su acto inaugural pronuncia una notable disertación. Al año siguiente desempeña un papel activo en la famosa asociación de Mayo que tan inmensa trascendencia había de tener en la vida social y política del país. Ejerciendo la vicepresidencia y formando, junto con Echeverría y Alberdi, la comisión que redacto el "Credo de la joven generación Argentina". Muy pronto se puso resueltamente frente a Rosas, tomó parte en la conspiración del ´39 y, perseguido por le tirano, después de tres meses de cárcel logró salir hacia Montevideo. Allí floreció ampliamente su ampliación literaria y al par que fustigaba a la tiranía en prosa y en verso el "Iniciador, el Talismán, Titeo, Muera Rosas y otros periódicos". Merecía el laudo en el primer certamen poético americano con su composición "A Mayo". 4 años permaneció en Montevideo,. En 1843 realiza un viaje hacia Europa y abordo escribe, en colaboración con Alberdi, el Edén, poema escrito en prosa por Alberdi y puesto en verso por Gutiérrez. Su estancia en el viejo mundo contribuyó a sedimentar su amplia cultura humanista. De vuelta radicóse en Chile donde es primer director de la escuela Náutica de Valparaíso, pública la célebre antología América Poética y colabora en el periodismo. En 1851 visita el Ecuador y Perú. Al años siguiente retorna a Chile y enterado de la caída de Rosas vuelve a la patria siendo nombrado ministro de gobierno de Vicente López. Representa a la provincia de Entre Ríos en el congreso de Corrientes que dicta nuestra carta fundamental de 1853, llevando al seno de su comisión redactora la decisiva influencia de las Bases de Alberdi. En 1854 es designado ministro de relaciones exteriores de la Confederación, cargo que renuncia en 1856. Cinco años después desempaña la rectoría de la Universidad de Buenos Aires, realizando una fecunda labor hasta 1873, años a los que se acoge a los beneficios de la jubilación.
Crítico fino y perspicaz, inició entre nosotros una actividad a la manera europea de tal índole son sus estudios biográficos y críticos sobre algunos poetas sudamericanos anteriores a siglo XIX y los dedicados a Echeverría cuyas obras completas recopila y publica (1870-1874), López y Juan Cruz Varela, sobre cuales escribe unos de sus mejores libros (1871).
Su amor por nuestra literatura lo llevó a publicar la primera antología de poetas sudamericanos titulada "América Poética" (1846). Concienzudo investigador volcó profundamente su erudición en su voluminoso libro noticias históricas sobre el origen y el desarrollo de la enseñanza pública superior en Buenos Aires, 1868. Merece citarse especialmente también sus bibliografía de la primera imprenta de Buenos Aires, bosquejo biográfico de general San martín, etc. Sin alcanzar la inspiración ni el brío de algunos de sus contemporáneos, su obra poética es fina, el selecto lenguaje y pulida forma. Testimonio de mérito innegable se encuentra en el tomo de sus poesías. Intentó igualmente el relato en El Capitán de Patricios y El Hombre Hormiga.
Ponderación y sentido de la medida, virtudes de su labor literaria, las llevó a su labor política. Siempre demostró desinteresado y hondo amor patriótico, muriendo el 26 de febrero de 1878 a consecuencia de las emociones experimentadas con motivo de la vuelta de los restos del general San Martín.
RECUERDOS DE SETIEMBRE 1852 (Currente Calamo)
