San Martín - Indice / Historia Argentina del Siglo XIX / Literatura Argentina del Siglo XIX
El Regreso de San Martín al País
Marzo de 1812. En su edición correspondiente
al viernes 13, un periódico local -"La Gaceta de Buenos Aires"- hace pública la
llegada de la fragata inglesa George Canning. Informa que a su bordo arribaron
como pasajeros seis americanos y un europeo, todos oficiales de las armas de la
Monarquía. Entre ellos, el teniente coronel José Francisco de San Martín, quien
así retorna a su país nativo, al país de su nacimiento.
¿Quién es este
Teniente Coronel recién llegado? Muy pocos recuerdan a su padre y a su madre,
aunque sí quedan todavía unos pocos parientes o amigos de uno y de otra; menos
son, seguramente, los que a él lo conocieron niño, durante su breve paso por las
bandas rioplatenses.
Esbocemos en lo físico, en lo moral, en el carácter,
a este criollo, según lo verán en los próximos años sus compatriotas y los
americanos que compartirán con él luchas y afanes. Su estatura no pasa de 1,70 m
y casi seguramente no llega a tal medida, pero impresiona como tanto o más
porque el recién llegado está siempre erguido, con presencia castrense. El
rostro se muestra moreno, ya por coloración natural de la piel, ya por la huella
que en él ha dejado el servicio prestado a campo abierto. La nariz es aguileña y
grande. Los prominentes y negros ojos no permanecen nunca quietos y son dueños
de una mirada vivísima. Posee una inteligencia poco común y sus conocimientos
van más allá de los propios de una estricta formación profesional. De maneras
tranquilas y modales que revelan esmerada educación, según los momentos es
dicharachero y familiar, severo y parco, optimista y dispensador de ánimo para
quienes lo han perdido o vacilan. Ni en este momento de su retorno ni en el
futuro, alguien podrá tacharlo de indiscreto, llegando en ocasiones a ser por
necesidad, casi críptico o disimulador sin mentira.
Escribía
lacónicamente, con estilo y pensamiento propios, dice Bartolomé Mitre ("Historia
de San Martín y la Emancipación Americana"). Poseía el francés, leía con
frecuencia y, según se desprende de sus cartas, sus autores predilectos eran
Guibert y Epicteto, cuyas máximas observaba, o procuraba observar, como militar
y como filósofo práctico. Profundamente reservado y caluroso en sus afecciones,
era observador sagaz y penetrante de los hombres, a los que hacía servir a sus
designios según sus aptitudes. Altivo por carácter y modesto por temperamento y
por sistema más que por virtud, era sensible a las ofensas, a las que oponía por
la fuerza de la voluntad un estoicismo que llegó a formar en él una segunda
naturaleza.
En tres ocasiones, el futuro
Libertador explicará por qué y para qué decidió retornar a América. Así, en
1819, dirá:
"Hallábame al servicio de la España el año de 1811 con el
empleo de comandante de escuadrón del Regimiento de Caballería de Borbón cuando
tuve las primeras noticias del movimiento general de ambas Américas, y que su
objetivo primitivo era su emancipación del gobierno tiránico de la Península.
Desde este momento, me decidí a emplear mis cortos servicios a cualquiera de los
puntos que se hallaban insurreccionados: preferí venirme a mi país nativo, en el
que me he empleado en cuanto ha estado a mis alcances: mi patria ha recompensado
mis cortos servicios colmándome de honores que no merezco..."
Y en 1827,
hablando de sí en tercera persona, manifestará:
"El general San Martín no
tuvo otro objeto en su ida a América que el de ofrecer sus servicios al Gobierno
de Buenos Aires: un alto personaje inglés residente en aquella época en Cádiz y
amigo del general, a quien confió su resolución de pasar a América, le
proporcionó por su recomendación pasaje en un bergantín de guerra inglés hasta
Lisboa, ofreciéndole con la mayor generosidad sus servicios pecuniarios que,
aunque no fueron aceptados, no dejaron siempre de ser reconocidos."
