Miguel Cané
Escritor argentino nacido en Montevideo en 1851. Licenciado en derecho y periodista político, desempeñó distintos cargos públicos y, como diplomático (Ministro de Asuntos Exteriores), estuvo en Europa en varias ocasiones. Fue decano de la facultad de Filosofía y Letras. Entre sus obras, fragmentada y testimonial, se distinguen Juvenilia (1884), novela en que evoca recuerdos infantiles y de adolescencia; En Viaje 1881-1882 (1884), impresiones de Venezuela y Colombia; Prosa Ligera (1903), Charlas literarias, etc. Póstumamente aparecieron recapitulados sus Discursos y Conferencias (1909). Es una de las figuras del grupo de prosistas llamado "hombres del 80", influidos por el parnasianismo y el naturalismo. Murió en Buenos Aires en 1905.
JUVENILIA
INTRODUCCION
Toutes ces premieres impressions... ne peuvent nous toucher qua mediocrement; il y a du vrai, de la sincerite; mais ces peintures de l'enfance, recommencees sans cesse, n'ont de prix que lorsque elles ouvrent la vie d'un auteur original, d'un poete SAINTE-BEUVE Tal era el epígrafe que había puesto en la primera hoja del cuaderno en que escribí las páginas que forman este pequeño volumen. Quería tener presente el consejo del maestro del buen gusto, releerlo sin cesar, para no ceder a esa tentación ignorada de los que no manejan una pluma y que impulsa a la publicidad, como la savia de la tierra pugna por subir a las alturas para que la vivifique el sol. Lo confieso y lo afirmo con verdad; nunca pensé, al trazar esos recuerdos de la vida de colegio, en otra cosa que en matar largas horas de tristeza y soledad, de las muchas que he pasado en el alejamiento de la patria, que es hoy la condición normal de mi existencia. Horas melancólicas, sujetas a la presión ingrata de la nostalgia, pero que se iluminaban con la luz lnterior del recuerdo, a medida que evocaba la memoria de mi infancia y que los cuadros serenos y sonrientes del pasado iban apareciendo bajo mi pluma, haciendo huir las sombras como huyen las aves de las ruinas al venir la luz de la mañana. Creo que me falta una fuerza esencial en el arte literario, la impersonalidad, entendiendo por ella la facultad de dominar las simpatías íntimas y afrontar la pintura de la vida con el escalpelo en la mano, que no hace vacilar, el rápido latir del corazón. Cuantas veces he intentado apartarme de mi inclinación, escribir, en una palabra, sobre asuntos que no amo, no he conseguido quedar satisfecho. Cada uno debe seguir la vía que su índole impone, porque es la única en que puede desenvolverse la fuerza relativa de su espíritu. La perseverancia, el arte y el trabajo pueden hacer un versificador elegante y flúido; pero cada estrofa no será un pedazo de alma de poeta, y el que así horada el ritmo rebelde para engastar una idea tendrá que descender de las alturas para elegir su símbolo, dejando al pelícano cernirse en el espacio o desgarrarse las entrañas en el pico de una roca. Entre una herida que chorrea sangre y una jaqueca hay la distancia... de Byron a Tennyson. Nada he escrito con mayor placer que estos recuerdos. Mientras procuraba alcanzar el estilo que me había propuesto, sonreía a veces al chocar con las enormes dificultades que se presentan al que quiere escribir con sencillez. Es que la sencillez es la vida y la verdad, y nada hay más difícil que penetrar en ese santuario. La palabra es rebelde, la frase pierde la serenidad de su marcha y todos los recursos de nuestro idioma admirable suelen quedar inertes para aquel que no sabe comunicarle la acción. No se conseguido por cierto ni aún acercarme a mi ideal, pero estoy contento de mi esfuerzo, porque si no lo he encontrado, por lo menos he buscado el buen camino. J'aurai du moins l'honneur de l'avoir entrepris. Ahora, por qué publico estos recuerdos, destinados a pasar sólo bajo los ojos de mis amigos? En primer lugar, porque aquellos que los han leído me han impulsado a hacerlo, a llamarlos a la vida después de dos años de sueño... Pero, con lealtad, en el fondo hay esta razón suprema que los hombres de letras comprenderán: los publico porque los he escrito. Mucho he suprimido, poco he agregado. Ciertas páginas íntimas han desaparecido porque para ser comprendidas era necesaria la luz intensa del cariño que da cuerpo y vida a la forma vaga del recuerdo. Pero mientras corregía pensaba en todos mis compañeros de infancia, separados al dejar los claustros, a quienes no he vuelto a ver y cuyos nombres se han borrado de mi memoria. A veces me complazco en hacer biografías de fantasía para algunos de mis condiscípulos, fundándome en las probabilidades del carácter y sin saber si aún existen. !Cuántos desaparecidos! !Cuánta matemática, cuánta químìca y filosofía inútiles! No hace mucho tiempo, al entrar en una oficina secundaria de la administración nacional, vi a un humilde escribiente cuyo cabello empezaba a encanecer, gravemente ocupado en trazar rayas equidistantes en un pliego de papel. Como tuve que esperar, pude observarle. Cada vez que concluía una línea dejaba la regla a un lado, sujetándola para que no rodara, con un pan de goma; levantaba la pluma, e inclinando la cabeza como el pintor que después de un golpe de pincel se aleja para ver el efecto, sonreía con satisfacción. Luego, como fascinado por el paralelismo de sus rayas, tomaba de nuevo la regla, la pasaba por la manga de una levita raída, cuyo tejido osteológico recibía con agrado ese apunte de negrura, la colocaba sobre el papel y con una presión de mano, serena e igual, trazaba una nueva paralela con idéntico éxito. Ese hombre, allá en los años de colegio, me había un día asombrado por la precisión de claridad con que expuso, tiza en mano, el binomio de Newton. Había repetido tantas veces su explicación a los compañeros más débiles en matemáticas que al fin perdió su nombre para no responder sino al apodo de "Binomio". Le contemplé un momento, hasta que levantando e su vez le cabeza, naturalmente después de una paralela "réussie", me reconoció. Se puso de pie, en una actitud indecisa; no sabía la acogida que recibiría de mi parte. ;Yo había sido nombrado ministro, no sé dónde!, !y él!... Me enterneció y lancé un: !!Binomio!! abriendo los brazos, que habría contentado a Orestes en labios de Pílades. Me abrazó de buena gana y nos pusimos a charlar. -iY qué tal, "Binomio", cómo va la vida? -Bien; estuve,cinco años empleado en la aduana del Rosario, tres en la policía, y como mi suegro, con quien vivo, se vino a Buenos Aires, busqué aquí un empleo y en él me encuentro desde que llegamos. -Y las matemáticas? Como no te hiciste ingeniero o algo así? Tú tenías disposiciones.., -Sí, pero no sabía historia. -Pero no veo, "Binomio", la necesidad de saber si Carlos X de Francia era o no hijo de Carlos IX para hacer un plano. -Desengáñate, el que no sabe historia no hace camino. Tú eras también bastante fuerte en matemáticas; dime, cuantas veces, desde que saliste del colegio, has resuelto una ecuación o has pronunciado solamente la palabra "coseno"? -Creo que muy pocas, "ßinomio". -Y, en cambio ( !oh! !yo te he seguido!), en artículos de diario, en discursos, en polémicas, en libros, creo, has hecho flamear la historia. Si hasta una cátedra has tenido con sueldo, no es así? -Si, "Binomio". - Con que placer te oigo! ;Ya nadie me dice "Binomio"! Y, sabes quien tuvo la culpa de que yo no supiera historia? Cosson, tu amigo Cosson, quien tenía la ocurrencia de enseñarnos la historia en francés. -No seas injusto, "Binomio": era para hacernos practicar. -Convenido, pero no practica sino el que algo sabe, y yo no sabía una palabra de francés. Así, la primera vez que me preguntó en clase, se trataba de un rey cuyo nombre sirvió mas tarde de apodo a un correntino que para decirlo estiraba los labios una vara. Era muy difícil. -Ya me acuerdo: "Tulius Hostilius". -Eso es:. quise pronunciarlo, la clase se rió, creo que con razón, porque, a pesar de habértelo oído, no me atrevería a repetirlo; yo me enojé, no contesté nunca y por consiguiente no estudié historia. !Animal! Así, mi hijo, que tiene seis años, empieza a deletrear un Duruy. No hay como la historia, y sino, mira a todos los compañeros que han hecho carrera. -Y qué puedo hacer por ti, "Binomio" Se puso colorado, y al fin de mil circunloquios me pidió que tratara de hacer pasar en la Cámara un aumento que iba propuesto; ganaba cuarenta y tres pesos y aspiraba a cincuenta. !Pobre "Binomio"!. !Cuantos como él, perdidos en el vasto espacio de nuestro país! Una tarde había ido a comer a un cuartel donde estaba alojado un batallón cuyo jefe era mi amigo. A los postres me habló de un curioso recluta que la ola de la vida había arrojado, como a un resto de naufragio, a las filas de su cuerpo. Pasaba el tiempo leyendo, y el comandante tuvo más de una vez la idea de utilizarle en la Mayoría; pero !era tan vicioso! En ese momento pasaba por el patio y el jefe le hizo llamar; al entrar, su marcha era insegura. Había bebido. Apenas la luz dió en su rostro sentí mi sangre afluir al corazón y oculté la cara para evitarle la verguenza de reconocerme. Era uno de mis condiscípulos más queridos, con el que me había ligado en el colegio. Una inteligencia clara y rápida, una facilidad de palabra que nos asombraba, un nombre glorioso en nuestra historia, buena figura, todo lo tenía para haber surgido en el mundo. Había salido del colegio antes de terminar el curso y durante diez años no supe nada de él. !Cómo habría sido de áspera y sacudida esa existencia para haber caído tan bajo a los treinta años! Poco después dejó de ser soldado. Le encontré, traté de levantarle, le conseguí un puesto cualquiera que pronto abandonó para perderse de nuevo en la sombra; todo era inútil: el vicio había llegado a la médula. Recordaré otra inteligencia brillante, apta para la percepción de todas las delicadezas del arte, fina como el espíritu de un griego, auxiliada por una palabra de indecible encanto y un estilo elegante y armonioso? Recordar ese hombre, que sólo encontró flores en los primeros pasos de su vida, que marchaba en el sueño estrellado del poeta, al amparo de una reputación indestructible ya? Era bueno y era leal, amaba la armonía en todo y la mujer pura le atraía como un ideal; pero la delicadeza de su alma exquisita se irritaba hasta la blasfemia, porque la naturaleza le había negado la forma, el cuerpo, el vaso cincelado que debió contener el precioso licor que chispeaba en sus venas. De ahí las primeras amarguras, la melancolía precursora del escepticismo. Sin ambiciones violentas que hubieran sepultado en el fondo de su ser los instintos artísticos, refugiado en ellos sin reserva, pronto cayó en el abandono más absoluto. De tiempo en tiempo hacía un esfuerzo para ingresar de nuevo en la vida normal y unirse a nuestra marcha ascendente, desenvolverse a nuestro lado. !Con qué júbilo le recibíamos! Era el hijo pródigo cuyo regreso ponía en conmoción todo el hogar. Aquel cráneo debía tener resortes de acero, porque su inteligencia, en sus rápidas reapariciones, después de largos meses de atrofia, resplandecía con igual brillo. ?De atrofia he dicho? No, y ésa fue su pérdida. La bohemia le absorbió, le hizo suyo, le penetró hasta el corazón. Pasaba sus noches como el hijo del siglo, entre la densa atmósfera de una taberna, buscando la alegría que las fuentes puras le habían negado, en la excitación ficticia del vino, rodeado de un grupo simpático, ante el que abría su alma, derramaba los tesoros de su espíritu y se embriagaba en sueños artísticos, en la paradoja colosal, la teoría demoledora, el aliento revolucionario, que es le válvula intelectual de todos los que han perdido el paso en las sendas normales de la tierra. El bohemio de Murger, con más delicadeza, con mas altura moral. El pelo largo y descuidado, el traje raído, mal calzado, la cara fatigada por el perpetuo insomio, los ojos con una desesperación infinita en el fondo de la pupila, tal le vi por última vez y tal quedó grabado en mi memoria. Vive aún? Caerán estas líneas bajo su mirada? No lo sé; en todo caso, la entidad moral pasó, si la forma persiste. !Nunca se impone a mi espíritu con más violencia el problema de la vida que cuando pienso en ese hombre!..(*). * ( Poco tiempo despues de escritas estas lineas, Matias Behety encontro el reposo eterno). Hará doce o catorce años publiqué un cuento que últimamente releí con placer, haciendo oídos sordos a las imperfecciones de estilo con que está escrito. El principal personaje del Canto de la Sirena es una simple reminiscencia de colegio; me sirvió de tipo para trazar la figuras de Broth, un condiscípulo que sólo pasó un año en los claustros, extraordinariamente raro y al que no he vuelto a ver ni oído nombrar jamás. De una imaginación dislocada, por decir así, nerviosa, estremeciéndose en una gestación incesante de sueños y utopías, vivía lejos de nuestro mundo normal, fácil, claro, infantil. En vez de ser un portento de ciencia, como pinto a Broth, estudiaba poco los textos, y, por lo tanto, sabía poco. La experiencia me ha hecho poner en cuarentena esos prodigios que jamás abren un libro y dejan atontados a los circustantes en el examen. Hay dentro de los muros del colegio como en la penumbra del "boudoir", coqueterías intelectuales exquisitas, jóvenes que se ocultan para estudiar, que durante las horas de instrucción colectiva leen asiduamente una novela, pero que se levantan al alba y trabajan con furor en la soledad. Cuando Horacio Vernet recibía numerosos visitantes en su taller, cogía febrilmente los pinceles, en una hora remataba una tela, la firmaba y pasaba a otra cosa. Alguien ha dicho, refiriéndose a esa coquetería del pintor, que escribía las cartas en la soledad y les ponía el sobrescrito en público. Algo así pasa con los prodigios escolares. Lo que distinguía a Broth, es decir, al condiscípulo que me dio la idea primera del soñador, era su manera curlosísima de ver las cosas más triviales. Fantaseaba, como un maniático inventor combina. Hablaba con facilidad, pero él mismo reconocía que cuanto escribía era, no solamente incorrecto, como todos nuestros ensayos, sino incoloro. Me sostenía que yo estaba destinado a tener estilo y me lo decía con un aire tan complacido y solemne como si me asegurara la fortuna o una corona, a la manera de los cuentos árabes. Para entonces me proponía una colaboración; él me daría el esqueleto y yo le pondría la carne. Pues bien, cuando recuerdo, vagamente y sin detalles, su confusa concepción de la vida de un médico en plena Edad Media, creyente en la magia de todos los colores, asistente asiduo y convencido al sabbat, inventor de un palo de escoba más ligero para llegar primero, fabricante de "homúnculos" (no había por cierto leido a Goethe aún), discípulo de Alberto el Grande; cuando recuerdo esas creaciones enfermizas de su imaginación me persuado que había nacido para seguir con brlllo la tradición de Hoffman o Poe. Más de una vez he procurado rehacer en mi memoria los cuentos estrambóticos que me hacía; me queda algo confuso, y si no he ensayado a escribirlos es en la seguridad de que les daría mi nota personal, lo que no era mi objeto. Otra existencia caída en la sombra impenetrable del olvido; en cuanto a ése, tengo la certeza de que ha muerto. Viviendo, habría surgido o habría hecho hablar de él. !Sabe el cielo, sin embargo, si las miserias y las dificultades de la vida no lo han hundido en la anestesia moral, más obscura que la tumba! No todos se han desvanecido y algunos brillan con honor en el cuadro actual de la patria. Si estas páginas caen bajo sus ojos, que el vínculo del colegio, debilitado por los años, se reanime un momento y encuentren en estos recuerdos una fuente de placer al ver pasar las horas felices de la infancia. Nuestros hijos vienen atrás y sus cabecitas sonrientes asoman en el dintel de la vida, con la mirada llena de inconsiente aplomo, chispeando de inteligencia y de acción latente. A los diez años saben lo que nosotros alcanzamos imperfectamente a los quince; -no olvidemos que son los nietos de nuestros padres y que el cariño del abuelo es de los más profundos que vibran sobre la tierra. Paguemos la deuda filial haciendo felices a los nietos, encamiándoles en la vida. Todos, por un esfuerzo común, levantemos ese Colegio Nacional que nos dio el pan intelectual, desterremos de sus claustros las cuestiones religiosas, y si no tenemos un Jaques que poner a su frente, elevemos al puesto de honor un hombre de espíritu abierto a la poderosa evolución del siglo, con fe en la ciencia y en el progreso humano.
