Roque Sáenz
Peña
Hijo del doctor Luis Sáenz Peña y de doña Cipriana
Lahitte, nació en Buenos Aires 19 de marzo de 1851. Terminó los
estudios secundarios en el Colegio Nacional de buenos Aires, bajo
la dirección de Amadeo Jacques. En 1875 se graduó de doctor en
derecho; versó la tesis acerca de "La condición jurídica
del expósito".
A raíz de la revolución de 1874, defiende a las autoridades de
la nación, como capitán de guardias nacionales, ascendiendo
luego a comandante. Milita en el partido autonomista acaudillado
por Adolfo Alsina y en 1875 ocupa una banca en la legislatura
bonaerense; lo reeligen en el cargo en 1877 y 1879 llegando a
desempeñar la presidencia del cuerpo.
Con motivo de la guerra del Pacífico, se ausenta en 1879
silenciosamente para Lima. Ofrece sus servicios al Perú, guiado
por la íntima certeza de asistirle la justicia al nombrado
país. El Perú le otorga el grado de teniente coronel. Su
serenidad y coraje contribuyen mucho al triunfo de Tarapacá.
Mandando en Arica el batallón de Inquique, después de ser
herido, cae prisionero del caballeresco comandante Supper. Se le
confina cerca de la capital chilena. Puesto en libertad, regresa
en septiembre de 1880 a Buenos Aires, convertido en un héroe.
Por unanimidad el Congreso de la Nación le devuelve la
ciudadanía argentina, perdida al incorporarse al ejército
peruano.
En 1880 desempeña por poco tiempo la subsecretaría del
Ministerio de Relaciones Exteriores. Cuatro años más tarde
funda y redacta, en compañía de Pellegrini, Groussac, Lucio V.
López y Delfín gallo el diario "Sud América". En
1887 se le designa ministro argentino en el Uruguay. Al año
siguiente descuella como representante del país en la
Conferencia de Montevideo y en 1889-90 su actuación en la
conferencia Panamericana de Washington le da notoriedad
continental. Vuelve a Buenos Aires para hacerse cargo de la
cartera de Relaciones exteriores del expirante gobierno de
Juárez Celman.
Proclamado por la juventud candidato a presidente de la
República para el período 1892-98, retira su nombre en una
hermosa carta cuando surge el de su padre. No queriendo aparecer,
pese a su postura política, ni como partidario ni como opositor
del primer magistrado de la nación, renuncia en 1892 la
senaduría nacional por la provincia de Buenos Aires que
desempeña durante pocos meses; brinda así otro homenaje al
padre. En 1905 realiza un viaje triunfal a Lima, donde recibe la
medalla de oro que se le otorga por ley del Congreso. Se le
asciende, asimismo, al grado de general de brigada del ejército
peruano. Poco después desempeña la representación ante España
y Portugal, primero, y ante Italia y Suiza, en seguida. En 1907
preside la delegación de nuestra República a la segunda
Conferencia de la Paz celebrada en La Haya. En 1909 forma parte
del tribunal de arbitraje en las diferencias suscitadas entre los
estados Unidos y Venezuela.
Electo presidente de la República en 1910, hace un gobierno
progresista y noblemente inspirado. Entre todas sus iniciativas
se destaca la ley que lleva su nombre, mediante la cual espera
garantizar definitivamente la paz, la prosperidad y la cultura
cívica del país, devolviendo al pueblo el uso legítimo de su
soberanía. Enfermo desde tiempo atrás, fallece el 9 de agosto
de 1914. Su muerte produce honda consternación pública. La
gratitud nacional le eleva el artístico monumento que adorna el
centro de la ciudad porteña.
El Coronel
Bolognesi
El noble anciano
contaba setenta y un años.
Sus antepasados eran de origen italiano, pero el coronel don
Francisco Bolognesi había nacido en el Perú, sirviendo a su
patria en el ejército de línea, desde que sentó plaza con el
grado de subteniente, en los primeros días de su juventud.
Era un hombre de pequeña estatura; había lentitud y dureza en
sus movimientos como la había en su fisonomía; la voz era clara
y entera a pesar de la senectud; los años y los pesares habían
plateado sus cabellos, y la barba redonda y abundante, destacaba
la tez bronceada de su rostro enérgico y viril.