El día 8 de setiembre se embarcó en Buenos Aires el general Urquiza a bordo del vapor inglés Countes Lansdale, en el cual ofreció la hospitalidad de amigo a los diputados al Congreso que residían en aquella capital. Nosotros nos hallábamos desde temprano sobre la cubierta del vapor. Una nube de polvo que se levantó del lado de Palermo nos indicó que el Director se encaminaba al embarcadero. El ejército formaba calle, sobre la ribera, para que pasase el que les había dado el más bello lauro militar después de la famosa lucha de la independencia. ¡Quién hubiera dicho que allí estaba la traición, y que aquellas bayonetas, aquellas espadas que reflejaban el sol de un día hermoso exentas de todo reproche, se había de desnudar cuarenta horas después durante la tiniebla de la noche, tercera de la negra alevosía como elocuentemente la llama un ilustre patriota y delicado poeta tucumano! El actual capitán del puerto, los señores generales Guido e Iriarte, fueron las últimas personas que se despidieron individualmente del general. El último le hizo una larga arenga que la discreción nos impidió oír. Los buques nacionales estaban espléndidamente empavesados. La atmósfera estaba quieta y clara. Nosotros contemplábamos la extensión edificada del litoral como quien mira una cosa querida después de largos años de ausencia. Aquella ciudad que tanto se hizo para convertirla en una tumba, en fuerza de su constitución joven había digerido el veneno, y robustecídose con lágrimas. Desde el año 1840 acá, nuevos miradores, nuevas casas de campo sobre las barrancas del Retiro y de la Recoleta, se levantaban del suelo para alegrar nuestra vista y para consolarnos. Después de mediodía la columna de humo de nuestra embarcación fue a mezclarse con las que dejaban en pos de sí los vapores Locust y Flambart, a cuyo bordo venían los señores ministros plenipotenciarios de Inglaterra y Francia con sus secretarios, el señor cónsul de Bélgica, Vanpraet, y dos diputados. El Flambart siempre se mantuvo a nuestro costado, quedando más atrás el Locust porque era menos favorecido por la fuerza de sus máquinas. Al lado del general Urquiza todo el mundo está sin trabas de etiqueta y verdaderamente a son aise. Él infunde respeto, pero no lo impone. Es esencialmente social; no puede estar un momento sin amigos. Le acompañaban sus tres edecanes, los jóvenes tenientes coroneles don Ricardo López Jordán y don Teófilo Urquiza, su ministro de Relaciones Exteriores, el doctor Urquiza, joven de un bello natural, educado en las mejores escuelas de Río de Janeiro y de Buenos Aires; nueve diputados al Congreso y el personal de las oficinas de este cuerpo. El general había previsto todo lo necesario para la comodidad de sus huéspedes. Tenían éstos buena cama, y una mesa bien servida dos veces al día. La pequeñez del buque no permitía que el general ocupase, como tiene de costumbre, la cabecera de la mesa, para servir desde ella a todos los concurrentes. Alternativamente convidaba a la suya, a las personas más autorizadas, y levantados los manteles se hacía él el centro de una conversación culta y agradable en que se trataba de política, de guerra y de diferentes materias. El general Urquiza generalmente no almuerza, y en la comida es de una sobriedad que Huffeland mismo, que tanto la aconseja en su "arte de prolongar la vida", estamos seguros que no la guardaba tan estricta. El argentino por excelencia, el hombre que ha vivido en campaña la mayor porción de sus años, no bebe mate, ni fuma, ni prueba licor alguno. Este ejemplo ha cundido entre sus jefes según hemos tenido ocasión de observar. El general Urquiza es más que de mediana estatura y tiene el aspecto de un hombre joven y vigoroso. Sus manos y dentaduras son de un caballero. Su fisonomía es completamente regular: tiene la frente armoniosa, la cabeza redonda, la nariz proporcionada, los ojos discretos, verdes como los de sus hermanos, y dispuestos para manifestar ternura y severidad a la vez. Es comedido con todo el mundo; no olvida jamás ni un nombre ni una fisonomía. Escucha con mucha atención y le gusta que le hablen claro como acostumbra hacerlo él por su parte. No hemos visto todavía ningún retrato al óleo exacto del general. Los que existen pintados son malos: el mejor de todos es el que se halla en Mendoza hecho por García. Las litografías europeas fueron copiadas de un daguerrotipo, y es sabido que este proceder mecánico da generalmente inanimación y mal gesto a los semblantes humanos. ¿Se nos criticarán estos