Capítulo I
Debía entrar en él Colegio Nacional tres meses después de la muerte de mi padre; la tristeza del hogar, el espectáculo constante del duelo, el llanto silencioso de mi madre, me hicieron desear abreviar el plazo, y yo mismo pedí ingresar tan pronto como se celebraran los funerales. El Colegio Nacional acababa de fundarse sobre el antiguo Seminario, con una nueva organización de estudios, en la que el doctor Eduardo Costa, ministro entonces de Instrucción Pública, bajo la presidencia dol general Mitre, había tomado una parte inteligente y activa. Sin embargo, el establecimiento, que quedaba bajo la dirección del doctor Aguero, se resentía aún de las trabas de la enseñanza escoláslica, y sólo fue más tarde, cuando M. Jacques se puso a su frente, que alcanzó el desenvolvimiento y el espíritu liberal que habían concebído el Congreso y el Poder Ejecutivo Me invade en este momento el recuerdo fresco y vivo de los primeros días pasados entre los obscuros y helados claustros del antiguo convento. No conocía a nadie y notaba en mis compañeros, aguerridos ya a la vida de reclusión, el sordo antagonismo contra el "nuevo", la observación constante de que era objeto, y me parecía sentir fraguarse contra mi triste individuo los mil complots que, entre nosotros, por el suave genio de la raza, sólo se traducen en bromas más o menos pesadas, pero que en los seculares colegios de Oxford y de Cambridge alcanzan a brutalidades inauditas, a vejámenes, a servidumbres y martirios. Me habría encontrado, no obstante, muy feliz con mi suerte si hubiera conocido entonces el Tom Jones de Fielding. Silencioso y triste, me ocultaba en los rincones para llorar a solas, recordando el hogar, el cariño de mi madre, mi independencia, la buena comida y el dulce sueño de la mañana. Durante los cinco años que pasé en esa prisión, aun después de haber hecho allí mi nido y haberme connaturalizado con la monotonia de aquella vida, sólo dos puntos negros persistieron para mí: el despertar y la comida. A las cinco en verano, a las seis en invierno, infalible, fatal, como la marcha de un astro, la maldita campana empezaba a sonar. Era necesario dejar la cama, tiritando de frío casi siempre, soñolientos, irascibles, para ir a formar en fila en un claustro largo y glacial. Allí rezabamos un Padrenuestro, para pasar en seguida al claustro de los lavatorios. !Cuántas conspiraciones, cuantas tramas, qué gasto de ingenio y fuerza hicimos para luchar contra la falalidad, encarnada a nuestros ojos en el portero, colgado de la Cuerda maldecida! Aquella cuerda tenía más nudos que la que, en el gimnasio empleábamos para trepar a pulso. La cortábamos a veces hasta la raíz del pelo, como decíamos, junto al badajo, encaramándonos hasta la campana con ayuda de la parra y las rejas, a riesgo de matarnos de un golpe. Muy a menudo la expectativa nos hacía despertar en la mañana antes de la hora reglamentaria. De pronto oíamos una campana de mano, áspera, estridente, manejada con violencia por el brazo irritado del portero, eterno "préposé" a las composturas de la cuerda. Se vengaba entrando en todos los dormitorios y sacudiendo su infernal instrumento en los oídos de sus enemigos personales, entre los cuales tenía el honor de contarme. Atrasar el reloj era inútil, por dos razones tristemente conocidas: la primera, la proximidad del Cabildo, que escapaba a nuestra influencia; la segunda, el tachómetro de plata del portero que, bien remontado, velaba fielmente bajo su almohada. Algunas noches de invierno la desesperación nos volvía feroces y el ilustre cerbero amanecía no sólo maniatado, sino un tanto rojiza la faz a causa de la dificultad para respirar a través de un aparato rigurosamente aplicado sobre su boca y cuya construcción, bajo el nombre de "pera de angustia", nos había enseñado Alejandro Dumas en sus Veinte años después, al narrar la evasión del duque de Beaufort del castillo de Vincennes. Todo era efímero, todo inútil, hasta que estuve a punto de inmortalizarme descubriendo un aparato sencillo, pero cuyo éxito, si bien pasajero, respondió a mis esperanzas. En una escapada vi una carreta de bueyes que entraba en el mercado; debajo del eje colgaba un cuero, como una bolsa ahuecada, amarrado de las cuatro puntas; dentro dormía un niño. Fue para mí un rayo de luz, la manzana de Newton, la lampara de Galileo, la marmita de Papín, la rana de Volta, la tabla de Rosette de Champollión, la hoja enroscada de Calimaco. El problema estaba resuelto; esa misma noche tomé el más fuerte de mis cobertores, una de esas pesadas cobijas tucumanas que sofocan sin abrigar, la amarré debajo de mi cama, de las cuatro puntas, y cubriendo el artificio con los anchos pliegues de mi colcha esperé la mañana. Así que sonó la campana me sumergí en la profundidad, y allí, acurrucado, inmóvil e incómodo, desafié impunemente la visita del celador, que viendo mi lecho vacío, siguió adelante. Me preguntaréis quizá que beneficio positivo reportaba, puesto que, de todas maneras, tenía que despertarme. Respondo con lástima que el que tal pregunta hiciera ignoraría estos dos supremos placeres de todos los tiempos y todas las edades: el amodorramiento matinal y la contravención. Mi invención cundió rápidamente, y al quinto día, al primer toque, las camas quedaron todas vacías. El celador entró: vió el cuadro, quedó inmóvil, llevó un dedo a la sien y después de cinco minutos de grave meditación se dirlgió a una cama, alzó la colcha y sonrió con ferocidad. !Era la mía!
Capítulo II
El segundo obstáculo insuperable fue la comida, invariable, igual, constante. En los primeros tiempos, apenas entrábamos en el refectorio un alumno trepaba a una especie de púlpito, y así que atacábamos la sopa comenzaba con voz gangosa a leernos una vida de santo o una biografía de la Galería Hlstórica Agentina siendo para nosotros obligatorio el silencio, y, por tanto; el fastidio. No puedo vencer el deseo de dar una idea sucinta del "menú"; lo tengo fijo, grabado en el estómago y en el olfato. Dentro de un líquido incoloro, vago, misterioso algo como aquellos caldos precipitados que las brujas de la Edad Media hacen a medianoche al pie de una horca con un racimo, para beberlos antes de ir al sabbat, navegaban audazmente algunos largos y pálidos fideos. Un mes llevé estadística: había atrapado tres en treinta días, y eso que estaba en excelentes relaciones con el grande que servía, médico y diputado hoy, el doctor Luis Eyzaguirre, uno de los tipos más criollos y uno de los corazones más bondadosos que he conocido en mi vida. Luego, siempre elemento, venía un sábalo, el clásico sábalo que muchas veces, contra nuestro interés positivo, había muerto con dos días de anticipación. En seguida, carnero. Notad que no he dicho cordero; carnero, carnero respetable, anciano, cortado en romboides y polígonos desconocidos en el texto geométrico huesosos, cubiertos de levísima capa triturable, y reposando, por su peso específico, en el fondo del consabido Iíquido, que ,para el caso se revestía de un color parduzco. Cuando Eyzaguirre hundía la cuchara en aquel mar, clavábamos los ojos en la superficie, mientras hacíamos el tácito y rápido cálculo sobre a quién tocaría el trozo saliente. De ahí amargas decepciones y júbilos manifiestos. Hacía el papel de pieza de resistencia un largo y escueto asado de costillas, cubierto de una capa venosa impermeable al diente. Habíamos corrido todo el día en el gimnasio, éramos sanos, los firmes dientes estaban habituados a romper la cáscara del coco y triturar el confite de Córdoba, el sábalo hebía tenido un éxito de respeto, debido a su edad; sin embargo, jamás vencimos la córnea defensa paquidérmica del asado de tira! Cerraba la marcha, con una conmovedora regularidad, ya un plato de arroz con leche, ya una fuente de orejones. La leche, en su estado normal, es un elemento líquido; por qué se llamaba equello "arroz con leche"? Era sólido, compacto, y las moléculas, estrechándose con violencia,le daban una dureza de coraza. Si hubiéramos dado vuelta la fuente, la composición, fiel al receptáculo, no se habría movido, dejando caer sólo la versátil capa de canela. En general, el color del orejón tira a un dorado intenso, que se comunica al líquido que lo acompaña. Además, es un manjar silencioso. Aquí no sólo afectaba un tinte negro y opaco, sino que, arenoso por naturaleza, sonaba al ser triturado. Luego al gimnasio, a correr, a hacer la digestión.
Capítulo III
He dicho ya que mis primeros días de colegio fueron de desolación para mi alma. La tristeza no me abandonaba y las repetidas visitas de mi madre, a la que rogaba con el acento de la desesperación que me sacara de allí y que sólo me contestaba con su llanto silencioso, sin dejarse doblegar en su resolución, aumentaban aún mis amarguras. La reacción vino de un recurso inesperado. Una noche que nos llamaban a la clase de estudio se me ocurrió abrir uno de los cajones de mi cómoda para tomar algunas galletitas con que combatir las consecuencias del "menú" mencionado. Maquinalmente tomé un libro que allí había y me fuí con él. Una vez en clase, y cuando el silencio se restableció, me puse a leerlo. Era una traducción española de Los tres mosqueteros, de Dumas. Decir la impresión causada en mi espíritu por aquel mundo de aventuras, amores, estocadas, amistades sagradas, brillo y juventud; mundo desconocido para mí; decir la emoción palpitante con que seguía al hidalgo gascón desde su llegada a París hasta la noche sombría del juicio, el odio al cardenal, mi júbilo por los fracasos de éste, mi ilusión maravillosa, es hoy superior a mis fuerzas. Toda esa noche, con un cabo de vela, encendido a hurtadillas, me la pasé leyendo. Al día siguiente no fui a los recreos, no salí de mi cuarto, y cuando al caer la tarde concluí el libro sólo me alentaba la esperanza de la continuación. Escribí a mi madre, vinieron los Veinte años después, El vizconde de Bragelonne, que me costó lágrimas a raudales, un Luis XIV y su siglo, también de Dumas, crónica hecha sobre las memorias del tiempo -cuyo único defecto era a mis ojos no ver figurar en ella a D'Artagnan, principal personaje de la época, en mi concepto - y multitud de novelas españolas, cuidadosamente recortadas en folletines, unidos por alfileres, y algunos de cuyos títulos me acuerdo todavía, aunque después no los haya vuelto a ver. El espía del Gran Mundo, novela francesa, en la cual hay una especie de Calibán, pero bueno y fiel, que chupa en una herida el veneno de una víbora; La gran artista y la gran señora, que después he sabido fue por un año la "coqueluche" de las damas de Buenos Aires. La verdad de un epitafio, donde el héroe roba de un sepulcro a su amada, aletargada como Julieta, y le abre la mejilla de un feroz tajo para desfigurarla a los ojos de sus enemigos; El Clavo, un individuo a quien le perforan el cráneo, durante el sueño, con un clavo invisible a la autopsia, pero que algunos años después aparece gravemente incrustado en su calavera, sobre la que un romántico medita en un cementerio, como Hamlet con el cráneo del "poor Yorick"; los Monjes de las Alpujarras y Men Rodrigo de Sanabria, dos de los mejores, tal vez los únicos romances realmente históricos de Fernandez y Gonzalez, con una brutalidad de acción propia de la época; el Hijo del Diablo, cuya primera parte me enloqueció, haciéndome soñar un mes entero con mantos encarnados, caballos galopando bajo la noche y el trueno, viejos alquimistas calvos y aombríos, etc.; Dos cadáveres, un salvaje romance de Soulié, que pasa en Inglaterra, bajo el efímero protectorado de Ricardo Cromwell, y cuyos dos personajes principales son los cuerpos de Carlos I y de Oliverio Cromwell, con sus féretros respectivos, sobre los que pasan cosas inauditas, etc., etc. Uno de los recuerdos más vigorosos que he conservado es la impresión causada por los Misterios del Castillo de Udolfo, de Ana Radcliffe, que cayó en mis manos en una detestable edición española, en tres tomos, con x en vez de j, y j en vez de i. No pegué los ojos en una semana, y era tal la sobreexcitación de mi espíritu, que me figuraba que esos insomnios mortificantes eran un castigo por el robo sacrílego que había cometido, deslizándome al templo de San Ignacio, durante un funeral por el alma de un ciudadano, para mi desconocido, y metiéndome bajo el chaleco, en varios trozos, la vela de cera clásica que debía iluminar mis trasnochadas de lectura. Por medio de canjes y "razzias" en mis salidas de los domingos, más o menos autorizada por los parientes que tenían bibliotecas, todo Dumas pasó, Fernández y Gonzalez (! un saludo al Cocinero de su Majestad, que cruza mi memoria!), Pérez Escrich, que había ya ofendido el sentido común y el arte con unos veinte tomos, y una infinidad de novelas que no recuerdo ya. Un día supe que un compañero tenía La Hermosa Gabriela, de Marquet. Me precipité a pedírsela, reclamando derechos de reciprocidad; pero Juan Cruz Ocampo se había anticipado y estaba a punto de conseguirla. Confieso que mi primer movimiento fue disputársela, aun en el terreno de los hechos; pero después de la simple reflexión de que mis fuerzas físicas, no igualando mi arrogancia, me habrían hecho quedar sin el libro y con varias contusiones, acepté el temperamento del sorteo, que como un anticipo sobre mi suerte constante en el "alea" de la vida favoreció a Ocampo. Durante una semana le espié, le eceché sin reposo, y cuando le veía hablar, jugar o comer, en vez de leer aprisa, me indignaba, pareciéndome que aquel hombre no tenía la menor noción del honor rudimental. A más, el cruel solía hablarme de las hazañas de Pontis y me decia esta frase que me estremecía de impaciencia: "!Chicot figura!"... Las novelas, durante toda mi permanencia en el Colegio, fueron mi salvación contra el fastidio, pero al mismo tiempo me hicieron un flaco servicio como estudiante. Todo libro que no fuera romance me era insoportable y tenía que hacer doble esfuerzo para fijar en él mi atención. A cuál de nosotros no ha pasado algo análogo más tarde en el estudio de la historia? Quién no recuerda la perseverancia necesaria para leer un tratado cualquiera, después de las páginas luminosas de Macaulay, Prescott o Motley?...