Y
corridos veinte años, volvió sobre el tema al decir a Ramón
Castilla:
"Como usted, yo serví en el ejército español, en la Península,
desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente
coronel de caballería. Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los
primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos
regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros
servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar."
Retorna,
entonces, porque ha tenido noticia de los importantes sucesos que están
ocurriendo y para ofrecer sus servicios militares a la tierra de su nacimiento.
Algunos no lo creerán así y tras su llegada comienzan a correr las versiones más
contradictorias o disparatadas: así, se llega a decir, con intención que no
necesita ser explicada, que es un espía, que es agente francés, que lo es, sí,
pero británico. Con el correr de los años, y aún después de la muerte de San
Martín, se seguirá dando aliento a estas patrañas, a estas especiales maneras
que tienen algunos para exhibirse sabedores de lo que todos desconocen. Mas
nadie encontrará el menor dato que favorezca sus aserciones hechas a media voz,
ninguno de sus impugnadores podrá valerse del menor principio de prueba en favor
de tesis tan peregrinas como reiteradas.
La
Gazeta, órgano oficial del Gobierno, en su edición del viernes 13 de marzo de
1812, consignó los nombres de los oficiales recién llegados. Todos ellos, con
excepción del teniente coronel San Martín y el primer teniente de Guardias
Valonas Eduardo Kalitz, barón de Holmberg, tenían familia en Buenos Aires. El
capitán de infantería Francisco de Vera, el capitán de milicias Francisco
Chilavert y el alférez de navío José Matías Zapiola habían sido arrestados en
Montevideo el 12 de julio de 18l0 por las autoridades españolas, a causa de su
adhesión a los patriotas de la Junta de Buenos Aires. Encarcelados y enviados a
España, obtuvieron en Cádiz su libertad y se fugaron luego a Londres. El capitán
Francisco Chilavert viajó en la "George Canning" con sus hijos José Vicente, que
se hizo muy amigo de San Martín, y Martiniano, futuro coronel argentino, quien
entonces sólo contaba ocho años de edad. El alférez Zapiola tenía a su hermano
Bonifacio, abogado en el Superior Tribunal de Justicia de Buenos Aires, quien
había también adherido a la causa de Mayo.
Las estrechas y profundas
relaciones de amistad y camaradería existentes en ese momento entre Alvear y San
Martín, hacen aparecer como muy probable que la encumbrada familia Balbastro
albergara a nuestro héroe. En esa casa vivía la abuela de Carlos de Alvear, doña
Bernarda Dávila, dama porteña viuda desde 1.802 del acaudalado comerciante
aragonés don Isidro José Balbastro, dueño que fue - según su testamento- de una
tienda "muy bien surtida" en sociedad nada menos que con Gerónimo Matorras,
primo hermano de la madre de José de San Martín, con quien Gregoria Matorras
llegó a Buenos Aires, cuando ya casado con doña Manuela de Larrazábal volvía con
el nombramiento de gobernador de Salta del Tucumán, donde se hizo famoso como
explorador del Chaco. Esta vieja e íntima relación familiar refuerza, sin duda,
la posibilidad de que San Martín inaugurara su estada porteña en el hogar de los
Balbastro.
Dispuesto el alojamiento y equipaje, urgía sin duda clarificar
sus propósitos ante las autoridades de Buenos Aires, que no eran sino las del
Triunvirato.
Estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al
Gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los
sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la
patria
También, las noticias que traían estos oficiales, de las que eran
testigos presenciales, no podían menos que suscitar regocijo en los responsables
del Gobierno. Presentían que podía haber un cambio favorable en la situación
política y estratégica que reforzara su precario poder. Bernardo Monteagudo,
director de la Gazeta desde el pasado diciembre de 1811, encabezó sus "Noticias
políticas" con la crónica mencionada del viernes 13 de marzo proclamando el
descalabro del ejército español en la Península: "El 9 del corriente ha llegado
a este puerto la fragata inglesa George Canning procedente de Londres en 60 días
de navegación; comunica la disolución del ejército de Galicia y el estado
terrible de anarquía en que se halla Cádiz dividida en mil partidos, y en la
imposibilidad de conservarse por su misma situación política. La última prueba
de su triste estado son las emigraciones frecuentes a Inglaterra, y aún más a la
América Septentrional..."
