Vicente Fidel López
Vicente
Fidel López nación en Buenos Aires, en una casa situada en la
esquina de las actuales calles San Martin y Sarmiento, el 24 de
abril de 1815; era hijo del doctor Vicente López, el famoso
autor del Himno Nacional.
Iniciado en las primeras letras por algunos sacerdotes, estudia
luego en el Colegio de Ciencias Morales; se interesa por los
estudios de latinidad, es más tarde discípulo de Diego Alcorta,
cuyas enseñanzas dejan profundas huellas en su espíritu. En la
Universidad se gradúa de doctor en derecho (1837). Participa en
la fundación de una Sociedad de estudios históricos y sociales,
del Salón Literario y la Asociación de mayo, instituciones que
tanto hicieron por hicieron por el desarrollo de las ideas
liberales en el país.
Profesa en reemplazo de su maestro Alcorta la enseñanza de su
filosofía hasta que emigra, en enero de 1840, para escapar a los
rigores de la tiranía. Se instala en Chile, donde, asociado con
Sarmiento, abre un colegio particular, El Liceo, que cierra
después por negarse a expulsar del profesorado a Francisco
Bilbao, el noble escritor chileno. En el país hermano publica en
1845, una Memoria de carácter histórico sobre los pueblos
antiguos, leída en la Facultad de Filosofía y Humanidades, un
manual de la historia de Chile y un Curso de bellas Artes.
Interviene en la redacción de varios periódicos y revistas,
defiende al romanticismo con empuje polémico y da a conocer un
trabajo que es el antecedente de su monumental historia de
nuestra república.
Vuelto a Buenos Aires a raíz de la caída de Rosas, designado
gobernador su padre, desempeña uno de los ministerios. Se
distingue por su esclarecida labor cultural y su formidable
defensa del Acuerdo de san Nicolás.
Publica dos interesantes novelas históricas, La Novia del Hereje
(1854) y La loca de la Guardia. Emigra enseguida a Montevideo y
más adelante edita su libro Las razas Arianas del Perú (1868).
En compañía de Juan María Gutiérrez y Andrés lamas saca la
revista del Río de la Plata (1871-77), es profesor y rector de
la Universidad de buenos aires. (1873-1876). Edita en cuatro
volúmenes su libro sobre la Revolución argentina (1881) y en
1882 sostiene su célebre polémica histórica con Mitre. Más
tarde da cima a su monumental Historia de la República Argentina
en 10 tomos (1883-1893), llena de animación y de color; está
trazada con tal arte que se diría que su autor vivió
personalmente todos los acontecimientos que narra. Son notables
en particular los bellísimos retratos que pinta;
También escribió el Manual de Historia Argentina. Bajo la
presidencia de Pellegrini desempeñó con acierto la cartera de
hacienda. Su nombre fue citado varias veces como posible
candidato a la primera magistratura argentina.
Falleció en la ciudad natal el 30 de agosto de 1903.
La
victoria de Maipú y la modestia de San Martín
Desde el punto de
vista de la estrategia es indudable el mérito que ofrecen las
combinaciones con que el general San Martín preparó esta
batalla; sobre todo fueron hábiles los movimientos oportunos que
había recomendado a Las Heras para que se corriese hacia la
izquierda, y viniese con ella a ahogar, por decirlo así, las
fuerzas principales que el enemigo debía echar sobre la línea
independiente de ataque antes que éste lo hubiera podido prever
siquiera. Esto era resolver allí el gran problema de Bonaparte: "Ser
el más fuerte en el punto dado".
En su forma general la batalla de Maipú responde al género de
las batallas de orden oblicuo. Por eso es la más científica de
las que se ha trabado en la América del Sur. La precisión de la
idea fundamental y la corrección de la ejecución, la hacen una
digna compañera, en su género, de la que con tanta nombradía
hasta hoy, ilustró el nombre de Epaminodas en el campo de Luectra.
Todas las personas que trataban íntimamente con el general San
Martín, me aseguraban después como cosa notoria, que no le
placía hacer partes prolijos que pudieran parecer encomiásticos
de los movimientos que había ejecutado. Y en efecto: su modestia
era tal que creo digna de la historia de esta anécdota que me ha
referido el coronel Las Heras: "A los dos o tres días de la
batalla me hizo llama don José (nombre
familiar con que hablaba siempre de su antiguo general), y me
dijo: Lea, amigo, el borrador que he hecho tirar para pasar a
nuestro gobierno el detalle de la batalla, y dígame si le parece
bien". Yo lo leí y me pareció incompleto. - General, le
dije, esto que aquí se dice que nuestra línea se
inclinaba sobre la derecha del enemigo PRESENTADO UN
ORDEN OBLICUO SOBRE ESTE FLANCO, fue, como usted sabe, todo el
mérito de la victoria; y puesto como aquí está, nadie lo va a
entender, sino yo que estaba en la idea de usted. El general se
sonrió y me dijo: Pero con eso basta y sobra.
Si digo algo más, han de gritar por ahí que quiero compararme
con Bonaparte o con Epaminondas. ¡Al grano, Las Heras, al grano!
¡Hemos amolado a los godos para siempre y
vamos al Perú! ¿El orden oblicuo nos salió bien? Pues basta,
amigo, aunque nadie sepa cómo fué... y refregándose las manos,
agregaba: mejor es que no sepan: pues
aun asimismo habrá muchos que no nos perdonarán haber
vencido".