Capítulo IV
El Colegio, que más tarde había de ser uno de los primeros establecimientos de América, era por entonces un caos como organizacion interna. Cuando me incrusté bien y vi claro, comprendí que tras las sombras ostensibles de la vida claustral había "des acommodements", no sólo con el cielo, sino con las autoridades temporales de la tierra. Durante un año, y siendo ya mocitos, nos hemos escapado casi todas las noches para hacer una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés, en aquellos puntos donde Shakespeare pone la acción de su Pericles, y sobre todo en los bailes de los suburbios, de los que algunos condiscípulos, ignoro por arte de quién, tenían siempre conocimiento Toda la variedad infinita de los medios de escapatoria podía reducirse a tres sistemas principales: la portería, la despensa y el portón. La portería, que da sobre el atrio de San Ignacio, requería, o elementos de corrupción para el portero o vias de hecho deplorables. La despensa y cocinas tenían una pequeña puerta a la calle Moreno, que a veces quedaba abierta hasta la tarde. El portón, una de esas portadas deformes de la colonia, daba a la calle Bollvar, donde hoy se encuentra la entrada principal del Colegio. Las hojas, en vez de llegar hasta el suelo, terminaban en unas puntas de hierro que dejaban un espacio libre entre ellas y el pavimento. Por allí había que pasar, pegado el cuerpo a la tierra, en mangas de camisa, para no estropear el único jaquet de lujo y sintiendo muchas veces que las fieles puntas guardianas se insinuaban ligeramente en la espalda como una protesta contra la evasión. A pesar de todas sus dificultades, era el medio más generalmente elegido. Pero aquí debo recordar una de esas curiosidades de colegio, que todos mis compañeros de entonces deben tener presente. Se educaba allí desde tiempo inmemorial un tipo acabado de bohemio, lleno de buenas condiciones de corazón, haragán como una marmota, dormilón como el símil, con una cabeza enorme, cubierta de una melena confusa y tupida como la baja vegetación tropical, reñido con los libros, que no abría jamás, y respondiendo al nombre de "Galerón", sin duda por las dimensiones colosales del sombrero que tenía la función obligatoria y difícil de cubrir aquella cabeza ciclópea. Más tarde le he encontrado varias veces en el mundo ya en buena situación, ya bajo el peso de serias desgracias; le he conservado siempre un cariño inalterable. Le encontré en Arica, entre el ejército bloqueado de Montero, como corresponsal de un diario de Lima; estaba a bordo de la Union el día sombrío de Angamos en que murió Grau. Luego volví a verle en Lima. Piérola, cuya fortuna política había seguido y que estaba entonces en el poder, le ofreció empleos bastante lucratlvos; sólo quiso aceptar un pequeño mando militar y un puesto en la vanguardia. Esa conducta honrosa compensa muchas faltas. Había hecho también la campaña. del Paraguay. He hablado de Benito Neto. !Era un misterio profundo. cómo Benito había conseguido, allá en época remota, y sin duda a favor de algún sacudimiento, de alguna convulsión caótica, nada menos que una llave del portón de la calle Bolivar! Nadie sabía donde la guardaba y todas las empresas organizadas para robársela dieron siempre un fiasco completo. Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia y tenía un aparato especial para extraer del caño todas las pelusas y. migajas parásitas que iban allí a alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho, el fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y el sustentáculo de su vida. Como con el rastreador Calíbar todos los prisioneros que tentaban evadirse, éramos forzoso contar con Benito cuando nos animaban iguales designios. Benito oía en silencio y luego preguntaba tranquilamente: "Dónde vamos?". Porque él no prestaba la llave jamás, no la alquilaba, no la vendía. El era siempre de la partida, fuese cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: "Benito, !estamos los tres invitados a un baile! -Me presentaran. -!Vamos a una comida a casa de Fulano! -Comeré. -!Una tía mía está muy enferma! -La velaré. -Tengo una cita y.. . -Ha de haber una chinita. sirviente". A todo tenía respuesta, y le hemos visto asistir gravemente con su eterno jaquet canela a entierros de lejanos parientes de algún estudiante cuya conducta no había merecido un permiso de salida y que acudía al arte de Benito. Era el Lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven homeópata como la ostra a la peña.
Capítulo V
A más de las escapadas nocturnas había las cenas furtivas y algunas calaveradas soberbias de los "grandes" que nos llenaban de admiración. El doctor Aguero estaba ya muy viejo; bueno y cariñoso, vivía en un optimismo singular respecto a los estudiantes, ángeles calumniados siempre, según su opinión. Recuerdo un carnaval en que hicimos atrocidades en el atrio; los chicos, con las manos llenas de carmín, azul molido y harina, asaltábamos de improviso a los paseantes, les llenábamos los ojos y el rostro con la mezcla, y cuando aquellos hombres enfurecidos se nos venían encima, nos poníamos a cubierto, por medio de una ágil retirada, detrás del sólido baluarte de los puños de Eyzaguirre, Pastor, Julio Landívar. Dudgeon, el tranquilo Marcelo Paz, que sólo levantaba el brazo cuando veía pegar a un débil, etc. El pugilato comenzaba, guardándose estrictamente las reglas de caballería; pero el asaltante, olvidado del noble ejercicio, no llevaba la mejor parte. Uno de ellos, un francés que tenía una peluquería frente al Colegio y que nos profesaba suma antipatía por nuestro escaso consumo de sus artículos, fue preparado por mí y ribeteado por Eyzaguirre; justemente enfurecido, se precipitó a llevar le queja al doctor Aguero. Un chico le previno, y presentándose llorando ante el anciano le dijo que aquel hombre le había pegado y que Eyzaguirre le había defendido. Decir el furor del buen Rector! Quería mandar preso al peluquero, que ante aquella amenaza quedó estupefacto, pero la denuncia surtió su efecto, porque, para que no nos pegaran más (y lo decía sinceramente) nos hizo abandonar el atrio.
Capítulo VI
Había la vieja costumbre, desde que el doctor Aguero se puso achacoso, de que un alumno le velara cada noche. No se acostaba; sobre un inmenso sillón Voltaire (!no sospechaba el anciano la denominación!) dormitaba por momentos, bajo la fatiga. Teníamoa que hacerle la lectura durante un par de horas para que se adormeciera con la monotonía de la voz y tal vez con fastidio del asunto. !Cuan presente tengo aquel cuarto, débilmente iluminado por una lámpara suavizada por una pantalla opaca, aquel silencio sólo interrumpido por el canto del sereno y, al alba, por el paso furtivo de algún fugitivo que volvía al redil. Leíamos siempre la vida de un santo en un libro de tapas verdes, en cuya página ciento uno había eternamente un billete de veinte pesos moneda corriente, que todos los estudiantes del Colegio sabíamos haber sido colocado allí expresamente por el buen Rector, que cada mañana se aseguraba ingenuamente de su presencia en ls página indicada y quedaba encantado de la moralidad de sus bijitos, como nos llamaba. Más de una noche me he recostado en el sofá al alcance de su mano, donde me tendía vestido; me daba una palmadita en la cabeza y me decía con voz impregnada de cariño: "Duerme, niño, todavía no es hora". La hora eran las cinco de la mañana, en que pasábamos a una pieza contigua, hacíamos fuego en un brasero, siempre con leña de pino, y le cebábamos mate hasta las siete. Luego nos decia: "Ve a tal armario, abre tal cajón y toma un plato que hay allí. Es para ti". Era la recompensa, el premio de la velada, y lo sabíamos de memoria: un damasco y una galletita americana, que nos hacía comer pausada y separadamente, el damasco el último. Jamás se nos pasó por la mente la idea de proteatar contra aquella servidumbre; tenía esa costumbre tal carácter afectuoso, patriarcal, que la considerábamos como un deber de hijos para con el padre viejo y enfermo. Sólo uno que otro desaforado aprovechaba el sueño del anciano, durante su velada de turno, ya para escaparse, ya para darse una indigestión de uvas, trepado eomo un mono en las ricas parras del patio. El doctor Agüero fue un hombre.de alma buena, pura y cariñosa; sobrevivió muy pocos meses a su separación del Colegio, y hoy reposa en paz bajo las bóvedas de la Catedral de Buenos Aires.
Capítulo VII
El estado de los estudios en el Colegio era deplorable, hasta que tomó su dirección el hombre más sabio gue hasta el dia haya pisado tierra argentina. Sin documentos a la vista para rehacer su biografia de una manera exacta, me veo forzado a acudir simplemente a mis recuerdos, que, por otra parte, bastan a mi objeto. Amédée Jacques (nacio en 1813, murió en 1865) ) pertenecia a la generación que, al llegar a la juventud, encontró a la Francia en plena reacción filosófica, científica y literaria. La filosofía se había renovado bajo el espíritu liberal del siglo, que, dando acogida imparcial a todos los sistemas, al lado del cartesianismo estudiaba a Bacon, a Espinosa; a Hobbes, Gassendi y Condillac, como a Leibnitz y a Hegel, a Kant y a Fichte, como a Reid y Dugal-Stewart. De ahí había nacido el eclecticismo ilustrado por Cousin, sistema cuya vaguedad misma, cuya falta de doctrina fundamental, respondía maravillosamente a las vacilaciones intelectuales de la época. Jouffroy había abierto un surco profundo con sus estudios sobre el destino humano, algunas de cuyas páginas están impregnadas de un sentimiento de desesperanza, de una desolación más profunda, alta y sincera que las paradojas de Schopenhauer o los sistemas fríamente construidos de Hartmann. Maine de Biran dejaba aquellas observaciones sobre nuestra naturaleza moral, que admirarán siempre como los grandes caracteres de Shakespeare. Villemain hacía cuadros inimitables de estilo y erudición; Guizot enseñaba la historia que Thiers escribía; la pléyade hacia versos, dramas y novelas; Delacroix, Scheffer y Gérome, pintura; Clésinger y Pradier, estatuaria; Lamartine, Berryer, Thiers, etcétera, discursos; Rossini, Méyerbeer, Halévy, música, y Arago, Ampere, Gay-Lussac, C. Bernard, Chevreuil, daban ,a la ciencia vida, movimiento y alas. Amédée Jacques habíá crecido bajo esa atmósfera intelectual, y la curiosidad de su espíritu le llevaba al enciclopedismo. A los treinta y cinco años era profesor de filosofía en la Escuela Normal y había escrito, bajo el molde ecléctico, la psicología más admirable que se haya publicado en Europa. El estilo es claro, vigoroso, de una marcha viva y elegante; el pensamiento sereno, Ia lógica inflexible y el método perfecto. Hay en ese manual, que corre en todas las manos de los estudiantes, páginas de una belleza literaria de primer orden, y aún hoy, quince años después de haberlo leído, recuerdo con emoción los capítulos sobre el método y la asociación de ideas. Al mismo tiempo, el joven profesor se ocupaba en las ediciones de las obras filosóficas de Fenelón, Clarke, etcétera, únicas que hoy tienen curso en el mundo científico. Pero Jacques no era uno de esos espíritus frios, estériles para la acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a los ruidos del mundo y sin apartar su pensamiento del problema, como Kant, en su cueva de Koenigsberg, levantando un momento la cabeza para ver la caída de la Bastilla, y volviéndola a hundir en la profundidad de sus meditacioncs, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son los tártaros o los mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado Jacques era un hombre y tenía una patria que amaba; quería que; como el espíritu individual se emacipa por la ciencia y el estudio, el espíritu colectivo de la Francia se emancipara por la libertad. Hasta el último momento, al frente de su revista La libertad de pensar, como al pie de la última bandera que flamea en el combate, luchó con un coraje sin igual, El 2 de diciembre, como a Tocquevillc, como a Quinet, como a Hugo, lo arrojó al extranjero, pobre, con el alma herida de muerte y con la visión horrible de su porvenir abismado para siempre en aquella bacanal.
Capítulo VIII
Tomó el camino del destierro y llegó a Montevideo, desconocido y sin ningún recurso mecánico de profesión; lo sabía todo, pero le faltaba un diploma de abogado o de médico para poder subsistir. Abrió una clase libre de física experimental, dándole el atractivo del fenómeno producido en el acto; aquello llamó un momento la atención. Pero se necesitaba un gabinete de física completo, y los instrumentos eran caros. Jacques los reemplazaba con una exposición luminosa y por trazados gráficos; fue inútil. La gente que allí iba quería ver la bala caer al mismo tiempo que la pluma en el aparato de Hood, sentir en sus manos la corriente de una pila, hacer sonar los instrumentos acústicos y deleitarse en los cambiantes del espectro, sin importarle un ápice la causa de los fenómenos. Dejaban la razón en casa y sólo llevaban ojos y oídos a la conferencia. Un momento Jacques fue retratista, uniéndose a Masoni, un pariente político mío, de cuyos labios tengo estos detalles. Florecía entonces la daguerrotipia, que, con razón, pasaba por una maravilla. Fue en ese época que llegó, en un diario europeo, una noticia muy sucinta sobre la fotografia, que Niepce acababa de inventar, siguiendo indicaciones de Talbot. Jacques se puso a la obra inmediatamente, y al cabo de un mes de tanteos, pruebas y ensayos, Masoni, que dirigía el aparato como más práctico, lleno de júbilo mostró a Jacques, que servía de objetivo, sus propios cuellos blancos, única imagen que la luz caprichosa había dejado en el papel. Pero ni la fotografía, que más tarde perfeccionaron, ni la daguerrotipia, que lc cedía el paso, como el telégrafo de señales al de electricidad, daban medios de vivir. Jacques se dirigió a la República Argentina, se hundió en el interior, casóse en Santiago del Estero, emprendió veinte oficios diferentes, llegando hasta fabricar pan, y por fin tuvo el Colegio Nacional de Tucuman el honor de contarlo entre sus profesores. Fueron sus discípulos los doctores Gallo, Uriburu, Nougués y tantos otros hombres distinguidos hoy, que han conservado por él una veneración profunda, como todos los que hemos gozado de la luz de su espíritu.