detalles? Entramos en ellos no para las personas que conocen al general Urquiza para aquellos que desean con avidez conocer al libertador de dos repúblicas, sino al que se granjeó la confianza del Imperio, al vencedor de Rosas, al que abre a los argentinos la puerta cerrada del templo de las instituciones. Ellos nos lo agradecerán. Por otra parte, ¡cuán fría no sería hoy la historia de los tiempos remotos, sin la indiscreción de los contemporáneos! El que no sabe manejar el pincel, ¿por qué no habrá de retratar con la pluma? Si nuestro modelo es bueno, ¿por qué no hemos de derramar las bellas tintas del cuadro?... A más de los tres vapores indicados, el Mercedes era también de la comitiva, trayendo a su bordo alguna tropa de la escolta del general. El jefe inglés de la batalla de Obligado debía hacer en su interior, desde la cubierta del Locust, muy serias reflexiones sobre el cambio obrado en la política argentina. Las ideas ilustradas de un hombre le llevaban amigablemente por el mismo camino que él se había abierto a balazos en uno de los momentos más serios de las desavenencias de Rosas con el extranjero. Este hermoso Paraná, verdadero mediterráneo de agua dulce, está hoy como lo quiso su Creador, abierto a todas las banderas cristianas del globo. Sus márgenes quieren ser hospitalarias porque son argentinas. Sus barrancas eminentes se extienden sobre las aguas pidiendo, como manos abiertas, población y arados para que fecunden sus entrañas vírgenes e intactas. Aquellos cuatro vapores venían anunciando con sus columnas de fuego el camino de la tierra de promisión para el extranjero, y la resurrección de la patria para sus hijos. No todos se explicarían, claro, este presentimiento; pero nosotros lo oíamos murmurando por el rumor de las ondas del Primogénito ilustre del Océano: lo escuchamos en el rumor de los cañones de San Nicolás; en las salvas del Rosario; en los fuegos artificiales que alegraron la noche que fondeamos delante de Punta Gorda y donde crece a gran prisa la población del Diamante. El 11 de setiembre tuvimos a nuestro frente el famoso convento de San Lorenzo. Aislado y elevado como un pensamiento a Dios, se levanta su airoso campanario entre el frontis triangular a su izquierda, y a su derecha la doble media naranja del tabernáculo. Allí empezó la fama militar de un argentino a quien forzamos a fuerza de errores le injusticias a que muriese en el extranjero; allí mismo le indujimos a una mala acción haciéndole creer con nuestras mentiras de que Rosas era digno de la herencia de su espada de Chacabuco. Una brisa húmeda y sahumada de las islas ahuyentó esta nube de tristes recuerdos. Sí, olvidémoslo todo. Séamos generosos como tú, magnífico río. ¿Qué te importa que tus saludables aguas vayan a morir en la amargura de los mares? Tus camalotes sirven de piragua al jaguar y de nido a las amorosas torcazas. La humedad de tus emanaciones vivifican al áspero ceibo de la flor de sangre, y a la inocente y voluptuosa flor de los aires, hermana de las que crecen en los bosques misteriosos del Tucumán. Tú obedeces a leyes que no puedes explicar, pero, que cumples dócil, ¿por qué no haremos los hombres de la misma manera? ¡Marchemos! ¡Marchemos! La perspectiva es magnífica. Tenemos para la vista un horizonte abierto, velado por la tenue y verde vegetación de las islas. Tenemos para la imaginación los sueños de ahora que serán realidad para estas comarcas en el porvenir. Tenemos para el corazón a una parte de la familia argentina representada dignamente a nuestro rededor. Tenemos para la razón la esperanza de que mañana estaremos en Santa Fe, y que dentro de unos días más oiremos de la boca del que nos convoca, estas palabras esperadas por tantos años: "¡El Congreso Constituyente de la Confederación Argentina está instalado!" Y todo esto era una realidad. La Condesa y el Flambart estuvieron al ancla después del mediodía del 12 en la boca del riacho de