Lo que San Martín expuso en esta ineludible reunión
surge muy claro de sus propias expresiones a lo largo de su vida. Para lograr el
alto ideal del bien común para los americanos, creía indispensable su
independencia, por lo que venía a ofrecer sus servicios como militar al gobierno
de su país nativo. Así lo dijo a los siete años de su llegada a Buenos Aires,
cuando elevó su renuncia como general en jefe del Ejército de los Andes al
director supremo, el 31 de julio de 1.819:
"Hallábame al servicio de
España el año de 1.811, con el empleo de comandante de escuadrón del Regimiento
de Caballería de Borbón, cuando tuve las primeras noticias del movimiento
general de ambas Américas; y que su objeto primitivo era su emancipación del
gobierno tiránico de la Península. Desde ese momento me decidí a emplear mis
cortos servicios a cualquiera de los puntos que se hallaban insurreccionados:
preferí venirme a mi país nativo, en el que me he empleado en cuanto ha estado a
mis alcances: mi Patria ha recompensado mis cortos servicios colmándome de
honores que no merezco...".
Ocho años más tarde, en abril o mayo de
1.827, entre otros interrogantes planteados por el general Miller para completar
las Memorias que éste escribió, le respondió: "El general San Martín no tuvo
otro objeto en su ida a América que el de ofrecer sus servicios al Gobierno de
Buenos Aires...".
Finalmente, a treinta y seis años de su arribo al Río
de la Plata y veintiuno de la precedente carta, escribió al general Castilla, el
11 de septiembre de 1.848: "Como usted, yo serví en el ejército español, en la
Península, desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de
teniente coronel de Caballería. Tras una reunión de americanos, en Cádiz,
sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc.,
resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarles
nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de
empeñar...".
Este claro propósito es la raíz de la heroicidad
sanmartiniana: quiere ser, fervorosamente, un auténtico soldado argentino para
la independencia americana.
Quince años más tarde, entre abril y mayo de
1.827, en contestación a preguntas que le dirigió el General Miller dirá: "Formo
un regimiento de Granaderos a Caballo": "Hasta la época de la formación de este
cuerpo, se ignoraba en las Provincias Unidas la importancia de esta arma, y el
verdadero modo de emplearla, pues generalmente se le hacia formar en línea con
la infantería para utilizar sus fuegos. La acción de San Lorenzo demostró la
utilidad del uso del arma blanca en la Caballería tanto más ventajosa en América
cuanto que lo general de sus hombres pueden reputarse como los primeros jinetes
del mundo". La necesidad de una pedagogía para iniciar a los gobernantes sobre
el conocimiento de esta arma quedó corroborada en las Memorias Póstumas del
general José María Paz, quien dijo: "Hasta que vino el general San Martín,
nuestra Caballería no merecía ni el nombre, y dotados nuestros hombres de las
mejores disposiciones, no prestaban buenos servicios en dicha arma porque no
hubo un jefe capaz de aprovecharlas". Afirmaba lo que luego practicará
sistemáticamente, especialmente en Mendoza, que era indispensable, primero,
formar un cuerpo de oficiales altamente seleccionados y educado, para preparar
después a fondo a los suboficiales y soldados en el campo de instrucción. El
joven teniente coronel conocía por propia experiencia, porque lo había visto y
vivido, los dos métodos y sus resultados: el de la enseñanza detallada y
perseverante en el cuartel y campamento, y el de la improvisación sobre el campo
de batalla: aquél logra organizaciones sólidas para la batalla; en cambio, el
último es mejor medio para obtener la propia destrucción y desbande ante enemigo
capacitado.
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