Capítulo IX
Llamado a Buenos Aires por el Gobierno del General Mitre, tomó la dirección de los estudios en el Colegio Nacional, al mismo tiempo que dictaba una cátedra de física en la Universidad. Su influencia se hizo sentir inmediatamente entre nosotros. Formuló un programa completo de bachillerato en ciencias y letras, defectuoso tal vez en un solo punto: su demasiada extensión. Pero M. Jacques, habituado a los estudios fuertes, es, sostenía que la inteligencia de los jóvenes argentinos es más viva que entre los franceses de la misma edad y que por consiguiente podíamos aprender con menor esfuerzo. Era exigente, porque él mismo no se economizaba; rara vez faltó a sus clases y muchas, como diré más adelante, tomó sobre sus hombros robustos la tarea de los demás. Mis recuerdos, vivos y claros, en todo lo que al maestro querido se refiere, me lo representan con su estatura elevada, su gran corpulencia, su andar lento, un tanto descuidado, su eterno traje negro y aquellos amplios y enormes cuellos abiertos, rodeando un vigoroso pescuezo de gladiador. La cabeza era soberbia: grande, blanca, luminosa, de rasgos acentuados. La calvicie le tomaba casi todo el cráneo, que se unía, en una curva severa y perfecta, con la frente ancha y espaciosa, surcada de arrugas profundas y descansando como sobre dos arcadas poderosas, en las cejas tupidas que sombreaban los ojos hundidos y claros, de mirar un tanto duro y de una intensidad insostenible; la nariz casi recta, pero ligeramente abultada en la extremidad, era de aquel corte enérgico que denota inconmovible fuerza de voluntad. En la boca, de labios correctos, había algo de sensualismo; no usaba más que una ligera patilla que se unia bajo la barba acentuada y fuerte, como las que se ven en algunas viejas medallas romanas. M. Jacques era áspero, duro de carácter, de una irascibilidad nerviosa, que se traducía en acción con la rapidez del rayo, que no daba tiempo a la razón para ejercer su influencia moderadora. "No puedo con mi temperamento", decía él mismo, y más de una amargura de su vida provino de sus arrebatos irreflexivos. No conseguía detener su mano, y entre todos los profesores fue el unico al que admitíamos usara hacia nosotros gestos demasiado expresivos. Un profesor se había permitido un día dar un bofetón a uno de nosotros, a Julio Landivar, si mal no recuerdo, y éste lo tendió a lo largo de un puñetazo de la familia de aquel con que Maubreil obsequió a M. de Talleyrand; otra vez desmayamos de un tinterazo en la frente a otro magister que creyó agradable aplicarnos el antiguo precepto escolar; pero jamás nadie tuvo la idea sacrílega de rebelarse contra Jacques. Bajo el golpe inmediato solíamos protestar, arriesgando algunas ideas sobre nuestro carácter de hombres libres, etcétera. Pero una vez pasado el chubasco, nos decíamos unos a otros, los maltratados, para levantarnos un poco el ánimo. "Si no fuera Jacques!"... ;Pero era Jacques!
Capítulo X
Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra don José M. Torres, vicerrector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo. Al salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la tiranía da Torres (!las escapadas habían concluido!) y otros motivos de queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos, haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de trompadas. El celador, que, como Jerjes, había presenciado el combate de lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando el a su vez a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución. El señor Torres, no por falta de energía por cierto, sino por espíritu de jerarquía, fue inmediatamente a buscar a M.Jacques, rector entonces del Colegio y que vivía en una casa amarilla en la esquina de Venezuela y Balcarce. Pero nosotros creíamos que había ido a traer la policía y empezamos los preparativos de defensa. Recuerdo haber pronunciado un discurso sobre la ignominia de ser gobernados, nosotros republicanos, por un español monárquico, con citas de la Independencia, San Martín, Belgrano, y creo que hasta la invasión inglesa. Otros oradores me sucedieron en la tribuna, que era la plataforma de un trapecio, y la resistencia se resolvió. En esto oimos una detonación en el claustro, seguida de varias otras, matizadas de imprecaciones. Algunos conjurados habían esparcido en los corredores esas pequeñas bombas Orsini que estallan al ser pisadas. Era M. Jacques que entraba, irritado como Neptuno contra las olas. Desgraciadamente, no creyó que convenía primero calmar el mar, sino que puso el "quos ego"... en acción. Al aparecer en la puerta del gimnasio, un estremecimiento corrió en las filas de los que acabábamos de jurar ser libres o morir. No de otra manera dejaron los persas penetrar el espanto en sus corazones cuando vieron a Pallas Athenea flotar sobre el ejército griego, armada de Ia espada dórica, en el llano de Maratón. Vino rápido hacia mi y... Luego me tomó del brazo y me condujo consigo. No intenté resistir, y echando a mis compañeros una mirada que significaba claramente: "!Ya lo veis! Los dioses nos son contrarios!", seguí con la cabeza baja a mi vencedor. Llegados a la sala del vicerrector, recibí nuevas pruebas de la pujanza de su brazo, y un cuarto de hora después me encontraba ignominiosamente expulsado con todos mis petates, es decir, con un pequeño baúl, del lado exterior de lá puerta del Colegio. Eran las ocho y media de la noche. Medité. Mi familia y todos mis parientes en el campo, sin un peso en el bolsillo. Que hacer? Me parecía aquella una aventura enorme, y encontraba que David Coperfield era un pigmeo a mi lado; me creía perdido para siempre en el concepto social. Vagué una hora, sin el baúl, se entiende, que había dejado en depósito en la sacristía de San Ignacio, y por fin fui a caer sobre un banco de la plaza Victoria. Un hombre pasó, me conoció, me interrogó, y tomándome cariñosamente de la mano me llevó a su casa, donde dormi en el cuarto de sus hijos, que eran mis amigos. Era don Marcos Paz, presidente entonces de la República y uno de los hombres más puros y bondadosos que han nacido en el suelo argentino. Varios enemigos de Jacques quisieron explotar mi expulsión violenta y vieron a mi madre para intentar una acción criminal contra él. Mi madre, sin más objetivo que mi porvenir, resistió con energía, vio a Jacques, que ya había devuelto desgarrada una solicitud del Colegio entero por nuestra readmisión (Calle había seguido mi suerte), y después de muchas instancias consiguió la promesa de admitirme externo si en mis exámenes Salía "regular". La suerte y mi esfuerzo me favorecieron, y habiendo obtenido ese año, que era el primero, el premio de honor, volví a ingresar en los claustros del internado.
Capítulo XI
Nada mortificaba más a Jacques que ver un alumno dormido durante sus explicaciones; el desdichado tenía siempre ua despertar violento. Los cuchicheos, la novela debajo del banco, leida a hurtadillas, le ponían fuera de sí. Entraba en la clase con su paso reposado y durante media hora, con un enorme pedazo de tiza en la mano, que solía limpiar negligentemente en la solapa de la levita, explicaba la materia con su voz grave y sonora. A medida que se animaba, sacaba un cigarrillo de papel, lo armaba y lo colocaba sobre la mesa. Pero mientras buscaba fósforos se olvidaba del cigarro, sacaba otro, y así sucesivamente, hasta que, agotada su provisión, se dirigía a uno de nosotros y nos pedía uno, que nos apresurábamos a darle, encendido el rostro, pero sin hacerle la menor indicación hacia los que estaban enfilados sobre la mesa. Luego nos dictaba nuestros cuadernos, pero con una rapidez tal de palabra que, siendo casi imposible seguirle, habíamos adoptado con mi vecino del primer banco y amigo, Julián Aguirre, hijo de Jujuy y actualmente magistrado distinguido, un sistema de signos abreviativos. Así, las voces largas, como "circunferencia", "perpendicular", etc., eran reemplazadas por el signo del infinito, las letras griegas x pi etc. Un día habiéndose interrumpido para reñir a alguno me tocó la mala suerte de que eligiera mi cuaderno para reanudar el hilo de la exposición. Aquel galimatías de signos le puso furioso. me tiró con mi propio manuscrito.
Capítulo XII
Otra vez Corrales... No puedo resistir el deseo de presentar a mi condiscípulo Corrales. Es uno de esos tipos eternos del internado, que todo aquel que haya pasado algunos años dentro de los muros de un colegio reconocerá a primera vista. Es el cabrión, el travieso, el mal estudiante, el reo presunto de todas las contravenciones, faltas y delitos. De un espíritu lleno de iniciativa, inventando a cada instante una treta nueva para burlarse del maestro o procurarse alguna satisfación, gritando como veinte en el recreo dejando grabado su nombre en todas las mesas, gracioso chispeante en la conversación, llena de la sal gruesa de colegio, es al mismo tiempo incapaz de aprender, de asimilarse una noción científica cualquiera. Corrales inventaba trampas, aparatos para robar uvas lazos corredizos admirables para tomar delicadamente del cuello, desde una altura de diez metros,las botellas simétricamente colocadas sobre una mesa en el patio del cura de San Ignacio, sobre el que daban las ventanas de algunos dormitorios, botellas que su dueño destinaba a festejar la fiesta del patrono; Corrales sabía abrirse la puerta del encierro sin fractura visible, pero Corrales jamás pudo comprender ni creer que el valor de los ángulos se midiera por el espacio comprendido entre los lados y no por la longitud de éstos. Las matemáticas, como toda noción racional por lo demás, eran para él abismos sin fondo en los que su craneo de chorlo se mareaba. Era feísimo picado de viruelas, con un pelo lacio, duro y abundante obedeciendo sin trabas el impulso de veinte remolinos. Sus libros, jamás abiertos, eran los más sucios y deshechos del Colegio. Algunas veces, cuando la cosa apuraba, venía a que le explicáramos un teorema, con claridad, sin prisa y dándole el derecho de preguntar, sin limites. Era inútil; no tenía la noción del angulo recto. En clase pasaba el tiempo en tallar su banco que se iba convirtiendo en un escaño digno del Berruguete; en fumar a escondidas, a favor de su facultad envidiada de retener el humo en el pecho durante cinco minutos, en hacer flechas, cuerdas de goma de botín que, fijadas en el indice y el pulgar lanzaban al techo una bola de papel mascado que se adhería a él, sosteniendo por un hilo un retrato de perfil del profesor; en fabricar gallos perfectos, navios primitivos y en mil otros pasatiempos igualmente conexos con el curso. No había casi día, en la clase de Jacques, que Corrales escapara a las vigorosas arremetidas del sabio. Pero Corrales, familiarizado ya con ese procedimiento, había resuelto emplear en su defensa una de sus artes mas estudiadas: Corrales "canchaba" maravillosnmente. Un pie adelante, con el cuerpo encorvado, durante los recreos, ni los "grandes" conseguian tocarle el rostro; tenía la agilidad, la vista del compadrito y sus mismos dichos especiales. Así, cierto dia que Jacques nos explicaba que los tres ángulos de un triángulo equivalen a dos rectos, Corrales, oyendo como el ruido del viento la explicación, desde los ultimos bancos de la clase, estaba profundamente preocupado en construir, en unión con su vecino, el cojo Videla, que le ayudaba eficazmente, un garfio para robar uvas de noche. De pronto Jacques se detiene y con voz tonante esclama: "Corrales, tú eres un imbécil y tu compadre Videla otro: cuánto valen los dós juntos?" -- Dos rectos!"-- contestó Corrales, que tenía en el oido esas dos palabras tan repetidas durante la explicación y sin darse cuenta, en su sorpresa, de la pregunta de Jacques --. Este se le fue encima, y nos fue dado presenciar uno de los combates más reñidos del año. Corrales se echó para atrás, enroscó el cuerpo, hundió la cabeza entre los hombros y mirando a su adversario con sus ojos chiquitos, llenos de malicia, esperó el ataque con las manos en postura. Jacques "debutó" por un revés, que fue habilmente parado; una finta en tercia, seguida de un amago al pelo, no obtuvo mayor éxito. Entonces Jacques, despreciando los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre Corrales una grnnizada de trompadas, bifes, reveses, de filo, de plano, de punta, todo en confuso e inexplicable torbellino. El calor de la lucha enardeció a Corrales; se multiplicaba, se retorcía, y a cada buena parada decía con acento jadeante: "Diande", "!cuándo, mi vida!" y otros gritos de guerra análogos. Jacques, más irritado aún, hizo avanzar la artilleria y una nube de puntapiés cayó sobre las extremidades del intrépido agredido. Corrales, que no sabía canchar con las piernas, se puso de rodillas sobre el banco; esta simple evolución hizo efímeros los estragos del cañón y el combate al arma blanca continuó. Pero Corrales era un simple montonero, un Páez, un Guemes, un Artigas; no había leído a César, ni al gran Federico ni las memorias de Vauban, ni los apuntes de Napoleón, ni los libros de Jomini. Su arte era instintivo y Jacques tenía la ciencia y el genio de la estrategia. De idéntica manera los persas valerosos no supieron defender sus empalizadas contra los atenienses de Platea. El banco de la batalla había sido abandonado por los vecinos de Corrales; Jacques vio la ventaja de una mirada, y amagando una carga violenta, mientras Corrales en el movimiento defensivo perdía un tanto el equilibrio, su adversario, de un golpe enérgico, dio en tierra con el banco y con Corrales. Antes de que este pudiera levantarse, Jacques le asió del cuello de la Camisa, no saltando el botón correspondiente por la costumbre inveterada de Corrales de no usarlo nunca. No brilló en manos del vencedor la daga de misericordia, pero si sonó, uno solo, soberbio bofetón. !Así concluyó aquel memorable combate, que habiamos presenciado silenciosos y absortos, a la manera de los indios de Manco Capac las batallas de Almagro y de Pizarro, como luchas de seres superiores al hombre!..