Santa Fe. Ya declinaba el sol, cuando el general acompañado del señor don Manuel Leiva, ministro general del Gobierno de Santa Fe y de otros señores se embarcó en un lanchón. Dos verdaderos Cíclopes, armados de remos que Hércules tendría por pesados, vencieron la corriente principal del río, unida en sentido opuesto a la del brazo subalterno. Acercado el lanchón a la costa, se pusieron en fila tres caballos, fijaron sus jinetes un extremo de un lazo a las cinchas, y el otro se enarbola como por encanto en la punta del palo único de la embarcación. Vosotros, voluptuosos sibaritas, que pagáis a peso de oro los resortes elásticos del cupé parisiense y del coche de fábrica inglesa, venid a saborear el más dulce de los movimientos. La hoja de rosa en el baño de una sultana, impelida por el aire de las plumas de su abanico; el cóndor cuando duerme en el aire; el alma de un justo cuando remonta al cielo, no van más plácidas ni más blandamente se mueven que un lanchón santafesino arrastrado a la silga. Todos convenían en esto, aunque es verdad que las ponderaciones no fueron tan poéticas, por temor de no turbar la conciencia de un sacerdote joven, el doctor Álvarez, y por respeto al general. Las piernas desnudas de los silgadores estaban todavía mojadas con el agua del río en donde acababan de trabajar como marineros, cuando estaban ya airosa y firmemente cabalgando. De cada uno de los habitantes del litoral puede repetirse lo que se dijo de un carapachain de las Conchas a cinco leguas de Buenos Aires: Pez era sobre las ondas y león en el rodeo; y nadie en lanzar las bolas en bogar con ambos remos, le igualó. Una hora más de día nos habría proporcionado un espectáculo verdaderamente interesante que la noche ocultaba en parte. Desde el desembarcadero hasta la plaza principal de Santa Fe, más de un cuarto de legua, la marcha del general Urquiza fue, como suena, bajo una lluvia de flores. Las jóvenes bajaban de los umbrales de sus casas para presentarle coronas, para sahumarle con algunas gotas de agua de olor, para sembrarle el camino con hojas de claveles, de arirumas y de otras flores de colores vivos y fragantes. Las banderas y los arcos de triunfo no llamaban la atención a pesar de la profusión y su lujo, porque las cosas de la tierra nos absorbían enteramente. El general con parte de su comitiva se alojó a una cuadra de la plaza principal, en la casa del antiguo gobernador don Estanislao López. El salón de recibo conserva lo sus muebles de sus pasados dueños. En la parte superior de los testeros se ven los retratos de López con todas las insignias de su rango, y el de su esposa, que era una de esas bellas y arrogantes mujeres que la raza española ostenta entre la gente bien nacida de esta ciudad. Un retrato de Napoleón d'après David, grabado, se ve sobre el dintel de la puerta que conduce al dormitorio. Los ministros de Francia y de Inglaterra fueron hospedados decentemente; los comandantes también en otra casa particular. Ellos podrán decir si son amables o no las gentes de este pueblo, en donde por un milagro inexplicable se mantienen las virtudes sociales en toda la pureza, teniendo de un lado los indios bárbaros del Chaco, y del otro una llanura abierta, frecuente teatro de batalla en la larga guerra intestina. Santa Fe de la Vera Cruz es una de las más antiguas poblaciones del Río de la Plata. La parte hacia donde más se extiende es en dirección al desembarcadero en donde hay un fuerte paredón de cal y canto y una escalera del mismo material hasta el nivel del agua. Algunos paraísos dan sombra a los que se sientan allí cerca en los poyos de una alameda cuadrangular. Las barrancas del riacho por el flanco este de la ciudad son altas; sobre ellas se levanta el desmoronado convento de San Francisco. La plaza principal se halla en la misma dirección. En una de sus esquinas está la iglesia pintoresca de la Merced y en otra la Matriz, lindo templo edificado