La inteligencia era inculta y carecía de preparación, pero
tenía la percepción clara de las cosas y de los sucesos; la
experiencia de los años y la malicia que se desenvuelve en la
vida inquieta de los campamentos, habían dado a su espíritu
cierta agilidad de concepción; era un ordenancista implacable,
capaz de desdeñar la victoria sino era conquistada por los
preceptos de la ley militar; prefería la derrota con la
estrategia y la ordenanza al triunfo con la inspiración o el
acaso. Sus vistas no eran vastas; en la política interna se
había limitado a resistir las hostilidades que el partido
civilista llevaba al campo del ejército; nacido bajo un gobierno
centralista, no concebía otros régimen que el unitario y
escuchaba con desdén profundo los problemas que se planteaba y
complicaba Buendía, en sus largas y eternas discusiones sobre el
gobierno federal.
El coronel Bolognesi había conocido los ejércitos europeos y
hechos estudios detenidos sobre armamentos; recordamos haber
leído sus trabajos, manuscritos; carecían absolutamente de
forma, pero en el estudio comparativo revelaban un conocimiento
exacto de las armas modernas.
----------
Nunca pudimos conocer sus opiniones sobre la campaña del Sur.
Asistió a todos los combates como jefe de la Segunda División,
pero jamás opinó sobre el acierto de las operaciones; había
tomado las armas para batirse y no para juzgar a sus superiores;
la ordenanza, decía, prohibe la murmuración de los subalternos,
y él era ordenancista y soldado sobre todas las cosas.
Un día que se conversaba en rueda de oficiales superiores sobre
la batallas de Dolores quiso conocerse su opinión sobre el
ataque del cerro San Francisco y el coronel Dávila lo interpeló
directamente: ¿No cree usted, coronel Bolognesi, que el cerro
era inexpugnable, que el ejército aliado debió citiarlo y no
atacarlo, que debimos apoderarnos del agua...? Puede ser,
replicó Bolognesi, pero yo no tenía sed.
----------
La reserva y circunspección de su carácter desconcertaban las
insinuaciones e intrigas de campamento; la murmuración, el
aplauso, todo le era indiferente, todo lo que no estuviera
escrito en algún artículo de la ordenanza o en el concepto del
honor militar. ¡Qué sinceridad de sentimientos había en ese
viejecito batallador!
Tarapacá lo sorprendió gravemente enfermo; la temperatura era
elevada y mantenía al paciente en las intermitencias de la
convulsión y del delirio, agotando las escasas fuerzas; pero de
pronto el toque de generala y los primeros tiros del combate
hieren el oído del enfermo, acelerando los latidos de la fiebre.
El viejo veterano se incorpora en el lecho, viste su uniforme,
toma la espada, y ensillando él mismo su caballo, trepa las
alturas de Terapacá, donde asume el mando de su regimiento y
soporta nueve horas de combate, con el rostro encendido del
febriciente, la mirada brillante por el ardor de la pelea y el
corazón contento de haberse batido por la ordenanza y la patria.
Al descender del caballo lo esperaban varios jefes y oficiales
para restituirlo a su lecho, pero endureciendo sus miembros y
levantando la mirada altanera rechazó todo concurso y llegó por
el propio esfuerzo hasta su alojamiento.
"Las balas chilenas, nos dijo, señalando el pie derecho,
apenas llegan a la suela de mis botas"...
un proyectil le había llevado un taco de sus granaderas.
----------
El coronel Bolognesi llegó a Arica a la cabeza de su regimiento
y fue nombrado comandante en jefe de la plaza, que contaba una
guarnición de mil seiscientos hombres. Allí donde tuvimos el
gusto de tratarle con cierta intimidad. Recién entonces comenzó
hacerse sentir la disciplina militar; Bolognesi era infatigable
en el servicio; se aparecía en todas las avanzadas, y
sorprendía de noche a los centinelas que comenzaban a dejar los
viejos hábitos del sueño, consentidos por el general Buendía,
jefes y oficiales y soldados habían cobrado respeto y afección
por el anciano.
Vencedores los chilenos en la batalla de Tacna traen el ataque
sobre Arica; colocan su artillería en los elevados cerros que
oprimen la ciudad como una aro inmenso de granito y desde allí
nos hacen fuego durante dos días; Bolognesi no contesta, pero
sigue preparando sus minas y sus elementos de defensa, hasta la
mañana del 6 de junio, en que el cañón enmudece, y avanza
hasta nuestras líneas un jefe chileno con una pequeña comitiva,
levantando bandera blanca.
¡Era un parlamentario!
----------
Bolognesi lo recibe según todos los preceptos de la ordenanza y
todas las leyes de la guerra; le hace vendar los ojos, lo
introduce a la plaza y luego a la comandancia donde se encuentra
reunida la junta de defensa formada por los coroneles, tenientes
coroneles y sargentos mayores del ejército.