Capítulo XIII
Jacques llegaba indefectiblemente al Colegio a las nueve de la mañana; averiguaba si había faltado algún profesor, y en caso afirmativo iba a la clase, preguntaba en qué punto del programa nos encontramos, pasaba la mano por su vasta frente, como para refrescar la memoria, y en seguida, sin vacilación, con un nétodo admirable, nos daba una explicación de química, de física, de matemáticas en todas sus divisiones, aritmética, álgebra, geometría descriptiva o analítica, retórica, historia, literatura, !hasta latin! EI único curso, de todo aquel extenso programa que no le he visto dictar por accidente era de inglés, dado por mi buen amigo Davis Lewis, que nos hacía leer a Milton y a Pope, a Addison y a todos los buenos prosistas del Spectator. Debe estar fija en la memoria de mis compañeros aquella admirable conferencia de M. Jacques sobre la composición del aire atmosférico. Hablaba hacía una hora, y, !fenómeno inaudito en los fastos del Colegio!, al sonar la campana de salida uno de los alumnos se dirigió, arrastrándose, hasta la puerta, la cerró para que no entrara el sonido, y por medio de esta esta estratagema, ayudada por la preocupación de Jacques, tuvimos media hora más de clase, Había venido de buen humor ese día y su palabra salía fácil, elegante y luminosa. En ciertos momentos se olvidaba y nos hablaba en francés, que todos entendíamos entonces. !Que pintura inimitable de ese maravilloso fenómeno de la vegetación, de aquellas plantas con corazón de madres absorbiendo el letal carbono de la atmósfera y esparciendo a raudales el oxígeno, la esencia de la vida. !Como nos hablaba de la bajeza miserable del hombre que pisotea una planta o abate un árbol parsa coger su fruto! !Aún suena en mis oídos su palabra, y al recordarla aún,.se apodera de mi alma aquella emoción nueva e inexplicable entonces para mi! Cuando empezó a dictar el curso de filosofía, que debía concluir tan brillantemente Pedro Goyena, dio como texto el manual en colaboración con Simón y Saiasset. En la primera conferencia dijo bien claro que aquella era la filosofía ecléctica; más tarde añadió a algunos compañeros: "!El día que yo escriba mi filosofía comenzaré por quemar ese manual!" No ha dejado nada al respecto; pero si es posible rehacer sus ideas personales con el estudio de su naturaleza intelectual y sus opiniones científicas, no es arriesgado afirmar que, discípulo directo de Bacon, pertenecía a la escuela positivista, que hasta entonces no había tenido divulgadores como Littré, pero que antes de haberla formulado Augusto Comte ha sido la filosofía de los hombres de ciencia, realmente superiores, en todos los tiempos. Adorábamos a Jacques a pesar de su carácter; jamás faltábamos a sus clases, y nuestro orgullo mayor, que ha persistido hasta hoy, es llamarnos sus discípulos. A más, su historìa, conocida por todos nosotros, y pintorescamenta exagerada, nos hacía ver en él no solo un mártír de la libertad, como lo fue en efecto, sino un hombre que había luchado cuerpo a cuerpo con Napoleón, nombre simbólico de la tiranía.
Capítulo XIV
Una mañana vagábamos en el claustro, asombrados que hubiese pasado un cuarto de hora del momento infalible en que M. Jacques se presentaba. De pronto, un grito penetrante hirió nuestros oídos; conocí la voz de Eduardo Fidanza, uno de los discípulos más distinguidos del colegio. Corrí a la portería y encontre a Fidanza, pálido, desencajado, repitiendo como en un sueño: "!M. Jacques ha muerto!" La impresión fué indescriptible; se nos hizo un nudo en la garganta y nos miramos unos a otros con los rostros blancos, lívidos, como en el momento de una desventura terrible. El portero había recibido orden de no dejarnos salir le echamos violentamente a un lado y muchos sin sombrero, desolados, corrimos a casa de M. Jacques. Estaba tendido sobre su cama, rígido y con la soberbia cabeza impregnada de una majestad indecible, La muerte le había sorprendido al llegar a su casa después de una noche agitada. El rayo de la apoplejía le derribó vestido, sin darle tiempo para pedir ayuda. Pendía su mano derecha fuera de la cama; uno por uno, por movlmiento espontáneo, nos fuimos arrodillando y posando en ella los labios, como un adiós, supremo a aquél a quién nunca debíamos olvidar. Su espíritu liberal, abierto a todas las verdades de la ciencia, libre de preocupaciones raquíticas, ha ejercido su influencia poderosa sobre el de todos sus discípulos. Le llevamos a pulso hasta su tumba y levantamos en ella un modesto monumento con nuestros pobres recursos de estudiantes. Duerme el sueño eterno al abrigo de los árboles sombríos, no lejos del sitio donde reposan mis muertos queridos. Jamás voy a la tumba de los míos sin pasar por el sepulcro del maestro y saludarle con el respeto profundo de los grandes cariños.
Capítulo XV
El retiro del doctor Agüero no mejoró la disciplina interna del Colegio. Estaba reservada esa difícil tarea a don José M. Torres, que, con mano de hierro y cargando con la más franca y abierta odiosidad que es posible dedicar a un hombre, nos metió en vereda, nos domó a fuerza de castigos, transformando el encierro en la morada habitual de algunos de nosostros, privándonos de salida, levantando en alto, en fin, el principio de autoridad. De un carácter desgraciado, pues a la primera contradicción se ponía fuera de sí, dudo que haya tenido apetito un solo día durante su permanencia en el Colegio; oíamos a cada instante su voz de trueno rebotar en el eco de los claustros, vibrante e inflamada. En cuanto a mí, creo haber contiribuido no poco a hacerle la vida amarga y le pido humildente perdón, porque sin su energía perseverante no habría concluido mis estudios, y sabe Dios si el ser inútil que bajo mi nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor. Pero antes de su ingreso, el Colegio fue regido algún tiempo por un sacerdote, de quien tengo forzosamente que hablar tan mal que me limito a designarle sólo por iniciales. Don F.M. era extranjero e ignoro por qué circunstancias un hombre como él, sin moralidad, sin inteligencia y desprovisto de ilustración había conseguido hacérse nombrar vicerrector del Colegio Nacional. Antes de su entrada, las pasiones politicas que habían agitado a la República desde 1852 se reflejaban en las divisiones y odios entre los estudiantes. Provincianos y porteños formaban dos bandos cuyas diferencias se zanjaban a menudo en duelos parciales. Los provincianos eran dos terceras partes de la totalidad del internado, y nosotros, los porteños, ocupábamos modestamente el último tercio; eran más fuertes, pero nos vengábamos ridiculizándolos y remedándoles a cada instante. Habíamos pillado un trozo de diálogo entre dos de ellos, uno que decía, con una palangana en la mano: "Agora no más lo vo a derramar ", y el otro que contestaba en voz de tiple: "!No la derramis!" Lo convertimos en un estribillo que les ponía fuera de sí, como los rebuznos del uno y del otro alcalde de la aldea de Don Quijote. Eran mucho más graves, serios y estudiosos que nosotros. Con igualdad de inteligencia y con menor esfuerzo de nuestra parte obteníamos mejores clasificaciones en los exámenes. El fenómeno consistía simplemente en nuestra mayor viveza de imaginación, desparpajo natural y facilidad de elocución. Recuerdo que Pedro Goyena, hablando de un joven correntino, Carlos Harvey, dotado de una inteligencia sólida y profunda, de una laboriosidad incomparable, repetía, las palabras de Sainte-Beuve, aplicándoselas: "Le falta la arenilla dorada". Esa arenilla dorada constituía nuestra superioridad. Dábamos una conferencia de historia, filosofía o retórica con sin igual botaratería, mientras ellos, en general, poseyendo la materia tal vez mejor que nosotros, se limitaban a una exposición sucinta, pálida y dificil. Había, por ejemplo, otro bohemio en el Colegio, enorme, pesado, indolente, pero de una inteligencia clara y meditativa. Era un joven Aberastain, de San Juan, hijo del mártir del Pocito; yo me había ligado a él porque nuestros padres fueron amigos, y le había aplicado el misrno apodo de "buey" que el suyo había recibido en la universidad. Goyena, que era nuestro profesor de filosofia, se habla empeñado en hacerle hablar, porque en dos o tres contestaciones en clase le llamó la atención la claridad con que comprendía ciertos puntos oscuros. Al fin hubo de renunciar, vencido por la apatía invariable de aquel carácter. El pobre Aberastain fue una de las primeras victimas del cólera en 1867. He nombrado a uno; nornbraré a otro, el primero de todos, Patricio Sorondo, arrebatado por la fiebre arnarilla cuando era ya conocido por su inteligencia extraordinaria, unida, lo que no es común, a una laboriosidad perseverante y tenaz. Era el primer discípulo de su clase; hablaba con maravillosa facilidad, era espiriual, chispeante, y corno estudiaba enormemente, sus exámenes fueron siempre aclamados. Jacques le tenía gran cariño, sentimiento que habíamos descubierto, no por manifestaciones externas sino por un fenómeno negativo; jamás lo reprendió. Patricio se entretenía en decir négligentemente, delante de mi amigo Valentín Balbín, hoy ingeniero distinguido, que la noche anterior había estudiado hasta tal punto (y le señalaba medio tomo de un enorme tratado de física o matemática). Valentín, animado de una emulación digna y de un gran orgullo, volvía al día siguiente pálido y con ojos marchitos, habiendo estudiado hasta el punto indicado, tragándose un centenar de páginas que Patricio no había aún recorrido. La muerte de Sorondo fue una pérdida real para el país; habríamos tenido en él un hombre de estado, liberal, lleno de ilustración y con un carácter firme y recto.
Capítulo XVI
Estudiábamos seriamente en el Colegio, sobre todo los tres meses que precedían a los exámenes, en los que el gimnasio y los claustros perdían su aspecto bullicioso, para no dejar ver sino pálidas caras hundidas en el libro, pizarras llenas de fórrnulas algebraicas en los rincones, pequeños Sócrates ocupados en discutir con los ateos venidos, no ya de la Jonia, sino de los Andes o del Aconquija. Los exámenes eran duros y sabíamos que serían tomados por profesores de la úniversidad. Ahora bien: entre el Colegio y la Universidad existía el mismo antagonismo, la misma lucha que los discípulos de Guillermo de Champeaux y los de Abelardo, la misma emulación que entre Oxford y Carnbridge. Despreciábamos esos petimetres que iban paquetes al aula una vez por mes a hacer barullo en las clases de Larsen o Gigena y que no leían sino el Balmes o el Gérusez, mientras nosotros nos alimentábamos de la médula del león del eclecticismo. A más, por donde la Universìdad era capaz de presentar un cuadro de aventuras, de diabluras, como las que ilustraban los anales del Colegio? De tiempo en tiempo nos llegaba la noticia de un aparato que, regido por un hilo, ponía de punta una aguja en las sillas de Larsen, Gigena o Ramsay, en el momento de sentarse; la transformación de una galera profesional en acordeón silencioso; etc. Pero acogíamos esa materia con la benévola sonrisa de los magos del faraón ante los primeros milagros de Moisés. Una cosa nos disgustaba: que Jacques no nos perteneciera de una manera completa y exclusiva. Habríamos dado algo por verle renunciar su cátedra da física en la Universidad. En los primeros tiempos quise reaccionar un tanto contra ese espíritu, y recordando que antes de entrar en el Colegio había pasado un año en la Universidad intenté iniciar, sin éxito, la política de conciliación. Y sin embargo, no eran de los más gratos mis recuerdos universitarios. Para ingresar en la clase de primer año de latín debí rendir un impalpable examen de gramática castellana; en el que fui ignominiosamente reprobado por la mesa, compuesta de Minos, Eaco y Radamanto, bajo la forma de Larsen, Gigena y el doctor Tobal. Me dieron un trozo de la Eneida, traducción de Larsen, para analizar gramaticalmente: era una invocación que empezaba por " !Diosa! "!Pronombre posesivo!" -dije, y bastó, pórque con voz de trueno Larsen me gritó: "!Retírate, animal!". Esto era en diciembre; en marzo arremetí de nuevo pasé regular, con recomendación de mayor estudio para el año venidero; e ingresé en la famosa clase de latín donde Pirovano hacía sus raras y memorables apariciones. Nada más sobérbio que los diálogos que se entablaban entre él y Larsen. Era en vano que Larsen interrogara a Pirovano sobre el I, II, IV o VI libro de la Eneida, sobre el DeViris o el Epítorne; Pirovano sabía un solo verso de memoria, ordenado y traducido, qué amaba con pasión y qué lanzaba con voz eufónica cada vez que Larsen pulsaba su erudicción: "!Amor insano Pasiphae!". De ahí no salía, sino a la calle. Es al doctor Larsen a quien el pueblo de Buenos Aires debe el tener ese médico que le honra. Harto de Pirovano y para verse libre de él, le hizo pasar contra viento y marea en el exámen de primer año, en el que hubiera quedado eternamente; tal era su afición al Nebrija.
Capítulo XVII
Conocíamos también en el Colegio la existencia de un café clandestino, donde se reunían a jugar al billar Pellegrini, Juan Carlos Lagos, Lastra, Quirno y Terry, a quien Pellegrini corría todas las noches hasta su casa, sin faltar una sola a esta higiénica costumbre. Los combates homéricos del mercado no nos eran desconocidos, ni las pindáricas escenas de la clase de griego, de Larsen, donde éste y su único discípulo, el pobre correntino Fernández, muerto en plena juventud, se disputaban la palma de los juegos Pythios, recitando con sin igual entusiasmo los versos de la illiada. En la Universidad se sostenía calumniosamente que el sueldo de la clase de griego se dividía entre Larsen y Fernández, pero el hecho curioso es que Fernández, solo en clase, conseguía armar unos barullos colosales, respondiendo imperturbablemente a las imprecaciones de Larsen: "!No soy yo!" Recuerdo que más tarde, cuando fuimos estudiantes de derecho, Patricio Sorondo nos invitaba a entrar en masa en la clase de griego, como oyentes. Cuando Larsen leía algún verso, Patricio sonreía con lástima. Interpelado, aseguraba al buen profesor que su pronunciación helénica era deplorable; que a lo sumo sólo podía compararse al dialecto de los porteros de Atenas en tiempos de Pericles. Fernández se indignaba, y encarándose con Patricio le dirigía una alocución en griego que ni él mismo, ni Larsen, ni nadie entendía. La escena concluía siempre poniéndonos Larsen a todos en la puerta y encerrándose de nuevo con Fernández, qué a todo trance quería saber el griego.