probablemente por el mismo arquitecto que trazó el plano de los portales del Cabildo que se halla en la vereda opuesta de la plaza. Este edificio se está decorando actualmente por el artista Gras para servir a las sesiones del Congreso. El suelo de Santa Fe es de arena, favorable a la vegetación del naranjo. Después de una lluvia, al caer del día particularmente, el aire de la ciudad se embalsama con el exquisito perfume de los azahares. Por lo demás, esta ciudad se halla en decadencia. A espaldas de la Aduana, que es la casa de propiedad pública más extensa, construida en tiempo del gobierno español, se notan vestigios de muchas quintas que debieron ser grandes y bien cultivadas. En la noche del 13 hubo una reunión de baile en la casa del general, al cual asistieron muchas señoritas y caballeros distinguidos de la ciudad. Allí conocimos a varios hijos e hijas, todos muy distinguidos y bien parecidos, del desgraciado Cullen, víctima de la suspicacia de Rosas y de la traición a la amistad por parte de Ibarra que le entregó al verdugo. No se puede dar un paso sobre territorio argentino sin tocar con una mancha de sangre. Y no se sabe qué admirar más, si la crueldad con que fue derramada o la resignación con que han padecido las víctimas. No conocemos mayor crimen que el que en adelante se cometa propendiendo de cualquiera manera a que se encienda de nuevo la hoguera apagada de los rencores civiles. Al despedirse de la contenta y satisfecha concurrencia de aquella noche, el general Urquiza tenía que disimular una cruel nueva que acababa de recibir. Al día siguiente se hizo pública la revolución de Buenos Aires, e inmediatamente cambió el aspecto de Santa Fe. A las orillas del Salado estaban varias divisiones prontas a atravesar aquella corriente; las calles antes quietas, hervían en soldados, brotados como por encanto de todas las cercanías a la voz de sus jefes. Todos marchaban llenos de contento, y los coroneles y demás militares de graduación, disimulaban, a ejemplo de su general el resentimiento con los que les obligaba a emprender una nueva campaña después de tantos trabajos y sacrificios. Todos creían de buena fe, que sus esfuerzos se hallaban coronados y que había sonado para ellos el momento del reposo y del goce de la vida de la familia. ¡Estaban burlados en esta justa esperanza por sus propios compañeros de armas! El general Urquiza montó a caballo a las once del 15 para dirigirse al embarcadero. Le seguían todos sus amigos, sus jefes, sus edecanes, las autoridades de Santa Fe. Un momento antes había asistido a la mesa del almuerzo sereno y sin visible alteración. No se pronunció contra ninguno de los individuos que en aquel momento se consideraban como cómplices en la defección, y trataba, por el contrario, de encontrar razones para creer que tal o cual individuo de los que se nombraban no habría tomado parte en el movimiento militar del 11. Embarcado en el puerto, le acompañaron todavía algunas personas hasta la confluencia del riacho, con el Paraná, en donde montó al vapor Condesa de Lansdale. El general retrocedió de San Nicolás de los Arroyos; todos saben por qué. Aunque los hechos son notorios, queremos consignar las notables palabras con que se expresa el Juez de Paz de aquella ciudad al contestar con fecha 19 a una circular del gobierno de Buenos Aires del 12. "Agobiado de tristes presentimientos, dice el señor don Pedro Alurralde, por el porvenir oscuro y desastroso que amenazaba al país, contemplaba que los abundantes elementos de guerra, que desde ese momento se aglomeraban en torno de San Nicolás y sus inmediaciones iban a servir para entretener la destrucción de su patria, y que ese poder fuerte de que se rodeaba al general se iba a emplear en derramar sangre argentina, oyó complacido emanar del labio de este grande hombre la palabra de consuelo y de paz, la resolución irrevocable de dejar a la provincia de Buenos Aires, dueña y señora