Eran veintiocho jefes.
Libres de la prisión de las vendas, los ojos del parlamentario
se clavaron con curiosidad visible en los rostros enemigos; a su
turno, el visitante extraño era observado hasta en los detalles
de su persona; su fisonomía, su actitud, sus miradas, su
uniforme, todo muy cuidad y minuciosamente, produciendo una
impresión más bien simpática.
La sesión fue solemne.
El coronel Bolognesi presidiendo, invitó al parlamentario a que
diera cuenta de su misión.
El comandante Salvo, entonces mayor del ejército de Chile,
expuso la situación de ambos ejércitos; la plaza dijo, no puede
defenderse, bloqueada por mar, sitiada en tierra por un ejército
seis veces superior en fuerzas, la resistencia es imposible; el
general Baquedano invita a los jefes superiores a evitar se
derrame más sangre que la que acaba de correr sobre los
"Campos de la Alianza". Pedía la evacuación de la
plaza y la entrega de las armas; las tropas peruanas desfilarían
con honores militares, batiéndose marcha regular por el
ejército chileno.
El coronel Bolognesi se dirigió entonces a los jefes de la
junta, en estos términos, que reproduzco textualmente:
"Señores jefes y oficiales:
estáis llamados a decidir con vuestro voto la suerte de esta
plaza de guerra, cuya custodia os ha confiado la nación.
No quiero hacer presión sobre vuestras conciencias porque
nuestros sacrificios no serían idénticos. Yo he vivido setenta
y un años y mi existencia no se prolongará por muchos días
¿qué más puedo desear que morir por la patria y por la gloria
de una resistencia heroica que salvará el honor militar y la
dignidad del ejército comprometida en esta guerra?
Pero hay entre vosotros muchos hombre jóvenes que pueden ser
útiles al país y servirlo en el porvenir; no quiero
arrastrarlos en el egoísmo de mi gloria sin que la junta
manifieste su voluntad decidida de defender la plaza y de
resistir el ataque.
El Comandante en jefe espera que sus oficiales manifiesten
libremente su opinión".
El coronel Moore, que ocupaba un asiento en el fondo del
desmantelado salón, pidió que la junta resolviese por
aclamación la defensa de la plaza. Todos los jefes se pusieron
de pie y la resistencia quedó resuelta, por aclamación. Fue
entonces cuando el coronel Bolognesi se dirigió al
parlamentario, con una frase cuyo recuerdo conservan los pocos
peruanos que sobrevivieron al desastre: "Podéis decirle al
general Baquedano que me siento orgulloso de mis jefes y
dispuesto a quemar el último cartucho en defensa de la
plaza".
----------
Al amanecer del día siguiente las infantería chilenas que
había ganado posiciones durante la noche, rompieron el fuego, al
pie de las trincheras; el coronel Bolognesi a caballo, se destaca
sobre las alturas del Morro, sirviendo de blanco a las punterías
enemigas y haciendo esfuerzos heroicos por detener el ataque,
recio y formidable, de los regimientos chilenos, que avanzan
sobre un mar de sangre y un hacinamiento de cadáveres.
Por fin el fuego cesa dentro de la plaza porque el que no está
herido está muerto; Bolognesi sale ileso del combate; fue en
aquella situación indecisa cuando un grupo de soldados trepó
los parapetos, haciendo una descarga vigorosa con punterías
fijas y precisas permitidas por la proximidad de la distancia.
Allí cae Moore como tantos otros, atravesando por una multitud
de proyectiles y el coronel Bolognesi, el viejo amigo, el anciano
venerable, inclina su frente y cae con el alma serena y el rostro
plácido y sonriente... una bala le había atravesado el
corazón.
Cuando volvimos al campo de los muertos buscando los cadáveres
de Ugarte y de Zabala, encontramos el cuerpo frío del que fue
nuestro jefe. Me detuve un momento en contemplarlo y aun conservo
la impresión que me produjo la disposición del cadáver
profanado momentos antes; los bolsillos del pantalón estaban
vueltos hacia fuera, se le había despojado de la chaquetilla y
de las botas y un feroz culatazo le había descubierto la parte
superior del cráneo, derramando la masa cerebral sobre el tosco
lecho de granito.
Aquella impresión fue para mí tan intensa, tan honda y tan
dolorosa como la muerte misma de mi viejo amigo, el querido y
venerado anciano.
31 de mayo de 1884
Página Principal