Capítulo XVIII
La pluma ha corrido inconscientemente; quería hablar del antagonismo entre porteños y provincianos, y heme aquí bien lejos de mi objeto. El hecho es que el nuevo vicerrector, por una u otra razón, decidió gobernar con un partido, sistema como cualquier otro, aunque para él tuvo consecuencias deplorables. Creíamos entonces, exageradamente, que todos los castigos nos estaban reservados, mientras los provincianos (!nosotros éramos del "Estado"' de Buenos Aires!) tenían asegurada la impunidad absoluta. Las conspiraciones empezaron, los duelos parciales entre los dos bandos se sucedían sin interrupcián, hasta que la conducta misma de don F. M. justificó la explosión de la cólera porteña. Don F. M. nos organizaba bailes en el dormitorio antiguamente destinado a capilla, en el que aún existía el altar y en el que, en otro tiempo, bajo el doctor Aguero, se hacían lecturas morales una vez por semana. No fue por cierto el sentimiento religioso el que nos sublevó ante aquella profanación; pero como en esos bailes había cena y se bebía no poco vino seco, que por su color reemplazaba el Jerez a la mirada, sucedía que muchos chicos se embriagaban, lo que era no solamente un espectáculo repugnante, sino que autorizaba ciertos rumores infames contra la conducta de don F. M., que hoy quiero creer calumniosos, pero sobre cuya exactitud no teníamos entonces la menor duda. El simple hecho del baile revelaba, por otra parte, en aquel hombre una condescendencia criminal, tratándose de un Colegio de jóvenes internos, régimen abominable por sí mismo y que sólo puede persistir a favor de una vigilancia de todos los momentos y de una disciplina militar. A la conspiración vaga sucedió una organización de carbonarios. Yo no tuve el honor de ser iniciado; era muy chico aún y pertenecía a los "abajeños", es decir, a los que vivíamos en el piso bajo del Colegio, mientras . . el alto era ocupado por los mayores, los "arribeños". Nuestros prohombres lo habían organizado todo, sin dar cuenta a la gente menuda. Pero yo tenía un buen amigo en Eyzaguirre, que tuvo la bondad de ilustrarme ligeramente. Mis relaciones con Eyzaguirre eran de una naturaleza especial; le incomodaba a cada instante, le remedaba, le llamaba "Del País", que era su aborrecido apodo, zumbaba a su alrededor como un mosquito, le desafiaba, le echaba pelo de cepillo entre las sábanas, le mortificaba, en fin, de cuantas maneras me sugería mi imaginación, tendida a ese solo objeto. Eyzaguirpe era un hombre robusto, fuerte y bravo; más de una vez levantó el brazo sobre mí, pero vencia su generosidad ingénita, y comprendiendo que de un golpe me habría suprimido, lo dejaba caer ahogando un rugido, como Jean Taureau delante de Fifine. Sólo en una ocasión la cólera le cegó; me dio a mano abierta un cogotazo que me tendió a lo largo, y antes que hubiera iniciado a patadas desde el suelo un estéril sistema defensivo, ya Eyzaguirre me habla levantado en sus robustos brazos y llevado junto a la fuente para ponerme agua en la cabeza, preguntándome, con voz trémula por la emoción, si me había hecho daño. Tanta generosidad me venció, y sea por ese motivo o porque el primer cogotazo habia roto el cómodo prisma de la impunidad, el hecho es que nos hicimos amigos para siempre. Aún hoy es uno de los hombres cuya mano estrecho con mayor placer.
Capítulo XIX
Eyzagirre me había dicho que si sentía algun gran ruido de noche, en los claustros de arríba, acometiera valerosamente al provinciano que tuviera más próximo de mi cama y que lo pusiera fuera de combate. Que éramos pocos y sólo podría salvarnos el valor y la rapidez en la acción. En fin, después de algunos días de expectativa, una noche, de una a dos de la mañana, saltamos todos sobre el lecho, al sacudimiento espantoso de una detonación que conmovió las paredes del Colegio. Arremetí ciego a mi vecino, que no puedo recordar bien si era un joven llamado Granillo, de La Rioja, o Cossio, de Corrientes, y di y recibí algunos moquetes; pero la curiosidad pudo más y todos corrimos, casi desnudos, a los claustros superiores. Aun había mucho humo; las puertas del cuarto del vicerrector habían sido sacadas de quicio por la explosión de dos bombas Orsini, sin proyectiles, se entiende, pues el objeto no fue otro que dar un susto de dos yemas a don F. M. Este había hecho una barricada en la puerta. En medio del claustro y solo, frente a su cuarto, vi a Eyzaguirre en soberbia apostura de combate, con un viejo sable en la mano izquierda y una bola de plomo, unida a una cuerda, en la derecha. De todos los dormitorios afluían estudiantes, muchos de ellos armados. Aquél iba a ser un campo de Agramante; el vicerrector, viéndose rodeado de sus fieles, salvó la barricada y comenzó a vociferar, abriendo sus vestidos, mostró el pecho desnudo, desafiando a la muerte, etc. Los conocedores sostuvieron siempre que esa manifestación de valor había sido un poco tardía. Así como los franceses de Sicilia, repuestos de su sorpresa, arremetían enfurecidos a sus adversarios, los provincianos se preparaban a caer sobre nuestra vanguardia, formada por Eyzaguirre y dos o tres compañeros, cuando vimos aparecer al venerable doctor Santillán, cura párroco de San Ignacio; sus cabellos blancos, su palabra mansa y persuasiva, desarmaron los ánimos. Cada uno se retiró a su cuarto y él llevó consigo a don F. M., qus jamás volvió a pisar el suelo del Colegio. El sumario al día siguiente fue terrible; M. Jacques, pálido de cólera, tomaba las declaraciones principales. El punto capital era éste: quién había prendido fuego a las bombas? La respuesta fue unánime y sincera: "no lo sé". Y era verdad; por largos años ha permanecido oculto el nombre del nuevo Guy Fawkes, del atrevido estudiante que, con más éxito que aquél, llevó a cabo ese rasgo de audacia. Más tarde, cuando hacía ya mucho tiempo que había salido del Colegio, uno de los "grandes" de entonces me hizo la confidencia, murmurando a mi oído un nombre que callo hoy, no porque a mi juicio pueda menoscabar en lo más mínimo la relación de esta aventura al que le dio acabado fin, sino por un curiosísimo resto de aquel culto del estudiante de honor por la discreción , el secreto. Es pueril, pero lo siento asi.
Capítulo XX
Dos o tres expulsados, tres meses sin salida los domingos a casi todos e interminables horas de encierro a muchos de nosotros volvieron a poner las cosas en su estado normal, afirmándose deffnitivamente la disciplina con el ingreso de don José M. Torres. El encierro es un recuerdo punzante que no me abandona; eterno candidato para ocuparlo, su huésped frecuente, conocía una por una sus condiciones; sus escasos recursos, sus numerosas inscripciones y aquel olor húmedo, acre, que se me incrustaba en la nariz y me acompañaba una semana entera. La puerta daba a un descanso de la escalera que se abría frente al gimnasio. Era una pieza baja, de boveda: cuatro metros cuadrados. Tenía un escaño de cal y canto, demasiado estrecho pára acostarse y que daba calambres en la espalda a la hora de estar sentado en él. Una luz insignificante entraba por una claraboya lateral y muy alta, por donde los compañeros solían tirar con maestría algunos comestiles con que combatir el clásico régimen de pan y agua. !Oh! las horas mortales pasadas allí dentro, tendido en el suelo, llena de tierra la cabeza, el cuerpo dolorido, los oídos tapados para no oir el ruido embriagador de la partida de rescate, en la que yo era famoso por mi ligereza; la vela de sebo, mortecina y nauseabunda, pegada a la pared, debajo de uns caricatura de Paunero con tricornio y con una cinta saliendo de su boca, a manera de las ingenuas leyendas brotando de labios vírgenes y santos, en el arte cristiano primitivo, pero cargada aquí con un distico cojo y expresivo; la enorme hoja de la puerta, tallada, quemada de arriba abajo, horadada y recompuesta, como un pantalón de marinero; la cerradura, claveteada y cosida, fiel e incorruptible, virgen de todo atentado desde la solemne declaración de Corrales sobre la ineficacia de nuevas tentativas al respecto; el hambre frecuente, los proyectos de venganza negra y sombría, lentamente madurados en la oscuridad, pero disipados tan pronto como el aire de la libertad entraba en los pulmones. He conservado toda mi vida un terror instintivo a la prisión; jamás he visitado una penitenciaría sin un secreto deseo de encontrarme en la calle. Aun hoy las evasiones célebres me llenan de encanto y tengo una simpatía profunda por Latude, el barón de Trenck y Jacques Casanova. No he podido comprender nunca el libro de Sergio Pellico, ni creo que el sentimiento de conformidad religiosa, unido a un imperio absoluto de la razó, basten para determinar esa placidez celeste, si no se tiene una sangre tranquila y fría, un espíritu contemplativo y una atrofia completa del sistema nervioso.
Capítulo XXI
Las autoridades del Colegio habían comenzado a preocuparse seriamente en dar mayor ensanche a los dormitorios destinados a enfermería, en vista del numero de estudiantes, siempre en aumento, que era necesario alojar en ella. Una epidemia vaga, indefinida, había hecho su aparición en los claustros. Los síntomas eran siempre un fuerte dolor de cabeza, acompañado de terribles dolores de estómago. "Vasy- voir". El hecho es que la emfermería era una morada deliciosa; se charlaba de cama a cama; el caldo, sin elevarse a las alturas del "consommé", tenía un cierto gustito a carne, absolutamente ausente del líquido homónimo que se nos servía en el refectorio; pescábamos de tiempo en tiempo un ala de gallina, y sobre todo... !no íbamos a clase! La enfermeria era, comó es natural, económicamente regida por el enfermero. Acabo de dejar la pluma para meditar y traer su nombre a la memoria sin conseguirlo; pero tengo presente su aspecto, su modo, su fisonomia, como si hubiera cruzado hoy ante mis ojos. Había sido primero sirviente de la despensa, luego segundo portero, y, en fin, por una de esas aberraciones que jamás alcanzaré a explicarme, enfermero, "Para esa plaza se necesitaba un calculador -dice Beaumarchais; la obtuvo un bailarín". Era italiano y su aspecto hacia imposible un cálculo aproximativo de su edad. Podía tener treinta años, pero nada impedía elevar la cifra a veinte unidades más. Fue siempre para nosotros una grave cuestión decir si, era gordo o flaco. Hay hombres que presentan ese fenómeno; recuerdo que en Arica, duranto un bloqueo, pasamos con Roque Sáenz Peña largas horas reuniendo elementos para basar una opinión racional al respecto, con motivo de la configuración física del general Buendía. Sáenz Peña se inclinaba a creer que era muy gordo y yo hubiera sostenido sobre la hoguera que aquel hombre era flaco, extremadamente flaco. Le veíamos todos los días, le analizábamos sin ganar terreno. Yo ardía por conocer su opinión propia; pero el viejo guerrero, lleno de vanidad, decía hoy, a propósito de una marcha forzada que venía a su memoria, que había sufrido mucho a causa de su corpulencia. !Sáenz Peña me miraba triunfante! Pero al día siguiente, con motivo de una carga famosa, que el general se atribuía, hacía presente que su caballo, con tan "poco peso" encima, le habia permitido preceder las primeras filas. A mi vez, miraba a Sáenz Peña como invitándole a que sostuviera su opinión ante aquel argumento contundente. No sabíamos a quién acudir, ni qué procedimiento emplear. Pesar a Buendía? Medirle? No lo hubiera consentido. Consultar a su sastre? No le tenía en Arica. Aquello se convertla en una pesadilla constante; ambos veíamos en sueños al general. Roque, que era sonámbulo, se levantaba a veces pidiendo un hacha para ensanchar una puerta por la que no podía penetrar Buendía. Yo veía floretes pasearse por el cuarto, en las horas calladas de la noche, y observaba que sus empuñaduras tenían la cara de Buendía. No encontrábamos compromiso ni "modus vivendi" aceptable. Reconocer que aquel hombre era "regular" habria sido una cobardía moral, una débil manera de cohonestar con las opiniones recíprocas. En cuanto a mí, la humillación de mis pretensiones de hombre observador me hacía sufrir en extremo. Cómo podría escudriñar moralmente a un individuo, si no era capaz de clasificarle como volumen positivo? Al fin, un rayo de luz hirió mis ojos a la reminiscencia inconsiente del enfermero del Colegio vino a golpear en mi memoria. Vi marchar de perfil a Buendía, y ahogando un grito, me despedí de prisa y corrí en busca de Sáenz Peña, a quien encontré tendido en una cama, silencioso y meditando, sin duda ninguna, en el insoluble problema. Medio sofocado, grité desde la puerta: "!Roque!... !Encontré! -Qué? -Buendía...--!Acaba! -!Es flaco y barrigón!" No añadiré una palabra más; si algunos de los que estas líneas lean han observado un hombre de esas condiciones habrá sin duda sentido las mismas vacilaciones y dudas. Tal vez él, menos feliz, no ha encontrado la clave del secreto, que le abandono generosamente.
Capítulo XXII
Nuestro enfermero tenía era peculiarísima condición. Empezaba su individuo por una mata de pelo formidable que nos traía a la idea la confusa entremezclada vegetación de los bosques primitivos del Paraguay, de que habla Azara; veíamos su frente, estrecha y deprimida, en raras ocasiones y a largos intervalos, como suele entreverse el vago fondo del mar cuando una ola violenta absorbe en un instante un enorme caudal de agua para levantarlo en el espacio. Las cejas formaban un cuerpo unido y compacto con las pestañas, ralas y gruesas, como si hubieran sido afeitadas desde la infancia. La palabra mejilla era un ser de razón para el infeliz, que estoy seguro jamás conoció aquella sección de su cara, oculta bajo una barba, cuyo tupido, florescencia y frutos nos traía a la memoria un ombú frondoso. El cuerpo, como he dicho, era enjuto; pero un vientre enorme despertaba compasión hacia las débiles piernas por las que se hacía conducir sin piedad. El equilibrio se conservaba gracias a la previsión materna que le había dotado de dos andenes de ferrocarril, a guisa de pies, cuyo envoltorio, a no dudarlo, consumía un cuero de vaqueta entero. Un día nos confió, en un momento de abandono, que nunca encontraba alpargatas hechas y que las que obtenía, fabricadas a medida, excedían siempre los precios corrientes. Debía haber servido en la legión italiana durante el sitio de Montevideo o haber vivido en comunidad con algún soldado de Garibaldi en aquellos tiempos, porque en la época en que fue portero, cuando le tocaba despertar a domicilio, por algún corte inesperado de la cuerda de la campana, entraba siempre en nuestros cuartos cantando a voz en cuello, con el aire de una diana militar, este verso ( ! ) que tengo grabado en la memoria de una manera inseparable a su pronunciación especial: Levátntasi, muchachi, que la cuatro sun e lo federali sun vení o Cordún. Perdió el gorjeo matinal a consecuencia de un reto del señor Torres, que, haciéndole parar el pelo, le puso a una pulgada de la puerta de la calle. Sin embargo, en la enfermerfa, cuando entraba por la mañana o al participar; en la comida, del vino que había comprado a hurtadillas para nosotros, tarareaba siempre entre dientes: "Levántesi, machachi", etc. Cuando le retaban o el doctor Quinche, médico del Colegio, le decía que era un animal, lo que ocurría con regularidad y justicia todos los días, su único consuelo era, así que la borrasca se aumentaba bajo la forma del doctor Quinche, entonar su eterno e inocente estribillo. Como prototipo de torpeza, nunca he encontrado un espécimen más completo que nuestro enfermero. Su escasa cantidad de sesos se petrificaba con la presencia del doctor, a quien había tomado un miedo feroz y de cuya ciencia médica hablaba pestes en sus ratos de confidencia. Cuando el médico le indicaba un tratamiento para un enfermo, inclinaba la cabeza en silencio y se daba por enterado. Un dia había caido en el gimnasio un joven correntino y recibido, a más de un fuerte golpe en el pecho, una contusión en la rodilla. El doctor Quinche recetó un jarabe que debía tomarse a cucharadas y un agua para frotar la rodilla. Una hora después de su partida oímos un grito en la cama del pobre correntino, a quien el enfermero había hecho tomar una cucharada de un líquido atroz, después de haberle friccionado cuidadosamente la rodilla con el jarabe de que tenía enmelada toda la mano. Fue su última hazaña; el doctor Quinche declaró al día siguiente que uno de los dos, el enfermero o él, estaba de más en el mundo o por lo menos en la enfermería, y como el hilo se "curta" por lo más delgado, según tuvo la bondad de comunicármelo confidencialmente, el pobre enfermero cambió de destino, aunque consolado un tanto de que sus funciones se limitaran siempre a suministrar drogas: fue sirviente de comedor. Sentimos su salida de todas veras; pero bien pronto una catástrofe mayor nos hizo olvidar aquélla. El vicerrector, alarmado de la manera como se propagaba la epidemia vaga de que he hablado, celebró una Consulta médica con el doctor, y ambos de acuerdo establecieron como sistema curativo la dieta absoluta, acompañada de una vigilancia extrema para evitar el contrabando. A Ias veinticuatro horas nos sentimos sumamente aliviados y el germen de nuestro mal fue tan radicalmente extirpado que no volvimos a visitar la enfermeía en mucho tiempo.