de sus destinos... "En estos momentos solemnes, Excmo. señor, el infrascripto no ha visto otra cosa que la acción del general Urquiza; sólo se ha fijado en el presente y porvenir de la patria, y es bajo tales inspiraciones que mide la altura a que se ha elevado el vencedor de Caseros apreciando con admiración y respeto esté ejemplo de magnanimidad que deberían seguir en adelante, en iguales circunstancias, todos los hombres que se elevan al poder. Este comportamiento del Excmo. general Urquiza, sólo es digno de él, atendido a su posición, a los fuertes elementos que tiene en torno de sí, y a los funestos ejemplos que el país en su historia le presenta. Pero era preciso ser el libertador de las repúblicas del Plata, el vencedor en Caseros para producir un hecho semejante..." Éste es un documento elocuente y fidedigno. El que lo firma es testigo ocular de cuanto relata. Había visto, había oído. A las 6 y cuarto de la tarde del 20 se embarcaba en San Nicolás el general Urquiza en el vapor Mercedes. La infantería, artillería y bagajes remontaron el Paraná, y las fuerzas de caballería tomaron la dirección de Santa Fe. ¿Y cuáles serán estos destinos? Si nos pudiéramos alucinar por un momento siquiera, ¡con cuánto placer engolfaríamos el pensamiento en lo futuro de aquel país para contemplarle bien administrado, rico por el comercio, moralizado por el trabajo, fuerte por la unión de sus hijos! Pero, ni los antecedentes de su historia pasada, ni los hechos presentes que inician para aquella provincia un aspecto nuevo en la vida de inquietudes y de desgracias a que estuvo siempre condenada, nos permiten el saborear aquella ilusión. Al pie de los sublimes volcanes, en donde la naturaleza despliega todas las maravillas de la creación tropical, el suelo expuesto a constantes convulsiones despide de sí el cimiento de los monumentos sólidos. Y allí, a las orillas del río majestuoso, jamás hallaron las instituciones ni el gobierno, ni la libertad, terreno preparado para sostenerlos. El gobierno unas veces confió en la buena intención que sentía en su conciencia y dejó que se apoderase de la fuerza el espíritu del mal que espiaba sombrío en los pajonales del desierto; otras veces exageró hasta sus últimos límites el principio del respeto a la autoridad y la omnipotencia del poder. La libertad fue en Buenos Aires una palabra vaga desde los días primeros de Mayo. Fue una verdadera bandera sin color determinado levantada contra la extorsión y el monopolio políticos y comerciales de la Península, inherentes a todo sistema metropolitano sobre colonias fundadas ahora tres centurias. La vaguedad de aquella fórmula que, según una víctima ilustre, se ha invocado muchas veces para cometer crímenes, es manifiesta en la prensa de 1811 y siguiente. Grecia tumultuosa. Esparta estoica y bien avenida con la pobreza, eran los modelos de pueblos libres por que suspiraba la generalidad de nuestros padres. Pero, entonces siquiera, el canto de la sirena conducía embriagador a la victoria, y daba esfuerzos para batallar contra los aguerridos españoles, y para levantar cien veces en Ayohuma, en Venta y media y en Vilcapugio y en Torata. Donde la victoria nos fue tan ingrata. En nombre de la libertad formamos un Congreso, y esa corporación que solemnemente había declarado que la República Argentina no sería patrimonio de ninguna familia, ni de ningún hombre, se dispersó en el seno de Buenos Aires, a donde había emigrado de Tucumán, al soplo de la acusación de que quería entregar el país a uno de los vástagos del árbol regio y aborrecido de los Borbones. Entonces derrumbada enteramente al suelo la esperanza de dar una forma a la Nación desangrada, extenuada por la lucha de la Independencia que todavía ardía, caímos en el famoso año de 1820, que si fue de revueltas para todo el mundo, fue el caos y la disolución para nuestra patria. El año vigésimo fue de Buenos Aires el de las los bandos