Capítulo XXIII
Fue un día bullicioso aquel en que se nos anunció que en breve empezaría a funcionar la clase de literatura regida por el señor Gigena. Teníamos hambre de lanzarnos en esa vía del arte; las novelas nos habían preparado el espíritu para esa tarea y nos parecía imposible que al año de curso no nos encontráramos en estado de escribir a nuestra vez un buen romance, con muchos amores, estocadas, sombras, luchas, escenas todas de descomunal efecto. Ya para aquel entonces había yo comenzado a borronear papel y a más de dos cretinismos juveniles que mis parientes de la Tribuna publicaron con sendas laudatorias, tenía casi concluida una novela que pasaba en una estancla durante las vacaciones y cuyo héroe principal era un gaucho cantor. Creo que algo de eso se publicó después, bajo un seudónimo, como si temiera comprometer mi gravedad en tales ligerezas. Mi compañero de trabajos literarios era Adolfo Lamarque, que me Ilevaba dos ventajas insuperables: hacía versos y era externo. A pesar de estar sentados juntos en clase, nos dirigíamos frecuentes cartas, las mías siempre en prosa, pero las suyas generalmente rimadas. Lamarque versificaba con suma facilidad. Recuerdo que una vez que debíamos bacer una composición en clase sobre El sueño de Anibal, Lamarque, el único, presentó la suya en verso. Para mí fue una obra maestra y aún tengo en la memoria los primeros versos. Empezaba así: Despierta, Anibal, del letargo horrendo, que aquí te tiene encadenado, y vuela a vengar a Duålio... Lamarque me enloquecía pintándome en verso, prosa y narraciones orales, los primores maravillosos del Orphée aux Enfers, que se daba entonces por primera vez en el Teatro Argentino. La descripción del traje de la Opinion Publique tomaba siete octavas partes de la narración, destinadas a pintar precisamente lo que no cubria. Diana, Venus; la opulenta Juno, completaban el cuadro: No tenía la menor noción de esas grandezas; un deseo inmoderado de gozar yo también de ese espectáculosoberano me impedía estudiar, apartar un instante mi pensamiento de todo ese Olimpo adorable. Así un día que Gigena nos dio por tema de disertación escrita este cuadro de Suetonio: Nerón, desde lo alto del Capitolio, rodeado de sus cortesanas, la Lira en la mano y ceñida la frente de guirnaldas, contempla el incendio de Roma, no sé qué pasó por mí. Me olvidé que el objeto primordial retórico, obligado, era vilipendiar a Nerón, ponerle por el suelo en nombre de la moral máa elemental y concluir por una peroración vigorosa, en la que se ofreciera ese ejemplo abominable a los reyes todos de la tierra. "Amor sonó la lira", como habría dicho don J. C. Varela, y debuté por la pintura de un incendio durante la noche. En vez de hablar de las madres, niños y ancianos víctimas del fuego, en vez de mencionar gravemente los capitales perdidos y las obras de arte destruidas, no veía sino las llamas colosales jugueteando en la atmósfera, el humo denso y abrillantado por el resplandor, el rugido da las hogueras, la muchedumbre humana en convulsión. !Y allá en la altura, Nerón, bello como un dios pagano, desnudo como un efebo, cantando versos sonoros y vibrantes, mientras mujeres de incomparable hermosura sostenían su cabeza con sus blancos senos, le escanciaban vinos selectos y humedecían su sien con la guirnalda siempre fresca!... Insensiblemente pasé los limites verdosos de la ilusión discreta, llegué a las licencias de Petronius, alcancé a Lucius, y al final, ciertas páginas de Gautier habrían sido cartas de Chésterfield al lado de mi composición. Gigena se alarmó y me hizo suspender la lectura a la mitad a pesar de las protestas de los compañeros, que viendo aquel "boccato" qurian gozarlo integro. Por lo demás, forzoso me es declarar que aquella clase de literatura tuvo efectos funestos sobre nosotros. Fundamos diarios manuscritos, cuya impresión nos tomaba noches enteras, en las que yo escribía articulos literarios donde hablaba del "festín de las brisas y los céfiros en el palacio de las selvas", y en los que Lamarque, F. Cuñado, D. del Campo y otros publicaban versos. Esos diarios hicieron allí el mismo efecto que en los pueblos de campaña; turbaron la armonia y la paz, agitaron y agriaron los ánimos, y más de un ojo debió el oscuro ribete con que apareció adornada a las polémicas vehemente sostenidas por la "prensa". Por mi parte, tuve un duelo feroz. Ignoro hoy si mi adversario sufrió; pero si recuerdo que, aunque el honor quedó en salvo, salí de la arena mal acontecido, sin ver claro, con una variante en la forma nasal y un dedo de la mano derecha fuera de su posición normal. Un joven romano habría jurado no ocuparse más de prensa en su vida; pero las preocupaciones se van y los instintos quedan. !Oh! ;Qué himnos cantara hoy al periodismo si sólo golpes y magullones me hubiera costado!...
Capítulo XXIV
Pasábamos las vacaciones en nuestra casa de campo, Como considerábamos legítimamente el punto que hasta hace poco tiempo fue conocido con el nombre de "Chacarita de los Colegiales" y que mas tarde, al acceder el último término de su denominaclón, debía adquirir tanta fama por los acontecimientos de junio de 1880. Pocos puntos hay más agradables en los alrededores de Buenos Aires. Situado sobre una altura, a igual distancia de Flores, Belgrano y la Capital, el viejo edificio de la Chacarita, monacal en su aspecto, pero grande, cómodo, lleno de aire, domina un paisaje delicioso, al que las caprichosas ondulaciones del terreno dan un carácter no común en las campiñas próximas a la ciudad. En aquel tiempo poseíamos como feudo señorial no sólo los terrenos que aún hoy pertenecen a la Chacarita, sino los que en 1871 fueron destinados al cementerio tan rápidamente poblado. Asi, nuestros límites eran extensos y no nos faltaba, por cierto, espacio para llenar de aire puro los pulmones, organizar carreras y dar rienda suelta a la actividad juvenil que nos castigaba la sangre. A pesar de la inmensidad de nuestros dominios, teníamos pleitos con todos los vecinos, sin contar al famoso proceso con la Municipalidad de Belgrano, especie de Jarndyce versus Jorndyce (* Dickens, Black house" ) del que habiamos oído hablar como de una tradición vetusta, cuyo origen se perdfá en la noche de los tiempos, proceso cuyos antecedentes ignorábamos en absoluto, lo que no nos impedía declarar con toda tranquilidad que el municipio de Belgrano era representado por una compañia de ladrones, neta y claramente clasificados. Este viejo pleito tenía para nosotros, sin embargo, algunas ventajas. Cuando cruzábamos frente al juzgado de paz de Belgrano, a galope tendido, algunos honorables miembros de la partida de policía, viendo la traza arcaica de nuestros corceles (fuera de funciones en esos momentos, por cuanto su profesión habitual era arrastrar carradas de leña o sacar agua), abandonaban el noble juego de la taba en que estaban absorbidos, y cabalgando a su vez emprendían animosos nuestra persecución. Generalmente íbamos dos en cada caballo, lo que, como se supone, no aumentaba sus condiciones de velocidad. Pero compensábamos este inconveniente por una metódica y razonada división del trabajo, "avant-gout" de nuestros estudios económicos del futuro. La diretción del cuadrúpedo estaba entera y absolutamente confiada al que iba adelante. tarea grave y trascendental, no sólo por las veleidades fantásticas de la bestia y por la necesidad de cortar campo, sino por la preocupación incesante del jinete para evitar la probable operación de la talla, practicada inconscientemente por la cruz pelada y puntiaguda, a favor del convulsivo movimiento de una manquera tradicional. El ciudadano colegial que ocupaba el anca desempeñaba las funciones de foguista: él debía suministrar con medios a su arbitrio los elementos necesarios para producir el movimiento. Por lo demás, se procedía siempre de acuerdo con una tabla sancionada por la estadística experimental; se sabía que el uso del rebenque firme, apoyado por el talón incansable, producía el trote; si el compañero de adelante podía distraerse hasta el punto de menear el talón a su vez, se obtenía un simulacro de galopito expirante, y por fin el máximun, esto es, un galope normál, de tres cuadras exactas de duración, se alcanzaba por la hábil combinación del rebenque, Cuatro talones y una pequeña picana, dirigida con frecuencia hacia aquellós puntos que el animal, en su inocencia, había dado muestras de considerar como los más sensibles de su individuo. Se me dirá, tal vez, que, con semejantes elementos era una verdadera insensatez arrostrar las iras policiales de la partida; pero esa crítica cesará cuando se sepa que los medios de locomoción de nuestros adversarios eran de una fuerza análoga a aquellos de que disponíamos. Iniciada la persecución, oíamos un ruido confuso da latas y denuestos tras de nosotros; silenciosos, como convenía a hombres que tenían en juego a mós de sus cinco sentidos, todas sus articulaciones, aspirábamós a llegar, a los terrenos ya casi neutrales del otro lado del Circo; en general, según cálculo hecho y resultado previsto, rodábamos tres veces antes de llegar allí. Pero sabíamos también que el honorable miembro de la partida a quien tal fracaso sucedía no conseguía poner en pie su cabalgadura sino después de de media hora de exhortaciones expresivas. Llegados a campo abierto, entre zanjas, arroyos y alambrados, habíamos vencido; porque, echando pie a tierra, abandonábamos la bestia, que partía con increíble velocidad hacia la Chacarita, mientras nosotros saltábamos un cerco, detrás del cual, por medio de cascotes, rechazábamos con pérdida las cargas efímeras de la caballería enemiga. Cuandn una hora más tarde el sargento de la partida osaba llegar a nuestro castillo y presentar sus quejas a las autoridades del Colegio, ya éstas habian sido informadas por nosotros de los desafueros que, a causa del proceso pendiente, se habían permitido los seides del juez de paz de Belgrano. El sargento salía corrido y las hostilidades tomaban un carácter feroz.
Capítulo XXV
Buena, sana, alegre, vibrante aquella vida de campo. Nos levantábamos al alba; la mañana inundada de sol, el aire lleno de emanaciones balsámicas, los arboles frescos y contentos, el espacio abierto a todos los rumbos, nos hacían recordar con horror las negras madrugadas del Colegio, el frío mortal· de los claustros sombríos, el invencible fastidio de la clase de estudio. En la Chacarita estudiábamos poco, como era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir siesta, salir en busca de "camuatis" y, sobre todo, organizar con una estrategia científica las expediciones contra los "vascos". Los "vascos" eran nuestros vecinos hacia el norte, precisamente en la dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua y de bordes cubiertos de una espesa planta, baja y bravía. Pasada la zanja, se extendía un alfalfar de media cuadra de ancho, pintorescamente manchado por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá, el jardín de las Hespérides, los campos Elíseos, el Edén, !la tierra prometida! !Allí, en pasmosa abundancia, crecian las sandías, robustas, enormes, cuyo solo aspecto apartaba la idea de la "caladura" previsora; la sandía ajena, vedada, de carne roja como el lacre, el "cucúrbita citrullus" famoso, cuya reputación ha persistido en el tiempo y en el espacio; allí doraba el sol esos melones de origen exótico, redondos, incitantes en su forma ingénita de tajadas, los melones exquisitos, de suave pasta perfumada de exterior caprichoso, grabado como un papiro egipcio! No tenían rivales en la comarca, y es de esperar que nuestra autoridad sea reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían siempre producido desengaños; la nostalgia de la fruta de los "vascos" nos perseguía en todo momento y jamás vibró en oido humano, en sentido menos figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega. Pero debo confesar que los "vascos" no eran lo que en lenguaje del mundo se llama personajes de trato agradable. Robustos los tres, ágiles y vigorosos y de una musculatura capaz de ablandar el coraje más probado, eternamente armados con sus horquillas de lucientes puntas, levantando una tonelada de pasto en cada movimiento de sus brazos ciclópeos, aquellos hombres, como todos los mortales, tenían una debilidad suprema: !amaban sus sandías, adoraban sus melones ! Dos veces ya los hados propicios nos habían permitido hacer con éxito una "razzia" en el cercado ajeno, cuando un dia. . . Eran las tres de la tarde y el sol de enero partía la tierra sedienta e inflamada, cuando saltando subrepticiamente por una ventana del dormitorio donde más tarde debía alojarse el 14 de caballería de línea, nos pusimos tres compañeros en marcha silenciosa hacia la región feliz de las frescas sandías. Llegados al foso, lo costeamos hasta encontrar el vado conocido, allí donde habíamos tendido una angosta tabla, puente de campaña no descubierto aún por el enemigo. Lanzamos una mirada investigadora; !ni un vasco en el horizonte! Nos dividimos, y mientras uno se dirigía a la izquierda, donde florecía el "cantaloup", dos nos inclinamos a la derecha, ocultando el furtivo paso por el alfalfar en flor. Llegamos, y rápidos buscamos dos enormes sandías que en la pasada visita habíamos resuelto dejar madurar algunos dias aún. La mía era inmensa, pero su mismo peso me auguraba indecibles delicias. Cargué con ella, y cuando bajé los ojos para buscar otra pequeña con que saciar la sed sobre el terreno... un grito, uno solo, intenso, terrible, como el de Telémaco, que petrificó el ejército de Adrasto, rasgó mis oídos. Tendí la mirada al campo de batalla; ya la izquierda, representada por el compañero de los melones, batía presurosa retirada. De pronto, detrás de una parva, un vasco horrible, inflamado, sale en mi dirección, mientras otro pone la proa sobre mi compañero, armados ambos del pastoril instrumento cuyo solo aspecto comunica la ingrata impresión de encontrarse en los aires, sentado incómodamente sobre dos puntas aceradas que penetran... !Cómo corría, abrazado tenazmente a mi sandía! !Qué indiferencia suprema por la gorra ingrata que me abandonó en el momento terrible, quedando como trofeo sobre el campo enemigo! Y, sobre todo, !cuán veloz me parecía aquel vasco, cuyo respirar de fuelle de herrería creía sentir rozarme los cabellos! Volábamos sobre la alfalfa; !qué larga es media cuadra! Un momento cruzó mi espíritu la idea de abandonar mi presa a aquella fiera para aplacarla. Los recuerdos Clásicos me autorizaban; pensé en Medea, en Atalanta, pensé en los jefes de caballeria que regaban el camino de la "retirada" con las prendas de su apero; pensé... !No! !Era una ignominia! Llegar al dormitorio y decir: "!Me ha corrido el vasco y me ha quitado la sandía!" !Jamás! Era mi escudo lacedemonio: !vuelve con él o sobre él! Instintivamente había tomado la dirección del vado; pero el vasco de mi compañero, por medio de una diagonal habría llegado antes que yo, y debo declarar que, a pesar de la persecutción personal del mío, los tres vascos me eran igualmente antipáticos. !Marché de cara al sol!, como el Byron de Nuñez de Arce. Mi agilidad proverbial, aumentada por las fatigas diarias del rescate, había brillado en aquella ocasión; así, cincuenta pasos antes de llegar al foso mi partido estaba tomado. Puse el corazón en Dios, redoblé la libreza- y salté... Una desagradable impresión de espinas me reveló que había saltado el obstáculo; pero !oh dolor!, en el trayecto se me había caido la sandía, que yacia entre las aguas cenagosas del foso. Me detuve y observé a mi vasco: daría el salto? Lo deseaba, en la seguridad que iría a hacer compañia a la sandía. Pero aquel hombre terrible meditó, y plantándose del otro lado de la zanja, apoyado en su tridente, empezó a injuriarme de una manera que revelaba su educación sumamente descuidada. Escapa a mi memoria si mi actitud en aquellas circunstancias fue digna; solo recuerdo que en el momento en que tomaba un cascote, sin duda para darle un destino contrario a los intereses positivos de mi vasco, vi a mis dos compañeros correr en dirección a "las casas" y al vasco de los melones despuntar por el vado y dirigirse a mí. De nuevo en marcha precipitada, pero seguro ya del triunfo... Eran las tres y media de la tarde, y el sol de enero partía la tierra sedienta e inflamada cuando con la cara incandescente, los ojos saltados, sin gorra, las manos ensangrentadas por los zarzales hostiles, saltamos por la ventana del dormitorio. Me tendí en la cama, y mientras el cuerpo reposaba con delicia reflexioné profundamente en la velocidad inicial que se adquiere cuando se tiene un vasco irritado a retaguardia, armado de una horquilla.
Capítulo XXVI
Viene mi memoria, envuelto entre los recuerdos de la Chacarita, el de uno de mis condiscípulos, tipo curiosísimo que en aquellos tiempos felices, ignorantes aún de los encuentros grotescos que nos proporcionaría el mundo, clasificábamos alternativamente con los nombres de "el loco Larrea" o "el loro Larrea". Queda entendido que he alterado su verdadero apellido, pues ignoro si vive aún, en cuyo caso tal vez no le sería grafo figurar en estas páginas, a la manera de un coleóptero de museo. Era riojano; aunque de gran estatura, su cuerpo, sea por falta do armonia ingéanita, sea por el corte de sus jaquets amplios, sin la menor curva en la espalda, presentaba una linea recta geométrica desde el cuello hasta el ribete del faldón, ofrecía un conjunto tan desgraciado como insípido. La cara de Larrea era una obra maestra. En primer lugar, aquel rostro sólo se conservaba a costa de incesante lucha contra la cabellera, tupida y alborotada, pero eminentemente invasora. No puedo recordar la fisonomía de Larrea sin el arco verdoso que coronaba su frente estrecha, precisamente en la línea divisoria del pelo y del cutis libre. Era un depilatorio espeso, de insoportable olor, que Larrea se aplicaba con una constancia benedictina todas las noches, a fin de evitar los avances capilares de que he hecho mención. Pero Larrea sostenía que esa pasta era completamete ineficaz, a lo que alguno de los compañeros replicaba que era natural no ejerciera influencia sobre sus pelos de calabrote, habiendo sido fabricada para hacer desaparecer el ligerisimo "duvet" del brazo de las damas, según cantaba el prospecto. Se echa acaso abajo un bosque de ñandubays con la ligera hoz que derriba los trigales? La nariz de Larrea presentaba esa forma arquitectónica que la envidia humana ha clasificado de "ñata"; más abajo, de Este a Oeste, abarcando los límites visibles, se desenvolvía la boca de Larrea, siempre entreabierta, sin duda para dar ventilacián a sus dientes como teclas de piano viejo, en color y dimensión. Larrea hablaba sin reposo, a todas horas, con todo motivo, lo que le había valido el ya mencionado calificativo de "loro". Pero cuanão llegó a la Chacarita notamos alarmados, que aquelIa facundia inagotable había cesado y que Larrea, hosco, huraño, evitaba los juegos, los placeres comunes, no comía y pasaba todo el día tendido en su cama, en la que nos parecia oir durante la noche suspiros enormes como resoplidos de buey. !Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea llegó hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasión era una niña, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte Cuadras de la Chacarita. !Ya lo creo! Era una Chinita deliciosa de dieciocho años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo, sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el rasgo distintivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos, y más de uno hacía frecuentcs pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel rancho, alentado por locas esperanzas. Animé a Larrea cuanto pude, le di mis consejos (porque los porteños éramos "censés" ser tenorios consumados), y, por fin me anunció un día que había hecho relación con la familia y que habí~n organizado, de acuerdo, un baile para el sábado próximo, baile al que debiamos concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder por algunas libras de yerba y azucar, algunas botellas de cerveza y ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los convidados y me pedía los acompañara al sitio de la fiesta, donde él se encontraría desde la primera hora. Como se comprende, era necesario escaparse. Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante, avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y traviesos que he conocido, y -como habíamos tenido tiempo de prepararnos- el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la cama respeetiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a través de los potreros, llenos de un loco entsiasmo y forjando conquistas a millares.
Capítulo XXVII
Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jaquet rectilineo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero con toda gravedad. Fuimos introducidos, agasajados, y pronto, al compás de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda edición de la primera cuadrilla, que a la verdad había permitido al cojo Videla desplegar cualidades coreográficas desconocidas y que después supimos habían sido inspiradas por una representación de Orfeo con que se había regalado en una noche de escapada. Después de cada pieza obsequiábamos naturalmente a las damas con un vaso de cerveza, acompañdndolas con una frecuencia alarmante para el porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos, prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo posible. Un gaucho viejo (!lo veo aún!), con una larga barba canosa, el sombrero en una mano y un vaso de cerveza en la otra, gozaba como un bienaventurado desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre del viejo que repetia varias veces: -! Que sa vea luz, caballeros! La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo, vimos aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar. -!Muchachos, los han pillado! El celador me ha dicho que los busque, y que si dentro de media hora no están en el dormitorio va a dar cuenta al vicerrector. Todo esto, entrecortado por la fatigosa respiración. El buen compañero había robado uno de los caballos del quintero, y por hacernos un servicio se había puesto en camino por entre barriales espantosos, pues los últimos días había llovido copiosamente. No había tiempo que perder y era necesario ponernos en marcha sin demora. El viejo nos ofreció su caballo, cuyas formas aéreas revelaban una dieta de treinta y seis horas por lo menos, se lo aceptamos agradecidos y tratarnos de organizar la partida. Eramos siete en todo; dos treparon en las ancas del compañero que nos había traído el aviso, después de darle tiempo a que absorbiera una botella de cerveza íntegra, y los otros cuatro procuramos arreglarnos sobre el caballo del viejo, que a todo trance pedía luz, como Goethe moribundo. Larrea, por darse tono delante de la chinita y sosteniendo que conocía una senda por donde nos llevaría sin embarrarnos, tomó la direeción, colocándose gravemente en la cruz. Detrás de él, un condiscipulo sumamente grueso, en seguida Eyzaguirre, y allá, al fondo, en el remoto extremo, precisamente en aquel plano inclinado que parece una invitación a resbalarse por la cola, yo, prendido de Eyzaguirre como un mono a una reja. Cuando emprendimos la marcha, el dueño de casa, la novia de Larrea, las niñas todas, el gaucho viejo, hasta el italiano del acordeón, reían a carcajadas. Contestamos alegrérnente, y fue en este momento que hice dos descubrimientos, de orden diferente, que me alarmaron: !aquel caballo no tenía anca, sino un techo de media agua por lomo, de filoso mojinete, y Larrea poseía una "mona" gigantesca!
Capítulo XXVIII
La noche era oscura y amenazaba llover; encandilados aún, no sabíamos dónde estábamos ni qué dirección habíamos tomado. Si nuestro raciocinio no hubiera sido alterado por causas conocidas, la seguridad impasible con que Larrea dirigía a la bestia nos habría estremecido. Se me había encargado castigar, pues según las tradiciones recibidas el foguista era siempre el del anca; hice presente que no habia sujeto pasivo, por cuanto mis golpes se perdían en el aire, y propuse nos limitáramos, en las circunstancias, al sistema del talón, Aceptado el procedimiento, seguimos la marcha en las tinieblas; yo me sentía resbalar, resbalar sin descanso: aquel animal tenía en la punta de la cola algo que me atraía. En mi desesperación me aferraba a Eyzaguirre, quien me observaba a menudo que debía limitarme a agarrarle de la ropa, no encontrando plausible; como me lo declaró terminanteYnente, que mis dedos apretaran, a guisa de género, una sección de la parte carnosa que la naturaleza había previsoramente superpuesto a sus costillas. El compañero gordo bufaba, oprimido entre Eyzaguirre y Larrea, y éste, sin cesar de hablar protestando que nadie conocía el camino como él, aventuraba una que otra queja sobre la osteología de aquel animal. No veiamos a dos dedos de distancia, y los compañeros del otro grupo habían desaparecido, sin duda por la sencilla razón de haber tomado el buen camino. Habíamos conseguido -!el cielo sabe a costa de qué esfuerzos y sufrimientos!- hacer tomar el trote a nuestra montura, cuando de pronto me sentí en el suelo, con todo el volumen de Eyzaguirre encima. Un choque se había producido y jinetes y caballo habían venido por tierra. "!No es nada; es un alambrado!" Era la voz de Larrea, que estaba ya montado y nos invitaba a hacer otro tanto. Tratamos duramente al pobre conductor, que nos anunció estar "ahora" seguro del camino y, un tanto mohinos y maltrechos emprendimos de nuevo la marcha. No habíamos andado media cuadra cuando un grito sofocado de Larrea me hizo apercibir que me encontraba literalmente a "babucha" de Eyzaguirre, quien a su vez aplastaba al gordo, que, entre gemidos, estaba tendido a lo largo sobre algo informe que se debatía en el barro y que un ligero examen posterior raveló ser el cuerpo de Larrea. Habíamos caído en una zanja; el caballo, perdiendo pie, se fue de boca. Larrea salió por sobre las orejas como una flecha del canal de una "arbaléte", el gordo siguió la ley de la atracción y Eyzaguirre, no menos rápido en el descenso, me arrastró a la confusa masa. Había por lo menos dos pies de barro; cuando salí y Eyzaguirre y el gordo se pusieron de pie, nos precipitamos todos a sacar a Larrea, que no hablaba. Todas las soluciones de continuidad de su cara estaban revocadas por un lodo espero y negro. Fue necesario sacudirle, lavarle el rostro con la última botella da cervaza que el gordo no había soltado en la catástrofe y sacarle el jaquet rectilíneo, que pesaba dos arrobas. Entonces enprendimos a tanteo, a pie y en el horror de la profunda noche, aquella marcha legendaria e inaudita, en la que las zanjas eran endriagos, las tunas vestiglos, y los ruidos de los insectos nocturnos, coros de Corríganos y Kobolds. Puk andaba por allí; nos parecía oir su risa silenciosa entre las brumas, eonfundiéndonos los rumbos y gozando a cada traspié de la errante caravana... El caballo habia quedado en la zanja para siempre. !Adios las largas y melancólicas estadas en el palenque de la pulperia! !Adiós la marcha vacilante de la noche, cuando su dueño oscilaba como un péndulo sobre el recado! Una ligera perturbación en la línea del pescuezo le había hecho encontrar el reposo eterno: !Sea leve su recuerdo a la conciencia de Larrea! Por fin, a las primeras claridades del alba, al canto de los gallos matinales, el cuerpo exhausto y rendido, el alma agriada contra la pasión dantesca de Larrea, penetramos en nuestros cuartos y nos ayudamos fraternamente a sacarnos la ropa. Sólo una bota de Eyzaguirre, con una tenacidad irritante, se resistió al empuje colectivo y es fama que diez horas máa tarde solamente soltó a su presa, vencida por la operación cesárea.
Capítulo XXIX
Como escribo sin plan y a medida que los recuerdos vienen, me detengo en uno que ha quedado presente en mi memoria con una clara persistencia. Me refiero al famoso 22 de abril de 1883, en que "crudos" y "cocidos" estuvieron a punto de ensangrentar la ciudad; los cocidos por la causa que los crudos hicieron triunfar en 1880, y recíprocamente. Yo era crudo y crudo "enragé". Primero porque mis parientes, los Varela, uno de los cuales, Horacio, era como mi hermano mayor, tenían esa opinión, según leía, de tiempo en tiempo, en la tribuna, y en segundo lugar porque la mayor parte de los provincianos eran cocidos. Queda entendido que yo me daba una cuenta muy vaga de mi manera de pensar, pero como había que sostener mis opinionas a moquetes más de una vez, la convicción había concluido por arraigarse en mi espíritu. El dia citado había una exitación fabulosa en el Colegio; después de muchas tentativas infructuosas, conseguimos escaparnos dos o tres y nos instalamos en la calle Moreno. Fue allí donde presencié por primera vez en mi vida un combate armado entre dos hombres, que me hizo el mismo efecto que más tarde sentí en una corrida de toros, de la que salió mal herido el primer espada. Los dos combatientes eran hombres del pueblo y estaban armados, uno de una daga formidable, mientras el otro manejaba con suma habilidad un pequeño cuchillo que apenas conseguíamos ver: tal era el movimiento vertiginoso que le imprimía. Mi primera intención fue huir, pero tuve verguenza, porque uno de mis compañeros que tenía fama de bravo en el Colegio se había acercado, por el contrario, para presenciar más cómodamente la lucha. Duró poco tiempo, porque la habilidad triunfó de la fuerza y el hombre de la daga, dando un grito desgarrador, cayó al suelo con el vientre abierto de un enorme tajo. El heridor huyó; yo debía estar muy pálido porque recuerdo que durante un mes el grito del caí