proclamas, el de los manifiestos, el de a son de tambor anunciando que un gobierno había caducado, y que otro lo sucedía, y que las frases de estos documentos que forman volúmenes acababan y empezaban con la famosa palabra que no hemos comprendido aún: ¡Libertad! La verdadera libertad que en el orden político viene del respeto a la ley, de la sumisión al deber, del conocimiento claro de los derechos, sostenido todo por instituciones adelantadas y generosas, asomó en nuestro horizonte, como la luz de un corto día. El fundador de este orden, tuvo naturalmente que reaccionar contra la libertad mal entendida. La mano de una policía vigilante ató el martillo de la campana consistorial, para que los patricios no se convocaran más a su sonido para remover gobernadores a su antojo. Todas las libertades caprichosas del militar, del empleado, del sacerdote del pueblo en fin, fueron subordinadas a leyes y reglamentos, y hasta los poderes públicos entraron en límites menos irregulares. Irritada la libertad con este yugo que quería imponérsela, espió el primer momento favorable para sacudirlo; pero antes inventó el fantasma sin el cual no hay blanco para sus tiros. Inventó el tirano. Cuando los que tenían en su cabeza la forma del orden de que hemos hablado y creyeron que ya era tiempo de derramarlo, ensayarlo y probarlo, por todo el territorio argentino, convocaron con la más santa intención otro Congreso Constituyente, formado de diputados libremente electos por todas las provincias hermanas. Como cosa natural e indispensable, el pensamiento, que no otra cosa que la nación representaba aquel cuerpo de muchos miembros, necesitaba un brazo que les diese relieve, realidad y manifestación. La palabra debía y quería encarnarse en hechos. El Congreso eligió un Presidente, y éste fue el tirano, contra el cual se sublevó de un cabo al otro de la llanura argentina la libertad, montada esta vez sobre el caballo exterminador del Apocalipsis. Las niñas juegan a las muñecas para ejercitarse en el oficio de madres a que las llama la naturaleza y nosotros jugamos al tirano para crear el más perfecto de cuantos menciona la historia desde la era primera de los hebreos. Este círculo, cuyos dos puntos extremos, la libertad y la tiranía, se tocan en la historia de Buenos Aires (ya que él sólo quiere como Atlante, llevar el peso de las glorias y de las miserias argentinas), es el mismo círculo vicioso que va de nuevo a recorrer desde la asonada del 11. La libertad se ha encerrado en la Sala de Representantes, en el fondo de la cual, como en el de la caja fabulosa, se encierra sin embargo una esperanza de salvación. Cuando a fuerza de agitarse inútilmente sus miembros busquen una posición cómoda para descansar de la anarquía, entonces convocarán al pueblo para que elija sus diputados al Congreso de las trece hermanas, les munirán con las instrucciones y restricciones que crean convenirles, y uniformando intereses y derechos, la libertad soñada se convertirá en una realidad que bendecirá a la providencia. Del 22 al 27 las tropas entrerrianas, fieles a su Gobernador, sin balsas, sin embarcación alguna, atravesaban con sus caballadas, como unos peces del anchuroso Paraná, frente a las alturas Punta Gorda. En la batalla de Caseros el general Urquiza mostró lo que valía como soldado. En esta segunda campaña sobre Buenos Aires ha demostrado toda la magnanimidad de que es capaz su corazón. Sus últimas palabras a la Nación han sido éstas: "¡Argentinos! marchemos unidos todos al grande objeto de nuestros afanes, que es dar a la Nación leyes permanentes e instituciones que las conserven y les sirvan de garantía. Uníos en torno de vuestras propias autoridades provinciales y marchando uniformes en el pensamiento de nacionalidad, robusteced los vínculos que la forman, para que ellos se hagan indestructibles". Imitemos su abnegación y realicemos, nosotros argentinos, los consejos que sabiamente nos dirige.